La desaparición de la ciudadanía
¿Qué es lo que trato de decir cuando señalo la “desaparición de la ciudadanía”? No hablo de la desaparición del ser territorial ni sus identidades correspondientes. Del ser ciudadano boliviano. Eso es inalterable. Lo que intento analizar es algo que compete a los desgastes sucedidos por las relaciones de poder, los totalitarismos que pasan por nuestra mirada pero que casi no los percibimos, y con los cuales poco o nada podemos hacer.
Actualmente hay un debate sobre la prohibición de los bloqueos que muchos observan como una medida que nos arrebatará la capacidad completa de manifestarnos. Un acto vital para la formación y ejercicio ciudadano pero que sufre del oportunismo de grupos que solo buscan la defensa de su interés sin necesariamente velar por el bien común.
La definición inmediata de la ciudadanía es el de dotar de derechos, responsabilidades y deberes a un sujeto ligado a un Estado. La noción moderna prioriza la acción entre el sujeto y lo político. La ciudadanía dota a cualquier individuo común de ciertos roles dentro del ejercicio democrático y las relaciones de poder. Es decir, un sujeto por sí solo no puede hacer mucho, pero si ese sujeto es un ciudadano tiene una cualidad, un rol legítimo de regulación, denuncia y demanda con el gobierno y el Estado.
Entonces, ¿todas y todos tenemos el poder de regular y controlar a las autoridades que nos gobiernan? En teoría, sí. Pero no vivimos de teoría y esas ideas de trabajar la democracia junto con el pueblo (en su ejercicio ciudadano) son inexistentes en la práctica, por diversas razones que veremos a continuación. El quiebre o la poca practicidad tanto de la ontología como de la epistemología de la ciudadanía ha hecho que esta sea algo hasta inexistente. Y son cuatro puntos que en este texto señalo como posibles causas de su decadencia:
1) Falta de estructura pedagógica
2) Desinterés y fatalismo de la sociedad civil
3) Descredibilidad
4) Oportunismo
1.- Falta de estructura pedagógica: el ejercicio de ciudadanía requiere de algo que se llama “competencias ciudadanas”. Estas son una serie de aptitudes y conocimientos que permiten al sujeto comprender las formas de ejercer y manifestar ciudadanía. La capacidad del sistema educativo del país tiene varios puntos flacos dentro del desarrollo de varias aptitudes que deberían ser base de la formación de futuros profesionales (como los extremos bajos niveles de lectura y escritura). El esperar una mejora potencial de la formación de educación cívica dirigida a las competencias ciudadanas es mucho más complejo y difícil. No tenemos un norte estructurado. Por ende, los bolivianos no estamos preparados para ejercer nuestra ciudadanía y para conocer la cualidad ciudadana que nos dan roles legítimos de demanda y acción.
2.- Desinterés y fatalismo de la sociedad civil: más allá de las organizaciones sociales que en su mayoría pelean por sus propios intereses, habría igual que preguntarnos si el ciudadano de a pie tiene interés alguno de manifestarse. Las preocupaciones de cada persona, sus necesidades inmediatas y cotidianas, hacen que nuestro rol ciudadano carezca de valor y que en lugar de ser sujetos demandantes y denunciantes, seamos actores pasivos que solo esperamos uno de los objetos de la ciudadanía: que se cumplan mínimamente nuestros derechos. Para bien o para mal, la ciudadanía requiere de acción. A pesar de que la constitución abala y permite al control social (art. 241-242), su ejercicio es anulado de forma sencilla por el poder en turno.
3.- Deslegitimación: en EEUU se registran masivas manifestaciones contra el aparato represor del ICE. El repudio a esta entidad protegida por Trump ha ocasionado la muerte de la norteamericana Renee Nicole Good, quien en su ejercicio ciudadano se manifestó total acierto contra la violencia. Pero el gobierno de Trump la culpó de “terrorismo doméstico”. De la misma manera, durante la crisis política del 2019, el gobierno de Evo Morales tachó de “terroristas” y “paramilitares asalariados” a las masas de gente que se movilizaban en su contra. Por lo tanto, el oponente civil fácilmente puede dejar de ser un ciudadano y ser convertido en un enemigo público: “terrorista”, “paramilitar”, etc. Su legitimidad de movilización, denuncia y demanda es destrozada a conveniencia del poder. Esto demuestra algo claro: el ciudadano no tiene ningún rol en la política, por ende, la ciudadanía no existe. El ciudadano deja de tener la cualidad de deberes y responsabilidades ya que estos no pueden ser usados sin antes ser desacreditados.
4.- Oportunismo: finalmente tenemos la poca capacidad y habilidad de vivir en democracia, que parte del oportunismo. No es menos falso que existen muchas personas con intereses en juego y que utilizan para sus propios fines las cualidades legítimas de la ciudadanía. A qué me refiero con esto. Por ejemplo, si alguien desea desprestigiar a alguna autoridad política, y no necesariamente como un acto de regulación, sino como un hecho politiquero, y para ello se aferra del control social no solo daña la imagen política sino la acción ciudadana. Entonces ¿qué hace una autoridad? Ve la oportunidad de usar la descredibilidad, asegurando que el que lo regula no es un ciudadano ni es un accionar legítimo, sino es una persona a la que pagan por generar bulla y conflicto. Cosa que, nosotros que no estamos con un dedo en la boca, sabemos que sucede a menudo. El problema es que arruinan la capacidad de movilización legítima.
El sentido mismo por el cual la ciudadanía fortalece la democracia, y es una cualidad prioritaria de la misma, está en un momento crítico ante la ausencia de desarrollo de competencias y la cada vez más inminente desvalorización de la otredad. El gobierno actual mantiene fuerte el discurso de potenciar la institucionalidad democrática, para ello, un sacrificio adicional que debe hacer es potenciar el ejercicio ciudadano.
