Violación a 24fps (Parte 1)

Nathan Leaño nos trae un texto para reflexionar sobre los horrores de la violación. En esta primera parte se vale de “Deliverance”, el filme dirigido por John Boorman, para hablar de cómo ciertos hombres hablan (o no) de este tema.
Editado por : Adrián Nieve

¿Por qué es tan aterradora la violación?

De cierta forma, dentro del compendio malsano de las acciones más diabólicas que un ser humano podría aplicar contra su prójimo, la violación nos perturba incluso mucho más que el asesinato. Tenemos el consuelo inevitable de creer que toda tortura o asesinato producido termina cuando la víctima fenece y, por ende, queda limpia de todo sufrimiento, mientras que la maldición de su dolor se traspasa a los vivos. Cuando se trata de una violación, sin embargo, la victima queda viva para recordar con cada neurona, nervio y sensación los espantosos minutos de un evento que esta nunca pidió —que nadie pediría en su sano juicio—, pero que sucedió y cuyas consecuencias jamás la abandonarán. 

1838
Imagen: 88 Grados

¿Qué es la violación, sino el recordatorio más abyecto de nuestra esencia animal? Somos tigres amaestrados, encerrados por un zoológico de teléfonos celulares y prendas diseñadas para cubrir “nuestras vergüenzas”. Sin embargo, por más que intentemos ocultarlo usando algo tan invisible como es la moralidad, hemos de enfrentarnos a la horrible realidad: somos animales y eso incluye todo lo malo que pueda tener un animal. Pretendemos que el sexo es solo una consecuencia del juego del amor, enalteciendo nuestra capacidad creativa e idealista, pero dentro de lo que son las baladas de amor, un 50% —entre líneas— solamente induce en nosotros el mismo mensaje: “Quiero coger contigo”, mientras que un 25% nos da a entender que “extraño coger contigo”, y el 25% restante delata “ojalá hubiéramos cogido”.

Tratamos de ir contracorriente con la realidad animal de nuestros cuerpos y el deseo inherente de conquistar, de apropiarnos del cuerpo ajeno y convertirlo en una propiedad por medio de la fusión entre los dos. Fingimos que en este mundo el “consentimiento” nos salvará del salvajismo y nos apartará de los simios y los delfines como la especie superior, compuesta por seres de alta moral y civilización. Pero, cada día, la realidad nos golpea con la noticia de que esta no es una verdad absoluta y que las excepciones a la regla expanden el horror de nuestra condición humana, el triste recordatorio de que somos solo bestias inmundas tratando de ser normales. 

Entonces una sola violación, en medio de miles de catástrofes, debería bastar para destrozarle la filantropía a cualquiera. ¿No es acaso una muerte en vida, una muerte moral? Imagínense el caso más cliché que pueda haber: una mujer fuerte, inteligente, que sabe lo que quiere, que tiene en sus manos la posibilidad de un futuro grandioso producto de su esfuerzo y su preparación. Una mujer que decide por sí misma y que posee la personalidad suficiente para guiar su vida sin temor a pesadas represalias. Piensen en esa mujer. Imaginen que va a una fiesta, porque así lo quiere y así lo ha decidido, pero no decide que un borracho aterrador acceda al baño de mujeres y le arrebate la dignidad impunemente. Ahora vean cómo la mujer fuerte se hace frágil, temerosa hasta del frío y la noche. Evita salir de casa, ni siquiera por sus sueños. Ya no viste como ella desea, sino como a su miedo le resulta cómodo, es decir, con algo que cubra y proteja. Toda su inteligencia se mantiene ahí, porque uno no pierde esas cosas, pero ella ya no tiene interés en compartirla con el mundo... ¿para qué? Sí, es una situación cliché, pero eso no quita que haya sucedido. Es cliché porque, justamente, ha pasado demasiadas veces, tantas que resulta indigesto. Pero lo peor del asunto es que, quizás, a estas alturas, nos hemos acostumbrado.

