Violación a 24fps - Parte IV

Nathan Leaño nos trae un texto para reflexionar sobre los horrores de la violación. En esta primera parte se vale de “Straw dogs”, el filme dirigido por Sam Peckinpah, una película en la que no se puede tomar partido sesgado y fanático hacia uno o cualquiera de los personajes.
Editado por : Adrián Nieve

Straw Dogs (1971):

Decir que Straw Dogs es una película perturbadora es como decir que el agua moja. Quentin Tarantino tiene mucha razón al quejarse de la hipocresía de ciertos directores al satanizar la violencia de sus propias películas, en lugar de abrazar la ficción y diferenciar la realidad, refiriéndose a directores como Michael Haneke o el mismo Sam Peckinpah, para más inri. De hecho, es inconcebible que un hombre como Peckinpah berree contra su propia violencia y trate de ofrecerle una justificación moral, más allá del efecto empleado en la pantalla. Lo digo porque se culpó a sí mismo de que ciertos grupos revolucionarios en África o en Sudamérica se inspiraron en su clásica The Wild Bunch para orquestar sus escaramuzas o animarse para encarar las batallas del día siguiente. Pero The Wild Bunch es un caso obvio de una catarsis violenta que realmente no le hace daño a nadie. Escandalizó a los medios de su época, sí, por el uso desmedido de la sangre y algunas situaciones poco agraciadas para el público puritano. Momentos como el que tiene William Holden en la magnífica batalla final, cuando una prostituta le dispara por detrás a traición y el viejo vaquero se da vuelta y la mata de un tiro, no sin antes decirle “bitch!” con el enfado y la satisfacción que uno sentiría al matar a una mosca. La batalla final de The Wild Bunch es objeto de estudio cinematográfico hasta el día de hoy, porque nos hace emocionarnos con un par de rufianes desalmados, quienes se sacrifican durante la aparición de un ápice de moralidad, no solo para salvar a un amigo de las garras de un general sádico (lo que es inútil, porque todos sabían que iba a morir de todas formas), sino para desaparecer de este mundo con algo de gloria palpable, antes que recibir un final no acorde a la opacidad de sus aventuras previas; las que vimos durante toda la película, aquellas que ya no les pertenecen, sino a la juventud. 

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Imagen: 88 Grados

La mayor hipocresía de Peckinpah radica en renegar sobre esta y otras grandes películas de acción como The Getaway o Bring me the head of Alfredo García, solo porque él intentaba mostrar la violencia como algo perturbador y negativo, y el público no le entendió. Evidentemente, el público no podría entenderlo, porque el viejo Sam ni siquiera se cree sus propias mentiras. “Subconscientemente” revolucionó el género de acción para siempre, creando una dinámica narrativa y subjetiva que va mucho más allá de los duelos típicos del oeste, o los tiroteos sanitizados de la televisión; y, mientras tanto, su consciencia se pudrió en el alcohol y las drogas, por creer en su mentira moral. Sin embargo, si quitamos todo el repertorio de películas cumbre en su carrera y dejamos a Straw Dogs (podría agregar Cross of Iron a la lista, pero sigue siendo una película “accesible”) como la única película de su filmografía, entonces lo creería. Porque todos quienes fueron a ver Straw Dogs en su momento, esperando una nueva Wild Bunch, quedaron trasquilados, y se desató el infierno de las críticas.

“Misógino”, “fascista”, “depravado”, “inmoral”, estos fueron algunos de los adjetivos más usados por la crítica en 1971 para describir a Straw Dogs. Y su “atractivo”, como una película cuyos límites morales son de plano inexistentes, sigue dando mucho de qué hablar hasta el día de hoy. Todos estos adjetivos dirigidos a Peckinpah recaen principalmente en la escena de la violación, la razón principal del conflicto moral. Y, sin embargo, llamar a esta película como un Rape and Revenge es una prueba de la ignorancia de varios críticos, puesto que la violación en cuestión no es el punto de inflexión de los protagonistas para defenderse ante los agresores. La violación no es la gota que rebalsa el vaso, solo una gota más antes de que suceda. Y la verdadera razón del cambio de nuestro protagonista principal ante los abusos es completamente estúpida, y esa estupidez añade al atractivo terrorífico de la película. 

