Violación a 24fps - Parte II
Irreversible (2002):
Hay una cosa en general que me irrita cuando se habla de Irreversible. Primero que nada, evidentemente todos sabían que iba a ser una película que iba a generar controversia cuando se estrenó en Cannes y que a nadie le sorprenda que se fueran de la sala como unas 200 personas. Quienes tuvieron la mala decisión de quedarse, aun sabiendo cómo la película les afectaba, se desmayaron y recibieron atención médica. Irónicamente, la reacción de la gente resultó ser la mayor publicidad posible para Gaspar Noé y la película se volvió un clásico dentro del naciente Nuevo Extremismo Francés (NEF), una corriente artística que les permitió a los directores franceses explayarse hasta niveles inconcebibles y fuera de los tabúes normales. Podríamos encontrar piezas como Martrys (2008) o Intimacy (2001) dentro de este territorio, pero Irreversible es, quizá, la más famosa o la más “accesible”.
El NEF fue una corriente muy en línea con las tendencias de finales de los noventa e inicios de los 2000, no por nada el cine coreano, que nació en este periodo, se hizo tan conocido por sus imágenes aterradoras que fácilmente levantó la popularidad del arte coreano. Y si ese pedestal aún no se ha roto, debemos darle las gracias a Oldboy (2003). Y también a los horrores de Takashi Miike en Japón. Poco a poco, los años 2000 nos mostraron que necesitábamos un subidón perturbador que cesó cuando llegó A Serbian Film (2010) y, como cuando Manson mató a la época hippie, la gente dijo “basta” y el mundo volvió a ponerse color de rosa.
No me molesta que 200 personas se hayan ido de la proyección en Cannes, aun si sabían que Noé era un pillo y eran conscientes de los peligros en el recibo de sus boletos; la película puede ser demasiado cruel para las nuevas retinas y no es un crimen retirarse a tiempo antes de perder la inocencia visual con los horrores que salieron a la luz desde 2002. Tampoco me molesta que hayan ido reporteros justamente a la salida de los cines, esperando entrevistar a los desertores para que cuenten un poco de la experiencia, y notemos en la visceralidad de sus miradas y sus reacciones el horror que vivieron dentro de la oscura sala. Todo esas son prácticas que extraño mucho actualmente; desde El Exorcista (1977), pasando por Eraserhead (1977) e incluso La lista de Schindler (1993), las reacciones al terminar el visionado de una película controversial o de un carácter muy emocional me resultaban más fascinantes y más sinceras que la crítica cinematográfica. Ahora tenemos que conformarnos con las reacciones frescas de críticos o youtubers recién salidos de la sala, y no siempre son auténticas; no porque su opinión no sea centrada o algo parecido, sino que la auto restricción de los spoilers y la timidez social los inhiben para transmitirnos una sensación real, llegan a ser muy ambiguos y la mayoría necesitan una review dentro de la santidad de sus casas para reforzar lo que no pudieron decirnos bien, a las afueras del cine, o dentro de sus vehículos.
Lo que sí me molesta, sin embargo, es que a uno de los sujetos que entrevistaron saliendo furioso de la sala de Irreversible, un tipo de entre 26 o 30 años de edad, haya dado un show lamentable, como si fuese un conserva de la vieja escuela, quejándose de la escena de la violación como si fuese algo real.
—SCAN-DA-LEUX —dijo el tipo, sonando como vieja.
