Jesús visita El Prado paceño
Estábamos conversando en una banca de El Prado cuando apareció un vagabundo. Lucía sucio, el cabello largo, pocos y amarillos dientes. Se acercó mostrando una sonrisa bobalicona y se quedó parado viéndonos desde su sitio. Le dimos unas monedas, pero se quedó frente a nosotros sonriendo con cara de idiota y la baba acumulándose en las comisuras de los labios. Mi amigo nos dijo que ese vagabundo se llamaba Jesús y que le encantaba el vino. Le hicimos algún chiste sobre la Biblia, sonrío, habló algo que parecía otra lengua y luego se calló, se quedó ahí, mirándonos, haciéndonos sentir incómodos. Hasta que con un solo movimiento se arrancó el cuero cabelludo desde la frente hasta la nuca e inclinó la cabeza hacia nosotros para mostrarnos su cerebro. Nos dejó pasmados. Había partes que brillaban como espejos, no se podía ver mucho. Sin embargo, en base a mis conocimientos en neurociencia, comprobé rápidamente que las regiones de su cerebro estaban bien delimitadas, nada que extrañarse, había también la suficiente cantidad de líquido y masa sanguinosa, solamente un pequeño hueco al medio del cerebro, un hueco profundo que parecía llegar hasta los talones, me pareció extraño.
Uno de nosotros jaló alguno de los nervios que despuntaban y el vago ni se movió un centímetro. Nos miramos confundidos, ¿estaba desconectado? Mi otro amigo intentó implantar sus huellas digitales en la masa cerebral presionando el pulgar con fuerza. El vagabundo aceptaba diligente todos nuestros devaneos. Sin darnos cuenta, apareció una señora detrás de nosotros y tocó una pequeña bola cerca al bulbo raquídeo. Qué habrá sido eso, pero el vago comenzó a dar pequeños brincos primero y luego se puso a realizar pasos de baile bastante extraños, arrítmicos totalmente, mientras mantenía la mirada perdida y la boca abierta; la escena era bastante ridícula. En un dos por tres nos vimos rodeados de mucha gente. Hubo hasta alguien que aplaudió mientras el vago bailaba con la mirada perdida y la baba en la boca; hubo otro que lanzó una moneda a su sombrero.
De la nada el vago se detuvo en seco, hizo un gesto de dolor terrible y se dibujaron venas gruesas en su rostro, volteó la vista hacia el cielo y dio tremendo grito, desesperado, propio del terror que significa reconocer que estás fregado.
Después hubo un silencio impresionante, hasta los autos dejaron de circular, la gente también se detuvo, todos miraban extrañados en dirección al vago que parecía crepitar bajo la luz del sol.
Entonces el vago comenzó a levitar.
Yo mismo vi a sus pies desprenderse del suelo.
Comenzó a ascender lentamente hacia el cielo, pero no de la forma en que usualmente se creería, es decir, parado, firme, como en esos cuadros donde se ve la ascensión del Mesías; en cambio el vago ascendía volteado de cabeza, con el culo como jalado por una fuerza que venía desde arriba y la cara llena de un intenso sufrimiento.
—Es el elegido —gritó alguien desde algún lugar.
—No, es el anticristo —dijo otro.
Yo estaba perplejo. El vago siguió ascendiendo lentamente ante la vista de todos, pero supongo que por su posición —o no entiendo por qué— no pudo evitar que su culo chocara contra el tendido de cables eléctricos y estalló en chispas, cayó al suelo como un pesado saco de carne.
Nos acercamos con cuidado, había fuerte olor a carne quemada. Un tipo le tomó el brazo, comprobó el pulso y negó con la cabeza; los que nos encontrábamos formando un círculo alrededor del vago tendido, nos miramos tristes. No sé quién dijo que emanaba un brillo en la herida que los cables eléctricos le habían producido, esto era en el culo ennegrecido del vago. Lo giraron de forma respetuosa, al fin y al cabo, estaba muerto y los muertos se merecen respeto. O eso parecía en un principio. Descubrimos que, en la herida viva, resaltaban unos puntitos dorados brillantes. Alguien dijo que aquello era oro y al tiro otro metió sus dedos en la herida, sacó el puntito brillante apretando fuerte con el pulgar y el índice, lo lavó con el agua de una botella que una muchacha le cedió, se lo metió a la boca y lo mordió con fuerza, su cara mostró al rato esa expresión entre la sorpresa y la avaricia: la herida del vago emanaba pepitas de oro.
Fue entonces cuando comenzó el problema.
Varios expresaron su intención de llevarse al vago, pero otros procedieron a tomar la posición contraria; argüían de todo entre ambos grupos: cuidados médicos, servicios funerarios, otros más cínicos o bondadosos, apelaban a la solidaridad humana como el más antiguo de los afectos.
En medio de la discusión, no se sabe quiénes, pero muchos, usando sus llaves o cualquier objeto punzante, rasgaban la piel del vago para que saliera sangre, en las gotas que caían se podían notar pequeñísimos puntitos con brillo dorado. No pasó mucho tiempo hasta que todos estuvieron seguros que el cuerpo del vago estaba lleno de oro. La cosa escaló súbitamente. De dónde habrán salido navajas, cuchillos, cucharas afiladas y hasta hachas pequeñas, pero en menos de dos minutos se formó un ato de confusión donde varios buscaban arrancar pedazos enteros de carne, trozos de piel eran extirpados violentamente por uñas, dientes, la sangre era almacenada en vasos, botellas, bolsas nylon, bolsillos, lo que fuera.
En menos de un instante llegó el descontrol total, yo me mantuve en el sitio que estaba y también aproveché en buscar lo mío; lo deshicimos al vago en mil pedazos, tuvo que llegar la policía para dispersar con gases lacrimógenos y aporrear a varios tercos que se quedaron hasta el final, tratando de llevarse su pedazo. Tuvimos que salir corriendo mientras la policía acordonaba el lugar y subían lo que quedaba del cuerpo del vago a una camioneta. De más está decir que la policía nunca presentó el detalle de las ganancias que arrojó el resto del cuerpo del vago con el que se quedaron. Dijeron que ese cuerpo iba a ser donado a la universidad para una investigación científica, pero sabemos que eso nunca sucedió, si solamente llegaron a la universidad unos pequeños pedazos.
Yo me quedé con un dedo del pie y un pedazo de vísceras; logré sacar 70 gramos de 14 kilates. La verdad es que me sentí bastante mal luego, no me gustó mi avaricia en ese momento, pero el oro tiene algo que te vuelve obstinado y agresivo, supongo que tiene que ver con eso que llaman la locura del oro.
Hasta ahora no se sabe del origen del vago, este fenómeno ha provocado un sinfín de teorías. Porque de un día para el otro, empezaron a aparecer en el mundo fenómenos similares. Vagos que tenían el cuerpo lleno de oro. Casi todos los hechos tuvieron el mismo final: muerte, descuartizamientos, sangre, piel, grasas, órganos, cotizados en oro. Si no me equivoco, al final quedaron unos tres que están vivos y están siendo estudiados, aunque algunos especulan que eso no es cierto y que murieron todos. Mataron también a muchos otros vagos que no tenían este poder, supongo que, en el afán de enriquecerse, muchos creyeron conocer al vagabundo indicado, pero después de matarlos, descubrieron que estaban equivocados. Ayer justo vi un artículo que llama a esta época como: la Gran Matanza del oro. Y mostró cifras que las recuerdo muy bien: alrededor de setenta mil vagabundos muertos en todo el mundo, de los cuales solamente 26 tuvieron esta condición extraña.
Lamentable.

