El dolor es hereditario

Imposible negar que la historia y los sucesos se construyen a través de varias voces y versiones, las que nos cuentan y las que vivimos de primera mano. Una de ellas es la de Teresa Leytón Puig, quien en esta ocasión entiende que, aunque no se elija, el proceso migratorio de los padres o abuelos es algo que constituye la propia vida.

Cruzamos el jardín y lo vimos, a través de las puertas correderas de vidrio, sentado en el sillón de terciopelo café, el de siempre, desgastado por el tiempo y las incontables visitas. Esperaba con su terno negro y su mejor corbata; el ramo de rosas rojas en la mano. Era el aniversario número sesenta de matrimonio, lo habían vivido todo de la mano. Tras pasar los últimos tres meses en cama decidió que ese día era especial y no quería perdérselo. Mi abuela se quedó quieta mirándolo por unos segundos; luego, con los ojos llenos de lágrimas, me tomó de la mano y me arrastró hacia la casa. “Hay mucho que hacer”, dijo cortante, “es un día especial, no quiero verte triste”.

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Junto al abuelo que está apoyado sobre alguno de los muebles, y al pie de cuadros impresionistas como los de Goya, en aquella pequeña habitación de cortinas azules, una pequeña Teresa escucha antiguos relatos, como aquel donde el abuelo escapa para evitar su fusilamiento. / Fotografía: Wikilmages.

Murió casi un mes después, a los ochenta y tantos años. Lejos de casa, lejos de su pueblo natal, lejos de todos los que un día fueron su gente.

Peré Puig i Subinyà era mi abuelo, mi mentor, mi guía y mi mejor ejemplo. Nació lejos de lo que en algún momento llamó su casa, aunque no era precisamente su casa. Oriundo de San Hipólito de Voltregá en España, nació en el año 1914, durante la Primera Guerra Mundial y murió al otro lado del mundo, en La Paz, Bolivia, en el año 1999, unos días antes de ver el cambio al nuevo siglo del que tanto había hablado y al que tanto esperó. Sí, fue un empresario y un político, un español, un catalán más bien, y perteneció a la Unión de Rabassaires y a la Esquerra Republicana de Catalunya, pero más que eso fue un valiente, un condenado a muerte, un perseguido, un exiliado político, un migrante forzado, un sobreviviente, un luchador y, por si eso fuera poco, la persona más inteligente que hubiera yo conocido.

Hombre cruzado por guerras, su destino lleno de ellas, llegó a Sudamérica con unas monedas en el bolsillo, una niña de cuatro años de su mano y otra en camino: mi madre. Su mujer había quedado embarazada en el trayecto de huida en un barco que venía de Europa con ruta hacía América; ningún país en específico, ningún destino trazado, nadie esperando, solo la fe puesta en mejores caminos y mejores destinos.

Desde el cuartito azul: “¿Sabes, nena? La guerra es un lugar atroz”, me dijo un día mirándome a los ojos, muy fijo, aguado el color verde que distinguía su mirada. “No es un espacio, ni un momento, ¿sabes? Es un lugar del que siempre debes huir, salvo que sea tu deber”.

Así empezó, hace ya muchos años, el relato de su historia en el cuartito azul, detrás de la puerta gruesa y oscura de madera, por partes, como en capítulos. Me fue haciendo parte de su tristeza y su frustración, así como también de su orgullo, su agradecimiento y su renacer.

En realidad el cuartito no era azul, lucía en las paredes un color gris deslavado y viejo. Se notaba que en el papel de pared que antes llevaba flores se habían pasado más de cuatro capas de pintura de diversos colores.

La única ventana que se veía al fondo, justo de frente a la puerta, vestía una cortina de azul intenso, una tela gruesa que le daba algo de vida al pequeño espacio. Se podía ver, a través del vidrio, la avenida de Obrajes, llena de autos y bocinazos a pleno sol, ese sol paceño que enceguece, pero no calienta, ese que parece de mentiras, encima del cielo más azul de América.

En el cuartito ningún sonido más que el de las cartas moviéndose para armar y resolver el solitario. Él al mando, moviendo ases y reinas, descifrando códigos y símbolos, enseñándome trucos. Lo único azul, además de las cortinas, era el sillón donde el abuelo gastaba sus tardes, impresa la huella de su asiento y sus brazos, su perfume en cada objeto, su voz en cada rincón, sus manos de uñas cuadradas y bien cortadas que te invitaban a la protección, al “todo estará bien a pesar de todo”.

