Aquella casa amarilla
Me paro en la fiesta de la Alasita, ese carnaval de miniaturas donde la ilusión se encoge y cabe en las palmas de las manos que se estiran hacia las casitas de yeso. Multicolores, con techitos rojos y ventanitas que no se abren, cuestan diez bolivianos; quince si tienen jardín y papeles al día.
Entre el humo de los anticuchos, el sahumerio y las voces que repiten en altos decibeles "casita, casita, llévate casita", una mujer abre su monedero y escoge la suya: dos pisos, patio, tanque de agua. Un poco de alcohol y los tres soplidos de la vendedora coronan la esperanza. "Para que el Ekeko me la traiga de verdad", dice, y cruza los dedos sobre el vientre. En la Alasita nadie lo dice en voz alta, pero todos lo intuyen: una casa no es un techo, es lo que se sostiene cuando todo lo demás se cae, o se reinventa.
Doña María sí que lo sabe. Viuda en el 88, con cuatro hijos colgando de sus faldas como racimos y una orfandad que trepaba como enredadera en sus apenas 29 años. “No teníamos dónde vivir, nadie quería alquilar si había niños o perros”. Comenzaron apretados en un cuarto de la casa amarilla de tres pisos, encaramada en las alturas de San Pedro. Colchones en el suelo, ollas apiladas, risas sobre cansancio, cuentos y cantos contra el frío. "Dormíamos como sardinas", dice, y yo no veo nostalgia en su gesto, sino el paso de los años: cuántas veces se levantó a medianoche para que ninguna de las niñas se cayera del colchón, o para tratar de cubrir el viento que se filtraba por la puerta de metal que daba hacia la calle.
Meses después, se instalaron en dos cuartos que antes servían de tapicería —retazos de tela olvidados en las esquinas, y el olor a clefa como inquilino perpetuo que se cuela en la ropa, en las narices, en el aliento—. Cada noche las paredes se fundían con el rugido de los micros traqueteando sus ronquidos sobre el cansancio ajeno. Uno para dormir, otro para cocinar.
Pasó el invierno, como pasaba el sol por el patio de esa casa hacinada por seis familias en sus recovecos, los pasos se hicieron más firmes, y cruzaron la puerta principal, "entrando por fin en la casa": baño compartido con puerta de calamina que chirriaba como lamento, olores colándose por las rendijas, pasillos como venas y el teléfono de la vecina —la única con holgura— prestado a regañadientes, no más de tres minutos, "para no abusar". "Entramos como intrusos", evoca doña María, y su voz se tiñe de un luto hondo que le devuelve la dignidad intacta.
Al fin el primer piso: seis ambientes, piso de madera, camas “de verdad”, baño propio. Cada dos hijos en un cuarto, paredes separando espacios como fronteras ganadas, vista al Illimani que por las noches parecía un dios indiferente, nevado y eterno. Tomar ese espacio, en suma, era como negociar con el Ekeko un ascenso en miniatura.
Y es que habitar un espacio no es solo firmar un papel o colgar la ropa en el alambre, es un acto profundo contra el vacío, donde la memoria se expande como la masa del pan que leva. Doña María sabe que se trata de poner los pies sobre el suelo movedizo de la vida, quizás por eso guarda en un cajón la foto de la casa amarilla, un rectángulo pálido donde se amontonan recuerdos borrosos; “no es nostalgia, insiste; es como un mapa del camino que hemos andado”, y su dedo recorre el borde gastado, como si pudiera empujar esas paredes un centímetro más.
La mujer que acaba de comprar su casita se pierde entre la multitud de la Alasita, con su miniatura apretada contra el vientre, como doña María con su foto. Comprar la ilusión de un techo propio —rociarla con alcohol, soplarla tres veces, enterrarla para que el Ekeko la haga grande durante el año— ¡Qué duda cabe ante tanta fe! En La Paz, ciudad de mil pisos, la casa no es solo un techo y sus paredes, sino la metáfora misma de la tenacidad humana.
Como tantas veces, la ilusión cabe en un suspiro.
