La piedra Rosetta intergeneracional
Sol – Si – Re – Sol – Si – Re – Sol
Si tienes entre 30 a 45 años y escuchas esas notas de piano, de inmediato reconoces la canción.
“When I was a young boy…”
Y, minutos después, estás gritando junto a Gerard Way:
“We’ll carry on”
No es de locos decir que Welcome to the Black Parade es un himno millenial. De hecho, fue una pieza cultural que ofreció algo que era cada vez más escaso en ese entonces: algo que daba una especie de golpe emocional en un mundo cada vez más y más difuso. Estrenada en 2006 —un año después del penúltimo libro de Harry Potter y un año antes del cierre definitivo de esa saga—, la canción apareció en un momento histórico: el mundo todavía se aferraba a la inercia optimista de los noventa, pero las oscuras nubes de las crisis dosmileras comenzaban a tronar, con la crisis económica mundial de 2008 a la vuelta de la esquina.
En Bolivia, la institucionalidad seguía siendo un sueño poco creíble, aunque el cambio de gobierno abría una expectativa medio difusa de renovación. En todo caso, para niños, niñas y adolescentes, tanto aquí como allá, el futuro no parecía amenazante, pero tampoco se sentía como una promesa de clara bienaventuranza. No sabíamos qué se venía, pero tampoco nos importaba tanto.
Entonces, claro que Welcome to the Black Parade se hizo inolvidable. No hablaba de revoluciones, sino de perseverar contra viento y marea. Con su desfile de muertos, su teatralización del dolor y su sentido épico contenido, es una canción que invita a seguir adelante incluso cuando el mundo no tiene sentido. No me animo a decir que la canción es parte de una ideología generacional, pero sí una posición moral (y emocional) a la que todo millenial puede recurrir frente a la incertidumbre.
Algo similar ocurre con Harry Potter, una saga que impulsó a millones de jóvenes a leer más y que, según estudios, fortaleció la empatía de sus lectores hacia quienes son distintos, así como exitosamente fomentó actitudes contra el autoritarismo y el fanatismo, creando así un fandom que dio los primeros pasos hacia más tolerancia y a la no violencia. Como ha señalado la periodista Louise Perry, más allá de la fantasía, la saga era un marco moral legible: el bien y el mal estaban claramente delimitados, las injusticias tenían nombre y toda crisis encontraba, tarde o temprano, una resolución narrativa. Más que transmitir valores, la saga funcionó como una infraestructura moral sencilla: un sistema de sentido listo para usarse en un mundo que ya no garantizaba coherencia entre esfuerzo, mérito y recompensa. Por eso es que para muchos millennials —según Perry— Harry Potter es una suerte de “religión civil”: un lenguaje común para interpretar la política, la historia y la moral desde un optimismo heredado de los años noventa.
Y esa idea es fascinante.
Si estamos de acuerdo con Perry, el problema millenial no es creer con ese optimismo noventero, sino haber crecido creyendo que el mundo puede ser blanco y negro mientras la realidad avanzaba en otra dirección. Mientras los relatos de la cultura popular prometían sentido y cierre, la vida globalizada y capitalista exigía adaptación constante: estudiar, endeudarse, trabajar, sobrevivir. El resultado fue una escisión que ahora caracteriza al millenial: pragmatismo material para vivir, y narrativas morales binarias para explicar el mundo, pero no necesariamente para transformarlo.
Ojo, no es que los millennials confundieran relato con realidad, sino que son la última generación educada para creer que ambas podían coincidir.
Entonces, si Perry está en lo cierto, la ideología, para los millennials no es doctrina, ni acción, sino relato. Más específicamente, un relato emocional para alivianar la incertidumbre. Son canciones y sagas que permiten creer que en medio del caos hay forma, que resistir —aunque sea solo simbólicamente— ya es una manera de estar del lado correcto de la historia.
El yo virtual
Veinte años más tarde, el 24 de enero de 2026, en México, comenzó la venta general de boletos para tres conciertos de la banda K-pop BTS programados para mayo. Y, obviamente, los y las ARMY (Adorable Representative M.C. for Youth), es decir, el club de fans de la banda coreana, acudieron masivamente a la compra. Con una fila virtual de más de un millón de personas, bastaron 37 minutos para que los boletos se agotaran. Pero, sorpresa, sorpresa, pese a haber esperado mucho tiempo con devoción, miles de fans no alcanzaron a comprarse una entrada. Y, mientras se quejaban de ello en redes sociales, notaron que a la vez un montón de revendedores anunciaban la reventa de varios boletos a precios totalmente inflados.
De inmediato, olieron la estafa.
Sobrepasadas por el desconsuelo, las y los ARMY comenzaron a organizarse para castigar la reventa. Primero, promoviendo boicots colectivos para evitar la compra de entradas revendidas; luego, identificando revendedores y exponiéndolos públicamente. En otras palabras, los doxearon.