“Odio la lenteja. Cuando estaba preso nos pasaban un plato mugriento, con un puñado de lenteja sin carne ni papa ni arroz, mucho menos chorizo. Todos los días comimos eso por años, quizá fueron días, pero en mi memoria parecen años”.

“Yo pertenecía al bando de los republicanos, tienes que entenderlo muy bien, te lo explicaré una y mil veces, para que te quede claro que las injusticias no se pueden tolerar y que la libertad hay que defenderla con la vida si es preciso”. En el año 1936 estalló la guerra Civil Española, con dos bandos enfrentados, dos bandos de hermanos, de compatriotas, que peleaban por razones muy distintas. El bando republicano y el bando nacional se enfrentaron en uno de los conflictos bélicos más destacados de la historia de España. Luego del golpe de Estado ocasionado por una parte del ejército contra el sistema de gobierno de la Segunda República y tras tres años de lucha, tuvo fin en 1939, donde Francisco Franco declaró la victoria instaurando una dictadura.

El cuartito azul era cálido, la estufa siempre encendida, de día y de noche, culpable de las quemaduras en las faldas de colores de la abuela, que cada vez que nos escuchaba cuchichear repetía: “Pedro, deja de contarle tanta desgracia a la niña. Llegamos para quedarnos, no para que ella sepa del hambre y las penurias, sino para que la vida sea vida”.

“Mira, nena, las cosas son como son, y la vida a veces es difícil. Estuvimos presos, morimos de hambre, tuvimos que dejarlo todo, pero aquí estamos, y de todo se saca algo bueno, ¿sabes? Estuve presa y tu tía también, y era una niña pequeña, tenía apenas cuatro años, de igual forma aprendimos mucho, y no me quejo. ¿Sabes quién me enseñó todos los trucos para que tu abuelo estuviera contento por años conmigo? Las prostitutas, en la cárcel. ¿Ves lo que te digo, nena?, ¿lo entiendes? No pude despedirme de mi madre, ni la vi morir, tampoco de mi padre, a mi hermano lo vi tan solo dos veces más en la vida, por muchos años no pudimos movernos y cuando se nos permitió ya era tarde, estaba todo perdido. No soy de aquí ni soy de allá, terminé siendo de ningún lugar y eso duele, pero el dolor no se hereda, por ningún motivo se lo permitiré a tu abuelo”. Así me hablaba la abuela, a borbotones, eso lo heredé de ella. Y después del discurso me abrazaba, me apretaba en su regazo y me besaba la cara repitiendo: “petons, petita princesa”.

Pero el abuelo necesitaba contarlo y se acomodaba en alguno de los muebles sencillos, setenteros, de madera clara y liviana, que aterrizaban en la alfombra clara que contenía las manchas de rigor de un espacio en el que se come, se juega, se charla, se llora, se ríe, se analizan películas de tele en blanco y negro y novelas cursis. Y contaba la historia sin fin que tanto recuerdo hoy.

Las sillas floreadas de la mesa pequeña (diminutos puntos amarillos) los pájaros de cerámica de la mesa larga, donde se acumulan los álbumes de las fotos familiares, los cuadros de Goya y los impresionistas más comerciales, escuchaban atentos los relatos y se comían las lágrimas para que nadie lo sepa. Yo escuchaba, con los ojos muy abiertos y el corazón dolido.

“Yo era un granjero, me enlisté en el ejército para defender la libertad. Poco a poco las cosas se salieron de control, no pude evitarlo, tuve que seguir. En plena guerra fui alcalde del pueblo y empecé a crear enemigos, los comunistas, los que eran parte del ejército. Me animé un día a ponerlo por escrito, denuncié que en el ejército más del 50% eran comunistas, era mi deber hacerlo, como comisario delegado de guerra de brigada. El porcentaje de jefes, oficiales y comisarios que tenían simpatías comunistas o eran miembros del Partido Comunista de España era mayor al de los otros, ¿me entienden? No era justo, afectaría negativamente la moral de los republicanos en el ejército. Difundieron el informe, traducido al castellano, yo lo escribí en catalán. Me acusaron de alta traición a la patria, me encarcelaron por primera vez, doce días, fue el inicio de todo. Tuve que huir y me acomodaron en Francia, en Montpellier, donde está el hermano de tu abuela ahora, él consiguió quedarse, fue más inteligente, o más cobarde quizá, no lo sé...”.

