La transmutación de las nubes
Durante el camino a casa, Arturo me pellizca suavemente la pierna, “camino de hormiguita”, suele llamarlo. Nuestros viajes en autobús suelen ser callados porque a mí me gusta ver por la ventana y meterme en conversaciones ajenas para no marearme. Algunos pasajeros aprovechan el viaje para llamar a quienes no llamaron en meses, otros mandan los últimos audios de trabajo, una pareja debate intensamente sobre el rol del bufón en las comedias de Shakespeare. Par de pretenciosos. Una muchacha canta en voz alta una rola inentendible de reguetón y el muchacho mudito le hace señas de silencio. Le acaricio el antebrazo a Arturo y se le erizan los pelitos. Sonrío.
Apoyo mi cabeza sobre la ventana para ver cómo se mueve la calle. Cabeceo, Arturo ronca.
Me despabila el golpe en la cabeza. Reboto contra la ventana después de que el chofer frenara desquiciadamente. La ventana está empañada, cubierta por los gritos de veinte personas. El bus está inundado de una neblina multicolor que me hace perder de vista a Arturo. Afuera, las calles también están inundadas por la condensación de esta niebla arcoíris.
Grito, pregunto y demando respuestas: ¿Qué-es-tá-pa-san-do?
Estas son las sílabas que, a medida que salen de mi boca, se convierten en un hilo de vapor de colores que se esparcen por todo el autobús. Los pasajeros siguen gritando aterrorizados, lloran mientras llaman por teléfono, murmuran, rezan y algunos hasta tartamudean. El muchacho mudito es el único que no tiene niebla a su alrededor. Los lamentos y la ira expulsan nubes de aliento de las bocas de estos condenados del transporte público, como cuando hace mucho frío.
Aquí ya no existe el adelante, ni el atrás, solo una laguna de bruma que apenas deja ver la mancha de sangre en el parabrisas, perteneciente a la persona que arrollamos hace unos minutos. Extiendo mis brazos para intentar encontrar a Arturo. Toco un rostro al que le falta el granito que intenté reventar esta mañana. No es él. Siento un brazo depilado. Tampoco. Una nariz hinchada, un abdomen plano, unos hombros raquíticos, una cabeza calva en la que, en otro contexto, podría verme reflejada.
Me quedo sola en medio de la bruma.
Me siento violada por el pánico.
De repente, cinco dedos se posan sobre mi cabeza y empiezan a moverse. Es el masaje del pulpo, el de todas las noches. Tomo su mano y le clavo las uñas. Nos abrazamos. Nos imaginamos en medio de la niebla. Pongo mi mano sobre su pecho y tiembla como si fuera un terremoto.
Exactamente a la misma hora, todos empezamos a emitir el vapor de las palabras. Comenzamos a entender que no se libra ni el bebé que balbucea por la madre, ni el hablador en sueños. Si el sonido tiene significado, nacen las nubes de vapor colorido que invaden la atmósfera, en las calles, dentro de las casas. No hay ni cómo ventilar. El mentiroso emite vapores mucho más densos, al igual que el apasionado, los que prometen sin cumplir y también los incomprendidos. La ciudad se llena cada vez más de bruma y es imposible ver más allá de las pestañas. Se puede escuchar cómo incontables personas son atropelladas por los carros, pisoteadas en el piso, y cómo caen por los huecos de alcantarilla.
Primero unos cuantos, y después una gran mayoría, adoptamos un involuntario voto de silencio. Poco a poco, la gigantesca nube de significados se va disipando en el aire, y se escuchan fuertes los zapatos chocar contra el asfalto, ansiosos por llegar a casa. Desde el Gobierno, con letreros gigantes, nos llega el mensaje de que, si queremos vernos los unos a los otros, solamente podremos hablar lo estrictamente necesario. Eventualmente, tuvieron que bajar las gigantografías, porque la palabra escrita también provocaba emanaciones de vapor colorido. Tuvimos que cerrar nuestros libros y guardar las pizarras. Por primera vez, tendremos que hacernos responsables de nuestras palabras, así en serio.
