Judith
Parada al lado de la ventana, con la capucha de la sudadera puesta y sus auriculares en las orejas —tratando de evitar todo contacto visual—, estaba Judith escuchando la Biblia en audiolibro, como acostumbraba hacerlo. Debido a la ocasión tan importante, había armado una playlist especial con los versículos apropiados para el lance. Escuchaba: “… porque la vida de la carne está en la sangre, y Yo se la he dado a ustedes sobre el altar para hacer expiación por sus almas. Porque es la sangre, por razón de la vida, la que hace expiación…”. Y eso la tranquilizaba y la animaba al mismo tiempo.
Frente a ella, un niño pequeño jugaba a las explosiones, rociaba bombas por el piso matando a pequeños enemigos que solo él reconocía. Todo el resto de los presentes sabían que esa era la nuevecita alfombra de la espaciosa oficina del abogado. Cayó el niño al suelo. Una mujer de mejillas rojas, rubia, con falda, lo alzó por las axilas. Judith avistó el elíptico morete en la pantorrilla de la mujer que se llamaba Gabriela. “¿Cómo se lo habrá hecho?”, pensó, “¿seguirá jugando al fútbol?”. Cuando Judith vivía en esa casa con ellos, era de las pocas que sabía que Gabriela estaba cautivada por el fútbol, que salía con mentiras para disputar campeonatos; lo había hecho por años sin que se enterara nadie de la familia. También tenía encuentros sexuales con una compañera de equipo. Judith sabía eso porque Gabriela misma se lo había contado. Siempre había considerado extraño que Gabriela le haya confesado aquello. Nunca llegaron a tener confianza como para tratar esos temas, ¿por qué se lo había contado?
Al otro lado, sentado en el sillón, un hombre con una extraña cabeza achatada por la coronilla jugaba en su celular. Judith lo recordaba con la misma postura, pero mucho más joven, aunque con el mismo problema en la cabeza. Desde niño se la pasaba jugando juegos electrónicos y cuando alguien le decía que se detenga, respondía siempre lo mismo: “no puedo, este juego es la brutal locura”, y seguía dándole duro con los dedos. “Brutal locura”, se repetía Judith mentalmente, esas palabras siempre le habían causado una especie de misterio
Ingresó a la sala un hombre gordo y de ralos cabellos rubios jadeando por el apuro, lucía una notoria sonrisa fingida.
—Perdón por la hora boliviana —dijo y saludó a todos con un movimiento de la mano, traspiraba, acomodó su ancho trasero en el sofá y posó un folder en la mesita del medio; vio a Judith de reojo, se acomodó el sacó y siguió mostrando esa sonrisa fingida. Judith lo recordó acostado en la cama, viendo Discovery Channel con una botella de Pepsi coronando su mesa de noche; nunca se llevaron bien, el gordo siempre había sido racista y odioso antes que todo.
Una puerta se abrió y apareció el abogado. Con una mano que llevaba reloj grueso le ordenó a su asistente que preparara el file de los Monasterios y se dirigió a saludar a los presentes. Olvidé mencionar hasta ahora a Telma de Monasterios. Flanqueada por Gabriela y el hombre de cabeza achatada, poseedora de una papada cruel y algo de gallo en la mirada, vestida completamente de negro, estaba la que ahora fungía como la dueña de todo. El abogado se acercó a saludarla, la besó en cada mejilla y dijo suavemente “lo siento mucho”. Ella parpadeó a propósito y con gestos de la mano instó a que todos se pongan de pie para saludar al abogado. Judith se quedó mirando desde su sitio, el abogado fue quien se acercó a saludarla, ella respondió con mesura, seguramente pareció indiferente, pero prefería no moverse mucho porque tenía los frascos dentro de su sudadera y de ninguna manera podía hacer notar que los traía. Vino otro versículo de la Biblia a sus oídos: “Porque habiendo anunciado Moisés todos los mandamientos de la ley a todo el pueblo, tomó la sangre de los becerros y de los machos cabríos, con agua, lana escarlata e hisopo, y roció el mismo libro y también a todo el pueblo, diciendo: Esta es la sangre del pacto que Dios os ha mandado”.