Perseguido, mi abuelo tuvo que irse. El partido lo apoyó y estuvo por un tiempo refugiado en los campos de internamiento de Argelès y de Agde. Leí de esa época la declaración de Anna Murià (esposa de Agustí Bartra), ambos refugiados también: “Pere Puig era líder, mentor y protector, hermano y padre de los catalanes de los campos de concentración. Los comprendía a todos y se preocupaba por todos”. Se mantuvo siempre en contacto con Carles Pi i Sunyer, quien más adelante fue su salvador y el guía de su exilio definitivo.

De los campos de concentración pasó a Montpellier, a la residencia que ahí tenía la Esquerra Republicana de Catalunya. En los primeros años del exilio fue uno de los líderes más importantes de la misma.​

El abuelo continuó: “Ahí en Montpellier conocí a tu abuela, pequeñita, impetuosa y extremadamente inteligente. Su papá fue exiliado también y ella se acomodó, jamás se quejó, nos casamos enseguida. Todavía la recuerdo con el vestido rosa y el sombrerito con flores, no había mujer más hermosa que ella, esos pequeños ojos lilas me conquistaron por siempre. No es que yo no fuera de buen ver ¿eh?, pero ella... ella era más de lo que cualquiera pueda merecer”.

“Me convertí varias veces en Esteve Serra”, “Me gusta más Peré”, le dije riendo ese día”. “Entré a Barcelona varias veces, clandestinamente. Tu tía Tere era una niña pequeña y nos acompañaba siempre; aunque algún momento nos separábamos para evitar que me cojan. Un día las tomaron presas, pero tu abuela estuvo seis meses sin abrir la boca, si lo hacía yo moría, era así de sencillo. No lograron nada con ella y la dejaron ir, tampoco se quejó cuando volvió a verme, mi causa era la suya y estábamos convencidos de que era lo correcto, peleábamos por la justicia y la libertad; nunca le pregunté a tu tía si se acordaba de esa época, espero que no”.

Mi tía murió muy joven, yo tenía dieciséis y tampoco alcancé a preguntarle nada. Sin embargo, su mirada fija me mostraba que sí se acordaba y, no solo eso, atesoraba el recuerdo. Era igual a mi abuela, valiente y justiciera. El amor se le salía constantemente, a borbotones, y siempre hablaba bien de la gente y de las prostitutas.

“Yo quería organizar y propulsar a la Esquerra Republicana de Catalunya fundada en Barcelona en 1931, quería seguir y dar la esperanza; luchamos desde todos los terrenos, viajamos varías veces, siempre en la clandestinidad, publicamos revistas y boletines informativos, hablamos con la gente aquí y allá, no me quería rendir, no quería dejar de luchar, no quería partir, te lo juro”.

El 24 de enero de 1947 mi abuelo fue detenido y consiguió huir. Oficialmente se dice que: “Algunos protagonistas de la época consideran que esta huida fue facilitada por la policía franquista a causa de las presiones recibidas por el gobernador civil, de los cónsules de las potencias democráticas (que mantenían conversaciones y relaciones con ERC) y otras personalidades catalanas, como José María Pi i Sunyer, decano de la facultad de Derecho de Barcelona”. Lo cierto es que, lo supe de primera fuente, fue suerte. Pidió ir al baño, había una ventana, la cual se pudo abrir; se deslizó por el pequeño espacio y vio la calle otra vez; corrió como un desquiciado por esa calzada angosta llena de grietas: “Solo eso veían mis ojos...”, me dijo, “corrí y corrí hasta quedar sin aliento”. Se liberó de ser fusilado como tantos otros, no importa la versión, pudo huir y yo tuve la suerte de tener su abrazo y sus manos grandes y huesudas para mí.

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Resulta interesante cuán arraigada puede estar una persona a su tierra, a pesar de haber pasado menor tiempo ahí que en el lugar donde reside en el presente. Tras migrar, ninguno de los miembros de la familia pierde las costumbres y tradiciones de Catalunya. / Fotografía: Archivo Depositphotos.

Si leo las fuentes oficiales y algunos textos desparramados por la red, puedo recoger esta información de lo que queda de la historia:

“Entró nuevamente clandestinamente a Barcelona varias veces en 1947, para hacerse cargo de la crisis del partido y para conectar con Pous i Pagès y el Consejo Nacional de la Democracia Catalana y reconducir las difíciles relaciones existentes entre el Consejo y el Gobierno en el exilio, y entre el Consejo y Esquerra Republicana de Catalunya. Además para asumir la representación del presidente Irla para ver las posibilidades, y en lo posible obtener, la constitución de un organismo de unidad de las fuerzas políticas catalanas del interior, contrarias al régimen franquista, y su articulación con el gobierno de Catalunya. Para estos fines mantuvo varias reuniones y entrevistas con varios personajes. ​Fue jefe del Servicio de información de la Generalitat de Cataluña en el exilio (1947-49).