Y si tienes buen ojo y ves el video en un short de Instagram o TikTok, lo peor de todo es que llegará alguna persona a llamar a este sujeto como un green flag por honrar a la mujer y no quedarse callado frente a los abusos mostrados en pantalla. Y no faltarán aquellas personas quienes nunca han visto Irreversible y se den el lujo de vomitar contra la película por “los abusos cometidos contra la mujer” y otras sandeces que los “obligan” a no ver nunca esta película como un acto de “solidaridad”. Me resultan tan patéticos como Roger Ebert cuando criticó de mala forma a Blue Velvet porque sintió que Isabella Rosselini estaba siendo abusada constantemente y sin motivo. Es horroroso para mí notar tanta falta de ubicación entre lo que es real y lo que es ficción. Quisiera comentarle al señorito que vio Irreversible en Cannes y se alarmó que el pene de Jo Prestia (quien interpreta al infame Tenia) es CGI, este es un hecho confirmadísimo, el sexo es simulado. Gaspar Noé es sumamente famoso por ser explicito hasta el punto de producir escenas auténticas de sexo para sus películas, pero esta fue una notable excepción y es obvio el porqué: se trata de una violación y no se puede nunca reproducir una violación de una manera totalmente real sin que sea traumatizante para la actriz involucrada. Sino, pregúntenle a uno de los casos más desastrosos de falta de profesionalismo, el de la escena entre Marlon Brando y María Schneider en Last Tango in Paris (1972) donde a Brando y al director Bertolucci no se les ocurrió mejor forma de hacer la escena de sexo más “realista” que no decirle nada a María Schneider, quien tuvo que ser lubricada con mantequilla y forzada en tiempo real por Marlon Brando, sin poder decir nada al respecto. Quiero comentarle a ese joven en Cannes —quien dudo que reaccione de la misma manera ante los horrores cotidianos del noticiero— que Noé prácticamente le cedió el control de la escena a Bellucci, para que ella y Prestia pudieran armar de manera apropiada y rítmica toda la escena sin que esta llegase a lastimarlos de verdad. Decirle que se priorizó muchísimo a Bellucci, y no solo por el hecho de que era la actriz más importante dentro de la película, no solo porque prácticamente era el corazón de la película, no solo porque debían terminar el rodaje antes de que, por problemas de contrato, Bellucci tuviese que irse a filmar Matrix Recargado y dejar la película atrás, sino porque, obviamente, a Bellucci le tocó la escena más difícil de toda la película y tenían que tomárselo en serio. Pero la profesionalidad de los actores, su compromiso y su esfuerzo, lograron que al final, la escena más difícil dentro de ese rodaje tan movido, resultara ser la de la fiesta, solo por la cantidad de tomas empleada. Bellucci aún guarda buenos recuerdos de Irreversible, no solo por compartir pantalla con quien era su esposo en ese tiempo, Vincent Cassel (a quien se dice que mostraban varias veces la escena de violación de su esposa durante el rodaje para alimentar su sed de venganza y usarla en el set), sino, justamente por las implicancias de la película más allá del mito de la prensa y Cannes.
Sé que esto no convencerá a muchos para ver la película. Y no los culpo. Pero creo que es necesario conocer el contexto de la escena y su significancia dentro de la trama antes de criticarla sin haberla visto y condenarla sin mantener una línea directa entre la realidad y la ficción.
El atractivo inicial que todos en Cannes habrán notado al inicio de la película es el hecho de que no está contada desde un punto de vista cronológico (Noé habría de implementar esto después, en 2019, con el Straight Cut, más que nada como un complemento para fans). Lo primero que vemos son los créditos subiendo en lugar de bajar, más la línea de estos no es recta, sino que se va mareando conforme avanza, y este va a ser el leitmotiv central de la película, porque si los horrores de la misma no te inducen al vómito, el mareo de la cámara lo hará, y si este no lo hace, la música de Thomas Bangalter (Ex-Daft Punk) lo hará; Gaspar Noé tiene planes para todo. Así que empezamos técnicamente en el epílogo, donde un personaje desagradable (cameo de una película anterior de Noé: Carne) nos revela el mensaje principal de la película, con el primer (o el último) diálogo:
— Le temps détruit tout.
