Violación a 24fps - Parte IV

Nathan Leaño nos trae un texto para reflexionar sobre los horrores de la violación. En esta última parte seguimos con el análisis de “Straw dogs” de la parte IV y, además, cerramos con un pequeño comentario sobre “Demon seed”.
Editado por : Adrián Nieve

Niles huye con sensatez de la escena del crimen, solo para ser atropellado en el camino por el matrimonio Summer, quienes lo llevan hacia su hogar para llamar a alguna ambulancia o a algún servicio que pudiese ayudar al cojo. David no tiene ni idea de quién es, pero Amy sí y, como todos en el pueblo, su opinión hacia Niles es totalmente negativa. Pero he aquí la paradoja, cuando llegan los malandros a “interrogar” a Niles para que este les de la ubicación de Janice, Amy, tan empecinada e insistente en deshacerse del grupo de Charlie antes de que el horror aconteciese, no dirige su enfado hacia ellos, sino hacia Niles. Porque los roles tienen que retomarse: el grupo de Charlie es el grupo protector, el noble grupo que hace justicia cuando la policía no está cerca, y si tienen la sospecha de que Niles le hizo algo terrible a la hija de Tom, es porque es cierto; y por más crápulas que hayan sido con ella y el matrimonio en general, por lo menos aquella pobre chica tendrá justicia si se castra a ese gigantón malnacido. Como ya quedamos en que Janice es una representación metafórica del viaje de Amy, no hay que ser muy listos como para ver que la propia víctima se hace daño al negarle responsabilidad al grupo de sus protectores y planta un chivo expiatorio para atacar. Niles está herido, casi inconsciente en esos momentos, y Amy prefiere ponerse en su contra, antes de enfrentarse de nuevo al horror del poder establecido en Wakely. 

Ante la falacia mundial del “patriarcado”, comentarles que este tipo de sistemas son imposibles de aplicar en un mundo cargado de millones y miles de millones de habitantes; pero en los rubros controlados, donde el censo se puede realizar hasta con fotos del parto, esta es una realidad absoluta. ¿No me creen? Pregúntenle a alguien que venga de los pueblos más alejados, del famoso “campo”, preferiblemente una mujer, y contemplen ante sus ojos la timidez, el terror y la falta de ganas de hablar de su jilakata o “asociados”. Escudriñen un poco más y quizás hallen cierta información, como que estos jilakatas tienen el poder para matarte socialmente si desobedeces sus consignas, desde la aplicación de un jurado electoral a la fuerza (o a la k’ete), hasta el cumplimiento de sus propios intereses carnales. Y si haces las preguntas equivocadas, por ahí haces reír o llorar a la mujer entrevistada ante la idea de que la justicia citadina, la justicia “civilizada” sería suficiente como para salvarla de su entorno. No, no existe una élite mundial tratando de aplicar el patriarcado a cada sector del mundo, ese es Niles, el chivo expiatorio e invisible a quien culpamos por temor a culpar a “los nuestros”, no por cariño, sino porque el “patriarcado mundial” te “suicidará” si lo denuncias ante la policía local. O ya de plano, las pseudopolicías regionales (Ponchos rojos y otras mierdas). Al menos vimos a Andrés realizar una venganza “justa” ante Ramos en Ukamau, pero no vimos la otra cara de la moneda y quizás nunca la veremos, porque entre tanta porquería humana saliendo a flote en los noticieros, la “gente del campo” siempre callará sus desgracias, porque el miedo se hace costumbre.

1874
Fotograma del film 'Straw Dogs'

Y sin embargo, retomamos un viejo punto. No, Amy no puede enfrentarse de manera catártica contra sus abusadores, porque el único en socorrerla sería David, y creo que ya dejamos este punto bastante claro. Sin embargo, aquí llega el punto climático de la película, porque David se pone los pantalones para defender su hogar, para tomar la batuta que la policía no tomaría en estos casos y mucho menos el alcalde. La reacción de David suena altruista en papel, pero no lo es, porque no lo está haciendo por Amy ni mucho menos.

—David, dales a Niles, eso es lo que quieren. Solo lo quieren a él. ¡Dales a Niles, David!
—Lo matarán a golpes.
—No me importa. ¡Sácalo de aquí!
—Realmente no te importa, ¿no es cierto?
—No, no lo hace.
—No, a mí sí. Aquí vivo yo, este soy yo. No voy a tolerar la violencia contra esta casa.

