De tardes blancas

Alan Santos nos sumerge en los recuerdos donde todavía es un niño enfrentando al terror de “una tarde blanca en un febrero negro”, palabras que paceños y paceñas entenderán de sobra.
Editado por : Adrián Nieve

“Además, aunque lo hubiera imaginado, 
aunque esa aparición blanca hubiese estado solo en mi mente,
 ¿por qué habría de ser menos real?”.


Monica Ojeda. Mandíbula

Mi ceguera es blanca, epidemia de Saramago. Mi ceguera es tan circular e imperfecta como ciruelo arrancado antes de haber alcanzado la madurez, serpiente que muerde su cola y que es veneno y antídoto. Mi ceguera es la antípoda de un ciruelo: amarga con retrogusto dulce. Mi ceguera no es de nacimiento y por estas líneas sabré si es definitiva o temporal. Mi ceguera es selectiva porque es solo me ciega a un breve lapso de tiempo de una tarde blanca en un febrero negro.  

1893
Imagen: 88 Grados

La casi noche es espesa: oculta por neblina que es comparable a la lana de un carnero silvestre nunca trasquilado. Es impredecible e inevitable la caída de una tormenta. Esta ciudad —La Paz, en Bolivia— es inmune a tornados, terremotos o simúns. Algo le teme, sin embargo: la impredictibilidad de los tres estados del agua. 

En este país, la expectativa de vida de un hombre es de 62,27 años. He quemado más de la mitad de mi tiempo en este cuerpo. Salvo imprevisto, Diego —mi primo— gozará o sufrirá, al menos, cinco años más que yo en esta esfera azulada perdida en la periferia de esta galaxia. Diego y yo pudimos haber sido una curiosidad estadística durante un lapso de tiempo de una tarde blanca, pudimos haber sido frutos arrancados prematuros del árbol de la vida.

El cuerpo de Diego es una versión premium del mío —¡Grande, Diego!—. Unos centímetros más alto y músculos definidos. Doy fe de que vive por y para el fútbol, así aparece desde las primeras memorias que tengo de él. Iniciamos los entrenamientos en la escuela de fútbol el mismo día. Diego metió seis goles, yo escapé del contacto del balón. Por instinto, me protegía de balonazos y piedrecillas que se disparaban de la cancha de tierra ante el más mínimo contacto de la materia. 

Hoy Diego entrena a niños de otra escuela de fútbol, yo acelero el paso cuando paso cerca de la escuela de fútbol. Asumo que no éramos tan distintos entonces, no había forma de saber en qué íbamos a convertirnos. Era cómodo pensar la vida con la lógica de Digimon —ánime de finales de los noventa—. Un monstruo digital evoluciona de forma repentina, su existencia está marcada por hitos claros:  digi huevo, bebé, novato, campeón, ultra y mega. Deseable: de niño a adulto, sin intrascendente  transición. 

Quien conoce el frío sabe que quema: los ojos, la piel desnuda y la esencia inasible. Dicen que el calor abraza al cuerpo instantes antes de la muerte por hipotermia. No lo sabía aquella tarde de tragedia blanca y preferiría no saberlo ahora. Vida que depende de otra vida: inesperada digievolución. La vida de ese ahora hombre —el que, si se lo propusiera, sería capaz de desarmarme de un thijchazo— dependió de mis decisiones.

Voy a cerrar los ojos para darle una mordida al fruto que el arbusto de ciruelo que murió aquella tarde en el patio de mi casa nunca dio. Es, quizás, la única esperanza que queda para curar mi ceguera. 

Despierto en un cuerpo pequeño y delgado, rostro con acné y sin barba. las clases en el colegio terminan a la una treinta, mi vida inicia al mismo tiempo. Soy el menor y más pequeño de la clase. Primeros rumores de amoríos, del efecto etílico de las reuniones de final de tarde en el Jardín botánico, de las risas inexplicables de quienes volvían de los recreos con ojos rojos y uniforme ahumado. Mi diferencia de edad es evidente, dos o tres años eran comparables a dos o tres reencarnaciones. Mientras tanto en El mundo de Bobby —el mío— la felicidad es un cono con helado al volver a casa del colegio, habitar otra realidad durante la media hora que duraba un capítulo de Digimon, la ilusión de cosechar los frutos del arbusto de ciruelo que floreció por primera y última vez ese febrero. 

