Poluciones

En su columna para 88 Grados, Mariana Ruiz Romero continúa con las poluciones, ya en la recta final, dándole paso a hablar de la contaminación por ruido y luz artificial y su consecuencia más nefasta: la desconexión.

Finalmente, como últimas poluciones, debemos mirar a algo que nos rodea a diario pero que pasa, (irónicamente), desapercibido: la luz y el ruido. 

Tal vez el ruido, de maquinarias, del alto tráfico, de los alto parlantes, el rugido de los motores, los bocinazos, las explosiones y las vuvuzelas, nos parezcan elementos tan cotidianos como para parecer intrascendentes. Y, sin embargo, tienen un efecto desestabilizador, tanto en la sociedad humana como en el medio ambiente. No solamente nos afectan cuando se incrementa su métrica (en decibelios), sino que, con mayor frecuencia, nos atacan directamente cuando suben sus picos de volumen máximo, cuando varían en tono y en intermitencia, hasta casi enloquecernos de manera persistente y elevada.

Piensen en las nefastas alarmas de los autos y díganme que se pueden ignorar sin más, o reducirse a mero ruido ambiental. No se puede. Están, de hecho, diseñadas para variar de tantas maneras como para ser impredecibles, creando el efecto contrario al murmullo del agua, o el viento entre las hojas. Y no solamente nos irritan a nosotros, todo lo contrario.

Con nuestros radares emitiendo pulsaciones hacia el océano, nuestros transistores, transmisores y tráfico vehicular, además, hemos llegado a interferir y alterar los finísimos sensores de murciélagos, polillas, insectos, mamíferos y hasta ballenas, contribuyendo, con nuestra vibración, al estrés cotidiano y desconcierto de todas las especies, incluida la humana. Y si bien hay propuestas para reducir, restringir y remodelar las principales fuentes de ruido ambiental, todavía nos queda mucho por delante. Es curioso cómo nos interesa magnificar la potencia de nuestras herramientas, sin pensar en el efecto que estas tienen en el medio ambiente y la interacción entre todos los seres vivos. Es una actitud permanente y complicada, casi como nuestra tendencia a considerar todos los espacios como nuestros, y todos los recursos como propios.  

Lo que nos lleva al siguiente fenómeno, uno que nos cubre de tal manera que no podemos entender nuestro rol sin él y en él: la luz artificial.

La Real Comisión Inglesa de Contaminación Ambiental (RCEP, por sus siglas en inglés) es una agencia constituida hace apenas cincuenta años, que admite, además, no haber tenido políticas al respecto de la luz artificial hasta apenas veinte años atrás, ya que nuestro ambiente ha cambiado mucho –y exponencialmente- desde entonces. Sus conclusiones no son halagüeñas. 

Consideramos útil y necesario el despliegue masivo de luces en carreteras, silos, estadios, y parques. Con el advenimiento de los diodos emisores de luz (las famosas LED) su adopción global se ha hecho explosiva y popular: ponemos luz donde se necesita y donde no, emitiendo rayos de diversas frecuencias, con distintas consecuencias para plantas, insectos, mamíferos, aves y reptiles, por mencionar algunos de los seres que cohabitan con nosotros en esta nave intergaláctica, y a quienes nadie les ha preguntado si les molesta tener rayos apuntando a sus nidos, cuevas, fuentes de alimentación y si les afecta, o no, cuando migran, se reproducen o se alimentan. 

Y es que el resplandor, parpadeo y deslumbramiento que provocan las luces en el entorno lo han cambiado todo. De ser especies que dependen de la luz para saber si florecen o hacen caer sus hojas, si crecen hacia la luz o se mantienen bajo tierra, de emitir ciertos patrones en hojas y pétalos para atraer polinizadores, hasta no saber qué son esos globitos de colores que les atamos a sus troncos y ramas por nuestro propio placer estético, las plantas, por ejemplo, ya responden de manera distinta a su entorno en vastas zonas habitadas por el hombre, como el continente de Eurasia y las costas este y oeste de Estados Unidos, floreciendo antes y afectando con su comportamiento a quienes se alimentan de sus flores y sus frutos.

Y si la luz de las velas, o la tenue luz de las lámparas de sodio de hace apenas un siglo ya determinaba si ciertas especies de insectos y depredadores de insectos se congregasen en torno a ellas, es incierto cómo afectarán a batracios, murciélagos y aves insectívoras el despliegue cada vez mayor y constante de luces halógenas, con frecuencia apuntando hacia el cielo, que nos quitan la oscuridad y congregan, alrededor suyo, a ciertos insectos, haciendo la competencia por alimentarse de los mismos más feroz y despiadada. 

Y, claro, afecta a lo bioluminiscente: hongos, medusas, peces abisales como el rape y el diablo negro, dinoflagelados y las luciérnagas y otros gusanitos de luz dependen de su luz para atraer parejas y, debido a la contaminación visual ambiental, están desapareciendo (¿recuerdan, ver luciérnagas en la noche, lo recordarán sus hijos?).

Eso no es todo, la polución lumínica también impide que se vean las estrellas. Ya en gran parte de varios continentes la luna no produce sombra, y la luz que emitimos contra la atmósfera desorienta a bandadas de aves en el cielo; cardúmenes de zooplancton en las aguas; hace que las tortugas bebé naden hacia la playa y no hacia el mar iluminado por los rayos lunares, y contribuye a la muerte de especies allí donde se implementa. Lo vemos todo mejor, y no nos asaltarán camino a casa de una película, a las tres de la mañana, sí. A cambio, contribuiremos a la extinción lenta y persistente de las especies que apenas habían sobrevivido ya a los contaminantes en suelo como venenos, detergentes, trozos de plástico y colillas, por citar algunos de nuestros esfuerzos para esfumar a quienes nos rodean. 

La luz y el ruido afectan, además, a nuestras hormonas: impiden la producción de melatonina, alteran nuestro ritmo circadiano (acostumbrado, durante milenios, a dormir de noche y vivir de día) y ya se consideran como parte de los factores que arruinan nuestra salud y bienestar en ciudades bulliciosas y pueblos permanentemente iluminados.

Douglas Adams contaba, en su Guía del autoestopista intergaláctico, la historia de un pueblo creado bajo el manto completamente oscuro de un cielo sin estrellas. Felices de permanecer inmersos en esa burbuja que los aislaba de otros planetas y galaxias, cuando esta niebla oscura se disipa, y se ven confrontados con la inmensidad inconmensurable del espacio, estos seres toman una feroz decisión: destruir todo lo que les es ajeno. Y así, se lanzan a una guerra sin cuartel contra el universo entero. 

Da miedo pensar en esos seres, que ya no cuentan las estrellas, miran su celular para saber en qué fase lunar se encuentran y rigen sus vidas con el ritmo circadiano alterado y su desconexión encendida todo el tiempo. Cualquier parecido con la realidad, por supuesto, no es mera coincidencia.

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