En 1949 partió a Bolivia, país donde ejerció puestos directivos en diversas empresas privadas, ​ y montó la suya propia. En este país fue presidente de la Agrupación de Españoles (1953-59), institución apolítica de Cochabamba, miembro de entidades sociales y económicas como la Casa de España y la Cámara de Comercio Española en Bolivia, en esta última por un periodo de 18 años de los cuales seis (1978 a 1984) fue presidente titular.

Durante su exilio escribió varios artículos en el diario Avui. ​En 1983 fue nombrado Comendador de la Orden del Mérito Civil por su majestad el Rey Juan Carlos I por su labor de pleno respaldo al acercamiento entre España y Bolivia.

El personaje Puig del libro de Agustí Bartra “Xabola” está parcialmente basado en Pere Puig”

Sin embargo, estos son datos, no es la vida de mi abuelo, no es la que yo conocí y reconocí en tardes frías al calor de la estufa, no es la cara de la moneda que me mostró, esta es la cara al mundo, porque cuando no te queda otra opción, ser valiente es la respuesta. Lo que quiero contar es otra cosa, es la realidad del exilio en cuanto a las emociones, la cara sucia que oculta y el daño terrible que causa. Más que contarlo, denunciarlo, a voz en cuello, aunque sea obvio, aunque ya haya pasado tanto tiempo, aunque se hayan exhumado los cuerpos, se hayan secado las lágrimas, se hayan muerto los protagonistas y se haya hecho justicia, por mi abuelo y otros tantos abuelos, por lo nietos, por mí, porque no hay derecho.

La situación era insostenible, partieron. Un conocido les dijo que otro conocido se había instalado en Chile, en Valparaíso. La abuela hizo una maleta pequeña con lo poco que tenía; se despidieron del abuelo Francesc y la abuela Josefina en menos de media hora y buscaron para siempre un nuevo destino. Mi abuela nunca miró hacia atrás: “De hacerlo, me quedaba”, me dijo un día. Ya en Valparaíso, viéndose solo, el contacto nunca apareció y decidió seguir viaje a Bolivia. Algunos compañeros así lo hicieron y los siguió, más que con convicción con miedo, con dudas y sobre todo con mucha incertidumbre, pero también sin opciones. Se asentó en Cochabamba y empezó de cero, literalmente, sin embargo ya acompañaba a mi tía Tere una hermana que nacería muy pronto.

Me lo contó con sus ojos llenos de lágrimas: “Esta fue una época fea, corta, pero fea. Yo siempre había sido el más valiente, el protector, el líder, pero, la verdad, nena... el miedo me comía vivo cada noche, y lloraba en los eternos insomnios, a solas, en un cuartito pequeño que hacía de cocina. No quería que las niñas y la abuela lo supieran, no podía permitírmelo”.

Mi abuelo se llamaba Pedro Puig i Subinya, este hombre es la experiencia más cercana que tengo con lo que significa la palabra ‘migración’. Escuché miles de conversaciones en catalán y tuve que acostumbrarme a modismos y platos típicos. En mi casa se comía muy distinto que en las del resto de mis compañeros de curso. Mi madre no había nacido siquiera cuando llegó a este país, sin embargo, conservó el idioma y las costumbres, incluso culinarias, que sus padres trajeron desde allá. No fue fácil, la pobreza no es amiga de la asimilación en ningún caso.

No hubo preparación, tampoco alternativa. Mi abuelo no tuvo la opción de poner en una balanza lo que tenían y lo que podrían obtener ahora que dejaban su país, su familia y todo lo que construyeron a cambio de un futuro incierto. No había ninguna certeza de un regreso, ni a corto ni a largo plazo, y se puso complicado encontrar trabajo para mantener a una familia. Mi abuelo no tenía ninguna profesión, era un campesino que criaba cerdos en una granja; de hecho, vivía con ellos, compartían una casa, ellos abajo, mi abuelo arriba. Su carrera política comenzó de manera fortuita y aunque era muy inteligente, tuvo que deponer muchas situaciones para poder sobrevivir.