Hacer las tareas no era mi prioridad, mi mayor motivo de preocupación —semilla de ansiedad— era un choque de horarios: Digimon y el entrenamiento en la escuela de fútbol. Hubiese sido más fácil que mi familia hubiese aceptado que no tenía aptitudes para el fútbol; que era incapaz de hacer diez tecniquitas seguidas; En cambio, podía recitar las digievoluciones de todos los monstruos digitales de la primera temporada de la serie.

Más de una vez, había faltado al entrenamiento para ver la serie. Más de una vez fui sorprendido y reprendido. Aquella tarde, faltar al entrenamiento no era una opción: estaba bien vigilado. Me alistaba tarde de forma intencional, así lograba reducir el tiempo de entrenamiento. ¿Entrenamiento para qué?, mi partido de debut nunca llegó. Los tacos de las chuteras hacían difícil el camino de mi casa a la escuela de fútbol. Por una razón que no recuerdo, aquel día llevé una chaqueta impermeable. Recuerdo que intenté cubrir mi rostro del fiero sol altiplánico. Había nubes con formas extrañas que no recuerdo haber vuelto a ver. 

Casi puedo afirmar que llegué tarde y el profe Aldo me envió a trotar: Diez vueltas a la cancha, Isnado. Diego debió haber llegado puntual y estar en la otra mitad de la cancha. Nuestros horarios de entrenamiento coincidían y eso me gustaba. Siempre estaba la esperanza de terminar en la misma casa al final de la tarde y jugar a los penales o ver la nueva temporada de Digimon en su casa, porque él sí tenía televisión por cable.

Transición imperceptible, el cielo pasó de azul a blanco percudido. Cayeron las primeras gotas, preludio de ceguera. La lluvia era tupida y copiosa, como si se  tratase de una sola masa. Los entrenamientos se suspendieron. Vi a Diego con una remera de manga larga como único abrigo, me quedé a su lado. A don Robero —administrador de la escuela— le pareció buena idea que los que vivíamos cerca nos fuéramos a casa. En el acto comprendí que, si nos dábamos prisa, podíamos llegar a su casa y ver Digimon 2. 

Tomé a Diego de la mano y salimos de la escuela de fútbol. Pocos minutos después, la lluvia era granizo. El avance se hizo difícil. Hice lo que cualquier niño elegido hubiese hecho, le di mi chaqueta. Satisfacción de ingenuo heroísmo infantil. 

Diego medía algunos centímetros menos que yo, anchos similares. Niños que retaban a la naturaleza con tal de ver  televisión. Las calles ya eran ríos turbios de paso violento. Las aceras eran senderos de hielo. Temerarios, avanzamos algunos metros. Los tacos de las chuteras nos sirvieron como anclas que se sujetaban firmes al granizo apelmazado. Sentí útil mi habilidad de esquivar esferas.

Desearía afirmar que aquella escena tiene alguna semejanza con alguna protagonizada por Juan Salvo en la historieta postapocalíptica argentina El eternauta. Desearía comparar mi historia con la de Luke Skywalker en el planeta helado Hoth en el universo de Star Wars. Sin embargo, mi verdad es el anodino avance de las siluetas de dos niños sobre un lienzo blanco: inverosímil.

Íbamos a pasar al lado de una sastrería anacrónica, en la puerta estaba un anciano sastre también anacrónico. Me hizo una señal: nos ordenaba acercarnos. No hablen con desconocidos. ¿Era momento de considerar las recomendaciones de manual de los adultos de la familia? No. Nos acercamos Retrocedió para darnos paso. Recuerdo poco de lo que nos dijo dentro, sonó a regaño de una madre cuando sus hijos juegan a algo que implica peligro. Nos sentó en dos banquitos rústicos y volvió a su trabajo, parecía algo preocupado cuando veía detrás de su puerta de cristal. Desde mi perspectiva, la tormenta se veía como estática producida por un televisor de rayos catódicos: resabio del violento principio del universo. 

Sentí tibio mi cuerpo, tenía los brazos cruzados y las piernas muy juntas. Diego parecía inquieto, se adelantaba a sufrir un regaño de mamá por llegar tarde. La sastrería estaba oscura; para ese momento, la red eléctrica de la ciudad ya había sufrido daños. Estábamos, en igual proporción, resguardados e intimidados por maniquíes semejantes a golems. El sastre no volteó, en ningún momento. 