El abogado se acomodó en la silla de su escritorio, abrió un archivador y se quedó esperando a que su asistente saliera de la oficina. Judith tragó saliva cuando escuchó cerrar esa puerta, palpó los frascos sintiendo un gran deseo de salir huyendo, de olvidar toda esta su misión autoimpuesta, fugar, irse de la ciudad, hacer lo que su madre siempre hacía: poner la atención en otro lado que no sea en el problema. Judith veía al abogado moviendo la boca, no lo escuchaba, sabía que debía quitarse los audífonos, pero temía hacerlo, la hora del enfrentamiento había llegado y pensaba que no tendría el valor. “¿Qué estará haciendo madre?, ¿seguirá convencida en no hacer nada? ¿Y yo? ¿Soy la salvadora que toda cristiana está obligada a ser?”.
Pronto descubrió que ya no quería pensar más y, de un jalón, se quitó los audífonos. Fue como salir del agua. Cuando se aclimató, las primeras palabras que escuchó fueron: “Jaime Elio Monasterios Irigoyen” y se le vino a la mente esa cara flaca, las bolsas debajo de los ojos, los dientes chuecos… ¿cuántas veces había sido bueno con ella y cuántas veces había sido un tremendo hijo de puta?
—Está maldito —murmuró y Gabriela volteó a mirarla, se veía que tenía muchas ganas de hablarle.
Cuando el abogado llegó a la parte en la que se mencionaba a los herederos del señor Monasterios, el gordo levantó la mano. El abogado interrumpió la lectura y le dijo que después vendrían las preguntas y continuó leyendo. Judith tenía sus uñas clavadas en su palma, no podía dejar de pensar en su madre. “¿Qué esperará de todo esto?, ¿habrá alguna vez amado a este señor o todo fue un servicio? ¿El amor es un servicio?”
De repente escuchó al abogado mencionar su nombre por primera vez con otro apellido: Judith Monasterios Poma. La había incluido. Después de haberla negado por más de veinte años, la había incluido. No había vuelta atrás. Su padre, hasta con la ley de los hombres, la había aceptado como hija.
Era hora de purificar ese legado.
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El gordo, Telma de Monasterios, el hombre de cabeza achatada, Gabriela y el abogado, rodeaban a Judith sentada en medio. El gordo fue el primero en hablar.
—¿Usted cree que podríamos llegar a un acuerdo?
Cuando Judith había planeado todo esto, supo que quien encabezaría la negociación sería el gordo. Nunca había acabado la universidad, pero se hacía al culto, no le gustaba trabajar, pero sí gastar dinero; era obvio que sería él quien lucharía por el mínimo centavo del padre. Además, Judith sabía que, para él y su concepción del mundo, ella significaba una mancha en su vida. El gordo volvió a repetir la pregunta y Judith permaneció impertérrita. El abogado con un gesto de la cara pidió hacer uso de la palabra, comenzó a explicar un menjunje de conceptos jurídicos que para Judith y para ninguno de los presentes tenían validez en ese momento. Al final de tanta palabrería, miró a Telma de Monasterios como requiriendo permiso y posó sus ojos directamente en Judith.
—La familia Monasterios está dispuesta a otorgarte un monto de dinero para que, digámoslo directamente, desaparezcas de sus vidas.
Al escuchar eso, Judith sonrió, todo se estaba dando tal como lo había imaginado. Sin duda Dios le había iluminado con el don de la predicción al igual que a Ezequiel.
El abogado tomó su tarjeta, en ella escribió una cifra.
—Este es el monto, yo te asesoraría en los documentos que necesites, no te cobraría ni un centavo.
