Extinciones previas
Antes de nuestro brillante paso por el planeta, hubo cinco extinciones masivas que alteraron para siempre el ecosistema natural. Desde que manchas gigantescas de cianobacterias iniciaron el proceso vital, -pasando por la explosión cámbrica y su cataclismo posterior-; las glaciaciones, erupciones y el famoso meteorito que liquidó a los dinosaurios significaron cinco ocasiones diferentes en las que la tierra apretó el botón de reset y empezó de nuevo.
Richar Leakey y Roger Lewin lo explican mejor que nadie en “La sexta extinción, el futuro de la vida y de la humanidad”. Tras un apasionante recorrido de cómo la vida se fue formando, una larguísima disquisición sobre nuestro lugar en ella, hasta la inevitable pregunta de hacia dónde vamos, estos paleontólogos, especialmente Leakey (quien combina su amor por la paleontología con la conservación de los grandes mamíferos de Kenia) hacen un descarnado llamado a la calma en nuestro afán por destrozarlo todo, temiendo que ya sea demasiado tarde.
Pero vayamos por partes. ¿Cómo es eso de que ya se extinguieron formas de vida antes, si claramente seguimos aquí junto con ballenas, escarabajos, siluros y aves del paraíso? ¿No se supone que el ser humano es, además, lo mejor que pudo inventarse desde el chicle y la pólvora, precisamente, porque somos capaces de invención? ¿Qué pinta el pikaia gracilens en el desarrollo de la vida? Y lo más importante, una vez que hayamos respondido a la pregunta de dónde venimos, ¿hacia dónde vamos, y con quiénes?
¿Ocupa un rol la biodiversidad en la supervivencia humana?
Comencemos por la explosión cámbrica, hace 560 millones de años. Algo mágico sucedió allí. De haber hecho variaciones casi infinitas de procariotas como tema principal en nuestra canción terrícola, de pronto se inició, verdaderamente, la sinfonía de la vida: una progresión gradual y uniforme hacia formas de complejidad creciente. De procariotas a eucariotas, de eucariotas a mitocondrias, cloroplastos, invertebrados y vertebrados, de pronto hubo esponjas, caracoles, bivalvos, y bichos totalmente desconocidos, -ahora extintos-, en un sinfín de ambientes posibles. Inclusive quedan rastros de gusanos y esponjas sin revestimiento duro, conocidos como la fauna de Ediacara, que preceden a esta explosión.
El mar, la tierra, el aire, se fueron poblando de especies vegetales y animales. Fue un evento inédito y relativamente reciente, porque la tierra como planeta existió durante cuatro mil millones de años apenas como sinfonía mineral. La vida empezó, en términos geológicos, hace un parpadeo.
Hubiésemos pensado que, desde entonces, todo habría salido perfecto. Una línea recta de complejidad creciente donde nosotros somos el resultado final, pero resulta que no. La vida se expande y deprime, se diversifica y aniquila en cantidades ingentes, y a veces, se extingue en masa.
La primera extinción masiva ocurrió en el ordovídico-siluríco hace unos 455 millones de años, y se atribuye a la glaciación. Entramos en fase bola de nieve, bajaron los niveles oceánicos, y el noventa por ciento de la vida se extinguió, no sin antes dejarnos amablemente el resto de sus espinas y conchitas fijados en piedra tras depositarse en el sedimento marino, para su inspección posterior.
La segunda extinción ocurrió en el devónico tardío, hace unos 365 millones de años (hay cierta regularidad en el tiempo, faltan millones de años para la siguiente… nos decimos confiados). Se la atribuye a una masiva anoxia (falta de oxígeno) oceánica, e incluso se piensa que el fondo del mar pudo haberse “dado la vuelta” liberando ingentes cantidades de metano a la atmósfera.
La más devastadora fue la tercera, hace 250 millones de años en el pérmico, y se llevó por delante noventa y siete por ciento de las especies vivientes. Erupciones volcánicas, cambios en el nivel del mar, acidificación de los océanos… es una gran casualidad que los cordados sobrevivieran.
