Boliviano sin mar

El tema del mar es todavía sensible para algunos bolivianos. Es probable que muchos de nosotros sintiéramos una leve extrañeza la primera vez que vimos o sentimos el mar, así como otras pequeñas experiencias que involucraron ese desplazamiento. Aquello no significa algo bueno o malo, pero es peculiar. Fredie Hayes nos habla sobre este sentir a partir de su experiencia como boliviano en Chile.

La primera vez que conocí a un chileno, chilena, en todo caso, fue a una señora que atendía un humilde puesto de comida. Me regaló una expresión muy particular cuando le dije que era boliviano. Recuerdo que, de pronto, su sonrisa cortés y curiosa se transformó en una mueca rara y a la defensiva. “Ah, boliviano... no parece... ¿Qué va a querer?”. Con eso me dijo todo. Desde aquel día ya han pasado más de veinte años; hoy la cosa ha cambiado bastante. Quizá debido a la existencia de flujos migratorios o tal vez gracias a los medios de comunicación masiva, con la tecnología y las nuevas aplicaciones, bueno, no estoy tan seguro de esto último, pero a todo lugar que voy, veo a todas las personas metidas en en el celular, observando tiktoks, historias de Instagram, publicaciones en Facebook o alguno de ese tipo de pasatiempos globalizados.

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Hablar sobre el mar no tiene porqué ser un tema sensible si se aprende a bromear y a reír al respecto en justa medida. / Fotografía: Archivo Depositphotos.

A diferencia de aquello y poniéndonos serios, lo que no ha cambiado tanto (o más bien un aspecto que considero habría evolucionado) es el repetido bullying vinculado al tema del mar, por parte de chilenos hacia bolivianos.

A mi modo de ver, Bolivia perdió su salida al Pacífico por la corrupción y la avaricia de sus oligarquías; por la ineptitud política-militar de su Estado; y claro, por la abusiva invasión de un país más desarrollado, patrocinado, eso sí, por potencias mundiales de aquel entonces. Eso fue en 1879, y a pesar de los años transcurridos, nunca falta “la talla” como dicen los paisanos; es decir, el chistecito que saca en cara aquella derrota dolorosa para nosotros, gloriosa conquista para ellos.

Pero también tuve experiencias completamente distintas, como esa vez en que nos metimos al agua a las cuatro de la mañana en la playa del Faro de La Serena con un grupo de estudiantes y poetas. En ese entonces, un buen amigo santiaguino, ahora todo un hermano, me dijo solemne: “Le devuelvo el mar, compañero”. En esa oportunidad, jugando como niños con las olas en la oscuridad de la madrugada, y habiendo recibido semejantes honores, empecé literalmente a recobrar posesión. Así se empezó a afianzar mi conexión y mi idilio con el mar como infinita matriz de inspiración. Similares delicadezas ocurrirían más adelante con algunos amores y amistades que me regalaron asimismo “su porción de mar”, porque querían verme feliz y porque sabían que el mar no se acaba. Por mi cuenta, día a día me he ido robando también un poco de ese océano chileno, con algo de arena en los bolsillos, con otro poco en las retinas de mis ojos; porque las aguas de Neruda, Huidobro y Gabriela Mistral también son mías, ¿por qué no?, ni hablar de las noches miríficas de Lihn, Teillier, de Rokha y Nicanor Parra, porque cuando contemplo las estrellas, estas no le pertenecen a nadie y, a la vez, nos pertenecen a todos; entonces las fronteras no existen y solo me acompaño con el rugido constante de las olas y con las formas eternas de las rocas negras que son bañadas incansablemente por los siglos.