Judith vio la cifra, levantó su cabeza, todos la miraban atentos esperando su respuesta. Supo que había llegado el momento. Cerró los ojos y respiró profundo, sintió a Dios entrar en su corazón.
—Este dinero es fruto de la corrupción, no es legal —el gordo lanzó una risotada—. Usted lo sabe —le dijo Judith mirándolo con furia—, todos aquí lo sabemos.
—Eso es mentira —dijo Telma—, nada de eso se ha probado y aquí el abogado te puede explicar que mi difunto esposo fue un... uno de los pocos diputados honestos que tuvo este país.
—Todos vimos cómo metía plata en mochilas —respondió Judith—, escuchamos los tratos que hacía con toda clase de gente.
—Malagradecida —soltó de golpe el hombre de la cabeza achatada—, cómo puedes hablar así de quien te está dando su herencia.
Esa lógica enfureció a Judith. Se puso de pie.
—A mí no me está regalando nada, él se aprovechó de mi madre —dijo mientras abría el cierre de la sudadera y sacaba un frasco con un líquido rojo adentro. Su mirada fue iluminada por la luz de la tarde—. A mí no me importa el dinero, sino mi deber como cristiana; por eso, debo purificar ese sucio dinero con la sangre de un cordero sacrificado en el Tabernáculo del Templo, si no hago esto, toda su descendencia, yo, ustedes, sus hijos, estaremos condenados a repetir esa vida de mentiras, robos y abusos.
Todos la miraban confundidos.
—Al igual que Jesús —agregó visiblemente exaltada—, el Cordero de Dios que purificó al mundo con su sangre, yo purificaré esta herencia en nombre de Cristo, el Rey de Reyes; sangre que liberará a mi padre del infierno donde hoy se encuentra por haber dedicado su vida a Satanás, así todos sus males y los de ustedes serán perdonados por el poder de Cristo.
El gordo quiso sujetarle el brazo con fuerza, pero Judith se zafó hábilmente haciendo que el gordo cayera al piso; desde el suelo se paró rabioso y se abalanzó como un toro. Judith lo vio venir y le tiró todo el frasco de sangre en la cara, le bañó por completo el rostro, lo dejó ciego, asqueado, escupiendo. Telma gritó asustada, todos comenzaron a retroceder atemorizados, incrédulos ante lo que estaba pasando
—¡La santidad del cordero de Dios limpiará esta herencia mal habida! —gritó Judith y sacó otro frasco. Sopó sus dedos en la sangre y los azotó en el aire haciendo que gotitas de sangre de cordero volaran hacia las caras de los presentes, quienes gruñeron del asco al sentirlas llegar a sus caras; el gordo, a tientas, trataba de encontrar algo para limpiarse la cara llena de sangre. Judith se dirigió al testamento en la mesa del escritorio, levantó en alto el frasco sobre su cabeza con los ojos entreverados y murmuró palabras en su boca, luego vació el frasco entero sobre el documento haciendo que la sangre de cordero chorreara por el escritorio del abogado, llegando hasta su fina y nueva alfombra. El testamento quedó empapado en sangre y las letras se fueron difuminando a causa de ello.