La integración tomó tiempo, años, y mucho esfuerzo. Mi familia aprendió paso a paso a respetar la nueva cultura, con sus costumbres y sus tradiciones y a hacerlas parte de las suyas. Los nietos nacieron en Bolivia y los bisnietos también, el exilio se dio en condiciones nefastas, pero la familia tuvo suerte. Sin embargo, hay algo que siempre da vueltas en mi cabeza y me toca el corazón: mi abuelo intentó volver a España para retomar su vida allá cuando murió Franco. Viajó hasta allá y se quedó un tiempo entre los suyos; pero no se sintió cómodo. La España que él había dejado no era en lo absoluto la que encontró, entonces decidió volver y vivir en Bolivia hasta su muerte, con lo que había. Se quedó en el medio. Le arrebataron su esencia. A pesar de que había vivido mucho más tiempo en Bolivia de lo que vivió en España (murió a los ochenta y tantos, y llegó aquí a los treinta y cinco) nunca perdió su condición de migrante/exiliado, nunca fue boliviano y nunca dejó de extrañar la patria y la familia. Esta es, precisamente, la cara de la moneda que me mostró.

Quiero creer que valió la pena, que lo que construyó después mitigó el dolor, que la sangre mezclada y el arraigo a medias fueron suficientes para sentir orgullo, no culpa, ni pena; quiero pensar que todo lo nuevo alejó el sentimiento de no pertenencia que pude rescatar en su mirada de tantas tardes. Ese que me heredó a mí, por siempre, entre tantos solitarios y “tés, sin nada”.

La abuela y sus ojos lilas sobrevivieron a todos. Murieron antes: la tía Tere, el abuelo, mi madre, su hermano, sus padres y la familia política entera, menos la tía Rosa que sigue siendo parte de las calles de Saint Hipolit de Voltrega. Madrina a la que debo mi tercer nombre, viejita y ciega se acuerda todavía del abuelo y lo llama.

Ella, la abuela de ojos lilas, tampoco se quejó el día que murió su hermano y que no alcanzó a llegar a Montpellier al entierro; recuerdo que con pena, pero firme, me dijo: “Nena, ni siquiera lo vi casarse, prácticamente no conozco a mis sobrinos, no sé la dirección de su trabajo ni de su casa. ¿Qué sentido tiene verlo enterrarse?”.

En este cuartito azul se esconde la historia de mi familia, los mejores y los peores momentos vividos; pequeño, repleto de muebles, moviendo uno para poner otro, y haciendo espacio para la charola del té. Lleno de cojines de colores renovados anualmente, lo material se funde con los dos, él y ella, su cuarto azul con la grada traicionera de entrada (no había nadie que pase la prueba del primer tropezón) y con el olor constante a las rosas blancas del jardín.

Con el ceño fruncido en la foto de la bisabuela Josefina en la mesita del costurero, que te observaba con la intensidad de una Mona Lisa y te seguía con la mirada, como diciéndote: “Lleva siempre la ropa interior combinada en colores y formas, uno nunca sabe lo que puede pasar”.

Ahí aprendí del amor incondicional, de tolerancia y racismo, de guerra, de exilio, de hambre y dolor. Ahí dije adiós a mis preferidos, ahí compartí la vida con ellos. Sentada en la alfombra de mil años de manchas y con la espalda contra la estufa, calenté mis mejores historias, vi cientos de capítulos de ER y costuré 900 calcetines con un foco dentro. En un espacio de 2 x 2 metros está todo, el cuartito azul no tiene precio en mi memoria.

Mi abuelo nunca imaginó que un 22 de diciembre sería ese el espacio que lo vería dar el último suspiro. Eran las 8 a.m., había salido como siempre a trabajar, apurada por la hora que se acercaba y me impedía llegar a tiempo a una reunión importante. En el instante en el que sonaba mi teléfono, yo cruzaba la avenida Mariscal Santa Cruz. “El abuelo acaba de morir”, dijo la voz al otro lado del teléfono. Me quedé quieta, sin esquivar siquiera los autos que pasaban rozando mi cuerpo, gritándome insultos por mi imprudencia. Todo mi mundo se derrumbó; el abuelo había muerto, nada quedaba entonces que valiera la pena.

Peré, el grande, se había despedido de mí esa mañana, con su puño y letra en un papelito cuadriculado; “Dios te guarde”, decía, con el lapicero verde que usaba siempre que tenía que escribir algo importante… “El abuelo murió...”. Volví rápidamente a la casa y alcancé a verlo antes de que lo limpiaran y vistieran; lo abracé con ansias; le dije “te amo” y me quedé huérfana de historia, de amor y de camino.

Escriturado por siempre a mi nombre el desarraigo, nada que hacer al respecto. El dolor se hereda, abuela, definitivamente.

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