Volviendo a situaciones poco agradables, me enferma cuando me topo con aquellas personas que esgrimen su nacionalismo picante y vociferan: “Lo que se ganó con sangre no se puede devolver jamás”. Ese discurso puede expresar un gran amor por su tierra, pero no deja de ser facho, por decir lo menos. Sabemos que la ‘gesta’ de la guerra omite perniciosamente la desgracia de este mundo, que es la barbarie y la falta de piedad entre los seres humanos; entonces, en esta crónica prefiero marcar un tono distinto, a partir del evento de una pérdida nacional, de ese vacío imaginario; replantear, llegar, ojalá a otro algo, lo más alejado posible del belicismo de las banderas y de los desfiles marciales. Dicho esto, no puedo dejar de manifestar mi sensación de que el ‘mar boliviano’ lo perdimos ni bien empezada la guerra, lo perdimos con el fallo de la Haya, y lo perdemos diariamente con la entonación de ciertos himnos que se vuelven cada día más lamento que consigna. Es cierto, la nostalgia está siempre presente, pero uno o una, debe entender que en esta vida la realidad impera, y nuestra realidad como país es que somos mediterráneos, también que nuestro enclaustramiento, lamentablemente, no solo se remite al estrato geográfico.

Volviendo a la anécdota, la primera vez que fui a conocer Valparaíso mostré mal mi hilacha de turista andino. La Perla del Pacífico es una ciudad muy importante por su historia, ahora es más un lugar en decadencia que trata de salir adelante, pero le cuesta; sin embargo, su antiguo esplendor siempre se las arregla para regalarnos aunque sea un par de pinceladas que sobrecogen y encantan. Valparaíso colinda inmediatamente con otra joya, Viña del Mar. Quién no ha visto alguna vez la transmisión de su famoso festival o contemplado las imágenes de sus playas y de sus chicas en bikini. Con esa idea me fui cándido a visitar la costa en un mes de octubre, cuando la primavera apenas comienza y el clima templado de puerto se hace sentir. Colla ingenuo yo, fui con un maletín minúsculo donde cabía solo una muda de ropa interior, mi toalla playera, protector solar y una gorra. Aparte viajé con ‘chalas’, short y una camisa suelta (que gracias a Dios no tenía palmeras estampadas). Cuando llegamos en el bus a las siete de la tarde, vi a la gente en las calles vistiendo parcas, algunos llevaban incluso bufandas. Entonces me di cuenta del error garrafal de predicción meteorológica que había cometido. Eso sí, era un frío soportable, nada comparado con un solsticio de invierno en Tiwanaku.

Como buena ‘llamita’, debía aguantar los embates de esas heladas brisas marinas. Todo bien al comienzo, nada que unos buenos tragos no arreglaran la sangre. Pero lo que no calculé era que la noche porteña es larga y su bohemia única en Chile, peor si uno anda con un grupo de artistas que solo quieren sacarle el jugo a un encuentro latinoamericano de literatura. Esa noche pasé mucho frío y también bochorno a ratos: a varios les llamaba la atención mi pinta ‘veraniega’, habiendo 12 grados de sensación térmica. Terminé durmiendo refugiado en una casita al borde de una quebrada y a punto de derrumbarse, sostenida por un pilote de madera y por la buena fe de los achachilas de esos cerros, la verdad es que Valparaíso tiene algo de La Paz y La Paz algo de Valparaíso. Esa vez no descansamos bien porque dormimos botados en un piso inclinado hacia el barranco y con una familia de gatos pulguientos entre nosotros. A la mañana siguiente paseamos, comimos y luego hicimos siesta en la playa Las Torpederas. Maravillosa siesta, dormir la mona con el arrullo de la marea y el sol cálido de las tres de la tarde. La dulce voz de Paloma, la polola de un amigo filósofo, me dijo: “Despierta, despierta”. Yo pregunté si era hora de marcharnos. “No” me dijo, “te estás quemando”. Mala idea dormir con las gafas puestas a pleno sol y para colmo nunca me puse el protector solar que anduve cargando de un lado para otro. En aquel viaje, tan malogrado como inolvidable, entre conocidos y amigos, se encontraba el querido Pedro Lemebel, con quien tuve el privilegio de poder compartir bastante durante aquella época. Les recomiendo encarecidamente que busquen su “Canción para un niño boliviano que nunca vio la mar”. ¡Grande Pedro! Hablamos de escritores que dejaron huella. Tampoco puedo dejar de recordar mis visitas a Cartagena, una pequeña ciudad cargada de melancolía. Ahí, en una colina olvidada, está enterrado el mítico Vicente García-Huidobro. Su mausoleo suele quedar descuidado, pintarrajeado con spray y expuesto a los elementos de la naturaleza; siempre hay ventoleras que llegan a saludar al poeta, y baila al compás la paja seca que sale de entre las grietas de la tierra. Impresiona a su vez la elegía grabada en la roca de su lápida: “Abrid la tumba, al fondo se ve el mar”. Muchas veces peregriné hasta ese lugar como un humilde servidor, le recité algunos versos al poeta y, alguna vez, a cierta sirena impostora que apareció de la nada. Pero de eso ha pasado ya tanto tiempo, hace años que no vuelvo a aquella colina solitaria, ¿seguirá el mar todavía allí?