Luego de un diálogo filosófico y algo extraño entre este y otro personaje, la siguiente escena ya nos revela la consecuencia final de la película, el ultimo spoiler: nuestros protagonistas, Marcus (Cassel) y Pierre (Albert Dupontel) salen de un night-club de temática homosexual y sadomasoquista llamado el Rectum. Marcus sale de ahí con el brazo roto y en camilla de hospital, mientras que Pierre es escoltado por una patrulla de policía hacia lo que serán los próximos años o décadas de su vida en prisión, pues ha sucedido un asesinato dentro del Rectum. Y, como si la propia película estuviera violándonos, la cámara se aleja de la ambulancia y se adentra en el Rectum para que tengamos algo de contexto sobre lo ocurrido. Marcus entra hecho una furia, preguntándole a medio mundo sobre la ubicación de un tal “Tenia”, y nadie le contesta, solo se encuentra con escenas macabras de fetiches a contraluz. Para aquellos quienes, en Cannes o en otros sitios, intentaron increpar a Gaspar Noé con la idea de que era un “homofobo” por mostrar la vida nocturna de los homosexuales como algo tan tétrico, Noé tuvo la mejor respuesta posible ante eso: él mismo hace un cameo dentro del Rectum, masturbándose, en sintonía con el resto, siendo parte del proceso y no un explorador. En fin, Marcus finalmente llega hasta quien se supone que sería Tenia, o al menos eso parece, porque sus respuestas son ambiguas. Pero el acompañante del buscado, sale a defenderlo de las amenazas de Marcus, y al final, aquel macho alfa, intimidante y violento, termina con el brazo destrozado por el “guardia” de Tenia. Aquí se da un giro de acontecimientos que nos sorprende ahora, pero nos volaría la cabeza si esta película se viese en orden cronológico; a quien vemos como el amigo de Marcus, Pierre, un pobre chato filosófico, que no para de implorarle como un chihuahua excitado a Marcus que detenga su venganza, que prioricen a una tal Alex y que no se manche las manos, ese mismo Pierre —como Ed, en Deliverance, cuando se sobrepone ante las adversidades que quebraron a Lewis— es quien le revienta la cabeza al guardián con un extinguidor. No se detiene hasta que el rostro del sujeto quedase completamente desfigurado y arruinado. Y la escena del Rectum termina con Pierre, derrotado porque su cerebrito le indica que aquel será el final de sus vidas ante todo punto de vista; para coronar, un primer plano de quien decían que era Tenia, sonriendo con sadismo ante la escena. No lo sabemos aún, pero desde todo punto de vista, la escena nos transmite la idea de que algo ha fallado, que hicieron algo mal: mataron a la persona equivocada...
Las siguientes escenas nos muestran un retroceso entre Marcus y Pierre, buscando a Tenia por las calles oscuras de París, cruzándose con proxenetas, prostitutas transexuales, un chino en un taxi y otros elementos surreales, pero siempre violentos, marcados por la ira animal de Marcus, nunca aplacada por la verborrea alterada de Pierre. Sin embargo, nos hacemos una idea, por las pistas que va soltando la película, que la venganza de Marcus radica en el hecho de que su mujer, Alex, fue violada esa noche, y que por medio de testigos y otras situaciones, están a tiempo para capturar al violador y darle su merecido, puesto que la policía nunca hará nada al respecto. El primer horror que nos confirma esto es la escena cuando Marcus (un tanto drogado o ebrio) y Pierre salen de una fiesta, una donde supuestamente acompañaban a Alex, pero de la que ella se fue un poco más temprano. Afuera de la fiesta hay un tumulto, por un par de curiosos agrupados ante las sirenas de policía y de ambulancia. Vemos a los dos proxenetas que acompañaron a “nuestros héroes” en escenas anteriores (o siguientes) ayudándolos a buscar al violador, solo para terminar persiguiendo a nuestros héroes por agredir a una prostituta trans y no haberles pagado el servicio. Uno de ellos exclama: “¡Han violado a una prostituta!” y nuestros protagonistas se acercan por un sentido de curiosidad o de morbo. Marcus no se esperaba (y esto es más evidente con el zoom directo a su rostro que aviva la tensión) que aquella “prostituta” en camilla y con la cara destrozada fuera su esposa Alex, interpretada por Mónica Bellucci. Durante el principio (o el fin) de la película, pudimos ver a Marcus como una bestia, como la descripción que hace Pierre constantemente sobre él: un primate. Y no nos genera mucha empatía que digamos, literalmente le robó un taxi a un pobre hombre chino solo porque este no sabía dónde quedaba el dichoso Rectum, como si fuese tan sencillo decirle a alguien: “Llévame al Rectum” y te llevé sin chistar. También cómo le cortó el rostro a la prostituta transexual al confundirla con el violador. Sin embargo, todo rastro de chulería o violencia se destroza cuando Marcus ve a Alex, y rompe a llorar, a gritar y a pegarse a su mujer, quien está en coma. Empezamos a tratar de entender por qué alguien como él se metería de lleno en una venganza como tal, tan solo por su reacción tan desconsolada al ver a su mujer, brutalizada de ese modo. Suerte tiene Marcus de no haber visto el horror que padeció Alex mientras él estaba pasándola bien en la fiesta. La mala suerte nos tocó a nosotros como espectadores, porque inmediatamente después de ver a Marcus sufrir y a Pierre entrando a un letargo traumático, la siguiente escena la protagoniza Alex, saliendo de la fiesta...