Noté que el ruido que los proyectiles de hielo producían al estrellarse decrecía. Miré el reloj que estaba en una de las paredes y supe que no llegaríamos a tiempo para ver la serie si no salíamos de inmediato. Tomé valor y le dije al sastre que teníamos que irnos. Algo molesto —impotente, para más precisión— me preguntó si vivíamos cerca, le dije que sí. Agradecí por los dos y el sastre se despidió con un gesto que puede traducirse como Ustedes verán.

Muerdo varias veces el trozo de ciruelo fantasma antes de tragarlo. No estaba ciego, estaba en shock. Voy a darle otra mordida. 

Del arbusto de ciruelo queda, apenas, el esqueleto. Los pétalos blancos de su primera y última floración están sepultados debajo de una especie de permafrost. Ha perdido cada uno de sus minúsculos pulmones: ya no respira. El equipo necesario para cruzar el patio debe ser el de un alpinista, no el que visto: el de un eterno suplente de las divisiones inferiores de la escuela de fútbol del club The Strongest. 

Regresar a casa fue una hazaña, comparable a la recreada por los personajes de la película española La sociedad de la nieve. Aún no hay electricidad y las líneas telefónicas están fuera de servicio, esferas de hielo —como perdigones recién disparados— se han comprimido y forman bloques sólidos en las aceras, los ríos subterráneos han rebasado su cauce habitual y anegan la superficie: atacan por instinto, como anguilas hambrientas. La Paz es —no estaba en condiciones de aceptar el papel— la sociedad del granizo.

Sí, —estoy en condiciones de aceptarlo— aquel niño casi adolescente, más ignorante que inocente, soy yo. No iré al colegio ni el día siguiente ni el subsiguiente. El destino había sido menos benévolo con más de medio centenar de destinos interrumpidos de forma abrupta. 

El cadáver del arbusto de ciruelo queda detrás de mis huellas. 

Damos por sentado que la rutina es monolítica. Damos por hecho nuestra existencia en el siguiente segundo. Damos por sentado que nuestros calcetines estarán siempre secos, que nuestros dedos no serán adormecidos por el frío, que habrá un mañana y un mañana después del mañana. Mi habitación está a unos metros, ¿cierto?

Antes de volver a casa, llevé a Diego a la suya. Mamá lloró cuando nos vio llegar. Diego había acertado en su premoción de regaño, no por llegar tarde del entrenamiento: por haberla tenido al borde del colapso al no saber dónde diablos habíamos estado durante el tiempo que duró la tormenta. Su rostro inexpresivo. ¿Paz, desconcierto, bronca, culpa? No, su rostro no era inexpresivo, era indescriptible. Diego y yo habíamos apresurado el paso después de haber salido de la sastrería, no sabíamos que nos iba a ser imposible prender la televisión. ¿cuánta gente volvía a casa?, ¿sus rostros eran, también, indescriptibles?, ¿habría alguna digievolución nueva en el capítulo que no íbamos a ver? 

Mamá dijo que habían muerto más de veinte personas. Pensé en  un derrumbe. En otros lugares de la ciudad, los ríos subterráneos habían rebasado su cauce habitual y atacaron por instinto, como anguilas hambrientas, 

74 fallecidos —de acuerdo a las cifras oficiales—. Catorce cuerpos, a la fecha, desaparecidos. El hielo permaneció, casi intacto, por varios días. Acompañó al luto de lodo congelado. Incapaz de comprender que dos vidas —la mía y la de Diego— dependían de mis decisiones, festejaba la suspensión de clases, jugaba al alpinista en la montaña de hielo que estaba en la puerta de casa, deseaba otra tarde blanca capaz de alargar la vacación extracurricular, veía —con sincera decepción— los extras informativos que interrumpían la transmisión habitual de Digimon. A diferencia del arbusto de ciruelo en el patio, para mí si hubo un mañana después del mañana. 

No me atrevo a dar otra mordida. 

Vuelvo al ahora. La aplicación del clima de mi teléfono indica 9°C, humedad de 76% y una advertencia de tormenta eléctrica en curso. No sé si volveré a ser testigo de tragedia similar. No sé si volveré a experimentar otra digievolución trascendental. Volver a ver las imágenes de la tragedia confirma que lo que nombré como ceguera tiene orígen somático. 

Parece que el mañana es hoy, mañana será el día después de mañana. Mi vida y la de Diego continúan con más o menos fortuna, ambos hemos superado la mitad de nuestra expectativa de vida. Quiero creer que las decisiones que tomé aquel día fueron las correctas. Quiero creer que las decisiones que tomaron las personas que  se fueron con la tarde blanca fueron las mejores. 