Pero, vayamos por partes...

Pasamos de los hillibillies de Atlanta en Deliverance, a los Merry-Jacks de Cornwall. La similitud entre películas no es casual, puesto que, al igual que en Deliverance, nos encontramos con un par de protagonistas fuera de su ambiente, perdidos en un sistema salvaje que no conocen. Tenemos a David (Dustin Hoffman) y a Amy Summer (Susan George) un matrimonio joven de un yanqui intelectual y su esposa nativa de Wakely, el pueblito ficticio que la vio nacer, crecer, mudarse y volver. El motivo de la mudanza varía para los dos personajes: David es un joven matemático que desea un espacio tranquilo para trabajar, un viejo recurso, clásico de las películas de terror: un protagonista que se aísla hacia su perdición, solo por buscar algo de concentración. Asumimos que, si a Jack Torrance le fue tan mal como sabemos, a David podría irle peor. Sin embargo, hay un giro interesante dentro de los motivos que inducen a David a huir de los Estados Unidos y alejarse hasta el punto de volver a las raíces de su esposa: David huyó de una responsabilidad atribuida, una responsabilidad social. Eran fines de los 60 (según la novela en la que se basó la película, The Siege of Trencher’s Farm) y los conflictos sociales estaban a la orden del día: Vietnam, los derechos civiles de las minorías, Nixon, y otras cuestiones. En ese entonces, los jóvenes de izquierda, sobre todo los intelectuales, tomaban partido junto a sus grupos para enfrentar a la sociedad y pedían un trato justo para todos, el fin de las injusticias. A lo largo de la película, concluimos que David era parte de esos grupos, pero que siempre fue un cobarde y no quiso tomar parte real en aquello que pregonaba. Sin embargo, empatizamos lo suficiente con David como para entender que su decisión, sea correcta o no, es una piedra en su zapato moral que va arrastrando día a día, y que, tarde o temprano, le dolerá tanto la planta del pie que se arrancará el problema de raíz. Lo que nos importa a nosotros como espectadores es el “cómo”. 

Por otra parte, Amy (presentada ante nosotros por un plano gratuito de sus pezones rebotando tras el suéter) es una joven con una historia pasada en Wakely. No tardamos nada en resolver los motivos por los cuales se salió del pueblo en primer lugar. Charlie —uno de los haraganes que contrató David para refaccionar el tejado de la casa— se acerca hacia Amy, aprovechando que el marido pierde el tiempo en la taberna local para comprar cigarrillos, y coquetea con ella, recordando quizás una pasión pasada. Vemos a Amy consternada, incluso incómoda, haciéndole saber a Charlie que lo suyo terminó y que ahora está casada. Queremos creer que el problema terminará ahí, cuando Charlie desiste en su accionar, pero en el fondo, sabemos que la llegada de Amy al pueblo plantará la semilla del desastre entre sus viejos conocidos, mismos que pronto empiezan con el stalkeo, aprovechando sus labores en la casa. Y “labores” es un decir, porque estos hombres podrían estar resolviendo la teoría de las cuerdas antes que ponerse a trabajar en serio. Y esta es solo una de las muchas burlas que le hacen estos pueblerinos al matrimonio, sobre todo a David, a quien tienen de puerquito desde el primer minuto. Fingen cordialidad y obediencia, pero cuando pueden, mediante jergas o chistes internos, se mofan de David delante de él y, pese a que el cuatro ojos no entiende su significado, sí comprende sus intenciones y eso basta para que el resentimiento crezca con sutileza.