Las noticias no ayudan. O exhiben el resumen de un acontecimiento terrible, tan solo por el morbo de la gente, o traen a un plantel de “expertos” para discutir hasta el hartazgo los “cómos” y los “porqués” del asunto. Como si una violación fuese un acto deliberadamente filosófico y con miles de explicaciones. Si tal fuera el caso, tampoco importa realmente discutirlas. ¿Se justifica que el violador estaba ante los efectos del alcohol o de una droga potente? ¿Se justifica que la víctima llevaba ropa reveladora que atrajese su atención? ¿Se justifica que el barrio donde aconteció el terrible acto, fuese un barrio peligroso donde este tipo de cosas son algo “normal”? Yo me pregunto, ante todas estas preguntas y el debate ridículo que se arma entre este tipo de “expertos” de la materia, ¿le están haciendo un bien a la víctima, preguntando semejantes huevadas?

Ante la indiferencia de los medios, y su efecto apático ante la sociedad, la ficción ha servido como un medio mucho más efectivo para perturbarnos con estas realidades. Siguen siendo ficciones, pero el estilo y el ojo clínico de los directores en medio de las siguientes escenas, funcionan mejor que los robóticos reporteros: este no es un tema agradable a discutir, pero es necesario, no solamente por el estudio cinematográfico en sí, sino también, porque de cierto modo, espero que las siguientes escenas hagan despertar un poco a aquellos quienes piensan que se pueden librar de este planteamiento, haciendo oídos sordos al horror.

Deliverance (1972):

La violación masculina siempre ha sido objeto de burla por parte de Hollywood y, en realidad, por cultura en general; desde el gag del jabón caído en medio de una celda hasta los chistes sobre la colonoscopia o el examen de próstata como algo terrorífico. No me quejo por este lado, porque está bien tener la suficiente lucidez como para reírse de uno mismo, de su propio sexo y sus desgracias. Sin embargo, la balanza es injusta y dispareja, porque un chiste con respecto a la violación femenina, a diferencia de los hombres, sería visto como algo reprochable y de mal gusto. Incluso para aquellos, quienes, sumidos en su cueva ideológica, satanizan la antigüedad como un periodo cargado de misoginia e inmoralidad, hay que comentarles que incluso quitando de lado costumbres que envejecieron como la leche, los hombres vestían la máscara de caballeros andantes, enfrentándose a aquellos quienes habían “insultado” a una o varias damas, sin siquiera una relación previas con el respectivo caballero. Por supuesto, sobre este tipo de actitudes paternalistas y sus desventajas, voy a hablar dentro de las siguientes escenas. Pero pongo el contexto sobre la mesa para reiterar la pobre posición de los hombres, dentro de lo que respecta la seriedad que merece una situación tan catastrófica como una violación. En parte, los mismos hombres tienen la culpa de esta banalización, debido al proteccionismo letrado de su masculinidad. Estoy seguro que muchos de nosotros aquí, leyendo esto, no hemos de saber nunca si uno de nuestros familiares sufrió una violación, debido al silencio de los abuelos, los tíos, y los padres; prefieren el dolor de callar antes que el reconocimiento de que la santidad de sus cuerpos fue profanada y ellos no tuvieron la “hombría” suficiente para defenderse y evitarlo. Por eso se hacen los chistes, porque ciertos hombres prefieren reír antes que llorar.

—Sí, te lo digo, van a violar este río...

La película Deliverance, dirigida por el gran John Boorman, basada en la novela de James Dickey (quién hace un cameo como el sheriff del final), va al grano y resume la problemática principal de la película en un diálogo realizado por Lewis (Burt Reynolds) y compañía (Jon Voight, Ned Beatty, Ronnie Cox). Son cuatro citadinos en busca de aventura, un fin de semana de canoas por el río Cahulawassee antes de que desaparezca de la faz de la tierra, todo por la construcción de una represa que se llevará consigo a un pueblo entero, el pueblo de Aintry. Los cuatro amigos no son más que la exploración de cuatro tipos diferentes de masculinidad dentro de un entorno salvaje. Lewis es, sin duda, el macho alfa del grupo, un sujeto musculoso, atractivo y con una gran experiencia en el terreno de la supervivencia. Pero no es un bruto salvaje. Lewis, igual que Taylor en El Planeta de los Simios, es un cínico con la capacidad suficiente para hacer válida su propia soberbia, entre comentarios nietzscheanos como “Las máquinas fallarán, el sistema fallará” sin quedar como un torpe aficionado. Pero que eso no engañe a todos, porque Lewis sigue siendo un citadino, un mero explorador, un riquillo con aires de grandeza que intenta predicar sobre la supervivencia utilizando un arco de competición y llevando puros para sentirse como Davey Crockett, sin serlo.

