Evoluciones

En una columna pendiente del 2025, Mariana Ruiz reflexiona acerca dequé nos depara el futuro.

¿Cómo se verá la tierra después del Antropoceno? Si algo nos ha enseñado la evolución es que el cambio es la única constante, y que, tras habernos disparado en el pie, finalmente, a los únicos a los que dañamos tras extinguir la fauna y flora que nos era precisa para sobrevivir, fue a nosotros. Tras nuestra desaparición, tan anunciada, la vida encontró otro camino.

Es al menos lo que se imagina Dougal Dixon en “Después del hombre”, un maravilloso tratado de futurología, que dibuja las especies que podríamos encontrar en 50 millones de años, una vez que el hombre haya salido de escena.

En él, son los seres domesticados quienes logran escapar de laboratorios, conejeras, mataderos y granjas varias, para luego reproducirse y multiplicarse… evolucionando en formas impredecibles.

Desde los ungulados que conocemos, pasando por los depredadores, los anfibios, los peces y los artrópodos, ingeniosas combinaciones juegan, desde un tono surrealista, con ilustraciones que acompañan el texto, visitando cada uno de los nichos ecológicos a ser llenados: desiertos, pastizales, montañas, océanos y pantanales, por nombrar algunos. Quién sabe y hasta puedan, con suficiente tiempo, volverse a poblar los cielos con pájaros tan abundantes que parezcan nubes de tormenta que se extienden por kilómetros, el aire llenarse con el sonido ensordecedor de cigarriposas, y la tierra vibrar con el murmullo constante de actividad en termiteros bioluminiscentes.

Algo de esa leve sospecha, de que podemos dejar de ser protagonistas de la historia, aparece a veces en películas sobre lejanos planetas, en elucubraciones donde se mezcla la ciencia ficción y la fantasía. Lo gracioso es que después de adentrarnos en esos mundos ajenos desde la mente, continuamos con nuestro manso camino a la extinción, sin sentir que pueda afectarnos a nosotros. “Acaso tal vez a algún descendiente lejano, en cientos de miles de años”, nos decimos, tan tranquilos.

¿Y cómo fue, pues, la extinción humana? ¿Qué precipitó nuestra precipitada salida, haciendo mutis por el foro? ¿Acaso fue el cambio climático, una erupción gigantesca, otro meteorito, el súbito incremento del nivel de los océanos?

En términos del paleontólogo Richard Leakey, todos esos factores externos se relacionan al catastrofismo, una teoría científica que observa cierta regularidad en las circunstancias que pueden, potencialmente, alterar la vida tal como la conocemos. En el libro del que hablamos en el capítulo anterior, Leakey predecía, además, que podíamos ser los directos responsables de un evento equivalente en nivel catastrófico: la destrucción de la biodiversidad.

¿A qué conclusión podemos llegar, después de haber paseado por la domesticación de plantas y animales hace once mil años, la diseminación de especies invasoras, la contaminación ambiental por plásticos y pesticidas, hasta llegar a la industria cárnica y su contraparte médica? Mi postulado es que nuestra extinción no será súbita ni tan espectacular como la vemos en las películas apocalípticas, sino gradual, y comenzará con algo que ya nos afecta a nivel global: la infertilidad en masa.

Rachel Carson ya nos habló de lo que significa, para la cadena alimenticia, que suelos contaminados de plásticos, químicos y hasta desechos farmacéuticos causen efectos por bioacumulación. Fuesen gusanos que luego alimentan aves, o plancton que alimenta peces, que a su vez alimentan a carnívoros y otros depredadores, la contaminación se expande y acumula, como una nube densa, y termina siendo parte de las células vivas de todos los seres vivos, incluidos nosotros. Tres formas son las que ha adquirido esta contaminación en su forma final, para nuestra desgracia: la infertilidad, el cáncer y la obesidad.

A todo esto, no hemos hablado de las ciudades, ni de las metrópolis, aunque son el resumen de nuestra desconexión con nuestras fuentes de alimentación, abrigo y desarrollo emocional.

Por cientos de miles de años, la humanidad se distribuyó en aldeas, campamentos temporales y asentamientos cerca de agua y cotos de caza, antes de convertirse en sociedades agrarias, con estadios de cooperación cada vez más compleja. Las megalópolis resultantes, con millones de habitantes, son un invento relativamente reciente, y tienen, al decir de Warren Ellis, una tendencia alarmante: son inmensos sistemas de inodoros interconectados, donde una población crecientemente anciana se aferra a su cercanía a hospitales y centros médicos, y que extrae todos sus requerimientos para sobrevivir de lugares cada vez más mecanizados y lejanos. Y si bien no se parecen a escenarios apocalípticos como “Blade Runner” y otras distopías, sí que se han convertido en el equivalente de termiteros bioluminiscentes a gran escala. Son donde casi todos habitamos, y donde experimentamos las consecuencias de nuestro desenfrenado ir hacia ninguna parte.

Lo gracioso es que la tierra tiene todos los recursos para llegar a un equilibrio, y lo va haciendo a su manera. Con el plástico inserto en nuestro intestino, acompañado de sus derivados químicos como espesantes, conservantes, y rastros de pesticidas, ya ha garantizado que en menos de cien años nos reduzcamos a la mitad. Sea por enfermedad, riesgo cardíaco asociado a la obesidad o simple incapacidad de reproducción, no llegaremos a los diez mil millones de habitantes, como nos temíamos, pero tampoco seremos apenas un puñado de tribus bajo el manto inmenso de las estrellas, como empezamos.

La gran pregunta, que veremos en el epílogo, es el papel que representaremos en el teatro de la vida, sabiendo que tenemos fecha de caducidad y movilidad reducida. ¿Vamos a continuar como hasta ahora, criando leones porque se ven bonitos en Tik Tok, y probando nuevas cepas de virus letales a nombre de la ciencia? ¿O nos pondremos a trabajar para conocer qué necesita el planeta como un todo, nombrando especies y sus interacciones antes de que se extingan y nos lleven consigo?

Podemos creer que la muerte de cientos de tipos de sapitos en Costa Rica por el hongo quitridio; la extinción de marsupiales en islas remotas del Océano Pacífico; la desaparición de caracoles y otros detalles son apenas notas discordantes, pero una sola reacción en cadena bastaría para precipitar un colapso en la fauna marina, y el colapso de la fauna terrestre no tardaría en seguirle. Ya hemos visto testimonios de extinciones masivas, literalmente, talladas en roca, y espero entendamos, desde nuestra posición privilegiada de mono consciente con talento narrativo, que la nuestra puede no ser más que una página apenas en el inmenso libro geológico de nuestra historia planetaria.

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