—Ve por el túnel, es más seguro...
Alex y Marcus debieron haberse peleado, eso entendemos por las pistas que nos deja la película y por el hecho de que, siendo su mujer, era inconcebible de que no se hubiesen ido juntos de la fiesta de vuelta a casa, ahorrándose todos los horrores que culminaron en el Rectum. Aún no sabemos el porqué, pero no necesitamos saberlo. Alex simplemente sale de la fiesta, a buscar un taxi por la acera. El barrio no se ve precisamente como uno agradable o seguro, y la hora resulta tardía. Una prostituta, haciendo hora en la acera, mira a la extraña y, quizás por envidia, por temor a que le robe clientes, o simplemente como una ayuda genuina, le indica a Alex que pruebe usando el túnel para cruzar de una acera a otra, que es mucho más seguro. La ambigüedad de esta escena nunca se nos va a aclarar, porque en el fondo, vemos este consejo como algo maligno, aun si no lo es realmente, todo porque ya asumimos las consecuencias de tal decisión. Y le rogamos a la pantalla, le rogamos a Alex que no le haga caso, que no se meta al túnel, pero Alex lo hace. El túnel es sucio, abunda el rojo, Alex está sola caminando, hasta que ya no lo está...
Tenia está discutiendo con la prostituta trans que Marcus interrogará luego. Las cosas se tornan violentas, parece que aquella chica tendrá un terrible destino, pero la aparición de Alex, irónicamente, le salva la vida, le permite huir a salvo, mientras Tenia toma a Alex como una presa mejor, un cabo suelto. Desde el principio, Tenia la degrada por su condición de “burguesa”, por sus finos ropajes y su bolso. Mientras que Alex solo quiere chillar por ayuda, pero no puede, porque la mano de Tenia aprieta su boca, y porque saca un cuchillo, y esa es amenaza suficiente. En un plano fijo, al nivel del suelo, se suscita el horror. Somos testigos, por nueve minutos o más —las cuentas nunca pueden ser claras, porque la escena dura una eternidad— de una violación sin cortes. Lo único ausente de la violación, que podemos llegar a ver en cierto punto, es la figura desenfocada de una persona entrando por el túnel, detrás de Tenia y de Alex. Llega solo para mirar, horrorizarse y huir, como muchas personas huyeron en Cannes. Este es el punto clave de la función de esta escena, y el motivo de su explotación, puesto que nosotros podríamos identificarnos claramente con aquella figura sin nombre, que decide huir antes que ayudar, callar antes que denunciar, vivir antes que pelear. Noé nos toma en sus garras y nos obliga a contemplar el horror, haciéndonos sentir como cómplices por ello. Y eso es cierto. No hemos tenido la oportunidad de oro, de esa que solo sale en las películas más palmiteras, para encontrarnos en un túnel parecido, ver una escena como esas, y tener el valor para reventarle la cara a Tenia y salvar a Alex. Probablemente nunca la tengamos. Pero cuando tenemos algo más sutil en nuestras manos, algo que no requiera de la coreografía de Kung Fu que has estado practicando todas las mañanas para tal situación imaginaria. Lo cierto es que nos quedamos callados, sea por miedo, o porque no vemos tan grave la cosa, hasta que sucede lo peor y nos arrepentimos —peor que Marcus— por la inacción. La escena no necesita del constante mareo al que ya nos hemos acostumbrados, es solo una escena fija, que nos destruye con su simpleza y, sin embargo, también llega a desensibilizarnos, a acostumbrarnos hasta cierto punto que decimos o pensamos: “así es la vida y esto le tocó”. Tal y como nos resignamos a todo el mal que acontece a nuestro alrededor. El cherry sobre la torta llega cuando Tenia se sacia en el ámbito sexual, pero no en el violento, y revienta la cara de Alex contra el suelo, hasta que la cámara dice basta y nos lleva a un mejor lugar, sin pedirnos nuestro consentimiento.