1839
Imagen: Taste of Cinema

Ed (Jon Voight), por otro lado, podría considerarse como un sujeto bastante común. Intenta convertirse en un discípulo de Lewis y sus ideas sobre la naturaleza y, sin embargo, no se suelta lo suficiente como para entrar a ese territorio. El despropósito de Ed es que ve a Lewis, el único soltero del grupo, como una representación de la libertad. Ed quiere salirse de su trabajo, abandonar a su mujer y a sus hijos, quiere convertirse en un libre hombre del bosque. Sin embargo, eso no quita que le atraiga la idea, que, en sí, le atraiga Lewis, su estilo de vida y su visión del mundo. Pero, a la hora de la verdad, cuando Ed tiene en sus manos el arco de Lewis y se enfrenta a un ciervo, pese a que su instinto le indica que debe cazarlo, que eso es algo que un hombre de verdad como Lewis haría, igual el miedo lo invade, la mano le tiembla, falla el tiro y nos demuestra a nosotros, como audiencia, que Ed no da la talla y quizás nunca la dará.

Drew (Ronny Cox) se podría considerar como el segundo hombre más fuerte, por detrás de Lewis. No porque exude virilidad o brío, a Drew le hacen falta este tipo de cosas para considerarse un hombre a la par del protagonista. Pero, aun con esposa, hijos y un trabajo fijo, a diferencia de Ed, Drew se desenvuelve mejor en la naturaleza. La toma de una forma mucho más fluida que Ed, quien trata y trata de ser Lewis, pero fracasa estrepitosamente. Mientras Drew llega a conectarse de mejor forma con los pueblerinos montañeses del río, todo gracias a su guitarra y a una de las mejores escenas de la historia del cine, pero de eso hablaremos después.

Bobby (Ned Beatty) se queda al final como el “menos hombre” del grupo, conteniendo todos los defectos que un hombre de verdad como Lewis desearía evitar. Es gordo, carece de carisma, se pelea constantemente contra la naturaleza y berrea como “niña” ante cosas tan pequeñas como la picadura de los mosquitos o el frío de la noche. Y, lo peor de todo, es que no se deja respetar ante sus congéneres. A lo largo de la película, veremos a Lewis ladrándole órdenes a Bobby, sin bajarlo del nivel de “gordis” que tiene, y Bobby —que recibe todos los palos— solo llega a mascullar contra Lewis a sus espaldas o detrás de los dientes, sin la valentía suficiente como para decírselo a la cara, cosa que Ed y Drew sí harían y, de hecho, en cierto punto de la película, lo hacen.

