Entre el golazo de la equidad y la voladora del destino: Una tarde con las cholitas luchadoras
Dicen que los domingos en La Paz son lentos: que el Illimani bosteza y el sol se toma varios mates de coca antes de calentar los huesos. Pero eso es porque no conocen lo que sucede en El Alto cuando las polleras se suben al ring. Allí el domingo se vuelve rápido, estruendoso y con una dosis de adrenalina que ni el teleférico Línea Roja puede igualar.
Aquel domingo me tocó ser parte del culto turístico, antropológico y catártico que son las cholitas luchadoras, y mi travesía comenzó de la manera más paceña posible: esperando el bus en Sopocachi, calle Aspiazu 426, rodeada de europeos que parecían demasiado emocionados para lo que aún desconocían. Ellos tomaban fotos hasta de los postes, aunque sospecho que pensaban que cualquier cosa en Bolivia podría convertirse en llama en cualquier momento.
La guía aparece a las 15:15 con su mejor inglés turístico:
—For the tour of the cholita wrestlers?
Y yo, que cuando me hablan en inglés me sale el acento de “El Chavo del 8”, respondí con mi mejor intención:
—Yes, it’s us.
Y así emprendimos el viaje rumbo a El Alto, ese territorio donde el viento es más fuerte que los prejuicios y donde las mujeres llevan siglos luchando… con pollera o sin ella.
Entradas, pipocas y caos organizado
En el trayecto fuimos recogiendo más turistas. Todos recibimos un kit que parecía diseñado por un gerente de marketing obsesionado con la eficiencia: un ticket para el baño, otro para el refrigerio y otro para los recuerdos. Me pregunté si habría un ticket para gritar, otro para llorar, y uno más para protegerme del golpe accidental de una silla voladora.
Llegamos al recinto: un coliseo donde afuera se jugaba fútbol como si fuera la previa al gran combate mundial, y adentro ya se respiraba esa mezcla de espectáculo circense con drama novelesco. Nos ubicaron en primera fila —privilegio o advertencia, aún no lo tenía claro— y nos entregaron pipocas y Coca Quina, además de stickers y pines temáticos.
Entre pipoca y música mexicana, las latas de cerveza pasaban como si estuviéramos en un concierto de rock. Comencé a sospechar que el alcohol, más que un servicio, era un mecanismo de defensa emocional.
Cuando la pollera se convierte en capa
Aparece María, joven cholita luchadora, y el público enloquece. Ya no éramos un grupo multicultural de turistas nerviosos: ahora éramos hinchada oficial de María, gritando su nombre como si la patria dependiera de ello:
—¡María! ¡María! ¡María!
Ella movía su pollera con la elegancia de una reina y la fuerza de alguien que, además de pelear en el ring, lucha todos los días por el respeto. Una voltereta aquí, un rodillazo allá… y nosotros, felices, coreografiando el aliento.
Luego llegaron cuatro cholitas más, y esta vez decidimos que nuestro corazón sería para Sol. Pero, como en toda historia épica, la desgracia nos abrazó: una mala caída, dolor en la pierna, el público conteniendo la respiración. Porque detrás del show están cuerpos de mujeres reales, con huesos que crujen y sueños que jamás se quiebran.
En la última ronda, donde ya habían volado sillas y mi alma estaba lista para teletransportarse por si acaso, Rosita se ganó la ovación internacional del momento. Hubo un intercambio diplomático histórico: unos turistas le dieron sus chalas de cuero a cambio de los zapatos de Rosita… ¡en pleno combate! Que la UNESCO venga a declarar eso Patrimonio de la Interculturalidad Global YA.
Un espectáculo que es más que espectáculo
Cuando la guía nos anunció: “there for photography”, yo no sabía si sonreír o pedir un calmante. Pero salí al encuentro para la foto grupal: tensa por los golpes, sí, pero también admirada. Admirada por estas mujeres que se han ganado un espacio que antes les fue negado y que ahora es suyo, con sudor, acrobacias y polleras ondeando como banderas de independencia.
Porque las cholitas luchadoras no solo pelean entre cuerdas:
- Luchan contra el machismo.
- Contra la idea colonial de que la pollera es símbolo de servidumbre.
- Contra la invisibilización de la mujer indígena.
- Contra la pobreza y el olvido.
Cada salto del esquinero es también un salto histórico. Cada llave aplicada es un cerrojo que se abre a nuevos caminos. Cada público que grita su nombre es una victoria colectiva.
Turismo, identidad y dignidad… con humor
Claro, hay turistas más emocionados por conseguir una selfie que por comprender el contexto. Algunos creen que la lucha libre comenzó y terminará con ellas, ignorando décadas de lucha simbólica de las mujeres aymaras.
Pero aun así, el turismo aquí tiene un efecto tan concreto como un lazo al cuello:
dinero y visibilidad, esas cosas que siempre andan cojeando cuando se trata de mujeres indígenas.
No deja de ser poético que estas luchadoras nos enseñen que la pollera no es un freno: es una capa de superheroína versión altiplánica.
Y detrás de cada trenza hay una historia: una madre que cuida hijos, una comerciante que madruga para la feria, una hija de la lucha social del 2003, una mujer que enfrenta el frío, la vida y los estereotipos… y que aun así sube al ring a patear injusticias.
Y todo termina… pero algo empieza
Salimos a las 19:00. El aire helado de El Alto golpeó mis mejillas como recordándome que aquí la lucha es constante. Mientras bajábamos nuevamente hacia el centro, pensé:
“Las cholitas luchadoras no solo vuelan en el ring: vuelan en la historia.”
Y yo, que fui pensando que solo vería un show turístico, regresé con un genuino respeto: ellas son símbolo de resistencia, identidad y empoderamiento.
Hacen de la lucha libre un grito político con acento en aymara y sonido de pollera flameante.
Me fui con el corazón latiendo apresuradamente, la botellita de Mate de Coca en la mano y convencida de que, si algún día el machismo pretende jugar de local en Bolivia… las cholitas ya tienen asegurada la revancha.
Y la van a ganar.