¿Permanecer en el coche o intentar escapar? ¿Resistir la tormenta en una construcción de muros agrietados o brincar por la ventana? ¿Dejarse llevar por la corriente o ir en contra? ¿Arriesgar la vida por un desconocido o resguardar la propia? ¿Ceder al sueño eterno o mantenerse despierto debajo del agua turbia? 

La ciudad vivió un duelo blanco. 

Luto nacional de tres días, suspensión de clases, tolerancia en el sector público: Las muestras de buena voluntad no son proporcionales a las consecuencias de la tragedia. 

El fin del mundo es inevitable y ocurre todos los días, en forma de tierra, aire, fuego o agua. Se piensa en el infierno como un sitio de llamas perpetuas y un lago de fuego. ¿Es posible otro tipo de infierno? En la mitología nórdica, por ejemplo, existe Niflheim: reino de tinieblas y niebla eterna: el más helado de los nueve reinos, asentado sobre el de los muertos.

Algunas veces, el infierno se sobrepone a la vida terrenal  y se convierte en la antesala a la muerte, que imagino como desesperado remedio al tormento.

Al margen de la fe profesada o impuesta,  hay cosas que puedo afirmar como testigo presencial. Aquella tarde no fue la de la segunda venida de Cristo. No descendió para devolver la vida a quienes la habían visto diluirse en aguas turbias. Moisés —capaz de dividir las aguas del túnel debajo de la iglesia de San Francisco para salvarle la vida a una desafortunada— no transitaba las calles del centro de La Paz. Sansón no compartió dos de caballeros  con los pecadores de la calle Onda ni contuvo los muros que aplastaron sus cuerpos. Quizás los santos VIP estaban bien protegidos dentro del arca de Noé. 

Marco la palabra quizás de la anterior oración. No sabría explicar qué; puedo, también, afirmar que alguna suerte de poder divino inundó el espíritu de más de un héroe —más de una heroína— que aquella tarde descubrió su naturaleza divina. Las estadísticas muestran las cifras de las vidas perdidas; no existen, en cambio, cifras de las vidas salvadas. Ante la proximidad de la muerte, cualquier diferencia parece menor: el instinto de preservación de la especie prevalece a la existencia singular. 

Pude haber faltado al entrenamiento aquel martes. Pude haber ido, de todas formas, y haber dejado a Diego y correr solo a casa para ver el capítulo de Digimon. Pude no haber llevado la chaqueta impermeable. Pude haber desconfiado del sastre y continuar mi camino con la mano de Diego sujeta a la mía. Pudimos haber sido arrastrados por aguas turbias y haber experimentado en vida el tormento del infierno helado. Pudo haber sido nuestro fin del mundo. 

No fue así. 

La Ley de Murphy —nunca promulgada, según sé– establece que si algo puede salir mal, saldrá mal: la justificación a la mala suerte. Debe existir alguna otra ley que contradiga a la de Murphy, no encuentro otra posible explicación a la buena suerte que Diego y yo tuvimos. Si la ley que intuyo no existe, me encantaría proponer su creación —no importa el nombre; podría ser la ley de Yhpum— para que sea considerada en las instancias correspondientes. El principio es simple y puede reducirse a una máxima: si algo puede salir bien, saldrá bien. 

Recuperado de la ceguera blanca, con un pie en el campo de la objetividad, acepto que no puedo saber cuál hubiese sido el sabor particular del arbusto de ciruelo que murió sin, siquiera, haber alcanzado el uno por ciento de su expectativa de vida. Podría decirse que el destino del arbusto fue normado por la Ley de Murphy, mientras que el de Diego y el mío se apegaron a la ley de Yhpum y es la razón por la que seguimos aquí. 

La tragedia parece minúscula ahora que veo las cosas desde la perspectiva lejana que el tiempo me permite. Gracias a la ciencia, sabemos que la vida en la tierra ha sufrido, al menos, cinco extinciones masivas. Una vida: un mundo, o algo aún más complejo. Para confirmar esta afirmación, basta con preguntar a quienes —además de haber cargado con el peso del duelo colectivo— tuvieron que soportar un duelo particular si aceptan esta verdad. Es difícil dar nombre, rostro e historia a las estadísticas. La mía es íntima y más simple: un arbusto de ciruelo muerto y dos niños ilesos que, tan inocentes como irresponsables, violaron la Ley de Murphy.

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