La política del victimismo

En este breve ensayo, Iván Canedo lanza una sesuda crítica hacia aquellos que utilizan la victimización como herramienta política para manipular al público y justificar la violencia en Bolivia.

“El que sufre pasivamente su destino cotidianamente alienado es empujado entonces hacia una locura que reacciona ilusoriamente ante este sino recurriendo a técnicas mágicas. El reconocimiento y el consumo de mercancías están en el centro de esta seudorespuesta a una comunicación sin respuesta.”
Guy Debord “La sociedad del espectáculo”

La ética y la política parecen llevarse muy mal. En una sociedad tan politizada como la boliviana, estamos acostumbrados a la constante polarización y consecuentemente a la creación de bandos que defienden una posición más simbólica que real, creemos que una etiqueta política como derecha o izquierda determinan la moralidad de un actor político, cuando en realidad las acciones de estos mismos actores casi nunca cumplen los requisitos tradicionalmente atribuidos a ambos bandos. A pesar de eso, este posicionamiento simbólico tiene un gran peso en la imagen de los políticos en cuanto a las percepciones electorales, incluso si el actor político mismo se contradice, por un lado la izquierda que quiere redistribuir la riqueza pero igual pacta con los empresarios del salvaje capitalismo, o la derecha que aplica la motosierra pero igual mantiene las ayudas sociales “zurdas”, ojo, eso no significa que estén mal cualquiera de esas acciones, de hecho la política con resultados reales suele construirse por medio de muchos compromisos.

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Esta polarización de las posturas políticas tiene dos resultados muy peligrosos en la población: 1) los vacíos creados en esta dicotomía en los cuales se encuentra el 90% de la acción política, 2) la imposibilidad de ver la verdadera dinámica de poder. La reconocida filósofa política Hannah Arendt en su libro La condición humana explica el acto político a través de un “espacio de aparición” donde confluyen el discurso y la acción, lo abstracto y lo material. Este espacio de aparición “precede a toda formal constitución de la esfera pública y de las varias formas de gobierno”, por tanto, es un potencial constante para la existencia de poder que puede ser cooptado sin necesidad de someterse a una institucionalidad gubernamental. Estos espacios de poder, al estar fuera de las formas de gobierno legalmente establecidas y socialmente aceptadas, pueden hacer uso de distintos medios y herramientas de manifestación política, es aquí donde el victimismo entra en acción como una herramienta política efectiva.

La condición de víctima no solo representa un sufrimiento padecido por un individuo o grupo, sino que políticamente establece categorías cargadas de emocionalidad: dominante y dominado. Establecida esta diferencia y ocupado el “espacio de aparición”, los actores políticos pueden convertir el sufrimiento de la víctima en público, y la gente que especta este espacio, en un acto involuntario de empatía humana, padece el sufrimiento de la víctima. Este último acto en el que el padecimiento se proyecta hacia el público, transforma al mismo en un elemento vulnerable, este grado de vulnerabilidad permite la manipulación del público. Así, el valor social atribuido a la víctima convierte el dolor y sufrimiento en una forma de capital que puede ser acumulado. En otras palabras, las manifestaciones del dolor adquieren el estado de recursos comunicacionales estratégicos que pueden ser cooptados por cualquier grupo para visibilización y dominación. La victimización se convierte en un espacio de lucha, de rivalidad de fuerzas sociales e intereses.

La forma en que la victimización ingresa en estos espacios públicos se da en dos fases: la capitalización del sufrimiento y el sufrimiento como espectáculo. La capitalización del sufrimiento es el proceso por el cual el dolor se utiliza como medio para obtener legitimidad, autoridad o ventaja simbólica. A través del dolor de la víctima, el padecimiento del público se convierte en poder, lo que permite la ocupación de un espacio, el ejercicio del poder sobre este público y, a través del mismo, hacia otras esferas. El sufrimiento como espectáculo es aquella transformación del sufrimiento en distintas formas para ser consumido por un público que no lo vive directamente, para Guy Debord “El espectáculo no es un conjunto de imágenes, sino una relación social entre personas mediatizada por imágenes”, es así fundamental entender que la transformación del sufrimiento en espectáculo no se basa solo en su mediatización, sino en la relación de estas imágenes con el público, en este proceso el sufrimiento pierde su cualidad humana para cosificarse y convertirse en un objeto de consumo, susceptible de obtener y desecharse. En países latinoamericanos con un pasado colonial, las desigualdades económicas y sociales suelen estar vinculadas en gran medida a condiciones geográficas y raciales, lo que políticamente crea escenarios favorables para la polarización en relación a estas características (campo-ciudad, blancos-indígenas), de esta forma parece que, en Bolivia, el juego de la política en las últimas décadas, se centra en ver quién es capaz de victimizarse de forma más efectiva, dinámica manifiesta en diversos conflictos: manifestaciones de médicos, mercado de ADEPCOCA, exigencias de los mineros cooperativistas, etcétera.