Lo interesante es que, luego de la escena de la violación de Alex, toda la brutalidad de la película termina en seco. Lo más “escandaloso” que podemos apreciar en esta nueva parte de eventos serían los desnudos momentáneos en la fiesta o en la escena final, pero no hay nada macabro en un simple desnudo, mucho menos si el ambiente, aunque poco ortodoxo, no resulta dañino ni para Alex ni para los protagonistas. Lo peor que le sucede a nuestra protagonista en esta sucesión de eventos es el papelón que hace Marcus drogado y bailando sin control con otras mujeres, o el tremendo cringe que produce Pierre mientras los tres amigos recorren el metro y él no para de parlotear sobre sus experiencias sexuales con Alex, preguntándole mil veces a Marcus sobre su “secreto” para satisfacer mejor a Alex de lo que él pudo hacer antes. Porque sí, resulta que Pierre era el ex de Alex, así que ya podemos asumir que traer a tu ex a una fiesta junto a tu esposo es una receta para el desastre, peor aún si tu ex es un pretencioso mimado que no ha superado el hecho de que lo suyo terminó. Así de simple. De cierta forma, para los edgys que esperaban algo más luego del horror que destruye a Alex, estas escenas quedarían como un “relleno seborreico” que no aporta mucho a la película, más allá de lo que ya sabemos. Y si nos ponemos a pensar, de manera cronológica, la escena del metro sería el equivalente ligero a la escena de la violación, porque no aguantaríamos ni media hora más junto a un personaje tan insoportable como Pierre, y le pediríamos al cielo que reavive la película con un golpe por parte de Marcus, o alguna trama interesante que nos lleve a algo más intenso. Nos arrepentiríamos de por vida y la película sería el recuerdo del peor de nuestros deseos...
Sin embargo, la película no termina de sorprendernos, puesto que en la última (o primera) escena de la película, luego de ver la única escena “sexy” de la película, donde Marcus y Alex hablan sobre el plan de la fiesta, desnudos en la cama, antes de que Marcus se vaya a comprar algo para beber y Alex entre a la ducha; la película nos lleva sobre la mesa a ver el peor de los horrores y sin violencia de por medio. Abrimos las conjeturas a lo largo de la película, pero Alex termina confirmándonos, con su llanto de alegría y sentada en el inodoro, que está embarazada, va a tener un bebé.
La película termina con Alex, quizás en su imaginación, o quizás antes de todo, echada y leyendo un libro en el parque, mientras que un par de niños juegan con los aspersores del césped, y la cámara gira y gira hasta que nos transporta al cielo, y Gaspar Noé, enemigo mortal de los epilépticos, nos presenta una de sus usuales secuencias de estrobos antes de cerrar (o empezar) su obra con el epígrafe:
LE TEMPS DÉTRUIT TOUT.
Ciertamente, la pregunta que salió en boca de todos luego de ver la película en su totalidad fue: “¿Era necesario mostrar una violación asi?”.