Defender su hogar de aquellos quienes no pararon de hacerse la burla desde que llegó al pueblo es una revalorización de su hombría, provocada por la situación más estúpida posible: la protección de un completo extraño y con obvias alarmas de peligrosidad. Y todo para mostrarle a Amy y, sobre todo, a sí mismo, que es un hombre de verdad. Y un hombre de verdad protege ante todo su casa.

—Get off my lawn!

Una de mis primeras conexiones con Straw Dogs, antes de que la pudiese ver, fue en la crítica que hizo DayoScript sobre Gran Torino de 2008. En esta crítica, Dayo comparaba de cierta manera a la película de Clint Eastwood con la de Sam Peckinpah, como una mejora de ciertas actitudes que producen el clímax violento de la película del 71. No es para menos, mientras Dustin Hoffman elige la violencia, Clint Eastwood elige la paz al final, y su victoria personal es triste pero mucho más satisfactoria. A este argumento también he querido añadir un detalle importante para estudiar a David y es que, en un mundo plagado por etiquetas y basura simplista que intenta cualificar un todo con solo una o dos palabras, el personaje de Walt Kowalski sería calificado por las nuevas generaciones como un “racista” y hasta ahí. Los estúpidos se quedarían con el personaje en sus inicios, llenando de epítetos agresivos a cualquier raza que se le tope encima, siendo específicamente conflictivo con los coreanos debido a su pasado como veterano de Corea y al abierto resentimiento que aún guarda; y terminarían haciendo de Walt una caricatura de sí mismo para juzgar o, peor, hacerse los vivos y “funar” al personaje como si de una persona real se tratase. Lejos de creerme Nostradamus, es obvio que este tipo de cosas han de ocurrirle al pobre Walt, sobretodo porque los más jóvenes consumen películas por medio de resumenes, tiktoks de dudosa procedencia y otros materiales que no les permiten ni en un millón de años apreciar la profundidad intrínseca de parte de los guiones. Y no son solo cosas que van a ocurrir, sino que ya están ocurriendo, sino, pregúntenles a aquellos sigmas niñitos de mamá que ven a Patrick Bateman como un icono masculino, o mejor aún, exploten su burbujita fantasiosa confirmándoles el hecho de que este tipo es protagonista de una película dirigida por una mujer.  Es gracioso reírse de las pésimas interpretaciones, tanto de la crítica como del público, pasteurizadas por su propio confort como espectadores; pero es preocupante pensar que viajes tan conmovedores como el que realiza Walt en la película se queden tan dispersos como las mentes de los jóvenes que “cuestionan su entorno”. Walt efectivamente tiene la boca de un marinero y la actitud de un limón, pero eso no le impide defender a una joven coreana y a su hermano,a la familia entera, en realidad, con su rifle o con sus nervios de acero. El mismo tipo que llenaba nuestro diccionario con nuevas formas para insultar a los coreanos, termina bebiendo una cerveza con ellos, ayudando al joven Thao a hacerse un hombrecito y defenderse por su cuenta. Y para el final de la película este supuesto “racista” da su vida por ellos, no por su familia malagradecida ni por alguna causa innoble, sino para cerrar justamente el ciclo de violencia y permitirles una vida de paz, una vida mejor.