Fue cuestión de horas para que las redes se poblaran de capturas, datos personales, números de cuenta y teléfonos filtrados. Y así fue escalando el asunto hasta que empezaron a circular archivos con información destinada a denuncias ante plataformas y entidades gubernamentales. También aparecieron castigos creativos: desde inscripciones masivas en servicios de spam hasta la exposición pública de infidelidades en una suerte de vendetta que propiciaba un alivio colectivo desde una zona gris ética.
Sí, la furia escaló y, en algún punto, la misma presidente de México tuvo que pronunciarse al respecto. Esto ya no era solamente venganza, sino una acción colectiva digital protagonizada principalmente por la generación Z —y quizás alguno que otro millenial que se hace al joven— que buscaba denunciar, enfrentar y castigar una injusticia percibida como intolerable. No hubo líderes visibles ni consignas ideológicas clásicas, pero sí coordinación y presión en el espacio público digital; fue una especie de sistema informal de justicia reputacional que castigaba a un mercado opaco y a un Estado ineficaz al que no le importan los agravios cotidianos, por muy masivos que estos sean. Por eso es que el ataque de los Z no fue físico ni institucional, sino que fue directo al lugar que hoy más duele: el yo virtual.
Nacidos en un mundo que ya no se concebía a sí mismo sin internet, la generación Z creció con un acceso a la información que pronto se volvió en un exceso de verdades. Si para los millennials la red fue primero un espacio de información y luego de encuentro, para los Z es, ante todo, un espacio performativo. No por elección, sino por inercia. Es en las plataformas digitales donde la visibilidad es una condición de existencia y la performatividad un requisito. En estas no se trata de quién eres, sino de quién muestras ser. La validación no pasa tanto por tu coherencia narrativa a largo plazo, sino por tu visibilidad inmediata y tu capacidad de intervenir tu contexto. Mientras los millennials sueñan con explicarse el mundo que les exige ser adultos, los Z lo intervienen e interrumpen para convertirlo en un escenario.
Por eso pueden llegar a ser una generación que no necesita una gran historia o verdad que ordene el mundo y genere simbolismos que lo mantengan binario, pero, ¡vaya que necesitan causas, imágenes icónicas y acciones digitales para existir en sus contextos! Si los boomers cargaban contra el mundo desde las ideologías, los X las perpetuaban por pura inercia y los millenials las agarraban con asquito e ironía, buscando el mejor momento para soltarlas y ser felices, mientras que la generación Z directamente reformuló la ideología desde sus sentidos personales de injusticia, amplificados comunitariamente.
Y ahí un buen boomer o X dirá: “qué superficiales”, pero se equivocarían. Esto no es superficial, es simplemente otra lógica en un mundo que ha ganado una nueva dimensión: la digital. En este mundo la imagen funciona como unidad mínima de sentido ideológico, pues concentra emoción, juicio moral y llamado a la acción, además de sus propias tensiones. De pronto las causas más aisladas y subjetivas se vuelven tan grandes y públicas que los distintos grupos (léase: las distintas percepciones) las personalizan y crean tanta presión moral que la frontera entre denuncia legítima y linchamiento simbólico se vuelve borrosa.
¿Alguien va a pensar en los niños?
Entonces, si los millennials crecieron viendo cómo el optimismo noventero se revelaba insuficiente mientras se aferraban a fenómenos culturales como Harry Potter para ordenar el mundo, y la Generación Z aprendió a existir en internet como nuevo espacio de acción y validación, la pregunta es: ¿cómo es la ideología en la generación que llega después? Esos serían los Alpha, que hoy no superan los trece años, para quienes los millennials somos viejos y los Z oscilan entre adolescentes y adultos.
¿Qué pasa con la ideología cuando el mundo ya no solo es digital y performativo, sino inmediato, algorítmico y lúdico desde la infancia?
No sabemos. Son muy niños, pero en base a lo que ya se ve, se puede hipotetizar.
Entonces, hipótesis:
Cuando la ideología deja de expresarse como relato o imagen y se vuelve un protocolo, la moral se aprende primero como ejecución correcta y solo después —y a veces— se la reflexiona.
¿Te imaginas lo que es crecer en un mundo donde la mediación algorítmica es constante, invisible y temprana? Hoy en día, internet no es una herramienta externa, sino una capa permanente de la realidad: prioriza, recomienda y denuncia según los intereses de los económicamente poderosos o según de lo que hacen viral las clases medias y bajas. Las temáticas aparecen y desaparecen con tal rapidez que no hay tiempo para grandes relatos ni para discusiones ideológicas prolongadas. En su lugar, predominan micro causas, reacciones inmediatas, recompensas simbólicas instantáneas y una cultura intensa de corrección, señalamiento y reporte. Primero se actúa para existir en lo digital y la reflexión, si llega, viene después.