Las cosas se trastornan en el matrimonio. Existe una especie de pedo freudiano que recorre a Amy ante el hecho de vivir su vida soñada, pero en la casa de su padre. Tener sexo con su esposo, ante el espíritu de su padre, llena a Amy de una especie de rebeldía adolescente. No en balde, con David llegan a tener un diálogo bastante raro, donde se envuelven en una especie de roleplay, donde David goza ante la idea de que Amy sea una colegiala y él un profesor, y mientras más se reduzca la edad de la contraria, mejor. Por supuesto, estos son chistes y bromas, y ante la santidad privada de sus hogares, un matrimonio puede jugar con todo el fuego necesario entre ellos, más aún, siendo jóvenes hormonales. Sin embargo, como si David le pidiese un deseo indirecto a un genio malintencionado, Amy efectivamente se convierte en una niña manipuladora y deseosa de atención, pero es una situación un tanto más extraña, porque hablamos de una mayor de edad que se infantiliza sin mayor motivo que sus viejas costumbres en los Estados Unidos, donde el amor libre empezaba a ponerse de moda. 

Ahora entendemos que la presentación de Amy (aunque gratuita) nos enseña que su personaje gozaba de varias libertades en el nuevo continente, como salir sin sostén, conducir su propio auto, entre otras que no podía permitirse en Wakely con facilidad durante su adolescencia, y pronto veremos el porqué. Pero primero que nada, la actitud infantiloide de Amy es abiertamente molesta para David, quien se muestra completamente intransigente con sus gestos y se convierte en el “padre” de la situación, regañando a su esposa y exigiendo un poco de control y decoro. El paternalismo a Amy le resulta familiar y desagradable, y pronto veremos cómo el valor que él tiene como esposo se irá reduciendo ante sus ojos, hasta convertirlo en un “hombre menor”, tal y como Lewis menospreciaba a Bobby en Deliverance.
 
Los conflictos entre el grupo de malandros y el matrimonio Summer se hacen más fuertes cuando David encuentra al gato de Amy colgado en su propio armario. Amy, visiblemente afectada por un hecho tan horrible, le exige a David que despida a esos miserables. Y David, como el esposo amoroso que demostró ser a lo largo de la película, les invita unas cervezas en su propia sala, bajo la excusa de “averiguar quién lo hizo”, mostrándose, una vez más, completamente ignorante de la idiosincrasia del pueblo. 

Amy no lo soporta más. Es evidente que no fue solo uno de ellos quién mató al gato, sino que fueron todos y ahora están como niños inmaduros riéndose de una travesura. Llega a colocar un plato de leche sobre la mesa, como para “enviarles un mensaje” y, sin embargo, el único que queda como estúpido en esta situación sigue siendo David, quien acepta ir de cacería junto al grupo al día siguiente por la tarde. Esta falta de apoyo por parte de David, no solo fomenta en Amy la idea de que su propio esposo debió haber matado al gato (antes de estos sucesos, podemos ver que David odia al gato y no hace más que quejarse de él), sino el deseo subconsciente hacia un “hombre de verdad”, alguien quien pueda cumplir no solo sus fantasías, sino la decencia de protegerla contra los lobos hambrientos. 

En fin, el imbécil se va de cacería con el grupo, y una vez más, resulta humillado. El grupo lo deja solo, bajo la excusa de “separarse” para tener una mayor oportunidad con los faisanes. Le indican que se quede y no se mueva de su posición y David obedece como un perrito faldero. La carnada está en su posición, Amy está sola, y Charlie va a tomar lo que es suyo...

—No quiero violarte, Amy. Pero no me obligues a hacerlo...