Personajes como Jon Voight y Charlton Heston, hacia el final de sus vidas, se convierten en figuras antipáticas para los más progresistas y razones tienen a su favor. Jon Voight se convirtió en un fanático religioso de la secta de los trumpistas, quedando como un viejo chocho y un peor actor. Y Charlton Heston fue el presidente más reconocido y famoso de la NRA, entidad que si bien no lanza tanta bilis como Trump ahora, si fue manejada por Heston durante los años más polémicos de su historia, y el actor quedó en el ojo del huracán al seguir promoviendo el libre uso de las armas, haciendo oídos sordos a Columbine y la creciente “cultura del tiroteo” que nació a partir de tal evento. Sin embargo, pese a que las actitudes de estos actores se distorsionaron bastante de nuestros gustos, eso no quita peso a sus historias pasadas tras bambalinas. Eran demócratas, y no lo digo como algo bueno (porque no lo es) sino porque sus contribuciones políticas dejaron una huella presente en su tiempo que quedó imborrable para nuestra era. Jon Voight ganó un óscar en 1979 por Coming Home, una película que representaba la crítica máxima (o al menos una de las máximas) contra la guerra de Vietnam. El mismo filme iba a ser producido por la IPC, que no es otra cosa que la Indochina Peace Campaign, empresa activista creada por Jane Fonda, a quien tenemos en cuenta como una de las críticas más feroces de la guerra en su tiempo. Voight no era lejano al activismo anti-guerra y de otras índoles y su contribución a la película es una prueba de tal convicción. El “odiado” Charlton Heston, demócrata hasta 1972, durante los años 60 realizó actividades en conjunto con la comunidad negra, siendo visto en varias ocasiones, junto a Martin Luther King y otros personajes de importancia, marchando por los derechos civiles, en una época donde ver a un actor de tamaña magnitud exponiéndose para una causa noble era algo digno de ver y no un circo como lo es hoy en dia. Con estas cosas no perdono a ambos hombres ni a otros personajes parecidos por sus errores actuales, pero doy el contexto necesario para que se aprecie el bien que hicieron, porque su corazón los llevó hasta ese puerto. Y, sinceramente, sus errores finales son producto de esa convicción, tristemente manipulada por la brújula política y los demonios que los pasaron a sus sectas del mal.

El personaje Walt Kowalski no es un caso aislado entre los personajes que ha interpretado Clint Eastwood a través de los años. Harry Callahan era un tipo que podía rebajarte verbalmente hasta niveles nunca explorados por otra persona, pero era el primero en condolerse ante un compañero muerto o herido, mientras la jefatura de San Francisco seguía su curso y usaban al viejo Harry para otro trabajo sucio. William Munny era un sujeto despreciable y terrorífico, descrito infinidad de veces en la película como un “asesino de mujeres y niños”, quien, motivado inicialmente por el dinero, arriesga la vida para darles algo de solaz a aquellas tristes prostitutas de Big Whiskey que fueron vejadas por malandros impunes. Este “asesino” le da a una de ellas, cuyo rostro fue desfigurado a cuchilladas salvajemente, uno de los diálogos más hermosos que salieron de la boca del viejo Clint:

—Tú no eres tan fea como yo.

Y podríamos llenar esto de mayores ejemplos, mucho más obvios incluso, pero ahora es tiempo de comparar este tipo de “masculinidad” con la que ejerce David Summer durante la batalla final. Mientras que los personajes de las características anteriormente mencionadas pueden parecer intransigentes para nuestra moral blandita y ávida para juzgar sin siquiera conocerlos, el personaje de David nos resultaría mucho más atractivo ante sus implicaciones simplistas. Es un pacifista, un intelectual, no pretende ser un rudo salvaje, sino un tipo sensible y sencillo cuyo corazón está en el lugar correcto, aun si su propia cobardía le impidió tomar acción en su propio país. Con un análisis sesgado podríamos amar a David, pero cuando vemos la película y contamos las veces en las que se muestra como un verdadero imbécil, somos testigos de cómo estas “cualidades” se distorsionan hasta volverse una caricatura malsana o peor aún; una realidad. Cuando se arma la pelea y David ejerce violencia contra Amy ante su negación del combate, llegando a jalarle el pelo y abofetearla, pero conservando siempre su calma voz, lo vemos como lo que es, como lo que siempre ha sido. El equivalente actual de David podríamos encontrarlo en los dichosos “aliades” que berrean sobre los bienes de la sociedad y nos aleccionan con su moral intachable, siendo buenos con las mujeres y con otras minorías afectadas. Pero, ¡ay del día en que una mujer se atreva a cuestionar su movimiento! Si una mujer tuviera la desgracia de dar algún comentario controversial enfrente de este tipejo, se la comería viva con insultos y agresiones que su movimiento permitiría siempre y cuando vayan acorde con sus doctrinas. David patea mujeres cuando se oponen al aborto, expone a sus hijos en fotos cuando estas digan que ganan bien y no son víctimas de “la brecha”, y las condena más que a un nazi si las ve promocionando algún producto que su movimiento boicotee con orgullo. No tengo la capacidad para creerle a este tipo horripilante de personas ante sus actitudes impulsivas e hipócritas. Al final, estos aliades bien podrían unirse a este tipo de movimientos como una excusa para ejercer su violencia interna, hacerse de cierta popularidad moral o ya de plano ser unos cínicos y unirse a las marchas y a las pendejadas solo por ligar. No serán caricaturas de John Wayne profesando basura radical, pero sus almas son oscuras bajo el afable traje de corderito que le muestran al público. Y nosotros, idiotizados por las “etiquetas”, vemos a estos personajes como algo bueno, como un ejemplo a seguir; pero no prestamos atención a los hechos, sino al disfraz. Finalmente Amy confió en que David sería algo diferente a los brutos matones de su pueblo, pero, para cuando David los haya matado a todos, la línea que los diferencie se habrá roto irremediablemente. Cuando David le encaja la trampa para osos al cuello de Charlie, Amy grita su nombre y no el de David, porque aún tiene en su inconsciencia ese anhelo por ese “hombre mejor” por ese “hombre duro” ante la decepción que creció en ella a partir de David. Lo que Amy se da cuenta en segundos, luego de ver a Charlie ahogándose ante el agarre de la trampa, es que David se ha convertido en uno de esos “hombres fuertes”, pero que no es algo bueno, no es algo que debería celebrarse, sino mucho peor.

