El Ángel de la Caja
Hay una escena en Ese oscuro objeto del deseo de Buñuel en la que un hombre mayor es encerrado afuera del patio de su casa por una jovencita que lo maneja a su gusto. El respetable caballero pierde horizonte y camina sin rumbo a partir de su obsesión amorosa. Atormentado, clama que le abra y ella no aparece más. Él cae tomado de los barrotes y se quiebra en llanto como un niño. Esa escena me perturbó y sedujo en la misma medida por años. Eran los veintes de mi recorrido por esta vida que, yo diría, pasó su mitad.
El impacto emocional me remite a su vez a Luna caliente de Mempo Giardinelli, con ese ritmo vertiginoso entre la carne y el miedo. ¿Tendría que estar siempre el amor atravesado por la violencia? Se abría ese enigma fundamental sin respuesta posible. Volví a leerla a finales de mis treintas y subrayé algunas cosas. Fue un hallazgo descubrir disuelto el tormento que otrora me sostenía en punto ciego. Como un examen de sangre o una radiografía mostrando que yo ya me encontraba en distinto lugar.
Podría decirse que pasé por un accidentado camino de ida para saber volver a casa. Ahora me brota una vitalidad que no fui capaz de sentir en mi prolongada adolescencia. No porque no quisiera, nacemos del dolor y en la ignorancia de una historia dura y fría que se ha ido construyendo en generaciones. Se trata de sintonizar con esa chispa amable que también estaba ahí desde antes de que nazcas y puede aparecer otra vez… o no. La explicación es lo de menos. Vuelves sobre lo escrito sin enredarte en sombras. Las señales aparecen como libros y películas en nueva edición y formato.
¿Podría regresar al tormento en días de Luna caliente? Recuerdo una noche de mis veintes en nuestra casa familiar de la Zona Sur. Había una tele en el altillo. A la hora del té le dije a mi mamá que veamos una película juntos. Seleccioné la que pueda gustarnos a ambos. Aceptó. Subí y alisté todo. Le grité dos o tres veces y no respondió. Insistí. Por último, bajé y ya estaba acostada. No sé si le reclamé airadamente al respecto. De mis reclamos o respuestas alevosas ella debe tener mucho para acordarse. Tal vez no recuerde esa noche de pelis, es lo de menos. Mi rabia era mayor cuando controlaba rigurosamente mi regreso a casa, viajes, salidas nocturnas, aliento al llegar. Son los trazos mentales de unos límites que marcan la vida cumpliendo el desencuentro, con angustia como telón de fondo.
Los años que viví en Chile le escribí muchas cartas. Las respondía con prontitud, yo la leía con deleite. Sus palabras me abrazaban. El pulso de su bella caligrafía palmer no hacía falta, la compensaba la inmediatez del correo electrónico. Antes de mi primera autopublicación me entregó el cuaderno con sus versos de juventud. Cada vez valdrá más ese tesoro de tinta azul. No importa lo que diga. Así mismo, mis lamentos como cajero de minimarket en la comuna de Providencia, enfrentado a las velocidades y modismos santiaguinos son anecdóticos. Su costo es irrisorio en comparación a las respuestas de mi madre, cargadas de sentimiento. En algún brindis con familiares y amigos dijo que nos contábamos más por carta que en persona. Ambos nos conmovimos. A ella le gusta hablar en público y cuando se trata de familia, su voz se quiebra, pero sigue hasta terminar.
Como abuela es tremendamente amorosa, con su primera nieta desempolvó un apodo dulce que no le conocíamos y se hizo llamar así desde entonces. Abraza mucho a mi hijo y a veces me pide abrazos. Es de una firmeza inquebrantable. La potencia de su voz no se aplica a sus propias mañas con la comida. El bíblico “que tu mano izquierda no sepa lo que hace la derecha” sucede en su generosidad traspasando barreras.
Es una persona de fe, disciplinada en sus oraciones. Siendo profesional en salud nos salvó de apuros en momentos extremos. Puede mover los engranajes más ensarrados del sistema médico. No sé si entenderá su don como parte del paquete que Dios le mandó en un hijo con tendencia a accidentarse. Siendo padre, quiero creer que mi torpeza ahora se manifiesta en nimiedades. Al reconocerme, se matizan mis movimientos. Le agradezco a mamá y al infinito en sus manos el haberme sentido protegido en las intervenciones médicas de emergencia.
Tenía nueve años cuando, tras rebotar con todo el cuerpo, mi cabeza se sacudió contra el cemento sin llegar a romperse. Oscurecía, la reunión de padres luego de clases era un buen pretexto para seguir jugando futbol. “No te duermas, hijo, no te duermas”. El dolor pedía un examen, hicieron dos. Un coagulo se movía como bomba de tiempo en los lindes de mi cerebro. El tiempo se quebró. Se puede marcar el final de la infancia en la precisión de un evento.
Mi cicatriz en el parietal izquierdo forma un signo de interrogación que se cierra delante de la oreja. Regresé al aula rapado, al cabo de dos meses de ausencia. “¿Qué pasó, Eduardo?”, me preguntaba un compañero cada día, desde la inocencia que acompaña cuando uno se siente ajeno en su propio cuerpo. Incapaz de comprender. ¿Cómo diferenciar la mano que te ha salvado la vida de la que te ha violentado la cabeza? Mi voz ya no era la voz de los niños. Incómodo, no sabía cómo empezar una charla. La tensión del enigma que ha marcado mis años en sombra, brota ahora en sonrisa de incertidumbre que conversa.
Con la perspectiva del que ha vuelto para cosechar papa en su propio jardín, sintonizo en el abismo que habrán sentido mis padres y hermano. Un sentido comunitario los acogía. A casa siempre llegaban amigos con hijos para jugar. Estuvieron en el hospital para darles un respiro en su vigilia y llevarles algo rico para comer en el pasillo, a modo de volver al cuerpo.
¿Dónde se templa el tino? Asistir a tiempo la salud de mi hijo y su mamá las veces que bordeaban la tragedia es tocar lo inmensurable. Mis roturas de huesos y tendones, las galletas de colores que se congelan antes de hornear y otras delicias hechas en casa para cumpleaños y defensas de tesis, completan la belleza de lo que brota en el ocaso y amanece desde mi madre.
Cuando leyó la primera edición de crónicas de la Casa retomada, se sorprendió del hombre en que me había convertido, me dijo. Cuando lea este texto, seguro se emocionará. Es la emoción primigenia para el deseo de nacer junto con el día. No perderte en la oscuridad gracias a acordarte de dónde vienes. No dudo que cuando emerja la salud pidiendo ayuda y ella no esté, asistirá las concreciones desde otro lugar, el de los ángeles con los que conversa ciertas tardes.