La ideología ya no se presenta como sistemas de ideas coherentes, sino como respuestas situadas. Las categorías clásicas (izquierda, derecha) siguen circulando en el discurso político, pero en la práctica se vuelven cada vez más difusas, aceleradas y emocionalmente intensas. Lo gracioso es que, por esto, millennials y Z pueden terminar pareciéndose más de lo que creen: no es que tengan coincidencias ideológicas profundas, sino que su similitud está en la radicalización que produce un ecosistema donde las ideas tienen poco tiempo para existir antes de ser reemplazadas por otras.
En un mundo así, la justicia es cada vez más parecida a un procedimiento —reportar, cancelar, excluir, amplificar— antes que una deliberación. Si en la Generación Z esa frontera ya era borrosa, en Alpha existe la posibilidad de que se vuelva normal, casi automática: una ética aprendida como ejecución correcta dentro de un sistema, no como reflexión moral previa.
Ese es el mundo que las generaciones anteriores —boomers, X, millennials y Z— han ido construyendo y que ahora heredan los Alpha. Un mundo en que la ideología no desaparece, sino que pasa de ser relato, luego imagen y acción, a un protocolo cotidiano. Algo que se ejecuta más de lo que se discute.
De nuevo, todo lo que acá afirmo parte de una hipótesis. Y, para profundizarla, se puede decir que crecer en entornos lúdicos, hiperconectados y altamente coordinables también puede producir una capacidad operativa nunca antes vista. Es posible que estos niños puedan detectar problemas rápidamente, organizarse sin jerarquías visibles, actuar colectivamente sin necesidad de liderazgos carismáticos ni grandes discursos. En contextos como el boliviano, donde la acción colectiva suele verse condicionada o bloqueada por estructuras rígidas o caudillismos, esas habilidades no serían algo menor.
La piedra Rosetta intergeneracional
Este texto tiene un sesgo millenial, es verdad. Pero creo que eso no quita que en un mundo cada vez más visual, inmediato y operativo, la tendencia millenial a sobrepensar y narrativizar la realidad —prácticas criticadas como inmaduras— puede funcionar como contrapeso. No para exagerarla, mucho menos para volver al pasado, sino para reintroducir la pausa, la memoria y la deliberación a un ecosistema donde creer, actuar y juzgar ocurren cada vez más rápido.
Siempre habrá un conflicto entre generaciones, pero creo que se hace más sencillo comprenderlo y superarlo una vez que nos damos cuenta que no es un problema de valores, sino de formatos. Los millennials aprendieron a procesar la ideología como relato moral continuo; la Generación Z la comprimió en imágenes, gestos y acciones coordinadas; y los Alpha parecen heredar un mundo donde la ideología ya no se discute ni se narra, sino que se ejecuta. En ninguno de los casos desaparece la ideología: cambia el soporte desde el cual se vuelve creíble, compartible y eficaz.
Cada formato tiene fortalezas y límites. El relato millenial —como el que ofrecía My Chemical Romance o Harry Potter— conserva memoria y continuidad simbólica, pero corre el riesgo de tender al binarismo y la explicación totalizante. La imagen y la acción Z permiten velocidad, traducción cultural y presión efectiva, pero —como pasó en México con los conciertos de BTS— intensifican la performatividad y vuelven difusa la frontera entre justicia y castigo. La operatividad algorítmica que heredan los Alpha promete coordinación e inmediatez, pero también plantea interrogantes éticos sobre la verificación, la deliberación y el tiempo necesario para pensar antes de actuar.
El error común entre todas estas generaciones es leer sus diferencias como una degradación moral —simplistas contra extremistas, superficiales contra profundos— cuando en realidad estas diferencias describen cómo los formatos culturales fueron cambiando al mundo. Y si eso es verdad, entonces no se trata de quién tiene razón, sino de entender qué necesita cada generación para orientarse, para actuar y para construir sentido en el contexto que le tocó habitar. Lograrlo puede funcionar como una piedra de Rosetta intergeneracional que no elimina el conflicto, pero permite traducirlo.
En otras palabras, no se trata de elegir un formato y descartar los demás, sino articularlos. Más que un conflicto de valores, el choque entre generaciones es un conflicto de velocidades: distintas formas de creer, actuar y juzgar, forzadas por entornos que aceleran de manera desigual. Por eso hay que recuperar algo del espesor narrativo millenial sin renunciar a la eficacia Z ni a la capacidad operativa que podría traer Alpha. Reintroducir deliberación donde hoy hay solo reacción, sin perder la posibilidad de actuar cuando sea necesario.
La ideología ya no está en manifiestos ni en grandes sistemas de ideas, sino en relatos, imágenes, acciones y protocolos. No desaparece, se adapta. Para reconocerla y gobernarla debemos aprender a ver más allá de nuestras limitaciones generacionales. Porque, al final, lo que está en juego no es qué creemos, sino cómo aprendemos a existir comunitariamente entre viejos, jóvenes y niños, sin entregar el mundo ni a la nostalgia ni a los dinosaurios.

