Acerca de 'Mestizaje Salvaje'

¡Vuelve la Escuela de Espectadores! Omar Rocha nos cuenta sobre una obra que no se presencia, se baila. “Mestizaje Salvaje” de Samadi Valcárcel, una obra en continuo movimiento y que habita su identidad y contradicciones.
Editado por : Adrián Nieve

El 11 y 12 de octubre se presentó en Casa Grito una nueva versión de la obra Mestizaje Salvaje, motivada por la Escuela de Espectadores de La Paz y la Productora Par Mil. Lo que sigue son algunos asuntos surgidos de los conversatorios propiciados luego de las funciones, con añadidos, cavilaciones e imaginaciones del que firma el texto a manera de mediador. 

Hablar de identidad en Bolivia es una recurrencia o queloide que se resignifica cada cierto tiempo. Lo importante en Mestizaje Salvaje es que enfrenta esa recurrencia (cicatriz que no sana) rechazando definiciones o discursos simplificados: propone, en cambio, un (os) cuerpo (s) que se conflictúa (n). Se aleja de las determinaciones naturales o contextuales y se instala en la complejidad de las preguntas utilizando una diversidad de lenguajes, músicas, movimientos, texturas visuales, gestos poético-políticos, materiales y tecnologías. 

1847
Foto: Productora Par Mil

Desde el techo cuelgan maletas sobre las cuales se proyectan fragmentos de rostros: ojos, bocas, pedazos de piel que parpadean junto a las luces. Las maletas miran, devuelven la mirada, se humanizan, son una presencia casi orgánica. 

Los cuerpos bailan, se desdoblan, se contradicen. La presencia principal ‒una chola punk‒ no está sola: sus otros cuerpos, los bailarines, la acompañan como extensiones y explorando en ellos mismos. Replican, multiplican, niegan y se reconstruyen. Tienen su propio transcurrir en ese habitar desde uno y desde otro (s).  

Hay momentos en que la oscuridad es casi total y los cuerpos se intuyen; otros en los que la luz intermitente los vuelve difusos, frágiles. Nada busca la armonía o conciliación, al contrario, todo es fricción encarnada en una búsqueda biográfica y política. Migrar, estudiar teatro en otro país, volver, hacer un trabajo final, recordar, reconocerse entre genealogías rotas. Nada en escena es una mezcla uniforme, al contrario, pura tensión. Es el tratamiento del mestizaje como proceso radicante [concepto surgido del proceso de investigación]: una identidad que echa raíces en movimiento, que crece sobre superficies cambiantes, que no necesita tierra fija para sostenerse. Como una planta que viaja con su propio suelo y se acompaña de música que oscila entre lo andino, lo industrial y lo punk, entre el terruño y la “ciudad de la furia”.

La palabra cheje resuena [también producto del proceso de investigación], atraviesa toda la puesta: los cuerpos mezclan lenguajes y tiempos, los objetos son materia y memoria, la principal presencia corporal es a la vez hija, nieta, país y ficción. La ofrenda, lo que se nos da para ver, oir y sentir, se vuelve un territorio cheje, donde lo indígena y lo urbano, lo íntimo y lo político, lo dicho y lo bailado conviven. Cuando surge la palabra pachuima, la voz que la pronuncia se vuelve ancestral, desgarrada y dulce al mismo tiempo. Cuando las instrucciones absurdas de uno de los momentos punk ordenan “arránquense los ojos”, el público queda atrapado entre el humor y la incomodidad. Cuando suena “Flor de Kactus” con ritmo acelerado, ya nadie sabe si es sikureada o grito.

El público se hace parte de una comunidad participante: lanzar piedras de papel contra los rostros de dictadores, comer uvas, reír, tararear, son gestos que diluyen las fronteras del espectador pasivo. La escena es una experiencia compartida, convivial, estética y política. Cada quien sale del silencio a su manera. En Mestizaje salvaje no hay una historia que organizar, sino una atmósfera que compartir. Lo que está en juego es algo no terminado y que se rehace cada vez: La identidad no se la tiene, se la atraviesa. Ser mestizo es estar en tránsito, ¿traduciendo?, llevar dentro lenguas que no se entienden del todo (una de ellas la lengua fragmentada de la poesía).

Al final todos bailamos: cuerpos respirando, confundidos, dando apenas respuestas a medias. No definirse, moverse; no resolver las contradicciones, habitarlas; no explicar, encarnar; no concluir, vibrar. No ver el debate, ir al teatro.

1848
Foto: Productora Par Mil

 

 

Ficha
Idea Original y Dramaturgia: Samadi Valcarcel 
Intérpretes: Samadi Valcárcel; Pamela Villarpando Roque; Avril León; Edwin Villarroel Cusicanqui (Chukuta)
Vestuario: Lita Rodas
Escenografía: Antonio Valcárcel
Asistencia de dirección: Katy Bustillos
Diseño, edición de video y mapping: Israel Alberto 
Diseño de sonido y música original: DJ Super Cholita 
Dirección general: Samadi Valcárcel

45 me gusta
411 vistas