Prácticas cotidianas de desorientación
Con la situación del transporte público en Bolivia, la abrogación y cambio del decreto 5503 relacionado a la subvención del combustible, algunos de nosotros, ciudadanos usuarios que nos quedamos con el incremento de tarifas “le haiga o no le haiga” la subvención, hemos optado por simplificar nuestros trayectos, complicando a veces nuestras rutas y haciéndolas más largas (en tiempo). Por ejemplo: si antes tomábamos dos micros, ahora caminamos un trecho y tomamos solo uno. O si eran 10 cuadras, ahora las caminamos.
Yo solía ir en micro al Mercado Mutualista, a unos 2 km desde mi casa. Ahora voy caminando, dos de ida, dos de vuelta… no es tan grave, y es hasta saludable, mientras no sea bajo un sol que pela. Incluso resulta hasta divertido jugar a zigzaguear calles de manera distinta cada vez, abierta a “las señales” en el camino.
Hace unos días, de regreso del mercado, por una ruta que ya conocía, pero que esta vez no hice de manera automática, me topé con una señal con el nombre de una calle y una flecha: Poresaquí. Una palabra pegada a otra, una flecha al costado. Nada más.
Mi cerebro, entrenado para obedecer señales, leyó automáticamente: es por aquí.
Me quedé mirándolo un rato. Le saqué una foto. Y seguí caminando pensando en él durante cinco cuadras, como si esa flecha hubiera activado algo más que una indicación urbana. Esa pequeña señal me dejó una sensación extraña: la certeza que prometía parecía demasiado rápida, demasiado simple, como si alguien hubiera decidido por mí, sin que mi cuerpo tuviera tiempo de opinar.
Siempre me costó orientarme. No solo en grandes ciudades, sino también en espacios pequeños: una casa, un edificio, incluso una habitación ajena. Puedo entrar y no saber, minutos después, hacia dónde queda la salida. No es desinterés. Es otra cosa. Una especie de duda espacial que aparece primero en el cuerpo (en las piernas), luego en la cabeza. Camino mucho. Me gusta caminar. Pero orientarme nunca fue mi fuerte.
En Lisboa me pasó eso de desorientarme, pero con consecuencias más concretas. Caminaba sola, con el Google Maps abierto, convencida de entender el recorrido. Avanzaba varias cuadras hasta llegar, casi siempre, a una iglesia. Y ahí me daba cuenta de que era para el otro lado. No una vez. Muchas. Como si mi lectura del mapa tuviera una falla estructural, siempre inclinada hacia la dirección equivocada.
Al principio insistía. Analizaba con más cuidado. Volvía a mirar. Confiaba en la deducción. Fallaba de nuevo. Hasta que un día decidí hacer algo distinto: ir siempre en el sentido contrario al que mi cerebro interpretaba como correcto. No por intuición mística ni por rebeldía romántica, sino por pura estrategia práctica. Si siempre me equivocaba hacia un lado, tal vez lo más honesto era aceptar ese error y convertirlo en método. Funcionó. No dejé de perderme, pero empecé a llegar.
Frente a esa flecha pegada a Poresaquí, recordé un poema de Rolando Kattan, poeta hondureño. Uno donde las señales del camino no son reconocidas como simples guías, sino como monumentos a la inmediatez, como si tuvieran prisa por llevarnos a algún lugar que quizá no necesitamos alcanzar. En su poema, cada flecha, cada aviso, parece prometer claridad, pero al mismo tiempo invita a desconfiar. Las señales demasiado rápidas se presentan como verdades que el cuerpo y la intuición no siempre reconocen como tales.
Kattan describe una orientación que ocurre lejos de lo obvio, como si la guía no estuviera en la flecha, sino en la forma en que aprendemos a leerla (o escucharla) y, sobre todo, en cómo dudamos de ella. No es un reproche a la señal, sino un recordatorio silencioso: incluso las rutas más obvias pueden volverse laberintos cuando uno se deja guiar solo por la vista.
Más que una advertencia, el poema me abrió una incomodidad: la sensación de que no toda señal conduce, y que algunas orientaciones necesitan tiempo y duda para volverse legibles. No sé si es esto lo que el poeta quiso expresar en su poema; a mí me ocurre con frecuencia que ante una imagen que me muestra el horizonte yo me quedo mirando las piedritas en la orilla. Ante ese laberinto (no arquitectónico sino semiótico) mi comprensión hace cortocircuito: demasiadas señales terminan produciéndome desorientación.
Entonces, volviendo a ese día y al letrero, pese a que la flecha prometía claridad y que el ojo obedece, el cerebro completa y el cuerpo sigue. Yo dudé. Conozco mi ruta, sabía que “era por ahí”, pero dudé de lo rápido que mi cerebro procesó la información y me entraron unas ganas incontenibles de desobedecer. Aunque sabía que “era por ahí”, me fui por la siguiente calle y zizagué de otra manera para llegar a casa a investigar el origen de la palabra Poresaquí. En mi barrio las calles llevan nombre de lugares.
Efectivamente, Poresaquí es una comunidad pequeña (también llamada “la curva”) a 50 km al norte de Santa Cruz. En el oriente boliviano, la palabra se usa coloquialmente para señalar un sitio cercano: “por aquí”, “por ese lado”. Combinada con un gesto de dedo, significa algo así como “mira por aquí”, “por esa aquí”, “poresaquí”.
En esta coyuntura político-económica del país, caminar ha dejado de ser solo una elección personal. Cada vez más gente vuelve a medir la ciudad con las piernas, recalcular tiempos, acortar rutas. Sin romantizarlo, es un ajuste cotidiano. Cuando las señales fallan -o se vuelven inaccesibles o de dudosa comprensión-, orientarse deja de ser una abstracción y se vuelve una experiencia física, concreta.
Vuelvo sobre el poema, y me gusta pensar que mi manera de caminar (equivocarme, dudar, ir al contrario) se acompaña de su ritmo: escuchar mi cuerpo, aceptar su error recurrente y caminar desde ahí. Quizá yo lea ese sextante del que habla el poema no como algo opuesto al cuerpo, sino que lo acompaña, como un marcapasos: no indica el rumbo, pero mantiene el pulso mientras se camina. Perderse -cuando se camina- puede ser también una forma modesta, imperfecta, pero propia, de llegar.
Más que un método o una consigna, es una práctica de atención, de tiempo y de duda, que vuelve el acto de orientarse algo vivo: un diálogo silencioso entre cuerpo, memoria y las señales que elegimos (o no) seguir.