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Es sencillo reconocer a un boliviano que visita el mar por primera vez. Observar la ropa, poca o en exceso, ayuda como señal. / Fotografía: Archivo Depositphotos.

Al inicio del presente texto comenté de las ‘tallas’ que nos hacen nuestros cumpas chilenos; las bromitas, pesadas o livianas, dependiendo del humor y de quién las dice. Nunca falta, sin importar el contexto, el “¿Viniste a conocer el mar?, bien por ti, aprovecha de bañarte”; “La Marina Boliviana, ¿existe eso?”; “¿Se hace ceviche en Bolivia?, claro, de pollo”; “Los bolivianos también tienen derecho a amar”; “¿Tu familia está bien?, ¿no les llegó el Tsunami?”. Como estas hay muchas, el repertorio no se agota. Y sí, uno también se vale del tema para mofarse un poco, al fin y al cabo, gente ‘que cae’ hay en todas partes. No faltó aquel que se llegó a asustar cuando le conté de la flota de submarinos que tenemos en el lago Titicaca, y que hay un canal que llega hasta la costa chilena.

Y mi inocentada de siempre, nunca falla. La primera vez fue cuando andábamos trabajando con un grupo de colegas en una laguna de la región Metropolitana de Santiago, el lugar era bastante lindo, en ese entonces la sequía no arreciaba como ahora. Un amigo al que llamaré Peyuco (prefiero omitir su nombre para no incomodarlo), se puso a contemplar el lugar, yo hice lo mismo, la ocasión daba para eso, la tarde caía y la luz era perfecta. Entonces, con mi voz más emotiva, con todo el sentimiento y con mi mirada perdida en el horizonte, le dije: “Qué hermoso, nunca había conocido el mar...”. Fue hilarante cuando Peyuco, muy noble de su parte, me miró con una conmiseración única y me dijo delicadamente: “Compadrito, esto no es el mar, es solo una laguna... pero no se preocupe que yo le voy a llevar un día a conocer el mar”. “¿En serio? Yo pensé, como lo vi tan grande y hermoso…”. “No, perrito, lo siento, esto no es el mar”. ‘Perrito’ de cariño, claro está, así de solidario y cercano suele ser el pueblo chileno. Esa pequeña maldad la ejercito cada cierto tiempo, dependiendo de mi predisposición para poder actuar y dependiendo por supuesto de la inadvertencia de la pobre víctima. Muchas veces también se matan de la risa a la primera y me dicen “imbécil, deja de huevear”; sea como sea, siempre sirve para romper el hielo.

Si uno se pone a reflexionar, no deja de ser triste el hecho de que conciban que nuestra desvinculación con el mar sea tal, y quizás la realidad es así; es decir, yo he tenido la suerte de viajar a varios países, pero hay tantas otras personas que tienen pocas chances de conocer —como se debe conocer— una playa, una caleta, un puerto. En ese sentido las películas y las series nos podrán transportar a los lugares más espectaculares del mundo, pero nunca será lo mismo sentir con los pies descalzos la arena mojada y la espuma de la ola, o la sal en los labios de la persona indicada. En fin, urjo a mis amigos chilenos a que nos ahorren la pena y, si alguna vez, algún connacional mío les pregunta si alguna mancha de agua es el mar, díganle que sí, nomás, y que le pertenece tanto como a ustedes.

La intención con estas palabras es reírse, del uno, del otro. No tomarse todo tan en serio. Eso me gusta del chileno, se ríe todo el rato de la vida. Quizás en Bolivia nos falta eso, reírnos más de nosotros mismos, no ser siempre tan parsimoniosos ni tan aprensivos, relajar el nervio y tomar con buen humor este tipo de cosas, aunque nos duela.

[Santiago de Chile, julio 2022]

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