Nos tomó horas llegar a casa en medio del espanto verbal. Arturo se desplomó en el sofá, aliviado. Le hice una cara chistosa para que pueda reír lo suficiente, sin ruido, no vaya a ser que nos perdamos en el nebuloso laberinto de nuestro hogar. Esa noche, nuestras lenguas sirvieron únicamente para pasar saliva y encontrarse en la cama.
Viernes. Un toquecito en el rollo de la panza, un pellizco en la clavícula, una caricia en el antebrazo, una cosquilla en el esternón, una lamida en el pecho, dedos entrelazados, manos agarradas, mis piernas enrolladas con las suyas. No hay cosquillas en la axila porque nos reímos mucho. Mordidas suaves en los párpados, hormigueo en los tobillos, las patas frías a medianoche. Ya no hablamos, pero nos entendemos. Yo sí comprendo su cuerpo.
En las calles, se escuchan las patitas de los perros contra el asfalto.
Sábado. Palma sobre palma, un azote suave en las nalgas, un roce en la nuca, una rascada en la espalda, un toque en la nariz como si fuese un timbre que no funciona, el dedo en el ombligo, masajes con los talones, una sacada de lengua, los besos de pico de loro, los nudillos que se chocan en percusión, su peso encima mío. Descubro músculos en su cuerpo que no sabía que tenía.
El cielo sigue despejado. Un grupo de personas se abalanzó contra el loquito evangelista que pretendía nublarnos con su verborrea del fin del mundo.
Y el mundo no se acabó.
Domingo. Sus dedos resbalan por mi pelo como si fueran un peine, una mordida en el codo, un beso en el ojo izquierdo, el lenguaje de los mimos atormentados, pestañeos que denotan dudas, muecas frente al espejo. Nuestra risa es muda, la carcajada es afónica.
No es una epidemia, ojalá lo fuera. La enfermedad ya existía antes del incidente. Las irresistibles ganas de hablar, hablarnos, hablarse, hablarle, ya invaden los cuerpos solitarios de esta ciudad. Hablar por hablar, el verdadero sufrimiento del ser humano. Y el contagio llegó hoy, al tercer día.
El grito de la mujer que ya no podía tragarse más sus palabras se acerca cada vez más a nuestra casa. Alaba las decoraciones del vecino, insulta a nuestro gato por dormir sobre sus plantas, expresa su disgusto por los bigotes mal peinados del senador y por los que fuman cuando ya hay tanto humo de palabrería en el ambiente. Poco a poco, ese alarido infecta a la gente, se multiplica por mil y todos empiezan a emitir las nuevas nubes del discurso.
Salimos a la calle a curiosear, la bruma se acerca para devorarnos. Arturo me acomoda el cabello. Yo le beso la mejilla. Nos sentamos al borde de la acera y nos miramos, quizá por última vez. Su rostro desaparece entre la niebla de colores. Palma sobre palma, dedos entrelazados. Nos camuflamos entre sermones, quejas, llantos hablados, declaraciones de amor e insultos. Me apego un poco más a él y juntos presenciamos la revolución por las palabras.
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Cuando la niebla se cristalizó y recién pudimos volver a manipular los lenguajes, solo quedamos los muditos y los distraídos. Todo parecía una gran calle de hielo arcoíris que no reflejaba la gravedad de este evento, de la gente que fue sepultada por sus propias palabras.
A lo largo de la avenida se encontraban los corredores, aquellos que quisieron huir de la ciudad sin pensar que los gritos de los demás los alcanzarían y que fueron engullidos como en erupción de volcán. Todos expresaban horror en sus rostros y sus bocas abiertas nunca denotarán la importancia de estas sus últimas palabras.
A ellos dos los encontramos abrazados, como si durmieran una siesta en la calle como un par de pordioseros. Ella rodeaba su cadera en silencio y él le quitaba los cabellos de los ojos. Creo que ya se dijeron todo y solo tenían que desearse buenas noches con la piel.
Solo a ellos los dejamos en la intemperie, cubiertos de niebla solidificada y semitransparente, parecida a una sábana de verano. No sé, parecía de mala educación romper ese abrazo.