La mayoría de escenas donde sucede una violación dentro del cánon cinematográfico no pueden calificarse como una escena de violación, sino como escenas de amor. Nos rehusamos a considerar que los protagonistas pueden ser malignos o manipuladores, y nos conformamos con la idea de que “todo sucede por algo, a lo mejor, realmente hacen buena pareja”, a base de insistencias y coqueteos desenfrenados. El mayor ejemplo de esto podríamos hallarlo en James Bond, un personaje maravilloso al que le tengo mucho cariño, pero que ha sido completamente malinterpretado a lo largo de los tiempos, incluso por sus mismos productores. James Bond al final se convirtió en un héroe hollywoodense que llora con un osito de peluche y que puede sacrificarse por su amor verdadero o por el bien de la humanidad. Es verdad que James Bond tuvo una esposa y que lloró por ella, en la que considero la mejor película del 007, Al Servicio Secreto de su Majestad (1969), pero se sobreentiende que Tracy Di Vincenzo fue la mejor chica Bond en ese sentido, puesto que su química con el afamado agente se sintió como la más realista y la más digna de todas y, aún así, eso no le impidió al señor Bond ser violento con ella al principio, en un afán de interrogarla. James Bond no es un héroe desenfadado y solidario, es un espía, y un espía no ve a las mujeres como algo preciado por lo que vale la pena luchar, sino como piezas de información, cuya clave secreta es un polvo y un cigarrillo en la cama. Somos muy afortunados porque a James Bond le toca, muchas veces, realizar misiones en contra de lunáticos misántropos con la capacidad de provocar un apocalipsis, y Bond interviene, salvando al mundo y provocando una ligera tregua amistosa entre los ejes opuestos de la Guerra Fría, por el bien común. Pero, de ser nosotros el objetivo del buen James, simplemente como sospechosos de atentar contra el reinado de Su Majestad, a él no le temblaría la mano para sacarnos del mapa de la manera más efectiva posible. No tiene pedos morales como Ethan Hunt, Jack Ryan u otros, y eso lo convierte en un personaje fascinante y amoral. Pero el público lo ha malinterpretado como “héroe” por tanto tiempo, que el visionado de sus películas afecta a los pobres de raciocinio y convierte una escena tan tétrica como el “coqueteo” entre Bond y Pussy Galore en Goldfinger (1964), donde James se abre cancha, presionándola hasta hacerla ceder y gozar, como un éxito romántico y no como lo que es realmente: una violación. El mismo Sean Connery ya estaba hartándose de Bond para ese punto y probó suerte bajo las alas de quién pudo haberle ofrecido aquella frescura que tanto estaba buscando, el gran Alfred Hitchcock. Pero como muchos cinéfilos con cerebro, el buen Sean quedaría desencantado por las falsedades y la sobrevaloración excesiva al director de Psicosis (1960) porque en Marnie, la ladrona (1964) Hitchcock no veló por los intereses de Sean y simplemente le ofreció un calco aburrido de Bond, tanto por su elegancia, por su personalidad y por el hecho de que abofetea a su coprotagonista y la viola directamente, como Bond lo haría. Ahora bien, muchos fanboys del viejo Alfred dirían que la escena de Marnie si contaría como una de las mejores escenas de violación de la historia, porque aun con el Codigo Hayes pendiendo sobre su cabeza, Hitchcock logró formar una escena aterradora y sin mostrar nada explicito, dejando todo a la imaginación. Yo solo puedo decir que una de las razones por las que Hitchcock no es tan impresionante como se lo venera es porque ese tipo de reglamentos lo acostumbraron ya a resignarse y a dejar todo a la imaginación. Y la imaginación del público no resulta tan buena al final, pues existe gente que confunde esto con una “escena de amor”, o cientos y cientos de “escenas de amor” que circulan por el medio cinematográfico y que confunden la vista, sin siquiera usar la astucia o la manipulación de Nabokov para revelarnos un fin mayor.
Al final, escenas como la de Alex sirven como un recordatorio necesario. Porque, lejos de la sobriedad de las “escenas de amor” antes mencionadas, lo cierto es que cuando se suscita una violación, el daño es Irreversible.

