2025: El año que dejé que el idioma (y la vida) me encuentren. Una teoría personal del caos amable.
La gente siempre tiene una lista de propósitos del año. Algunos incluso la imprimen y la pegan en la puerta del refrigerador, generalmente rodeándola a lo largo del año con post-its llenos de frases de aliento buscando ser más disciplinados. Yo misma, hasta hace unos años, me hacía una lista larguísima: inventar una receta con achachairú, aprender MMA, ser como Bruce Lee, que no se me muera ninguna suculenta, correr diez kilómetros, ordenar las fotos del 2014, volver al spinning, leer a Proust sin dormirme en la página 35 de El Mundo de los Guermantes, este año sí salgo del Purgatorio en La Divina Comedia.
La lista era tan extensa que cabía dudosa en una hoja tamaño carta, y yo la cumplía, con suerte, en un 40%, acabando casi siempre frustrada por no hacer “ni la mitad” de lo que quería, el resto lo miraba con culpa, y me veía a mí misma como un fracaso de heroína del rendimiento personal. Una vaga. No veía todo lo que sí había hecho y que nunca estuvo en ninguna lista.
Para el 2025 decidí cambiar de estrategia. Plantearme un solo propósito, y no uno de esos que exige producir algo importante o convertirte en la versión mejorada de vos misma, sino responder una pregunta, una simple pregunta: ¿qué pasaría si me dedico sólo a escribir?
No sé si fue la pregunta, la edad, la suerte o el clima, pero fue uno de mis años más curiosos y fértiles. Lleno de regalos inesperados, aunque también de pérdidas que dolieron, y de aprendizajes que no sabía que estaba aprendiendo; por ejemplo, la idea de que los propósitos más valiosos no se planifican, que el aprendizaje vital es inesperado y muchas veces tangente.
Un novio que tuve (llamémosle Marc), francés y biólogo de profesión, me contó alguna vez que, después de un MBA y cinco años en las finanzas, se hartó de su vida pulcra y sin alma y, tras recibir una liquidación bastante generosa en euros, emprendió un viaje a la India con su entonces novia y su mejor amigo. En el trayecto, la novia y el mejor amigo emprendieron otro viaje -uno del que él ya no formaba parte-, o sea, se enamoraron entre ellos, y dejaron a Marc solo en Delhi.
Marc hizo lo que cualquier persona sensata y ligeramente herida haría: compró un bansuri, buscó un maestro y se sumergió en la filosofía de Krishnamurti. En un año pasó de yuppie boy a algo que parecía un yogui con sandalias de diseñador. Muy guapo, por cierto.
Yo lo conocí en Santa Cruz, en una exposición de arte. Lo volví a ver días después en la Pasticcería Saint Honoré, tocando los estudios de Chopin. Tocaba muy bien el piano y a mí me encanta Chopin. Pero no fue eso lo que llamó mi atención -ni tampoco su ligero parecido con el Zorg de Betty Blue-, sino que llevaba un libro azul a todos lados: una edición de Moby Dick en portugués.
(Les prometo que voy a un punto con esta historia.)
En una de nuestras citas, me dijo, muy serio, que se había propuesto aprender portugués leyendo a Herman Melville porque planeaba nadar 28 días con delfines en alguna playa remota del norte de Brasil. Yo pensé que no lo volvería a ver jamás, que su historia era una versión poética y exótica de ir a comprar pan y no regresar nunca.
Pero un mes después recibí un correo suyo que decía: "Vero, el I Ching me dijo que debo volver. Tomé un barco que va por el Amazonas hasta Bolivia. No sé exactamente cuándo llegaré. Calculo en dos semanas. Todo depende del río".
Pedí unos días de vacaciones en el trabajo y tomé una avioneta de diez pasajeros rumbo a los confines de la Amazonía boliviana para encontrarlo. Lo esperé a orillas del Mamoré, barcaza tras barcaza. Al tercer día lo vi bajar de un carguero de madera como una visión, con su bansuri al hombro y el libro de Moby Dick en la mano. Pasamos tres días hermosos en Guayaramerín: incalculable cantidad de jugo de copoazú, mis pies misteriosamente anaranjados todo el tiempo y su libro azul sobre todas las mesas.
Yo volví a Santa Cruz y él se quedó un par de semanas más en la selva. Luego volvió. Luego convivimos. Adoptamos un gato al que llamamos Baudelaire. Pasábamos horas en silencio en la hamaca mirando la noche, escuchando grillos y contemplando cada quien sus propios misterios. Él me enseñó algunas palabras en francés, y practicaba portugués leyéndole Moby Dick en voz alta al gato y a mi hija, que probablemente no entendían nada y se dormían: MariJo sobre mis piernas y Baudelaire sobre las suyas. A veces hablábamos; aunque la mayor parte del tiempo no hacía falta.
Hasta que un día le entraron unos celos irracionales hacia mi mejor amigo y, luego de una discusión que empezó calmada en español y decantó en un francés subido de tono, agarró su bansuri y tomó un vuelo a París. No volvimos a hablar nunca más. Eso no fue muy Krishnamurti de su parte. Entiendo que ahora es fotógrafo. Lo importante aquí es el punto al que quería llegar, cuando miro atrás —y la columna que inauguro hoy se trata justamente de eso, de mirar atrás con provecho— entiendo que Marc fue un maestro involuntario.
De él aprendí varias cosas excéntricas y útiles, como usar el baño en posición ranita en caso de higiene dudosa, o interpretar el I Ching con monedas de veinte centavos. Pero lo más importante fue que se puede aprender un idioma leyendo literatura.
Por eso, mi propósito para el 2026 —mi único propósito, porque ya no creo en listas kilométricas que le ganan por cansancio a la voluntad— no es volverme una mejor persona ni hablar portugués perfecto: es leer a Eugénio de Andrade y a Hilda Hilst, y dejar que el idioma me encuentre.
Supongo que de eso se tratan los propósitos ahora para mí: no proponerme cambiarlo todo, no ordenar mi vida como si fuera un cajón que voy a cerrar, sino prestar atención a cosas que parecieran no servir de nada y que, vistas con ternura y humildad, resultan ser pequeños faros.
Y si no funciona… bueno, siempre podré culpar al I Ching.