La escena empieza y transcurre como ciertas violaciones que hemos visto ya. Guarda mucha semejanza con Ukamau porque es el mismo proceso: el violador intenta convencer a su víctima de manera “amable”, ella lo rechaza y el violador se pone sutilmente violento porque sabemos que eso lo encaminará hacia el tercer rechazo. De una manera cruel, el público, acostumbrado ya a las películas de Rape and Revenge, podemos sentirnos en un “espacio seguro” dentro de nuestras cabezas. Porque sí, la escena que veremos será horrible, pero solo será una escena y ya, luego de esto tenemos el consuelo de que Dustin Hoffman descubrirá el horror de su mujer, se pondrá las pilas y matará a todos como un Rambo nerd. Pero cuando Charlie mantiene presa a Amy en su propio sofá, la película nos ofrece la primera de varias sorpresas turbias que cortarán con nuestra estúpida fantasía de raíz y nos mostrarán que no, esta no es una escena horrible a aguantar hasta que “venga lo bueno”. Pasa en un diálogo, cuando Charlie da la advertencia final ante la negativa de Amy. Recordemos que estos dos tienen un pasado, recordemos que Charlie es mayor que Amy y que Amy no pasa de los 20 o los 21. Recordemos también todo el espectro de actitudes infantiles que Amy ha desarrollado a lo largo de la película, motivada por la profunda inacción e indiferencia de su marido. Peckinpah escogió precisamente a Susan George no solo por sus dotes actorales (que son tremendas y se evidencian de mayor forma en esta película), sino por su apariencia virginal, más parecida a una adolescente que a una mayor de edad. Todos estos detalles no pueden ser solamente gratuitos o puestos al azar, porque la decisión que toma Amy durante la escena toma un sentido opuesto al imaginable y en este podemos encontrar la piedra angular del desprecio hacia Straw Dogs. ¿Charlie le acaba de dar la opción entre “violarla” o no? Amy acepta no ser violada. Cae en la sumisión antes de caer en la violencia y en el trauma, y la película nos acompaña en su proceso. “Acepta” su violación porque su mente no ve esto como una violación, sino como el reencuentro esperado entre dos amantes que eran muy diferentes como para amarse en su tiempo; Amy una niña, y Charlie un juvenal. Y el tono de la escena comienza a ser seductor, hasta el punto en el que, si vemos la escena sin contexto, podríamos llegar a confundirnos con una muestra de erotismo común y corriente. Los únicos vestigios del horror los encontramos tanto en las expresiones faciales de Amy, quien lucha por mantener la fantasía y que esto duela menos, y en la tétrica música de Jerry Fielding, que no cambia ante los intereses de Amy. (Curiosamente, Fielding le pondría música a otra escena tétrica de “violación”, para la película Demon Seed1 de 1977).

Este cambio de tono escandalizó al mundo y, gracias a esto, la película fue catalogada como una de las más crueles y misóginas de su tiempo y de todos los tiempos. Los mismos críticos que calificaron a esta película como un Rape and Revenge sin acordarse de la fórmula (puesto que esta película rompe dicha fórmula), fallaron en entender el poder con el que el lenguaje cinematográfico nos conecta hacia Amy. Porque sí, Amy trata de aferrarse a una fantasía para mantener algo de la pobre dignidad que le quedará luego del encuentro con Charlie, pero de repente, llega su amigote, Norman Scutt con una escopeta. El tipo estaba babeando por Amy desde el principio de la película y amenaza a Charlie para que le deje probar un poco. Charlie accede muy a su pesar, porque en el fondo, él no ve esto como un acto de poder violento, él simplemente está reclamando un amor que llevaba pendiente desde que Amy era una niña. Cuando Amy se da cuenta que no es ese crush de la infancia quien ahora está arremetiendo contra ella, sino un pobre diablo horrible, su fantasía se quiebra por completo junto a parte de su cordura y quizás toda su dignidad. Pero nos estamos apurando, pues no es solo el cambio de violador lo que nos permite conectarnos a Amy a un nivel emocional, sino un truco tan sencillo como milenario: el efecto Kuleshov. 

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Imagen: Taste of Cinema

Mientras que Sanjinés era un aficionado con este tipo de cortes frenéticos, Peckinpah hizo escuelita con su estilo vertiginoso y cargado de cortes, inspirando el ritmo acelerado de hoy en día. Mientras Amy aún permanece cubierta por la fantasía del viejo amor, vemos cortes directos, flashes ligeros de David, solo en medio del bosque, cargando mal su escopeta y mirando el cielo en busca de patos y faisanes que nunca llegarán. Pero, a la vez, nosotros no vemos directamente a David de manera realista, porque para eso están las escenas entrelazadas, donde lo vemos cazar efectivamente a un faisán y luego aterrarse por la sangre y sus espasmos. No, nosotros somos parte de la fantasía de Amy. En medio de esa fantasía, podemos contemplar sus pensamientos intrusivos: el imbécil de su marido que prefiere ser un tremendo estúpido antes que permanecer a su lado, darle sus gustos, o el cuidado suficiente como para que una situación, como la que vive ahora, nunca haya tenido que pasar. No es solamente el cambio de tono de algo seductor con Charlie a algo abominable con Scutt, sino estos recuerdos milimétricos con David los que realmente nos conectan con el espíritu de la escena, y dejan a los críticos en pañales. 