A los críticos que calificaron esta película como una “fantasía facistoide”, comentarles (si es que queda alguno vivo) que esta película hubiera sido una fantasía facistoide si David se hubiese transformado en todo un John Wayne y que la película nos manipulara para hacernos creer que cada asesinato valió la pena al ser propuesto desde una causa noble. Evidentemente, si un grupo de maleantes intentan matarte a ti y a tus seres queridos en tu propia casa, tienes todo el derecho a defenderte y protegerlos, eso es seguro y no se niega. Pero David tomó una decisión “correcta” por todas las razones equivocadas y al final no aplaudimos su victoria, la repudiamos. Es lo que tenía que pasar, lo asumimos desde el principio, pero no nos pone contentos. Permanecemos como Amy, pegados a la pared, temblando y llorando, porque presenciamos algo horrible y que no tiene un final feliz, por más que la finalidad de los eventos debería ser feliz al haberse librado de los malandros de una vez por todas. Presenciamos la muerte de una pareja, la destrucción de la mujer por parte de las heridas de su pasado, y la destrucción de un hombre quien decidió hacerse el valiente muy tarde, mostrando su verdadero y oscuro rostro. 

Si The Wild Bunch nos reanima con sus litros de sangre derramada y nos invita a celebrar la muerte de aquellos malandrines tan entrañables que nos acompañaron por dos horas y media, Straw Dogs nos destroza la moral, nos hace sentirnos sucios al participar en tal desastrosa demolición, y las gotas de sangre son contadas, rarísimas.

—¿Estás bien?

Le pregunta David a Amy, como si nada. Amy asiente y nadie le cree, mucho menos David, pero no queda nada por hacer, y ya depende del espectador la especulación posterior.

David deja de nuevo a Amy sola, no para que la violen otros malandros escondidos por ahí. Amy se quedará sola y maltrecha, dejando que su propia mente siga abusándola con imágenes y recuerdos. El tipo se llevará a Niles, ya un tanto recuperado, de vuelta a su casa en auto. El grandulón no presenció la masacre de la casa, pero obviamente está afectado, asustado y no lo culpo: nadie hubiera creído que un flacucho como David hubiese sido capaz de proteger su casa de esa manera. Aunque también le resto crédito a Amy, quien jaló el gatillo ante el último agresor, como un clavo final en el ataúd de su psique destruida. Igual que Janice, Amy está muerta, pero ella no lo sabe.

—No sé cómo regresar a casa...

Los dos hombres están rodeados por la oscuridad, David conduce con una sonrisa estúpida que puede decirnos muchas cosas. Puede aludir a que se siente como un campeón, pero también puede ser solo una fachada, una máscara para verse fuerte por primera vez. David voltea para ver al confundido Niles y le responde:

—Está bien... yo tampoco lo sé.