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Judith caminaba por la calle, se limpiaba la sangre de los dedos con toallitas húmedas compradas especialmente para la ocasión. Miraba hacia atrás, ya había pasado un buen tiempo desde que había dejado la oficina del abogado, pero todavía le retumbaban los insultos en su cabeza. “Loca de mierda, fanática, te van a meter al psiquiátrico”. Siempre supo que al final de todo lo único que quedaría sería el desconocimiento del poder de Cristo de parte de todos ellos, eso lo había previsto. Lo que sí le sorprendía era lo mal que se sentía por lo que acababa de hacer. Había imaginado que después del ritual estaría feliz por haber cumplido su deber de cristiana. Había estado planificando esto por tanto tiempo, pero ahora tenía la sensación de haberse equivocado. No podía dejar de pensar en que estaba arrepentida por haber salvado a su padre del infierno. Dentro de ella, en un lugar escondido y negado, siempre había creído que sería justo que su papá se fuera al infierno por tanto mal que había hecho. Suponía que el perdón y el ritual de la sangre borrarían ese sentimiento, tal como lo dice la Biblia, es decir, creía que al establecer un nuevo pacto, se fundaría como corolario una nueva relación con el padre. Pero no. Sentía todavía más fuerte el odio contra su padre por haber abusado de su madre, por haberles hecho vivir en un cuartito, negándolas, privándolas de cualquier merecimiento… hasta ahora. “Además, era un ratero, un corrupto, un maldito”. Esa palabra le hizo sentir un mareo. Se apoyó en un poste y, de repente, sin poder contenerlas, brotaron las lágrimas de golpe. Lloró como una niña, había salvado a su padre del infierno y recién se daba cuenta que lo había hecho solo por seguir la máxima cristiana de amar a tu enemigo.
Pero, ¿cómo podía amar al hombre que le había causado tanto sufrimiento? ¡Cómo amar al hombre que buena parte de su vida se dedicó a enriquecerse con dinero ajeno, mientras se hacía ver ante la gente como un hombre correcto! ¿Y todas esas terribles noches que aparecía en el cuartito? Con sus ojos encendidos en rojo y ese olor a alcohol emanando por sus poros ¿Y su madre? Lo que hacía para calmarlo sin importar que ella, una niña todavía, estuviera presente… ¿Acaso eso merecía perdón de Dios?
Se había equivocado.
Ningún cordero sacrificado en el Tabernáculo del Templo podría borrar esas heridas.
Ningún cordero podría purificar actos tan malvados.
Ningún perdón podía sacarle esa bola pesada que se encontraba en el fondo de su espíritu. Esa bola que en las noches no le dejaba dormir, que la hacía rabiar desconsoladamente hasta sentir que ya no tenía saliva de tanto murmurar sola en el silencio de la noche.
Lo que ella necesitaba era ver a su padre castigado, arrepentido, sufriendo. Eso era lo justo. Eso siempre había querido, pero sabía que como cristiana no podía permitirse eso.
Y ahora ella misma lo había salvado de su castigo.
Se sentía enferma.
Aunque solamente había tomado agua durante el día, pues había ayunado para buscar la pureza, sentía como si hubiera comido algo grasoso. Le vino un terrible dolor que empezó en el costado del cuerpo y se dispersó por su barriga haciendo escuchar un crujido. El dolor la dobló en dos e hizo que sus manos fueran directamente a abrazar su barriga. Algo entonces viajó desde su estómago hasta su boca, una cosa que arribó a la parte del medio de la lengua, era algo grande que se había atorado entre el paladar y los dientes de arriba, utilizando sus dedos sacó de su boca un trozo irreconocible, un amasijo de carne mezclado de pelos, saliva y sangre. Le pareció un enjambre de bichos convertido en una terrible bola cohesionada.
Cayó desmayada.
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Levantó la cabeza apenas y vio frente a ella a un cordero blanco, le lamía la frente. Ella lo miró contenta.
—Estúpida —le dijo el cordero—, ¿cómo pudiste usar mi sangre para ayudar a quien te hizo tanto daño?
—Es mi deber —respondió Judith apenas.
—Tu deber es cuidarte a ti misma y a quienes te quisieron, como tu madre… ¿sabes que tu madre le robaba al viejo? Eso sí me parece justicia.
—¿Eres un ángel?
—¿Un ángel? Soy un cordero, el cordero que sacrificaste en la casa de los Villegas, que tú llamas el Tabernáculo del Templo… pero ahora entiendo todo, eres demasiado imbécil, ese es tu problema
—Soy un soldado de Cristo.
—Suy un suldidu di Cristu.