Durante todas estas escenas que hemos ido analizando, el papel del espectador siempre ha sido expectante, siempre hemos sido cómplices de eventos catastróficos que no pudimos detener. De cierta forma, una manipulación subconsciente hacia nuestra moral y nuestro rango de acción, pero siempre separándonos por la pantalla. Esta escena tan “misógina”, por otro lado, es la única dentro de este repertorio que no nos permite el lujo de mirar desde afuera, sino desde adentro. El horror es demasiado para nosotros, porque esperábamos ser testigos externos de otra atrocidad, y no que nuestros cerebros y el de Amy se conecten mediante el manejo de los elementos cinematográficos para que su fantasía se haga tangible hacia nuestros ojos. Por unos minutos somos Amy: somos nosotros quienes intentan desviar la mirada y fingir que todo está bien, hasta que todo se desmorona.

Lo hemos vivido con Los Soprano, y con otros medios a elección. El que diga lo contrario, que no hable, porque miente. Pero siempre hay un momento preciso en cada película o serie, donde una mujer toma una decisión que nos resulta ilógica, estúpida e insultante. Y hombres y mujeres por igual le gritarán a la pantalla indiferente:

—¡ESTUPIDA! ¿POR QUÉ NO LE CUENTAS?

Esta es la primera reacción de todos y no acepto mentiras. Después, con la calma del momento deducimos que no, que este “acto ilógico” en realidad tiene mucho más de cerebral de lo que creímos, y que, por esos motivos, es incluso más lógico que nuestro pensamiento inicial. No, la doctora Melfi no podía decirle a su paciente, Tony Soprano, acerca de la violación que padeció por culpa de un rufián anónimo y que la dejó traumatizada y en el hospital. Porque ladoctora Melfi sabe muy bien que si acepta ese tipo de venganza en su corazón y, sobre todo, usando al señor Soprano como arma justiciera, quedará envuelta en un ciclo de muerte, mafia y destrucción del que nunca podrá salir; su conciencia estará eternamente manchada de sangre.

Del mismo modo, Amy Summer NUNCA le va a contar a David lo que ocurrió con Charlie y Scutt dentro de su propia casa. Y, lejos de ofendernos (aunque, de nuevo, inicialmente todos debimos habernos ofendido), la película le da la razón de inmediato, ante el quejumbroso David pataleando sobre la burla que le hicieron los malandros, dejándolo solo hasta el atardecer para burlarse. Amy apenas puede contenerse, las lágrimas recorren su rostro, tiembla como un témpano y hasta para un ciego sería fácil ver lo afectada que está, sería obvio creer que algo malo le pasó. Pero David no ve nada, solo a su odiosa mujer volviendo a quejarse por nimiedades como el gato. 

Con todo esto, la pregunta va para ustedes: ¿le habrían avisado todo a un esposo como David? También le debemos este rechazo por parte de Amy a la maravillosa actuación de Dustin Hoffman, quien no nos ofrece a un macho pecho peludo de voz gruesa y grandes músculos. David es un esposo castrante, pero no supeditado a esos absurdos clichés. Es más del tipo silencioso, ese que mina el espíritu haciéndose al papá de la relación y manejando a su esposa con una voz muy suave diciendo cosas como: “no hagas eso”, “deja de molestar”,  “¿a mí qué me importa?”. Y este es un tono que David jamás abandona, ni siquiera durante la batalla final contra los malandros, donde pierde todo tipo de ética y le dice a Amy, con la misma naturalidad y tranquilidad de siempre: 

—Harás lo que te digo, sino te romperé el cuello.

