Carnaval de leyenda

En su columna para 88 Grados, Rubén Atahuichi nos habla del Carnaval de Oruro, una obra maestra de la humanidad donde la fe, la leyenda ancestral y el color explotan en una danza de sincretismo espectacular.

El Chiru Chiru duerme su eternidad en una representación en uno de los parajes debajo de la ahora Basílica Menor de Nuestra Señora del Socavón. Entre sus harapos guarda la fe que un día contagió a propios y extraños, allá en los albores de la Real Villa San Felipe de Austria.

La leyenda de José Víctor Zaconeta recuerda que a él se le debe la pleitesía a la Virgen de la Candelaria, patrona del Carnaval de Oruro. La imagen de la santa fue encontrada en la guarida del ladronzuelo en el cerro Pie de Gallo. Unos sirios recién acabados sobre el lecho de muerte del hombre develaron el descubrimiento. 

En otro relato, el amor sucumbió ante la virgen. Nina Nina, alias de Anselmo Belarmino, también fue tocado por la divinidad luego de la paliza que sufrió cuando se atrevió a llevarse consigo a Lorenza Choquiamo, la hija de un tendero de Conchupata de nombre Sebastián, cuyos celos de padre lo nublaron hasta dejar al pretendiente al borde de la muerte. 

Cuenta Emeterio Villarroel que Nina Nina, durante los santos óleos, le confesó al cura Borromeo Mantilla que una bella mujer lo salvó. Era la misma Virgen del Socavón.

Y la santa es también representada por las deidades ancestrales. Hubo un tiempo en que el pueblo uru rendía pleitesía a la Ñust'a, la hija del Sol, de la Alborada. 

Todo era abundancia y felicidad, hasta que llegó la tormenta. Desde las profundidades se erigió con recelo Huari, un dios maligno que osó disputarle a la mujer el amor de sus fieles hasta someterlos bajo duras represalias.

Mientras la Ñust'a empuñaba una espada de plata, Huari atacaba a los urus con sucesivas plagas: hormigas y lagartos desde el este, una víbora gigante desde el sur y sapo desde el norte. 

En la réplica, ella decapitó a la víbora en Chiripujio y al lagarto en Cala Cala, convirtió en arenales a las hormigas y petrificó al sapo en San Pedro. Estas plagas ahora son deidades a las que veneran los orureños.

Como la Virgen del Socavón, son la esencia del Carnaval de Oruro, Obra Maestra del Patrimonio Oral e Intangible de la Humanidad, el título de la Unesco.

Son la representación del bien y del mal, como el supay andino o el satanás bíblico, como el diablo y el arcángel San Miguel, y como el Tío y la Pachamama, que engendran vetas de mineral o cosechas agrícolas.

Ese sincretismo cobra esplendor en esta época del Anata (juego), el Jallupacha (lluvias) y el Carnaval.

Esa simbiosis se arropa de una serie de rituales, tradiciones, fe y celebraciones folklóricas. Las novenas para la Virgen de la Candelaria, el Convite, el Día del Diablo y del Moreno (el día del Relato de Siete Pecados Capitales), el Martes de Ch'alla o el Domingo de Tentaciones son parte de ese calendario festivo que se corona el Sábado de Peregrinación, la “entrada”.

En la intimidad del Carnaval de Oruro, los danzarines exponen su fe detrás de máscaras de diablos, morenos, llameros o wititis. Cumplen la serie de rituales y el convite, el acto en que se comprometen a bailar tres años o más en veneración de la santa.

Danzan cerca de cuatro kilómetros hasta caer de hinojos a los pies de la virgen en el Santuario del Socavón. A su paso muestran energía, colorido y ritmo ante miles de espectadores.

Esa representación de fe, de tradición ancestral y de rebelión ante el invasor español no tiene parangón, desde su leyenda, su innovación y su espectacularidad. Su autenticidad trasciende tierras cercanas y lejanas, y es orgullo nacional, más aún para quienes se ponen sus atuendos. 

Es Carnaval de leyenda.

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