Más allá de todo eso, la primera escena que nos viene a la mente cuando recordamos a Deliverance, no es precisamente la horrible violación hacia Bobby que nos toma por sorpresa y nos jode el visionado, sino la más famosa de todas, el clásico duelo de guitarra y banjo, entre Drew y el joven hillibilly que vemos al principio de la película. Todo el inicio del filme nos presenta una idea falsa sobre el tono que Boorman empleará y esta escena es clave para comprenderlo. Porque, mientras que Ed y Bobby reciben la indiferencia de los pueblerinos como respuesta a sus preguntas, y Lewis se hace respetar de manera hostil contra ellos, Drew conecta con el jovencillo extraño usando el lenguaje universal que es la música. Se baten en duelo y el resultado es la famosísima Dueling Banjos, junto al recordatorio ameno de que, diferentes a más no poder, los seres humanos pueden conectarse por medios mucho más puros que la simple palabra. Esa escena alimenta nuestra esperanza por el mundo, nos distrae de la hostilidad inicial de los montañeses, mostrándonos incluso a uno de estos bailando como poseído ante el dulce manoseo de las cuerdas. Claro está que no es sino una manipulación terrorífica por parte de Boorman, porque nos hace creer que todo estará bien a partir de ahora y que esta solo será una película como para hacernos sentir bien, apreciando el ambiente natural y a su gente. Pocos se dan cuenta, antes de llegar a la infame escena, que aquel duelo le demostrará a Drew y a la pandilla que se encuentran lejos de la comodidad de la ciudad. Y que perderán. No es una coincidencia que Drew, encantando por el duelo, intente darle la mano a su rival y este ni siquiera lo mire a los ojos. La música terminó, se acabaron las cordialidades, se cortó la conexión.

Luego de un par de peripecias por el río, Bobby y Ed terminan adelantándose a Lewis y a Drew para desembarcar en medio del bosque a esperar a que lleguen para seguir el camino o alimentarse en el campamento. En ese momento, los dos amigos se encuentran con dos montañeses desagradables y sucios, uno de ellos cargando una escopeta. Sucede una confrontación en la que la pobre labia de Bobby no hace otra cosa más que aumentar la incomodidad y el choque entre las partes. Asumimos, desde el principio, que algo muy malo sucederá. Toda la película nos dio sutiles recordatorios, como el diálogo de Lewis al principio o el duelo de banjos, pero asumimos que será algo menor, algo violento, pero menor. Cuando uno de los montañeses, sin embargo, comienza a acariciarle el rostro a Bobby, entendemos que la cosa será mucho peor, pero no nos imaginamos cuánto. Se adentran en el bosque, ante la amenaza de la escopeta. Ed se queda atado en un árbol, con su propio cinturón, mientras Bobby queda “libre” en medio del bosque, obedeciendo las órdenes de los montañeses. Son bastante claras dichas órdenes: “Quítate la camisa... y ahora el pantalón... y los calzoncillos”. Y antes de que Bobby se los quite por completo, uno de los montañeses arroja su cuchillo a uno de los árboles, como quien deja su abrigo en una percha, y corre de inmediato hacia el “gordis” y toma total control y propiedad sobre su cuerpo. Bobby no solo se ensucia el cuerpo al caer desnudo y arrastrarse por el barro y las hojas caídas, Bobby se ensucia el alma con el degenerado montado sobre él y la reiteración de su estatus como “el hombre menor” queda casi completa, pero falta un detalle:

—Anda, vamos, gime como un cerdo, gime... ¡WHEEEEEEEE!

Y Bobby gime como un cerdo, con menor fuerza que el montañés encima de él, que imita a uno de maravilla. El segundo montañés, el de la escopeta, se ríe de manera estúpida mientras muestra la falta de dientes en su boca, y Ed no puede hacer otra cosa más que mirar como su amigo es profanado. Si conectamos las referencias a los cerdos, junto al bien conocido estereotipo de la zoofilia de ciertos campesinos, no hay que ser muy inteligente como para darnos cuenta que el montañés degenerado se encuentra en un lugar feliz ahora mismo, imaginándose a Bobby como uno de los cerditos de su propia granja o la de sus primos, con quienes tiene cierta propiedad y conocimiento mutuo. El siguiente a sufrir iba a ser Ed. Halagan su boca, haciendo claras sus intenciones, pero, justo cuando el montañés degenerado se dispone a bajarse los pantalones para jugar con Ed, una flecha le atraviesa el pecho y le produce una lenta y dolorosa muerte. El chimuelo huye sin su escopeta, pero al menos, los amigos están a salvo, porque Lewis llegó justo a tiempo para salvarlos.