A la mañana siguiente de la violación, David despide a los malandros por la mofa hacia su persona. Y Amy pierde aquel espíritu libre que encontró en los Estados Unidos, atrás quedó la chica que conducía su auto, que podía salir sin sostén de su casa sin miedo. David y Amy irán a la fiesta del párroco, más por la iniciativa de David, y Amy irá bien cubierta y abrigada. Mas, aquella cobertura terminará siendo inútil, porque Amy no puede contra el grupo de malandros bebiendo y pasándola bien junto a ellos, totalmente impunes mientras que ella solo puede aguantar su trauma a duras penas y pedirle a David que se vayan temprano.

Ahora bien, alejémonos un poco del conflicto principal de la película, para enfocarnos en dos personajes completamente random y que no tienen nada que ver, pero que terminarán siendo las piezas principales para el clímax. El primer personaje en esta situación es Janice Hedden (Sally Thomsett) y es, lastimosamente, el personaje más desaprovechado de la película, justamente porque su presencia y su arco son una metáfora muy interesante que voy a discutir dentro de poco. Ella es la hija adolescente de Tom Hedden (Peter Vaughan), un viejo a quien vemos ebrio como él solo durante la primera escena de la película y que, durante el transcurso de esta, podemos constatar no solo como un hombre de tendencias violentas, sino sumamente sobreprotectoras hacia su hija. Este viejo no está enterado de que Janice siente un profundo interés platónico hacia David, a quien espía junto a su hermano por las noches. 

El segundo personaje, sin embargo, no es el viejo Hedden, sino otro, uno que está mejor aprovechado y cuya importancia metafórica es mucho mayor: Henry Niles (David Warner). Ante la gigantesca y desgarbada figura de Niles en el filme nos encontramos quizás ante la expresión antropomorfa de la película en sí. Porque Straw Dogs no es una película para tomar partido sesgado y fanático hacia uno o cualquier personaje. Se podrá llamar la visión feminista de los críticos como equivocada, pues decir que esta es una película misógina no es lo correcto, como ya vimos. Pero de ahí a calificar esta película como un show empático o humanista sería otro error craso. Esta es una película misántropa. Ningún personaje se libra. El mismo Henry Niles aparece como un gentil gigante de afable sonrisa y alguna especie de deficiencia mental, hasta que nos enteramos que tiene un pasado oscuro, que ya estuvo en la cárcel y que nuestro grupo de malandros lo vigilan como halcones por un motivo increíblemente “altruista”: para proteger a las jovencitas que él busca predar. 

Aquí, pues, nos encontramos con un monstruo de Frankenstein que puede parecernos como el de Karloff: una triste criatura sin consciencia sobre sus acciones, que realiza todo tipo de maldades por inercia más que por maldad; o bien estamos defendiendo a un degenerado, a una bestia contenida por sus propios miedos y a quien, si bien no vemos actuar con sadismo contra nadie, es porque otros personajes se alzaron con ese título antes que él. Vemos en Niles la ambigüedad que hace de esta película una riqueza debatible y no un producto de fácil consumo. Uno podría estar horas discutiendo, satanizando o justificando a los personajes por igual y aun así no llegar a un consenso final, porque siempre hay ese pelo en la sopa que arruina el argumento y convierte la conversación en un torbellino sin fin. Otros directores, como Yorgos Lanthimos, David Lynch, entre otros, se alimentaron muy bien de este tipo de ambigüedades morales, pero lastimosamente este tipo de películas siempre terminan oscurecidas por un tipo de pensamiento lineal y puritano que le quita la oportunidad a nuevos espectadoras para verlas y plantear su propia visión. Straw Dogs fue una de las bases del uso de estas ambigüedades y, probablemente, sea aún una película sin respuesta, sin cierre, sin etiquetas. La referencia al monstruo de Karloff no es gratuita, porque el monstruo mató accidentalmente a una niña por su falta de sapiencia y el pueblo entero buscó lincharlo; y este destino se aplicará a Niles de la misma forma. Janice decide tomar valor y acercarse directamente a David, quien ni se inmuta ante sus provocaciones. Decepcionada, Janice decide aprovechar el plan B: Henry Niles. El gigante está encantando y juntos salen de la fiesta a quedarse solos en un granero. Un director moralista y patético nos hubiera confirmado que Niles es un degenerado repitiendo el experimento con Amy, pero Peckinpah no rompe la conexión entre Niles y su propia ambigüedad. Se escucha un jaleo afuera, Janice asume lo peor, que su padre y la banda de Charlie están buscándola y, sobre todo, buscando a Niles, a quien ya asumen desde el principio como el sospechoso número uno de su corta desaparición. Intenta irse, pero Niles se lo impide, no como un acto de poder o de predación, sino de protección:

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Imagen: Taste of Cinema

—No, no lo hagas... te lastimarán.

