La utopía posible: Las cajas para el pueblo y el pueblo para las cajas

Y ya llegamos al final del proyecto 'La caja robada: ensayos sobre dramaturgia boliviana'. En este último texto, Camilo Gil despide el proyecto con una reflexión acerca de la dramaturgia boliviana del siglo XX, misma que, como este proyecto, comenzó con un grupo de personas leyendo en voz alta en una mesa de café.
Editado por : Adrián Nieve
1875
Foto: Camilo Gil

La mesa de un café fue nuestro escenario. Cada sábado, nos sentábamos, con cerveza o quesadillas en mano, con cafecito o con hierbaluisa, a robar una caja llena de dramaturgia. La leíamos como se tiene que leer este género: en voz alta, repartiendo personajes, haciendo un gesto, una pose o un tono para tal o cual personaje. Riendo. Es una mesa de imágenes, de afectos y efectos posibles, que permite que nos adueñemos de la dramaturgia de los que fueron. Pensamos en ellos y en nosotros, en esas voces individuales que crearon y en cómo permitir que vuelvan a hablarnos hoy, sin necesidad de actores, de directores, de montajes o de luces. Palpábamos el papel y la letra, y la descubríamos llena de historia, de potencia, de goce. Soñábamos finales diferentes: “qué habría pasado si la Rosita lo matase al René, a mí me habría gustado más la obra” o “si el maestro rural se adueñase del cielo y derrocase a Dios, ese hubiera sido otro Diluvio nacional”. En fin, nos damos cuenta de lo bien que envejecen algunas obras y lo mal de algunas otras. Pero en uno u otro caso, los significantes siguen hablando. Ese diálogo infinito, esa aventura dramatúrgica, permite notar al menos dos gestos que marcan al siglo xx. 

En primer lugar, el moralismo. En Alberto Saavedra descubrimos una pulsión por la moral que atraviesa nuestro siglo hasta el Teatro de Los Andes (sin implicar acá ninguna valoración), ahí donde se puede definir quiénes son buenos y malos (para salvarlos en el Arca de Noé) y, a veces, el final termina diciéndole al espectador cómo vivir o pensar. La sátira es, por supuesto, una de las figuras más logradas de este primer gesto y de las más usadas en la dramaturgia boliviana. Sin duda, se podría hacer una tesis sobre el papel de los abogados, siempre ridículos, en nuestra tradición teatral: iniciando en Saavedra, pasando por Salmón y terminando en Calabi. Este territorio quizá tiene una cierta explicación: el tratar de hacer del arte algo útil para la sociedad, gesto que responde a un contexto siempre partidizado (no conocemos otra política). Por ello, los chistes sobre tal o cual candidato o sobre tal o cual partido abundan. Sin embargo, esa ansiedad de utilidad devela su opuesto y la pregunta deviene en obsesión sin salida (explícita en Suárez y en Calabi) y repetitiva en todo el siglo xx. Un rayito de esperanza veo sobre este aspecto en el siglo xxi, pero ese sería tema de otra ocasión…

1876
Foto: Camilo Gil

En segundo lugar, el humorismo. Si bien la dramaturgia –al conectarse con lo escénico y lo espectacular– siempre busca entretener, nuestra tradición ha trabajado con mucha riqueza dos tipos de chistes. El chiste como giro de una frase, ese que trabaja con el significante mismo: con los malentendidos, con el remate. Este tipo de chistes, si bien ya está presente en Saavedra, llega a su culmen con Raúl Salmón, quien domina el lenguaje no como abstracción, sino como práctica concreta. El segundo tipo de chiste, el situacional, que coquetea con el absurdo beckettiano, parece tomar forma recién en la segunda mitad del siglo pasado. En Crespo, por ejemplo, cuando hace que sus actores actúen una obra dentro de la obra que habían armado para Aristóteles que está dentro de la obra que leemos (Morir un poco), inicia con esa corriente que Calabi lleva a su máximo esplendor, porque se crea o no La nariz es –para mí– un gran chiste. Ambas formas de encarar el humor nos muestran el oído nacional, atento al otro para defenderse, para luchar, en suma, para la discusión sin resultado ni conclusión.

Por estos dos gestos, el teatro del siglo xx tiene una extraña potencia para leer su tiempo y, así, parece predecir el futuro. Leer su tiempo, digo, porque, a la manera de Alain Badiou, cada uno de estos dramaturgos nota que el siglo xx está marcado por las divisiones (raciales, políticas, ideológicas, económicas…). Pero especialmente en Bolivia, pues si pensamos en los grandes hechos que marcaron este siglo de nuestra historia (como la Revolución del 52), siempre se dice que hay un antes y un después, podríamos decir, un mismo y un otro. El gran secreto, que nos devela el teatro, arte de máscaras y artificios, es que siempre ese mismo y ese otro se parecen más de lo que uno creyera: por ello, quizás Luis H. Antezana (en su texto “Sistema y proceso ideológico en Bolivia” de 1983) señala que el nacionalismo revolucionario no es una ideología sino “una máquina de articulación hegemónica en la múltiple discursividad ideológica boliviana”, una forma de relacionarse con el Estado (2011: 251). Un puente y máscara de las extremas izquierdas y derechas, en suma, que atraviesa el siglo, pues como ya habrían notado varios dramaturgos que se opusieron a este régimen (Raúl Salmón, Guillermo Francovich, o el no aparecido en estas reseñas Adolfo Costa du Rels) lo consideraron autoritario y antidemocrático. Raúl Salmón se exiliará y volverá al país en época de dictaduras militares (¿habrán sido estas más democráticas para él?). Ahí entonces donde, de nuevo a decir de Antezana, lo nacional (ideologema conservador de derecha) se mezcla con la revolución, las cosas se hacen confusas y esa confusión –que reduce a la izquierda a una mera oposición (oposición incluso a sí misma, ahí donde “la izquierda juega para la derecha”)– es la que seguimos viviendo.