A partir de aquí, los roles masculinos van a variar, empezando por Bobby. Mientras nosotros, como audiencia, tenemos el trauma de las horribles imágenes latiendo en nuestras retinas, Bobby parece haber superado el horror más rápido que nosotros, pues no le tiembla la mano para intentar desquitarse con el cadáver a golpes, o para seguir el camino de Lewis y permitir al grupo enterrarlo para evitar un juicio injusto con cada pariente del malnacido como jurado principal. Drew es quien enloquece, quien, lejos de mantenerse a flote junto a la naturaleza, decide mantenerse en los cánones de su vida citadina, buscando justicia y siguiendo las reglas en un mundo que no las posee, en un territorio en el que toda clase de moralidad se perdió y Bobby es la mayor consecuencia. Termina muerto por su propia debilidad, dejándose caer en los rápidos, siendo encontrado después con el cuerpo destruido. Por culpa del “suicidio” de Drew, los amigos pierden el control ante los rápidos y Lewis se destroza la pierna contra las rocas. El giro de acontecimientos determina que el macho alfa de la película, termine llorando y gritando “como niña” durante el resto de la película, y el señor de la supervivencia termine inutilizable, invalido y con altas chances de perder la pierna ante el acontecimiento.

— ¿Qué hacemos ahora, Lewis? ¿Qué se supone que hagamos ahora?

1840
Imagen: Taste of Cinema

—Ahora te toca jugar el juego...

Y es que Lewis, quien al principio del filme aseveró que a uno “no lo vence río”, ha sido derrotado por el río. Y será Ed quien trepará la montaña que los mantiene protegidos para matar al chimuelo con el arco de Lewis, atravesándolo por el cuello. Ed demuestra ser más Rambo que el Rambo del grupo, y también su intérprete, Jon Voight, quien trepó por la montaña sin usar dobles, igual que Burt Reynolds en la canoa y los dos amigos restantes. Es Deliverance, pues, desde su rodaje, una pelea eternizada entre la naturaleza y los hombres, en la que estos últimos terminan como perdedores ante su poderío imperecedero. Lewis tenía razón, después de todo: el sistema falló en esos lares, pero, al final, no fue agradable verlo caer.

—Creo que no debemos vernos por un tiempo, Ed.

Y nadie culpa a Bobby por decirlo pues, amigos o no, ver a Ed de nuevo no aportaría otra cosa que el recuerdo. Los amigos sobrevivieron e incluso fueron testigos de que, aun entre el horror, siempre hay gente buena, como los gentiles pueblerinos que cuidaron de ellos y les ofrecieron comida y refugio antes de partir. 

Pero uno nunca “sobrevive” una violación. Y como un “macho alfa” renacido, Bobby ha de ocultar su trauma, no le va a contar a nadie sobre esto y la represa hundirá el secreto en un lago gigantesco. La escena final de Deliverance nos muestra a Ed, ya en casa, junto a su mujer y a su hijo, en un ambiente seguro donde igual tiene pesadillas con la mano de Drew, resurgiendo del lago. Entre los créditos podemos oír los banjos en duelo, pero ya no como esa dulce intención de conectar a los seres humanos mediante la música, sino como el soundtrack del trauma.

Al final, Deliverance es un caso único dentro de un territorio en el cual estos temas no se toman con la seriedad necesaria como para perturbar y hacer presente la idea de que los hombres pueden sufrir por este tipo de atrocidades. Sin embargo, y sin tener muchas pruebas al respecto, considero que el planteamiento que dejó Deliverance dentro de la cultura general, se traspasó al terreno de la metáfora gracias al horror especial. Precisamente en Alien y en Depredador, donde nos hallamos de nuevo con diferentes tipos de masculinidades fuera de su entorno, víctimas de algo carente de la moralidad a la que estamos acostumbrados en la tierra, y mutilados. Estas metáforas pueden producir un horror subconsciente que nos plantea la idea de nuestra fragilidad como especie y como hombres, pero sin duda alguna, ninguna de estas metáforas nos produjo un terror tan directo y abismal como Deliverance, una película que no puede repetirse en calidad o profundidad.

Violación a 24fps continuará la próxima semana analizando Irreversible (2002) de Gaspar Noé.

34 me gusta
245 vistas