Recuerdos sobre el tiempo, por una señora en el teleférico

Todos los días nos encontramos con algún extraño del cual ignoramos la historia de su vida. Carlao Delgado también, pero él decidió dejarnos esta corta y emotiva crónica sobre las historias que guardan los extraños.
Editado por : Adrián Nieve

La Paz arranca a sus hijos del descanso en un amanecer que parece la mitad de la noche. Lentamente, el cielo morado va adquiriendo el color de metales grises y negros. Los peatones caminan con bramidos blancos de aliento y frío, envueltos en las capas de tela negra y gruesa que caracteriza  todos los que nacimos a 3600 sobre el nivel del mar. 

— ¡Casi nos cierra la puerta!

1883
Foto: Mi teleférico

Ambos entramos corriendo a la cabina del teleférico. La jaula de metal se sacudía en su lugar, recordándonos lo alevosos que somos al desafiar el cielo más azul del mundo con esas máquinas. Nos sentamos con prisa antes de que comience el largo ascenso. Dejamos atrás la estación y nos adentramos en las nubes. Bajo la cabina, las vidas de todos los paceños quitaban velo a sus secretos: patios con macetas rotas, jardines abandonados, calles casi vacías y ventanas con cortinas sucias. A nuestros pies temblaban las intimidades de techos y edificios que nunca imaginaron ser observadas desde arriba. 

La que subió conmigo era una señora de cabello enrulado y recogido. Chamarra gruesa y chalina alrededor del cuello. Una más de las personas que atraviesa el frío espeso y material de las mañanas de invierno. Le hubiera agradecido el comentario con la gentileza recíproca del silencio. Como todo un mal tipo, opté por una respuesta obvia. 

—Es que tenemos prisa. Cuando uno viaja en teleférico, la única manera de ahorrar tiempo es correr entre estaciones, porque luego el viaje dura treinta minutos clavados. 

Confieso que quería salir del paso. Mas la señora se acomodó el cuello de su frondosa chamarra y respondió mi obviedad con voz tranquila y lenta.

—Antes, a estas horas, yo tomaba dos trenes, me subía a un bus, y corría para tomar el subte llevando en cada mano a uno de mis hijos. Todo para llegar a mi trabajo a tiempo. Era en Argentina, era más jovencita, y era cajera en uno de los supermercados Coto. Ahí encontrabas todo, desde un lápiz hasta un auto. Y tenía que ingresar a las 08:30, pero vivía tan lejos que tomaba todas esas movilidades que le dije. Al final, llegaba a las 07:30, bien temprano, como aquí que todo tenemos que hacerlo una hora antes o dos horas antes. Había una cafetería en el supermercado, así que ahí podía hacer mi desayuno y el de mis hijos. Limpiaba mi caja hasta que llegue la hora de inicio y abran la guardería de la tienda. Y así era todos los días. Me pagaban ciento veinte dólares al mes, que entonces era un buen sueldo, me alcanzaba para vivir y mandar algo acá,  a mi mamá. Un día me dieron mi sobre de paga como cada mes, y un sobre más. Estaba lleno de billetes. Yo me asusté un montón. Fui a la oficina del administrador y le quise devolver el sobre porque pensé que era un error, que me estaban dando el sobre de otra compañera. Y el administrador me explicó que ese era el pago por todas las horas extras que acumulé llegando temprano a la tienda y poniéndome a trabajar. Nunca antes había recibido un pago de horas extras. Lloré de alegría. Necesitaba la plata.

La escuché en silencio. Terminó su historia y recién caí en cuenta del movimiento de la cabina. Nos rodeaban las nubes y la niebla, interrumpido por los ocasionales engranajes del cable que movía la cabina. Permanecí en silencio un rato, saboreando la grata certeza de que me acababan de regalar un diamante natural de la destreza narrativa

—Gracias por contarme una historia tan bonita. 
—Gracias por escucharme. Que tenga un lindo día.

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