Laika, otro perro callejero que nadie nota
Entre las criaturas que habitan La Paz, una de las faunas más amables es la de los perros callejeros. Nada raro estar caminando por cualquier barrio paceño y, cada tanto, encontrarse con un perrubi, entre mediano y grande, que anda por ahí buscándose la vida. Literal: están buscando cómo seguir con vida. Entre esquivar autos, buscar comida y sobrevivir al frío y las enfermedades, sus días suelen ser más sobre tratar de seguir con vida que vivir.
Quizá por eso los perros paceños me recuerdan a Laika. No lo llamaría nostalgia histórica, sino que ambos viven bajo la misma lógica: la del animal prescindible. Comiendo entre basura, palomas muertas y la caridad de unos cuantos bondadosos, hay 4.306 perros sin hogar en los barrios municipales de La Paz, al menos eso indica el estudio Estimación de Mascotas 2025, realizado o patrocinado por la alcaldía paceña. De este total de perros sin hogar, 52% son completamente callejeros y 48% “comunitarios” (alimentados o cuidados parcialmente por vecinos o comerciantes). Todo esto sin contar que muchos perros con familia prácticamente viven en la calle: les dicen perros semidomiciliados, porque sus “dueños” no los mantienen dentro de sus casas y los dejan fuera porque consideran que son capaces de arreglárselas solos.
Gente de mierda…
En fin, los callejeros son los perrubis que te encuentras mientras paseas, a los que acaricias cuando no tienen el pelaje tan sucio, a los que algunas personas bondadosas adoptan y a los que borrachos golpean para robarles los espacios protegidos de la lluvia. Hay un montón y cada uno tiene miles de nombres, según la persona con la que se encuentran: nombres momentáneos, que duran lo que dura el encuentro y las caricias; y también nombres más fijos, que les ponen aquellos que hacen el esfuerzo de alimentarlos cada día. Tan solo cerca de mi barrio están el Baby, el Peacemaker, el Maluma, el Marcelo, el Noide, el Cirilo, el Cocoa y un doloroso etcétera de nombres de perritos que hace rato no aparecen y no sabemos si es que los adoptaron o fenecieron.
Pero les decía que verlos y recordar sus nombres me hace pensar, inevitablemente, en Laika. Esa perrita callejera de Moscú en los años 50, cuando esa capital ya tenía una población estable de perros callejeros que, como los perrubis paceños, sobrevivían como mejor podían a la dureza de la vida moscovita, pero también al hecho de que en esas frías calles los perseguían, con problemático ahínco, miembros del equipo del Sputnik 2.
No, no hablo de una de las vacunas para el COVID-19, me refiero a la primera nave espacial que orbitó la tierra con un ser vivo dentro. No un humano, sino Laika, una perrubi hembra mestiza, pequeña y de temperamento dócil, reclutada por el equipo de Sputnik 2 que consideraban a los callejeros como recursos fáciles de capturar y, por lo mismo, reemplazables. La lógica de los científicos era pragmática: no había que negociar con dueños, por lo que no se generaba ningún drama por su muerte; al ser callejeros eran más resistentes al frío, toleraban mejor el hambre y podían soportar estrés y condiciones hostiles mejor que perros de hogar; y como yapa: la URSS veía a los perrubis callejeros como “material biológico”, tal como un montón de personas aquí y allá en la actualidad.
Así como no sé si es que, por ejemplo, un precioso perro paceño llamado Choco murió de frío o se quedó en el último hogar al que pudimos rastrearlo, tampoco sabemos qué habría sido de la vida de Laika si es que, con apenas tres añitos, los hombres de ciencia soviéticos no la hubieran puesto en la cápsula espacial Sputnik 2 que fue lanzada el 3 de noviembre de 1957 en una misión sin retorno. Eso último no fue por accidente, sino por diseño. Laika fue enviada a morir por el “bien” de la “humanidad”.
Apenas un mes después del exitoso lanzamiento del Sputnik 1, lanzaban la secuela: una cápsula cuya tecnología no incluía sistema de reingreso ni aterrizaje, cuyos materiales se sobrecalentaban con facilidad, propiciando un fallo del sistema de control de temperatura tan extremo en el ambiente interno que eventualmente Laika murió por estrés térmico y taquicardia.
¿Te imaginas eso? El calor asesino, la falta de oxígeno, el silencio del espacio, el juego cruel que la falta de gravedad le jugaría a tus sentidos… todo eso en breves instantes de soledad antes de que tu corazón estalle, pocas horas después del lanzamiento que en realidad era tu funeral.
Claro que, en ese entonces, los soviéticos no dijeron que la pobre Laika había muerto casi de inmediato, sino que juraron y rejuraron que sobrevivió por seis días. Los motivos eran los mismos que tiene nuestro actual alcalde paceño para fingir que hizo algo bien en su gestión: políticos y propagandísticos. La URSS tenía que demostrar que la tenían más grande solo por mandar a un ser vivo al espacio antes que sus rivales de Estados Unidos. Por lo mismo apresuraron el proyecto sacrificando todo lo que no fuera estrictamente necesario para la demostración y metieron a un perro que nadie extrañaría a morir como huevo sobrecalentado en microondas.
