El tiempo visible - Pequeños ejercicios de atención (II)
Escultura fugaz
Del prado, donde ardían verdes, amarillos, azafranes —fiesta efímera del otoño—, se alzó, lenta, una columna de niebla. De la niebla surgió una mano —primero deshilachada, luego nítida— y se tendió hacia la nube gris que parecía mirar hacia abajo, expectante. De esa mano algodonosa nacieron dedos; de los dedos, el roce y el tacto.
Niebla y nube resplandecieron, entrelazadas como hebras del tiempo, antes de disiparse en el viento, en la luz.
Hoy, sin testigos, la tierra y el cielo se tocaron.
El hombre y su sombra
1970. Dino Buzzati va a morir, y lo sabe. Durante meses de angustia silenciosa, escribe y dibuja sin prisa en una pequeña agenda. En una de sus páginas —domenica, lunedì, martedì— se despliega el dibujo.
Un hombre de espaldas. Figura delgada, frágil: el traje oscuro contrasta con la cabeza blanca. Camina por un sendero y, de pronto, se detiene. El viento, atónito, parece detenerse con él.
Enfrente, un imponente muro donde se abren cinco arcos. Más allá, árboles, maleza, colinas inexploradas. A los pies de la arcada central, unos peldaños de piedra parecen invitarlo a cruzar.
La escena flota suspendida en el instante en que el hombre levanta la vista y descubre los arcos. Levemente inclinado sobre el bastón, permanece inmóvil, y su sombra —apenas un trazo tembloroso— se alarga sobre la blancura del camino.
Una ley antigua lo obligará a dejar el sendero, subir los peldaños, perderse más allá del muro. A lo lejos, los follajes tiemblan.
El tiempo avanza —domenica, lunedì, martedì. El cuerpo se inclina, pero aún resiste. La luz respira.
Sobre la línea de los días, el hombre y su sombra.
El pórtico espera.
Oír llover
El cuarto está oscuro aún y, al abrir los postigos, la lluvia entra. Lluvia menudita, regular, incesante. Del jardín asciende el aroma de la menta soñolienta. Todo se ha vuelto instrumento de percusión. Los autos, envueltos en un leve crepitar, se deslizan como patines sobre hielo.
La lluvia se intensifica un momento; luego vuelve a esa extraña paz. Paz en la tierra, en los tejados, en las hojas de los árboles. El mundo se retira al jardín de agua, iluminado por la fiesta de la transparencia.
El otoño
En la juventud era el verano. El imperio del sol, el agua —o la idea del agua—. La brisa del anochecer traía olores de días calcinados, batallas de furia y polvo.
Ahora me encuentro conmigo mismo en octubre, aunque el verano haya ganado terreno, invadiendo los dominios de este viejo huraño, envuelto en su largo abrigo de niebla. Me gusta imaginarlo así.
Hay en las primeras heladas una poesía cristalina, un regreso a lo esencial.
Los pájaros lo saben, y son pura inminencia. En los altos pentagramas de los cables, contra el cielo aún radiante, aletean las últimas notas del verano.
Los grafitis se cubren de hiedra, las hojas secas borran las inscripciones de las lápidas y el sol enciende los follajes como los vitrales de una iglesia.
Crema de champiñones: lo más profundo del bosque humea en la mesa.
Este descenso tiene la paciencia de los árboles.
Verlo llegar en el ocaso: mendigo o dios.
El árbol que llueve
Un árbol, al borde de la ruta, llueve hojas. De un amarillo solar, se arremolinan en el aire y se acuestan en el suelo con lentitud majestuosa. Música discreta: el árbol fue el instrumento y esas hojas, las notas suspendidas en la luz.
El árbol permanece inmóvil, ajeno.
No ha vuelto a ocurrir.
Tal vez no se repita.
La alfombra de hojas. La tarde se demora en ese oro sucio que solo inquieta, de tanto en tanto, el rugido fugaz de un motor.
Illimani humeante
Su imagen me acompaña a todas partes, pintada con arte anónimo en una piedra laja, por este país que late en otro idioma —siempre fiel en el horizonte del escritorio.
Cuando vuelvo a La Paz, el resplandor de sus nieves —aun de noche— es la feliz confirmación de que no sueño.
Al salir de una curva esperada, entre las moles de los edificios y el ruido insomne, se alza con la elegancia impasible de un dios antiguo.
Es frágil, sin embargo: lo roe una especie de cáncer y, año tras año, su hermosa blancura se va encogiendo como papel en el fuego. Sus picos nevados, que de niño creí eternos, acabarán por diluirse en la nada.
Esta tarde, desde uno de los puentes trillizos, lo descubro a lo lejos. Rodeado de cielo, echa una lenta nube de ira. Y, por un instante, su impotente silencio enmudece la ciudad.
El cerezo
Lo trajo ella cuando era una plantita frágil. Lo plantamos juntos en el centro del jardín. Alcanzaba la talla de mis hijos, duendes saltando por el pasto. Hoy tengo que subirme a una escalera para rozar, con la punta de los dedos, sus ramas más altas.
En marzo se llena de flores nevadas: destellos fragantes. Duran, como es fama, poquísimos días. Para mi cumpleaños ya no son sino un lejano recuerdo del Japón.
Ahora debo dejar la casa que creí para siempre. Humildad: es mejor no saber qué vendrá mañana.
Acaricio su corteza rugosa, el rostro de un viejo amigo. Lo he visto crecer, como a mis hijos, hasta asombrarme.
Tocar el tiempo es tocar el árbol, palpar su pulso. En sus ramas se prenden coronas de nubes, y su sigilo tiene mil veces la edad de mis palabras.
Alargo la mano y arranco una cereza granate, ya casi negra, picoteada por algún pájaro, y muerdo el fruto amargo.
Miro el cerezo por última vez.
Me enseña a estar de pie en este mundo donde solo lo efímero es bello.