Siguiendo estas dinámicas, la victimización se convierte en una herramienta efectiva para ocupar espacios de poder que, a pesar de estar fuera del orden gubernamental, son avalados por los gobernantes, como sindicatos o asociaciones, cuya influencia llega tanto al quehacer político como a la opinión pública. En Bolivia tanto la Central Obrera Boliviana (COB) como otros sindicatos tienen influencia directa en decisiones del gobierno y deben ser acordados con estos sectores, como el aumento salarial, debido en gran parte a su poder convulsivo y de influencia en ciertos sectores de la población, esta dinámica busca ser replicada por otros actores, últimamente las protestas por incitadas por Evo Morales, que se considera víctima de una proscripción electoral por su inhabilitación para las próximas elecciones presidenciales, Estas acciones crean un estado de zozobra, lo que en sí mismo crea otro espacio para ejercer el poder. Estas dinámicas de búsqueda y ejercicio de poder crean una distorsión en la percepción pública de la condición de víctima, estableciendo una relación de dominancia entre víctimas, en palabras de Lilie Chouliaraki “La competencia entre sufrimientos perpetúa la violencia física y simbólica”.

De esta forma, la victimización no es solo una herramienta sino una forma de hacer política que se centra más en la captación de público que en una especie de “compensación” o búsqueda de justicia. Sí, se identifican perpetradores, culpables y víctimas, pero debido a la polarización centrada en condiciones sociales o raciales, estos roles son confusos y su delimitación sesgada, lo que lleva a una distorsión tanto de la comunicación como de la interpretación legal que tomamos para juzgar los actos. De los ejemplos más claros fueron los conflictos de la Calancha el 2007 a raíz de la aprobación de la Nueva Constitución, los muertos a manos de agentes del gobierno no tuvieron un proceso limpio que identificara claramente y sentencie a los culpables, en cambio los universitarios (opositores al gobierno) autores de la humillación de 18 campesinos fueron sometidos inmediatamente a procesos que culminaron en sentencia condenatoria. Ambos actos reprochables, solo uno con sentencia. Como éste, existen muchos casos en los que la acción judicial se da desde una valoración en la que un grupo de víctimas se impone a otro.

Mediante la espectaculización del sufrimiento y la toma de espacios de poder fuera de la esfera institucional gubernamental, se desarrolla la política del victimismo, en la cual el sufrimiento entra como un factor de poder llegando incluso a la reproducción del mismo (sufrimiento) con la finalidad de capitalizarlo. Así, las medidas tomadas por los grupos que detentan el poder mediante la victimización tienden a perpetuar su condición, ejercer mayor violencia y represión al grupo y a su vez justificar su propio uso de la violencia. Así, la política del victimismo cae en el círculo vicioso de perpetuar la violencia y banalizar la misma, tanto el sufrimiento que padeció el grupo y lo lleva a ocupar el espacio de poder, como la que ellos pueden ejercer.

En la dinámica política actual, transformar el dolor en herramienta de poder parece legitimar determinados espacios que permiten actuar fuera de la legalidad gubernamental y de los centros democráticamente elegidos, el espectáculo del dolor, la competencia de sufrimientos y el poder por la condición de víctima normalizan una mayor deshumanización de la política y la necesidad de actuar por miedo a la represión, minimizando nuestra capacidad de reconocerse en el otro en sociedad en pluralidad.

 

 

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