Laika no murió por el bien de la humanidad, murió por el bien del partido. Fue una maniobra más de la Guerra Fría para fingir poderío. Fue un cálculo humano, esa raza que aprovecha sus privilegios de especie para jugar con las vidas de lo que considera menos. Para los rusos, Laika no era más que otro perro callejero que nadie nota. Tal como para algunos eso son el Baby, el Peacemaker, el Maluma, el Marcelo, el Noide, el Cirilo, el Cocoa y un doloroso etcétera de nombres de perritos que hace rato no aparecen y no sabemos si es que los adoptaron o fenecieron.
Peor aún: durante más de cuatro décadas, la URSS —y luego Rusia— sostuvo públicamente que Laika habría muerto sin sufrimiento y que hasta habían tenido la humanidad de instalar un mecanismo diseñado para provocarle un final “indoloro” a una vida cuya muerte aportó valiosos datos científicos.
Mentiras.
Esa era una historia diseñada para distender críticas, sostener la imagen heroica del experimento y mantener la legitimidad del programa espacial. En otras palabras, un velo para encubrir un acto cruel. Un velo recién corrido en 1998, cuando Oleg Gazenko, uno de los ingenieros y científicos responsables del Sputnik 2, dijo: "El trabajo con animales es una fuente de sufrimiento para todos nosotros. Los tratábamos como bebés que no podían hablar. Más pasa el tiempo y más lo lamento. No deberíamos haberlo hecho. No aprendimos lo suficiente de esa misión como para justificar la muerte de la perra".
¿Por qué mentir? En la lógica del gobierno soviético (y del mundo) a nadie le importan las vidas de los callejeros, entonces, ¿qué problema con decir la verdad? Bueno, al final las sociedades humanas viven de las apariencias y el sufrimiento de Laika fue borrado para que el proyecto pareciera humano, para que la perrubi fuera un símbolo heroico, no una víctima. Su muerte tenía que ser “digna” y “científicamente necesaria” para que, en todo el mundo, un montón de palurdos —del tipo que mantienen semidomiciliados a sus perros— puedan aplaudir la superioridad moral de estos hombres de ciencia sin culpa.
Mintieron y la sacrificaron porque, total, solo era otra perra callejera, acostumbrada a las calles y limpiaron sus conciencias elevándola a heroína con su propia estatua (revelada en 2008 en el Centro de Investigación Militar de Medicina Aeroespacial). Pero tanto en eso como en artículos como este que ahora escribo, la compasión llega cuando ya no sirve al ser que ha sido dañado.
En La Paz tampoco negamos la muerte de los perros callejeros, pero sí negamos su sufrimiento cotidiano, lo ponemos tras el velo de mirarlos sin verlos. Sí, existe ayuda, grupos que fomentan la adopción, incluso hay leyes pues, como cualquier autoridad con incentivos políticos, el municipio hace algunas cosas para maquillar sus fallas. En otras palabras, la ayuda llega en forma de parches, porque mientras los rescatistas voluntarios hacen lo que pueden a expensas de su tiempo y economía, los diferentes alcaldes que abordaron y abordarán este tema nunca lo harán desde cómo se educa a la gente para asumir la responsabilidad de darle la bienvenida a un perro a tu familia. Si hay casos de abandono, engreimiento y semidomicilio es porque muchos piensan que hacerse cargo de un perro es sencillo, cuando en realidad es lo contrario. Culturalmente crecemos con la misma ceguera de los políticos, ingenieros y científicos soviéticos que consideraban a los perros callejeros como “material biológico” para sus juegos de poder y no esos seres peludos que ves caminando por la calle, que se te acercan buscando una caricia y que desaparecen de tu vida tan rápido como entraron.
La historia de Laika no es excepcional: es el ejemplo extremo de la misma lógica que hoy hace de los perros paceños vidas prescindibles. El mundo que mató a Laika no desapareció, sigue siendo el mismo aquí o allá. Ella murió sola un 3 de noviembre en las estrellas, los nuestros mueren cada día solos en nuestra Tierra. Por eso no comparo La Paz con Moscú: comparo sistemas. En ambos, la vida animal es siempre la moneda más barata y deja que el ego humano ponga a una perrita en un cohete, el mismo ego al que no le conmueve que algunos perros (y gatos e incluso otros humanos) están librados al azar de la calle donde mueren en nombre de nuestra comodidad, nuestra negligencia y nuestra cultura de ver sin mirar.
Al próximo alcalde o alcaldesa (porque al actual, Iván Arias, mejor ignorarlo) habría que pedirle que sus soluciones para los perrubis callejeros no pasen por la instrumentalización política de estos. Recordarle que todo sistema que necesita usar un animal primero borra su individualidad para justificar cápsulas espaciales y peludos cadáveres en las calles paceñas.
Tal como Laika, los perros callejeros de La Paz no necesitan monumentos, ni nombres fugaces y tumbas anónimas hechas de olvido. Tal como Laika, los perros callejeros paceños merecen morir de viejos, queridos, gordos y mimados, rodeados por gente que en el futuro no se sentirán como Gazenko y orgullosos dirán que, cuando sea que llegaron a la vida de su perrubi callejero, no llegaron tarde.