(Y menos mal, porque pikaia gracilens es un posible ancestro extinto, una criatura con un cordón nervioso central, apenas, ejem, la base para todos los vertebrados de la tierra, sí, ¡incluídos nosotros!).
Ya en el famoso Jurásico, hace 200 millones de años, la masa terrestre conocida como Pangea se dividió, causando que se elevaran montañas, aparecieran mares donde antes no había y formando, en algo, los continentes actuales.
Es la quinta la que recibió un gigantesco meteorito, hace 66 millones de años, eliminando a los dinosaurios de la faz de la tierra y permitiendo que los mamíferos, -apenas unas comadrejas que andaban por allí-, sobrevivieran y se diversificaran. El asteroide de marras dejó un cráter inmenso y otras huellas tras su paso por la corteza terrestre: rastros de un material vitrificado, el iridio, se encuentran en todas partes, confirmando el impacto.
Y ya que me apuran, porque se acaba la página, ¿dónde está pues, la sexta extinción? ¿Qué tenemos que ver nosotros? Tienen que saber que Leakey le dedica muchas horas a argüir el asunto, y se basa en muchos otros libros que hemos ido nombrando.
La biodiversidad del planeta era increíble para los mamíferos grandes, herederos de los megaterios y gliptodontes del cuaternario, hasta que un experto cazador se convirtió en la especie invasiva más exitosa de todas: el hombre de Clovis. En menos de un milenio asamos, cocimos, ahumamos e hicimos ropas con el cuero de 54 especies de mamíferos grandes, y omelettes con los huevos de cientos de miles de especies restantes, de tortugas a aves imponentes. Lo que no nos comimos personalmente, lo liquidaron ratas, perros y gatos que transportamos con nosotros. Las especies vegetales tampoco se salvaron: dejaron sin alimento -arrancando de raíz las plantas para los ungulados y otras especies locales- las cabras y las ovejas que nos acompañaron.
Quienes hayan jugado Catán saben esto: la humanidad es imparable, se aclimata a todo tipo de espacios y lugares, trae consigo gérmenes y armas, crea puentes de abastecimiento y carreteras, se embarca a todos los confines de la tierra y mueve especímenes de un lado a otro por razones estéticas, prácticas e imprácticas. Y hasta ahora no hemos cuantificado el impacto que nuestro hacer tiene sobre la tierra.
Leakey compara cada extinción de una especie a la pérdida del perno de un avión. Unos cuantos no tienen importancia, pero si llegamos a perder una parte significativa, nos precipitamos juntos al vacío. Un estudio interesante de los biólogos modernos, utilizando modelos matemáticos, revela que las condiciones que encontramos hace apenas 500 años en la tierra pueden no volver a repetirse, el caos natural hace que las especies ocupen nichos, aprovechen ciertas interacciones, y a veces aniquilen a lo que estaba allí previamente. Quedan pocos lugares prístinos, a donde no llegue la destrucción humana: algunos pantanos, partes del fondo marítimo, manchas de selva primigenia. Donde ya intervinimos, no hay ninguna garantía de revertir el proceso. Como en “Parque Jurásico”, novela de Michael Chrichton que releo todas las navidades, la vida se apoya en esta interacción caótica, y está llena de acontecimientos imprevisibles. Y, si bien es cierto que la vida encontrará un camino (como lo ha hecho ya en cinco ocasiones precedentes) nada asegura que ese camino nos incluya. En pocas palabras: es una suerte extraordinaria que un sistema nervioso central haya evolucionado hasta nosotros, y un milagro que estemos a cargo de la nave, porque de nosotros dependerá que esta llegue a buen puerto. Si preferimos ser el duende que le arranca partes al fuselaje, sin embargo, nuestra suerte está echada. Las partes del avión se recuperarán en tierra y se transformarán en otra cosa, y la increíble conjunción de conciencia y biodiversidad se habrá perdido para siempre.
