Plasticus Maritimus
Si ya hemos hablado de pesticidas y especies invasoras, nos toca hablar de algo que nos rodea, abraza, contiene, acompaña y persigue: el plástico.
El plástico es un material sintético, hecho de macromoléculas llamados polímeros, derivados del petróleo. Es ligero, flexible y duradero, y se puede producir en una amplia variedad de densidades, formas, texturas, transparencias y colores. Gracias a su versatilidad, nos permite disfrutar de todo tipo de objetos, adaptados a nuestras necesidades, desde lentes de contacto hasta partes del fuselaje de los aviones, amén de servir para envasar productos tóxicos. Hay plásticos tan resistentes que se utilizan en chalecos antibalas, cohetes y coches. Es una de las grandes novedades del siglo, y no lleva ni 50 años de uso masivo.
Al buscar un material maleable y ligero, hubo diferentes experimentos desde el siglo XIX hasta la invención de la baquelita en 1907 por Leo Baekeland. Este es el primer plástico creado de material sintético que es termoestable, y sus aplicaciones, al ser tan ligero y adaptable, comenzaron a proliferar. Para los años 20, teníamos el PVC y los cables, y ya en los años 50 comenzamos con su uso más pervasivo y peligroso: el packaging, que no es otra cosa que el empaquetamiento masivo de productos para protegerlos del polvo y la humedad.
Empaquetar, envolver productos en algo rígido o suave, transparente y ligero, se usa en todos los productos hechos por la mano del hombre, desde las pilas hasta el arroz. Si no está envuelto brillantemente en celofán, asumimos que su valor es diferente, que es usado, de baja categoría, de segunda mano. Los asiáticos son los principales productores de casi todo, y, por lo tanto, también son los reyes del packaging. Se comenta mucho que algunos productos de su manufactura están envueltos hasta la exageración, como las cajas, precisamente, chinas, que al abrirse tienen siempre una más pequeña adentro.
Además del packaging, tenemos los cubiertos y recipientes de plástico “desechables” que han invadido los mercados del mundo entero. No existe rincón del globo donde no flote, por ahí, una bolsa de un solo uso, una bombilla, una taza de café de poliestireno expandido (nos encantan, porque son impermeables y resistentes al calor) o un platillo usado una sola vez, apenas manchado con crema de torta o salsa kétchup. Ocupan los crecientes botaderos donde se entierra la basura como quien la esconde toda bajo una inmensa alfombra y son parte del engorroso problema del que hablaremos a continuación.
La bióloga marina Ana Pêgo escribió acerca del plástico en su libro: “Plasticus maritimus, uma espécie invasora”, que viene ganando numerosos premios en Portugal y el exterior desde su aparición el 2018. En él, Pêgo nos habla de los océanos, esos charquitos responsables de albergar el 70 % de la vida en la tierra, que además tienen la nimiedad de producir el oxígeno que precisamos para vivir. Como caldo de cultivo de la vida, el océano sintetiza el oxígeno a través de dos seres pequeñísimos: las micro algas y los fitoplánctones. Estos son los organismos microscópicos fotosintéticos que forman la base de la cadena alimentaria acuática y, sí, producen aproximadamente la mitad del oxígeno que respiramos.
¿Y qué tienen que ver, en el océano, los bichos ésos y el plástico? Pues mucho, puesto que están invadidos de los desechos microscópicos del material “desechable” que botamos en áreas no contenidas, pegándose y adosándose a todo, siendo devorados a su vez por peces y mamíferos, y, por lo tanto, por nosotros.
¿Y cómo es que llegan los plásticos al océano, para empezar? Como la Humanidad ha estado acostumbrada a usar y luego tirar, confiando en que todo se biodegrade en el ambiente, pensamos que cuando el plástico deja de ser visible al ojo humano, desaparece. Y como no está en nuestro campo de visión, también desaparece de nuestras mentes.
Lo grave es que este invento, el plástico, en todas sus derivaciones del petróleo, no solamente no desaparece, sino que se vuelve microscópico y se acumula, pasa de la tierra a las vertientes, y de las vertientes, al océano, flota en gigantescas islas que se pueden ver desde el espacio y también se deposita en el fondo del océano. Como le gusta juntarse con otros amigos peligrosos, y le encanta liberar substancias nocivas a medida que se degrada, también poluciona y envenena, amén de atrapar en sus redes a peces y tortugas, llenando sus estómagos con apariencias coloridas pero vacías de calorías, y estando, prácticamente, tan presente que hasta se inhala y se absorbe en un proceso llamado bio-acumulación.
Es así que los océanos y los humanos estamos llenos de microplásticos hasta las gónadas, como nos gusta decir. Como el DDT se acumulaba a través de las hojas donde era esparcido hasta los gusanitos de tierra, y, a través de ellos, a los pájaros, (persistiendo y acumulándose en sus células y aparatos reproductivos, impidiendo que pusieran huevos), sabemos que se encuentran rastros de este plaguicida en mayor cuantía en cuanto más se sube por la cadena alimenticia, y el mismo camino lo recorre el microplástico: del fitoplanclotn al plancton, del plancton al pez, del pez a la mesa, y de la mesa al estómago, el cerebro y los aparatos reproductores de todos los que estamos leyendo estas palabras.
Es, curiosamente, lo único que reconocemos tener en común, de la Antártida a la fosa de las Marianas, del desierto subsahariano a la Patagonia. En menos de un siglo, el recorrido del plástico tiene más que enseñarnos que miles de tratados sobre la igualdad del hombre y la interconexión entre todas las cosas. Es nuestro efecto mariposa, brillantemente envuelto en celofán, y Pêgo nos cuenta con lujo de detalles (y hermosas infografías dibujadas, porque es un libro para niños, ya que con los adultos no hay caso), qué, cómo y dónde se acumula la especie invasora más numerosa de todas.
