Negocios redondos

En su columna para 88 Grados, Mariana Ruiz Romero continúa con las poluciones, ya en la recta final, dándole paso a hablar de los negociados que sostienen a la época y la Naturaleza, así con mayúscula, que a lo mejor ya plota una autorregulación.

¿Recuerdan que dije que íbamos a hablar de la proteína y nuestra relación con ella? Lo haremos ahora, porque otra consecuencia de nuestra improbable globalización fue la industrialización masiva de productos alimenticios para consumo humano.

En un libro muy interesante de Jared Diamond, Armas, gérmenes y acero, nos enteramos de que existen solamente ciertos alimentos en estado salvaje y que Eurasia viene domesticándolos con mayor éxito que otros continentes desde hace doce mil años. Además del trigo, el arroz y la avena en el plano vegetal, también identificamos a 148 grandes mamíferos comestibles (porque ya nos almorzamos, como cazadores recolectores, a las fuentes proteínicas del Pleistoceno), de los cuales sólo catorce mamíferos son domesticables (incluyendo a los caballos, las llamas y los perros).  

Y de ellos, solamente tres pueden ser criados a gran escala: la vaca, el cerdo y la oveja. Al ser Eurasia un continente relativamente frío, estos animales vivieron a veces en estrecho contacto con sus criadores, transmitiéndoles y generando resistencia a los virus más contagiosos del mundo, como el sarampión, la tuberculosis y los resfríos de alta peligrosidad, (sí, los patos y los pollos también, sí, también se aplica a la gripe aviar). 

Diamond argumenta que son estos gérmenes los causantes de la muerte masiva de otras formas de organización social en África, América y el Pacífico, y si quieren saber más de esta teoría, basta con preguntarse cómo y cuán rápidamente murieron los sioux, los incas y los aztecas ante enfermedades desconocidas para ellos como la viruela. 

Sin embargo, por lamentable que haya sido la extinción masiva de diferentes formas de interactuar con el mundo, (y la casi incontenible posibilidad de que terminemos tan homogeneizados como las especies no humanas), esta letal combinación de armas, gérmenes y acero nos ha traído al orden mundial como lo conocemos hoy: con el mundo interconectado, el consumo institucionalizado y nuestros alimentos siendo accesibles desde un carrito de compras del supermercado, completamente separado de sus formas de producción.

Y como nuestra enfermedad, según Gurdieff, es encontrar soluciones equivocadas para problemas inexistentes, empezamos a tener consecuencias alimenticias directas al incrementar la escala de la industria cárnica. Al decidir que nuestra proteína requería de espacios de crecimiento acelerado, con antibióticos cada vez más potentes y alimentación cada vez menos adecuada, nuestras vacas, cerdos y pollos, especialmente, empezaron a enfermarnos. Y el capitalismo respondió encontrando soluciones para un rumor: que la proteína nos estaba haciendo daño en forma de colesterol.

Hasta los años setenta, comer carne, beber batidos de leche, y hacer grandes omelettes con generosas adiciones de tocino era parte natural de la dieta norteamericana. Sin embargo, un estudio científico postuló que el excesivo consumo de proteínas y grasas causaban endurecimiento de las arterias, y las recomendaciones de la FDA, o Administración de Alimentos y Medicamentos de los Estados Unidos, fue reemplazar la proteína con algo más sano, como los cereales.

Las industrias entonces empezaron a romperse la cabeza, y propusieron desde reemplazos fatídicos a la mantequilla como la margarina, a cereales cada vez más azucarados, hasta las bebidas de cola con jarabe de maíz de alta fructosa. ¿Porqué? Porque si no se relaciona con la proteína y tiene un sabor soso, en general, nadie se lo quiere comer, pero si es dulce, ácido o picante, pues nos llama mucho la atención.

Y aquí entramos al maravilloso mundo de los ultraprocesados, alimentos con alguna base de proteína vegetal, y muchos aditivos, a saber: potenciadores del sabor, edulcorantes, acidulantes, sustitutos de la sal, aromatizantes sintéticos, colorantes y conservantes. En su libro “Mala leche, el supermercado como emboscada” la autora Soledad Barruti nos advierte que tantos aditivos para hacer las comidas atractivas, especialmente para los niños, han enterrado al verdadero alimento bajo un sinnúmero de derivados del petróleo, o formulas sintéticas, que tienen, además, la capacidad de afectarnos a nivel celular e interferir con nuestras hormonas.

¿Porqué? Porque envuelto en este brillante packaging, en la comida de nuestro tiempo no hay espacio para lo natural. Ni siquiera en los productos que dicen “eco” en la tapa. Si se observan con detenimiento, muchos de estos productos se limitan a reemplazar ciertos aditivos por otros. Como bien dice Luis Maria Pescetti en su canción “Con esa cara de pescado” si tiene más de cinco sílabas, no es alimento, fíjense sino en la diferencia entre las sílabas de chocolate y maltodextrina. 

Y como a cada problema creado por la mano del hombre, le aumentamos una solución que trae nuevas interrogantes, a este descalabro alimenticio, responsable de niños obesos y adultos alterados, (porque el azúcar es peor para las arterias que el colesterol), lo solucionamos con otro negocio gigantesco: los medicamentos, y también, las dietas de moda, como el comer solamente fruta, sin gluten o solamente grasa y proteína, así como otras delicias promovidas en internet.

Qué pasó con el viejo adagio de Hipócrates: ¿Que tu medicina sea tu alimento, y tu alimento tu medicina? Pues que decidimos ignorarlo, en este tiempo de suplementos alimenticios, dietas novedosas como la paleo y ganas de aparecer en redes con músculos descomunales. 

Y en cuanto a los medicamentos, en su libro “Sana sana, la industria de la enfermedad” Mónica Müller tiene mucho que decir al respecto de la letra chica que acompaña nuestros ansiolíticos, efedrinas, pastillas para el dolor de cabeza y otras pequeñas maravillas de la modernidad. Desde las interacciones e intoxicaciones medicamentosas, hasta su capacidad de interferir con distintos procesos, esas pastillas que compramos, compartimos, solicitamos y nos venden traen detrás de si consecuencias insospechadas y problemas que pueden hacernos terminar en una cama de hospital.

Como bien señala Daniel Paz, un historietista argentino, la góndola de la farmacia es un negocio redondo: al lado de las tabletas que alivian los síntomas de nuestros males (que no las causas) están los chocolates, los chicles, los chizitos y las opciones de fumar nuevas como el vaping. Para la industria, el ser humano es, a la vez, consumidor y objeto del consumo, y en estos tiempos donde se produce sin saber para qué, se ritualiza el crecimiento económico por encima de los procesos necesarios para el cuidado de la vida, donde se separa la producción de la reproducción y la comida del ecosistema, el negocio es redondo. 

¿Podremos seguir así, para siempre? Hay algunas señales, presentes en las páginas anteriores, que nos dan una clave de la respuesta: no por mucho tiempo más. La Naturaleza, así con mayúscula, siempre encuentra formas de auto-regularse, y el impacto de nuestras decisiones ya está teniendo lugar en nuestro propio cuerpo.

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