Perspectivas

En su columna para 88 Grados, Mariana Ruiz nos habla de cómo es que el ascenso meteórico del ser humano coincide, curiosamente, con el ascenso de las montañas.

Fue para mí una sorpresa constatar que las montañas de los Andes tienen apenas diez millones de años de antigüedad. En términos geológicos, las montañas son apenas bebés de pecho. Su espectacular ascenso nos invita a pensar acerca de la tierra, y nuestro lugar en ella, desde múltiples niveles, tanto prácticos como simbólicos.

Simon Lamb escribió un libro fascinante: “El diablo en la montaña”, sobre sus experiencias como geólogo en Bolivia, a la que decidió empezar a visitar mientras hacía su tesis, allá por 1989. Este gringo inglés, que se debe a la universidad de Oxford, ha estado rebuscando pistas sobre el nacimiento de estos monumentos de roca y lava que damos por sentados, desde hace casi cuarenta años. Sus frecuentes visitas a los Andes, donde recorrió cientos de miles de kilómetros en poderosas Land Cruisers y desde donde ascendió al equivalente de cientos de montañas, nos invita a repensar nuestra relación con nuestros Apus y Achachilas, relación que ha marcado la cosmogonía quechua y aymara desde sus inicios. 

Rapidito: las montañas son consideradas seres tutelares que tienen sentimientos, reaccionan ante las provocaciones humanas y deben siempre venerarse, ya que gracias a ellas y sus picos nevados se garantiza el agua en los terrenos agrestes del altiplano. Además, el mundo está dividido en tres secciones, a la manera helena, siendo el Olimpo el Hanan Pacha, (en aymara), nuestro valle de lágrimas el Kay Pacha y el Arverno, donde reside el tío de la mina –a veces equiparado con el diablo cristiano-, el Ukhu Pacha. Todo esto se vive en el sincretismo religioso donde las montañas también se equiparan a la Virgen María/Pachamama (madre tierra) y marcan el calendario agrícola, las ceremonias religiosas y las celebraciones desde hace cinco mil años. Un calendario inamovible al que los conquistadores católicos tuvieron que adaptarse, porque no hubo forma de prevenir las ch’allas, las fiestas de guardar, los feriados. A lo sumo les pusieron el nombre de un santo y organizaron los bailes y los disfraces para que fueran en honor al altísimo, escondiendo los indígenas con habilidad sus soles y lunas entre las cruces y coronas. 

Volviendo a la orografía, el estudio del nacimiento de las montañas, todo es cuestión de perspectiva: si bien es cierto que volcanes, deslizamientos, terremotos, capas de polvo y cenizas varias marcan el paisaje; también es cierto que la tierra tuvo muchos nombres y distintos tipos de continentes a lo largo de su existencia. Pangea, Gondwana, Laurasia, son apenas ejemplos de una verdad que los geólogos vienen aceptando recién desde el siglo XIX (Darwin estaba muy interesado en la geología y pudo ver los efectos de los terremotos en su paso por Chile). Esta “verdad” fue objeto de ardientes disputas, ya que la teología dominante le había dado una antigüedad a la creación de precisamente 4500 años. Bajo esta teoría, Dios creó el mundo en seis días, el séptimo descansó, y se puede datar la fecha de nacimiento creacionista a un jueves cualquiera, exactamente a las 5 de la tarde. Terry Pratchett bromeaba diciendo que se podía inferir entonces que el signo zodiacal del planeta era Libra, y que eso bastaba para explicar a la Humanidad.

También hay terraplanistas, cómo olvidarlos, gente que está dispuesta a creer que los huesos de los dinosaurios fueron impresos en 3D y que podemos caernos del borde de la tierra si nos atrevemos a llegar tan lejos. Los geólogos la tuvieron muy difícil hasta hace apenas doscientos años atrás, y recién hace un siglo Alfred Wegener propuso la teoría de la deriva continental, que antecede a nuestro conocimiento actual de placas tectónicas; litósfera (el manto de tierra donde residimos), astenósfera (la capa inferior a este manto, muy profunda) y la interesante idea de la subducción. Es más: solo cuando se instalaron sensores en lo profundo del lecho marino, hace apenas ochenta años, los geólogos se dieron cuenta de la enorme cantidad de terremotos que suceden a diario, muchos de ellos siguiendo fallas y fisuras como el cinturón de fuego del Pacífico.

Es un placer leer a Lamb, mientras nos explica con mucha paciencia cómo empezaron las preguntas (siempre la parte más importante) acerca de si las montañas tienen raíces o si flotan como los icebergs, qué fuerzas están involucradas en la fricción y los rastros visibles en la corteza terrestre y la razón por la cual todavía no se pueden predecir los terremotos. También da agrado su mirada afable de nuestro país, como la de tantos científicos que vienen de visita y consideran los bloqueos y cambios de gobierno como parte intrínseca del paisaje montañoso. 

Hasta donde sabemos, la tierra se mantiene sobre un centro líquido y caliente, y está envuelta en capas, como una cebolla. Lamb la compara con un espeso queque almibarado, que posee una plasticidad densa y caliente debajo de la corteza, (como un queque en el horno) y a las montañas como quiebres en la capa de glaseado. Dos cosas importantes: primero, las placas se mueven y empujan las montañas hacia arriba, y a la vez, las derraman encima de otras placas. El queque, por lo tanto, se hornea en movimiento. Se desparrama hacia las tierras bajas y cambia de dirección magnéticamente, un cuarto de vuelta cada siglo en algunos casos, como las montañas de Nueva Zelanda.

Segundo: como nacieron, también pueden morir. Los ríos pueden socavarlas, los movimientos profundos pueden provocar que bajen de altura, y donde vemos altísimas montañas nevadas, podremos ver, en unos miles de años, colinas suaves, o llanuras cubiertas por mares nuevos. Tras cinco extinciones y cientos de formas continentales flotando por la corteza, el mundo continúa avanzando, moviéndose, cambiando.

Solo nos falta preguntarnos, como Lamb, qué significa para la Humanidad la muerte de las montañas. Tal vez la cosmogonía andina no anda equivocada, después de todo, cuando indica que las montañas son seres vivientes: si nacen y mueren, ya cumplen con una parte importante del ciclo de la vida. Y en otra cosa, también, tienen muchísima razón: si no estamos pendientes de su devenir, pereceremos junto a ellas.

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