La superficie inquebrantable

Un relato sobre la memoria suspendida entre la profundidad y una superficie inquebrantable.
Editado por : Adrián Nieve

Cuando era pendejo yo nadaba, desde re pendejo nadaba. Cuando aprendés a nadar, lo primero es mantenerse a flote, luego arrancás con lo demás. Una vez empezás a competir, la cosa cambia; tenés que aprender a tomar alta bocanada de aire, pero después se vuelve costumbre. Al principio re pasa que tomás aire antes de tiempo y te ahogás en esa agua asquerosa con cloro. Es horrible la sensación; estar parado en media competencia tosiendo, intentado volver a respirar. Igual, después ni te pasa eso. Zarpado miedo me daba ahogarme. Mi vieja me contó que, en un viaje a la costa, yo estaba en la pileta de nenes, ahí metí la cabeza en el agua y no podía salir. Ella estaba viendo desde la otra punta mientras leía el diario; al verme corrió para donde estaba y se tiró al agua para sacarme, con ropa y todo. Cuando volvimos me metió en clases de natación, tenía más miedo a que me ahogue que yo. Por su laburo no podía acompañarme a las clases, pero con el tiempo empecé a competir y era bastante bueno. Mi vieja me acompañaba siempre a las competencias, llevaba tres botellas de agua y bananas, a veces barritas de proteína y cuando eran competencias muy importantes, Gatorade azul. Ella tenía el pelo corto y negro, era re fácil encontrarla entre todas las minas rubias. Yo la buscaba antes de acomodarme en la plataforma y ella me sonreía. Siempre estaba. Qué pendejo que era.

Cuando terminábamos muy de noche, íbamos al púlpito de la plaza Moreno, se pedía papas, yo una hamburguesa y compartíamos. Era muy piola mi vieja, compartíamos todo. Caminábamos a casa lento, ella fumando un pucho y yo agarrando la correa del bolso que me apretaba el pecho. No nado hace años, dejé antes de que se muera mi vieja, pero a veces siento que estoy todavía ahí, adentro de la pileta, con mis piernas y brazos prendidos fuego, abriéndose paso en el agua entrando y saliendo, empujándola y avanzando, hasta que doblo el cuello para respirar, pero me quedo ahí. El agua no me empuja hacia el fondo ni se mete en mi nariz, quedo congelado entre la profundidad de la pileta y esa superficie inquebrantable, donde no hay ni muerte ni oxígeno. Y sigo avanzando, aunque me quema los pulmones, sigo avanzando.

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