Abrazo hasta el hueso

Volver de Cochabamba hace recordar a Eduardo Álvarez de su mudanza a Chile en 2010, una etapa de memorias familiares que le devolvió a La Paz con una renovada convicción vital.
Editado por : Adrián Nieve

El martes 13 de enero de 2026, al principio de la tarde, volvimos luego de pasar dos semanas de vacaciones en Cochabamba. Desde la avenida 6 de marzo tomamos la salida del Molino Andino para bajar por Achocalla y recoger a nuestro perrito donde mi hermano, en las cercanías de Mallasa. Nos saludamos con largas expresiones de cariño y continuamos la ruta. Luego de la última curva cerrada que da espacio a la casa, nuestro compañero lanudo gimió reconociendo su territorio.

Pensé que, tras saltar del auto, olisquearía los pastos del cordón de acera haciéndose esperar y correría cuesta abajo, pero entró de una vez. “Ah, la casa tiene nuestro aliento, el de nadie más”, dijo mi pequeño, posándose en el sillón para abrir las cortinas.  Acomodamos el equipaje y, cuando le servimos su comida, el can ovejuno apenas olió el plato. Estaba con la boca llena de tierra y poco después apareció royendo un suculento hueso. “¿De dónde has desenterrado tu recuerdo Copito?”, le pregunté fascinado por la memoria. Después, escribiendo, recordé esta misma época del año cuando me mudé a Chile.

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Imagen: 88 Grados

En 2010 se plasmó el deseo de profundizar en mis estudios y vivir fuera del país. Mi ilusión era quedarme a trabajar. Santiago fue entonces una ciudad bella, con su metro pulcro y sus hermosos pasajeros de cara larga y prisa innegociable. Las calles de Ñuñoa y Providencia, amables para andar la noche, de día me llevaban a toda prisa. El Paseo Ahumada es contundente en esto, la gente camina a velocidad de olimpiada. “Nadie te pesca”, dirían mis amigos chilenos. “Menos si eres un pueblerino de la ciudad de La Paz”, yo pensaba. 

No es tema demográfico. Montevideo se cruza cebando mate hasta en los pasos de cebra, los autos viajan con una mesura que invita a contemplar la rambla. En Buenos Aires cada palabra toma su tiempo. En cambio, para Santiago es valioso decir la mayor cantidad de cosas en el menor tiempo posible. Estas impresiones, por supuesto, son la muestra sesgada de mi residencia en Chile, contraria a mis vacaciones de mocedad allí. 

Ya de niño había vivido el calor de la playa, pero a los trece años entendí por qué le llaman verano a nuestra época de lluvias. Ya estoy viendo la piscina de lona en el patio, las deliciosas cerezas corazón de paloma, los melones tuna para ese ponche de vino como solo lo sabe preparar mi tío Enrique. Villa Alemana nos recibía en manos de familia con igual generosidad que Arica años antes. 

Lo entrañable se traslada en el alma y se reproduce con quienes llegan. Mi querida prima Paula organizó una fiesta bailable para sus primos bolivianos. Yace fijo el recuerdo de la vez que, certera, me volteó el ombligo para adentro con un gancho metálico. En esta ocasión, no intervendría quirúrgicamente mi aspecto, más bien propició para mi intimidad una huella invisible.  

Los Andes no saben de rituales púberes a nivel del mar. Ahí estaba Tamara, la menor de las mayores, con sus ojos miel invitándome a bailar un par de temas en complicidad con su hermana y sus amigas. Pidiéndome que le acompañe al paradero para que vuelva a casa cuando termine la fiesta. Deteniéndome en la primera esquina para besar con una soltura imposible en la vastedad del Collasuyo. No hubo concesiones para mi cuerpo tembloroso, su fe estaba bien puesta y firme en mi aliento. Puedo sentir el olor de su abrazo, embriagándome esquina tras esquina y, finalmente, a la luz de la avenida. Esa iniciación se conserva en ciertos destellos de luna, no va por la recuperación del litoral. 

Cuando me fui a vivir a Chile, mi prima Paula se había trasladado más al sur. En sus trazos escudriñó territorios distantes. Éramos niños cuando me pidió que me bajara los pantalones para saber qué había ahí, en medio. Miró detenidamente, agachándose. Luego dio un paso atrás, se subió la falda y bajó los calzones, mostrándome lo suyo. Miré casi sin moverme. Tras la puerta, la sonrisa cómplice de mi tía Licha, hermana de mi abuela, me confirmó que no había nada de qué preocuparse. Arica era amable y tibia. 

Otra cosa es la mirada espía de mi madre para ese beso iniciático en Villa Alemana. “Tú me estabas siguiendo de lejos ayer cuando salí de la fiesta”, la encaré al día siguiente. “No, cómo pues”, se hizo la loca con autoridad de brigadier. “¿Acaso hay poder humano que le pueda a la contundencia del mar?”, me digo, me escribo. 

Por supuesto, fue ingenuo creer que correría con la misma suerte de los trece en la capital metropolitana. Toma tiempo aprender a vivir en otro lugar. Asumir que no lograba pararme bien en ciertos ámbitos hubiera aligerado la carga. Hallé nociones para respirar en correspondencia con mi mamá. Las cartas gestaron su visita a Santiago con salteñas congeladas para festejar mi cumpleaños, supimos compartir lluvia de invierno entre orígenes presentidos y armados. 

Caminamos a paso propio las calles del país cautivo de mi abuela. Yolanda se fue jovencita a Bolivia, con un trabajo en el consulado. Se casó con un hombre mayor, mi abuelo, y no se supo de ella en largos años de revoluciones y golpes. El abrazo eufórico de Licha con su hermana perdida empieza en Linares y contiene a la prole. Hasta a los nietos, mostrándose sus partes. 

Ese abrazo lo presenció mi madre, su hermano, mi tía Iris. Ese abrazo cunde desde el centro: Santiago me ofreció trabajo con amigos que abrieron su casa para que yo viva, acaso en homenaje a mi abuelo y su generosidad cuando Bolivia les dijo sí. De cualquier modo, ahí estábamos, trascendiendo imaginarios de sangre, escuela primaria y capital de riesgo. Tuve mi noche oscura, mis destellos de luna en Chile, contenido en el abrazo de la vida. 

Para el 2012 regresé a La Paz desde una convicción limpia a la que no sé poner palabras. Ahora diría que volví a casa para aprender a ensuciarme desenterrando huesos, sembrando habas. Ese mismo año se abrió una relación entrañable con Cochabamba a partir de la fiesta de Alasitas, miniatura para nuestros deseos de abundancia en proyectos que nos jugamos.  

El abrazo se extiende en renovadas raíces para la amistad por uno y otro lado. Desde que nació nuestro hijo, hace ocho años, pasamos vacaciones de verano en la Llajta. Los niños arman sus propios mundos. ¡Cómo van creciendo! Para cuando mi pequeño encuentre su propia prima de cariño experta en voltearse el ombligo, para cuando dé con su luna y su forma de caminar la noche, esta historia le acompañará de algún modo.

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