Entre navidad y carnaval: una tierra de nadie
Es más que una sensación, es una especie de bostezo entre fiestas empalmadas con feriados, lluvias, comilonas, abrazos y cierto respiro político. A las viejas festividades del calendario católico se han ido sumando los días de comadres y compadres, las previas, las alasitas y un sinnúmero de ferias y comparsas que recorren plazas e inventan rituales.
Pero, aunque entre fiestas se bosteza, en política no se duerme, como nos enseñaron machaconamente desde la primaria en las clases de historia, señalando que en diciembre de 1879 fue derrocado el presidente militar Hilarión Daza, de triste memoria.
Sin mirar tan lejos, un breve recorrido por nuestra historia reciente ratifica la comezón política: en diciembre de 2007 se aprobó, sin acuerdo con la oposición, la nueva Constitución Política del Estado Plurinacional, en febrero de 2008 la aprobó el Congreso; en enero del 2009 con Referendo Constitucional la aprobó la población y en febrero de ese mismo año entró en vigencia.
Fue un diciembre de 2010, también muy lluvioso, cuando Álvaro García, el entonces vicepresidente del Estado Plurinacional, con el “mero mero” de viaje fuera del país intentó aumentar el precio de los combustibles, medida que que el “mero mero” tuvo que retirar precipitadamente ante la avalancha de protestas sociales.
Más cerquita, en diciembre 2025 el flamante gobierno de Rodrigo Paz Pereira difundió su primer “paquete” de medidas económicas. Ni tan fuerte como se esperaba ni tan suave como para pasar inadvertido.
Enero triste
Enero siempre me toca triste porque en mi propia historia pequeña es un mes lleno de cumpleaños de vivos y de muertos, todos cercanos, una cadena en la que destaca el día 15, fecha de nacimiento de mi madre.
Mamá nació en enero del año 1917 en Portachuelo, provincia del Sara, uno de esos pueblos antiguos del departamento de Santa Cruz, que ni el tiempo ni el comercio ni el crecimiento o la inmigración han logrado cambiar del todo. Fundado en 1770 como "La Inmaculada Concepción de la Virgen María de Portachuelo", ostenta ahora el orgulloso estatus de ciudad, pero en mi imaginario sigue siendo el pueblito de mis ancestros, el de las casonas de varios patios rodeando la plaza principal. El primer patio tenía un jardín asilvestrado rodeado de dormitorios penumbrosos. En el segundo estaban la cocina y el horno a leña, de donde salían a diario cuñapés, roscas varias y glaseados “panquetes”. Todo crocante y abizcochado para que dure y aguante viajes. Una estirpe de mujeres fuertes y laboriosas creó fortuna y familia a partir del trabajo inagotable de esos hornos. En el tercer patio se criaban gallinas y chanchos carne de sacrificio para las innumerables y concurridas fiestas familiares y patronales. En un patio como esos murió mi abuela materna mientras picaba yuca para alimentar a los chanchos, fulminada por un ataque cardíaco a sus 56 años.
Mamá murió de 64 años. Un infarto múltiple la apagó en 15 días. Una larga lista de parientes cercanos comparte la misma causa de muerte, especie de regalo genético fúnebre que viene con el nacimiento y se va transmitiendo de generación en generación.
Ese corazón herido fue causa de muchos sobresaltos en mi niñez y la adolescencia de mis hermanos y hermanas. Podía ser la razón de súbitas taquicardias y angustiosos suspiros, momentos en los que la casa entera entraba en un clima de estupor taciturno, esperando al médico, con los adultos conminándonos a andar en puntas de pie imitando la cautela de los gatos y merodeando los alrededores del silencioso dormitorio.
A mamá no le gustaba festejar su cumpleaños. Y cada enero uno de mis hermanos mayores, fiestero de vocación e hijo devoto conseguía, a regañadientes, el permiso para armar un almuerzo o una cena cuya preparación ponía a la casa en apronte y a la cumpleañera en ascuas. Con la distancia que dan los años tanto su renuencia como el entusiasmo de mi hermano tenían la misma raíz: estábamos salvando un año más.
Quizá por esta pequeña, recóndita historia, yo no recuerdo ni lloro ni prendo velas el 24 de octubre, fecha de su muerte, pero la pienso en enero tratando de imaginar sin suerte cómo hubiera sido el resto de su vida, qué conversaciones de adultas hubiéramos podido tener y qué tipo de tranquila y feliz vejez le escamoteó ese corazón tiránico.
Joan Didion (El año del pensamiento mágico) escribió que el dolor nos expone a la sensación de fragilidad, la misma que cada enero siento más que nunca, porque el duelo no tiene fecha de expiración, y se vive con dolor, incredulidad e ira.
Y aquí estoy – estamos, este 2026, pasó enero, llegó febrero y contando…otra vez camino a los carnavales. Tierra de fiestas y disfraces, tiempo suspendido, tierra de nadie.
Cochabamba, febrero 2026
