Vicepresidente en modo TikTok (o el arte de gobernar con aro de luz)
Vuelve la Matasuegra. Y vuelvo porque el país, generoso como es para producir absurdo, ha decidido regalarme un personaje que parece escrito por un guionista insomne: el vicepresidente Edmand Lara, alias “Capilara”, entre otros apodos menos cariñosos.
En Bolivia siempre hemos tenido vicepresidentes pintorescos —a veces cultísimos, a veces folclóricos, a veces ambos en el mismo discurso—, pero lo de Lara es otra categoría: el vicepresidente que se declara opositor de su propio gobierno. Una especie de autogol institucional con sonrisa de selfie.
A pocas semanas de arrancar la gestión, Lara pasó de compañero de fórmula a crítico frontal del presidente Rodrigo Paz —con adjetivos que uno suele reservar para el enemigo, el/la ex o el vecino que pone reguetón a las 3 a.m. Y claro, el detalle sabroso: el escenario principal no es la Asamblea, ni una conferencia, ni una declaración escrita, es TikTok.
Yo no tengo nada contra TikTok. De hecho, si el país se explicara mejor en 60 segundos, quizá nos ahorraríamos décadas. El problema es otro: un vicepresidente no puede administrar el Estado como si estuviera administrando su algoritmo.
Porque la lógica del Gobierno es lenta, fea, antipática: se escribe, se firma, se negocia, se calcula impacto, se rinde cuentas. La lógica de TikTok es más sincera (y más peligrosa): indignación – frase contundente – gesto – villano – música dramática – “síganme para más verdades”.
Y ahí está el punto: Lara parece gobernar como si el país fuera una sección de comentarios. Y Bolivia ya tuvo suficiente con los 20 años de circo que Evo Morales impuso.
El presidente Paz asumió el 8 de noviembre de 2025 prometiendo “nueva era” y un giro fuerte tras veinte años de hegemonía de un solo bloque. A los pocos días, la Cámara de Diputados instaló legislatura con Lara como presidente nato de la Asamblea, con el libreto clásico de “reactivación económica”, “consolidación democrática” y “construcción de acuerdos”. Todo muy institucional. Todo muy república o muy Estado Plurinacional.
Pero luego vino la realidad: ajuste económico, crisis, medidas duras; por ejemplo, el retiro de subsidios a combustibles anunciado en diciembre de 2025. Y cuando el país se tensa, se espera que el vicepresidente haga lo que se supone que hace un vicepresidente: sostener la gobernabilidad, tender puentes, procesar conflictos, cuidar la institucionalidad.
En cambio, tenemos al vice haciendo algo más moderno: contenido (¡canten carajo!). Ahora, aclaremos algo para que no me acusen de exagerado (aunque exagerar, en este país, suele ser simplemente describir): Que el vicepresidente critique decisiones no es pecado. A veces es incluso sano. El problema es cómo y para qué. Porque una cosa es deliberación interna y otra es convertir el cargo en tribuna personal, con estética de “denuncia semanal” y tono de “yo soy el bueno y todos son corruptos”.
Eso, además de infantil, tiene un efecto político clarísimo: erosiona al gobierno desde adentro. Y si el gobierno se erosiona desde adentro, el país no gana “verdad”; gana parálisis. Y nuestras finanzas no están como para pensar en silla de ruedas.
Aquí entra el dilema central, el que en cualquier democracia seria se resolvería en diez minutos (y en Bolivia se vuelve telenovela venezolana ochentera): Si Lara es vicepresidente, ¿por qué actúa como jefe de oposición? Y si quiere ser jefe de oposición, ¿por qué no renuncia y se gana el puesto como corresponde?
Porque esta fórmula rara —la de soy gobierno, pero también soy oposición, pero constructiva, pero con insulto, pero con diálogo— es una cosa muy nuestra: la picardía institucional. Y ya sabemos a dónde conduce la exaltación de la picardía: a la normalización del cinismo.
Lo que me preocupa de Lara no es que sea “peligroso” en el sentido clásico, ese villano frío que calcula cada paso, no. A Lara lo que le sobra es impulso, y lo que le falta es filtro. Lo de Lara se parece menos a una conspiración y más a un delirio político en sentido coloquial: una actuación errática, sobreactuada, a ratos narcisista, que confunde “hablarle al pueblo” con hablarle al celular. No puedo hablar de locura, porque si existiera un problema de salud real (y no una metáfora), eso lo define medicina, no el periodismo.
Lo que sí podemos afirmar —porque está documentado en su comportamiento público y en la cobertura de prensa— es que Lara convirtió su presencia digital en su campo de batalla, y que llegó a confrontar abiertamente a su propio presidente en las primeras semanas. Y eso, en un país con crisis económica, tensión social y necesidad de acuerdos, es gasolina (no la de mala calidad, sino la que se enciende con la menor chispa).
En resumen: no tenemos un vicepresidente; tenemos un influencer con banda presidencial ajena. Y cuando la política se vuelve performance permanente, la institucionalidad termina, como siempre termina en Bolivia, pagando la cuenta.
Vuelve Matasuegra, entonces, para escribir en medio de esta comedia —que no es comedia, pero se disfraza— y para recordar algo básico: un gobierno puede equivocarse, sí. Pero un gobierno que se dispara en el pie todos los días, en video y con subtítulos, ya no es gobierno, es contenido barato. Y Bolivia no necesita más contenido. Necesita institucionalidad.