Y sentimos pena porque vimos al hermano de Niles abofeteándolo en público, y viniendo de la calaña de gente que es la banda de Charlie, los captamos como hipócritas al culpar a un hombre que parece tan bueno, que no luce deshonesto. Y aun así... el abrazo que protege a Janice de la banda le rompe el cuello de manera instantánea. En este momento podemos adentrarnos en la metáfora general que nos transmiten estos dos personajes, porque no son más que un reflejo del tipo de “justicia” que se da en Wakely. No solo eso, sino un espejo de Amy, dirigido más que nada, desde Janice. La adolescente en cuestión se enamora del foráneo, de esa figura extranjera que viene de un lugar donde el progreso llegó de mejor forma, donde te puedes encontrar con millones de personas y no tienes la preocupación de que todas te conocen o conocían a tus padres, a tus hermanos, y cuyo canon de belleza es totalmente diferente a la rudeza de los jóvenes de tu pueblo. Pero cuando se da el acercamiento, Janice se queda completamente decepcionada, tal y como Amy se sentiría mucho tiempo luego de su propia adolescencia, al darse cuenta del tipo de marido que consiguió. Y por esta decepción, Janice vuelve a sus raíces, a aquellos hombres que había despreciado en busca de algo mejor, algo diferente. 

Niles la mata protegiéndola, porque eso hace la banda de Charlie y eso hicieron desde que Amy era una niña: “proteger”. Cazarán a Niles y lo lincharán ante la desaparición de Janice, ni siquiera saben si sigue viva o no, pero eso les da igual, porque al menos les dará la excusa para matar a Niles y “solucionar” el problema. Al volver a los brazos de sus protectores, Janice murió y Amy también: está muerta en vida, el pasado de su pueblo la ha destruido. Porque, claro, estos hombres protegen a las jóvenes de los degenerados, para que al crecer (o incluso antes), ellas salden su deuda, como un impuesto a la seguridad. Este tipo de proteccionismo tóxico no solo lo encontramos en pueblos alejados como Wakely o los equivalentes nacionales, podemos hallarlos en la figura del padre, del hermano mayor, del amigo u otras personas que se ciegan ante las ideas terribles contra sus seres queridos y pueden desatar el infierno en la tierra por ellos. 

Proteger no está mal, pero linchar al pendejo que le envía un piropo a tu hija o le guiña el ojo en público, eso ya es bastante desaforado. Por supuesto, esta es una comparación banal ante el peligro que representaba Niles para el pueblo, pero también nos queda la duda si este peligro era una realidad, o fue una paranoia infundada por el grupo de Charlie para así eliminar a la competencia. En Deliverance podemos reencontrarnos con la bondad humana gracias a aquellos pueblerinos que les ofrecen confort y comida a los amigos afectados. Y podemos comprobar, ante los gestos intimidantes del sheriff por el final de la película, que no se hace mucho problema ante la eliminación de un par de manzanas podridas que afeaban su propia comunidad. El caso de Straw Dogs es muy diferente, porque aquí el pueblo en sí es una manzana podrida y no hay control sobre la calaña que lo habita; esto se hace más evidente cuando Tom llega a matar al alcalde de la ciudad por cruzarse en su camino, por tratar de poner algo de orden y razón en su sesera y hacerle desistir en su accionar violento contra Niles. 

Aquí no llega la justicia, porque la justicia la ponen los malandros, los “protectores”.

 

 

1   Con justa opinión, siento que Demon Seed es una joyita infravalorada y que merece al menos un visionado

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