1877
Foto: Camilo Gil

Es decir, señalábamos antes, estos dramaturgos además predicen el futuro porque, como ya lo decía en el texto que abre este proyecto, lo que vivimos hoy tiene mucho de repetición farsesca, es decir, allí en los escritores del pasado están las advertencias para el presente. Mencionemos algunos ejemplos. La computadora parlante de Salmón es un ChatGPT cincuenta años antes, sí, pero no es que Salmón tenía una bola de cristal. Por el contrario, la computadora es la corporeización (como lo es la ia) de la homogeneización del pensamiento que se empieza a vivir en el siglo pasado. Lo mismo si hablamos de los juicios o investigaciones (Crespo y Calabi) sobre muertos que no han muerto, es decir, sobre una justicia inútil que sirve para procesar al inocente y liberar al culpable. Guillermo Francovich señalaría, en El monje de Potosí, que el culpable o el inocente no se construye a partir de hechos concretos, sino de la percepción social que sobre ellos se tiene. Dicho gesto me permite pasar al caso más polémico, pues debo mencionar a esa mazamorra de Ángel Salas en La huerta, que barre con lo mestizo para dejar solo cabida, discursiva y política, a las “razas puras” que –de poncho o de corbata (poco importa)– seguirán eliminando los lugares intermedios, de encuentro de sangres. Polémico, porque el gesto de esa violencia, siempre leída como natural, es la que hace incluso hoy de nuestra política una cuestión de semblantes.

Ciertamente, nuestra lectura se alejó de todo lo que se dijo antes y poco nos interesaron las etiquetas que abundan (no leíamos a Saavedra pensando en el realismo del siglo xix, ni a Suárez pensando en el existencialismo francés o en el surrealismo, pues las categorías solo hubieran reducido el goce del primer encuentro). En todo esto pensábamos, recordando que “los poderes del lenguaje son capaces de transformar la realidad” (como susurraría Wiethüchter), medio en serio, medio riendo…, y la compañía no pudo ser mejor: Carolina, la ácida editora que, escritora sin escritos, ausente, sabía hacernos saber que nos miraba. Sebastián, nuestro moreno sensual, enamorado de las estructuras (numéricas, gramaticales, dramatúrgicas) que nos apunta que leer es siempre un tema de obsesión, propia o ajena. La tierna Micaela, que nos recordaba leer desde la risa y el gusto. Sofía, de frío corazón uyunense, que con sus olvidos encarnaba la historia nacional. Carla, la bailarina, más experimental que todos en sus reseñas, y conocedora de cualquier referencia musical que pueda hallarse. Camila, la psicóloga, que leía desde un lugar diferente a nosotros y sabía mirar disléxicamente ahí donde no habríamos mirado. Por último, yo, a veces otro. Además, que alguno que otro visitante circunstancial…

1878
Foto: Camilo Gil

El espacio devino en una pequeña utopía que, diferenciándose de un club del libro, se atrevió a leer el país, a escribirlo y, por tanto, a reescribirlo. El gesto de publicar es la búsqueda de que las cajas sean del pueblo, a la Robin Hood, pero si y solo si el pueblo se hace cargo de lo que en ellas encuentre. Así, este gran sindicato de ladrones (o prestamistas) que me conseguí, libre de todo pecado o pícara ambición, desea que el lector se asuma dueño de esas cajas –porque ellas han construido nuestros hábitos, nuestra cultura de hoy– y, por lo tanto, se atreva, ahora que se ha enterado de su existencia, a abrirlas para emprender por su cuenta la aventura del siglo xx.

Agradecimientos:
Archivos robados
Biblioteca Municipal “Liber Forti” (La Paz).
Biblioteca Municipal “Franz Tamayo” (La Paz).
Biblioteca Central de la Universidad Mayor de San Andrés (La Paz).
Hemeroteca de la vicepresidencia (La Paz).
Libro viejo (La Paz).
Librería Subtterránea (La Paz).
Feria 16 de Julio (El Alto).
Biblioteca del Centro Pedagógico y Cultural “Simón I. Patiño” (Cochabamba).
Biblioteca Municipal “Adela Zamudio” (Cochabamba).
Archivo y Bibliotecas Nacionales de Bolivia (Sucre).
Entre otras fuentes virtuales e impresas.

1879
Foto: Camilo Gil

Mesas expropiadas 
Mixtura.
Typica.
Macabeo.
Roaster.
(Un reconocimiento a la paciencia de los meseros)

1880
Foto: Camilo Gil
1881
Foto: Camilo Gil
1882
Foto: Camilo Gil
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