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Judith despertó. Estaba echada en una camilla apostada en un pasillo de hospital. Un médico joven la miraba con una especie de media sonrisa y le acarició su mano al verla consciente. Toda esa tarde la hicieron esperar para luego hacerle unos análisis de sangre y una tomografía. Los resultados no fueron nada alentadores. Le pidieron que esperara por el especialista.
Al anochecer llegó un viejo de cara roja y cuello ancho; después de revisarla, analizar las pruebas y la tomografía, concluyó que había que operar de inmediato.
—Estos casos —dijo— cuando revientan tienen una mortalidad bien alta.
Judith escuchó esas palabras y sintió un frío tremendo que le nació desde los pies y llegó directo hasta la punta de su nariz. El especialista agregó que este tipo de problemas son a causa de una complicación genética, que por lo general proviene de la línea paterna, le dijo que le sorprendía que haya alcanzado la edad de veinte años sin haber presentado otros síntomas. Judith estuvo callada la mayor parte de este encuentro, no podía pensar claramente, le habían ocurrido muchas cosas ese día como para darse cuenta en el problema en que estaba metida. Al poco rato vino un enfermero, le comunicó, leyendo de un pequeño papel, que el seguro universal no cubría esa operación, y le detalló cuáles serían los costos. Cuando terminó de decir la cifra final, Judith lo miró seria, el enfermero se retiró mostrando una sonrisa bobalicona que no encajaba con la situación de preocupación intensa que se sentía en esa sala.
Al poco rato, Judith estaba sentada en el consultorio del especialista que le mostraba su tomografía y explicaba, usando un bolígrafo, las partes de su cabeza donde estaban las afectaciones. Le decía que debía conseguir dinero urgentemente si es que no quería seguir en riesgo permanente. Mientras el médico le hablaba con cierto dejo compungido, Judith escuchó, afuera, que su mamá había llegado, escuchó su voz, reconoció al tiro la preocupación en el tono. El especialista le advirtió que si ella no le confirmaba en diez minutos la operación, debía firmar un papel en donde lo liberaban de responsabilidad, y que debía abandonar el hospital en compañía de un familiar, porque quizás le podía dar otro desmayo esa misma noche.
Judith sentía a su corazón latir rápidamente, quería calmarse, pero no lo conseguía. Todavía la detonaba por dentro lo que había hecho en la mañana, la sangre del cordero, la herencia, ese sueño que tuvo… era demasiado para asimilar en un solo día. Pero en medio de toda esa confusión, llegó un mensaje claro a su cerebro: si salía de ese hospital, ella sabía que perdería la vida. El médico se sacó el guardapolvo blanco y lo colgó en un perchero, se dispuso a lavarse las manos mientras le hablaba de las necesidades de cuidado que debía cumplir, si es que no se operaba. No notó que Judith se había posicionado justo a su lado.
─Me voy a operar —le dijo
─¿Y la plata? —le respondió mirándola desde debajo de sus lentes.
─La tengo… mi papá que, hoy salvé del infierno, me la ha dejado, es plata santificada, yo la he purificado.
El especialista la miró extrañado.
─Vaya a administración a realizar el depósito y les pide que me den la autorización para la intervención quirúrgica.
Judith salió del consultorio caminando tranquila, movía los labios ligeramente porque parecía contenta. En el pasillo su mamá quiso alcanzarla, pero Judith siguió su camino sin ni siquiera darse la vuelta para mirarla, llegó hasta el lugar donde había dejado su billetera, la abrió, sacó la tarjeta del abogado y la miró poniéndola debajo de la luz blanca que la hizo brillar por un momento contra su cara, marcó el número mientras su madre la miraba desde el fondo del pasillo, Judith se aclaró la garganta,
—¿Doctor? —dijo— Le habla Judith… Judith Monasterios Poma, le llamo para decirle… para comunicarle, oficialmente, que acepto el trato que hoy me dijo en su oficina.