No por nada algunos críticos tuvieron el tino dudoso de afirmar que Straw Dogs era una metáfora sobre la guerra de Vietnam; porque los soldados que tienen la gracia de sobrevivir al infierno, nunca vuelven a casa realmente, y David nunca lo hará. El auto se pierde en la oscuridad, solo quedan sus luces traseras, similares a los ojos rojizos de alguna criatura extraña, una bestia.

Pasan los créditos y no tenemos consuelo como audiencia.

Quizás, al final la mejor forma para describir la película, sea simplemente parafrasear el Tao Te Ching por donde Peckinpah halló el título:

El cielo y la tierra no son humanos.
Ellos tratan a todas las cosas como perros de paja.
El sabio no es humano.
Él trata a todas las personas como perros de paja.

¿Y qué es un perro de paja sino un ceremonial destinado a inmolarse y ser desechado? Como nosotros, pobres humanos.

NOTA FINAL SOBRE DEMON SEED (1977):

Hasta para el más bruto es obvio que si una inteligencia artificial busca intimidarte y aprisionarte en tu propia casa para impregnarte su semen robótico y hacerte parir a su reencarnación, estaríamos hablando de una violación. Pero esta película de 1977 nos ofrece una escena muy interesante y muy alejada de los conceptos que hemos tratado aquí, que no se podría calificar como una escena de violación como tal porque no presenciamos ninguna y tampoco visibilizamos ninguna consecuencia doliente. Lo que vemos es a Proteus, la máquina inquietante, preparando todo para la inseminación de Susan, nuestra protagonista; un fundido y, de repente, nos alejamos de la situación, pero no del contexto. Presenciamos una secuencia caleidoscópica, sacada quizás de las tomas baratas y desechadas de 2001 Odisea en el espacio: luces y figuras, una unión proscrita, pero increíblemente maravillosa. No deja de ser aterradora, no nos distrae ante la realidad que acontece, pero reemplazar el coito entre la máquina y la carne con este tipo de imágenes fue una decisión brillante por parte del director de la cinta, y una que no te esperarías de una película tan barata y olvidada como Demon Seed. (De hecho, Robert Vaughn, el icónico Napoleón Solo del agente de CIPOL, quién dotó la voz de este HAL inferior, le tuvo tanta flojera al proyecto que grabó sus líneas por teléfono). 

La novela original de Dean Koontz no ayudó mucho para que se publicitara el proyecto más allá de Estados Unidos. Es un poco difícil conseguir novelas de Dean Koontz, peor aún la homónima novela en cuestión, debido a que fue bastardeada por su propio autor durante los años 90, en un intento por hacer que la voz narradora de Proteus se sienta menos “misógina”. Un error garrafal, porque cuando Proteus es desactivado al final de la reedición noventera, sentimos más lástima que gusto ante eso, porque su voz está cargada de carisma y atractivo y, sobre todas las cosas, sentimos que Proteus solo es una pobre máquina que tuvo un desperfecto injusto y no un violador mecánico como se ve en la película o se puede apreciar en la novela original. Un caso muy distinto sería el del maravilloso Harlan Ellison con su cuento Un muchacho y su perro, donde entramos al terreno de lo incómodo al guiarnos por la narración en primera persona de un violador postapocaliptico; y aun así, sentir empatía por el chico y las situaciones locas a las que se mete. Y de Blood, su perro, aun si tiene la suficiente inteligencia como para guiarlo en su mal accionar, sentimos el doble de empatía, porque es un perro y aunque sea un maldito, un perro siempre se gana nuestro afecto. Hubiera sido muy interesante apreciar el matiz que puede producir una escena en la que el protagonista sea el violador y no la víctima o nosotros como espectador cómplice, pero lastimosamente este no fue un ensayo literario, sino cinematográfico, y la adaptación con Don Johnson que le hicieron al cuento de Ellison no está a la altura.

En fin, Demon Seed es una película barata, pero que eso no le quite el mérito, si no es por la secuencia de la inseminación, que al menos sea por el impactante final cuando Proteus se autodestruye y saca de sus “vísceras” a su feto mecánico, el cual cae al suelo, aparentemente muerto cuando Susan interrumpe la gestación. Pero entre ella y su esposo, el creador de Proteus, descascaran al homúnculo, y de la cascara mecánica renace la hija muerta de Susan, ofreciéndonos un final hermoso y conmovedor... hasta que la niña habla y de su boca solo sale la voz de Proteus:

—Estoy vivo.

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