Una hoguera enorme para arder el mundo que amamos. Palabras para Mario Vargas Llosa
La literatura es fuego
Es difícil comprender que los escritores aman lo que odian, que sienten un orgullo poderoso por aquello que critican hasta pulverizar. En cada novela y opinión, en cada cuento, ensayo, teatro y artículo, lejos de cesar en su ardua labor de develamiento, el escritor descorre otro velo, y otro más, para mostrar al mundo de qué material se corroe su casa, las grietas chorreantes de miseria de su patria, la paupérrima escolaridad de su pueblo, el empantanamiento de su ancha clase media, el desarraigo ridículo de sus élites y el techo perforado por múltiples goteras de sus instituciones de barro y paja. ¿Acaso no se jodió el Perú como se jodieron todos los países de nuestra América Latina? Sí, se jodió desde el mismísimo principio, desde la Colonia del virrey hasta la hora de la república, y esta ardiente literatura nos lo ilumina incluso en sus detalles nimios, contando la vida insignificante de las tantas gentes que apenas tienen nombre, que sufren hasta morir la indiferencia del poder cuando no su abuso, el atropellamiento de los esquilmadores de la patria y la represión de quienes más bien deberían propiciar justicia. Y, sin embargo, gracias a la novela recia y descarnada, o más bien precisamente por eso, amamos, como ama su autor, el Perú desigual, el Perú diverso, su vida en la serranía, o en su selva cerrada, en su monstruosa capital de tantas cabezas. Mario Vargas Llosa, un escritor lúcido, ha desnudado a su Perú para que lo conozcamos plenamente; nos ha expuesto sus huesos fríos, su carne aterida para que el mundo entero pudiera amarlo por lo que es.
Así se ha manifestado este amor de Mario Vargas Llosa por su patria, con palabras vivas y quemantes.
Infancia es destino
¡Qué bello es todo aquello que llamamos Perú! ¡Y qué grande ha sido, es y seguirá siendo Mario Vargas Llosa! Simplemente Mario, para nosotros, los bolivianos, a quienes él siempre apreció y agradeció su cobijo por haber transitado su infancia y sus primeros años de escuela en Cochabamba. Aquí aprendió, nada más, pero tampoco nada menos, a leer y escribir, a acercarse a los libros iniciales abundantes de aventuras, experiencias todas detonantes para su vida, que esculpieron su destino de escritor e intelectual. A propósito de esto: me gusta creer que supo compartir sus primeros chismes de lector de novelas con sus compañeritos de aula: el futuro poeta Edmundo Camargo, de vena vallejiana, y Enrique Rocha Monroy, futuro novelista. Los tres en el recreo, trabajando su sensibilidad, ejercitando sus mentiras, sus invenciones, para reconvertirlas, pocos años después, en verdades contundentes gracias a la extraña manía de la literatura de provocar vuelta de panqueque a las cosas: la verdad de las mentiras, como él lo explicó desarrollando su teoría sobre el arte de escribir. Sobre el arte de inventar. De llegar a la verdad literaria, que es otra forma de conocer la vida. Sobre el arte de reflejar la realidad real con los magníficos recursos de exorcización que la creación plantea: expulsión de los demonios personales, culturales e históricos. Historia de un deicidio, sin que importe el tamaño de ningún dios.
De la humilde aldea llamada Cochabamba salió Mario a polemizar con cuanto mundo encontrara al frente por el resto de su larga vida. Sus armas amartilladas. Imaginación y sensibilidad finísimas. Extraordinario talento de narración y poderosa cultura global, constituyéndose en uno de los inmensos intelectuales de nuestra América. Pronto comenzó a caminar el mundo con el mensaje inclaudicable de mucha más democracia y menos autoritarismo; debate amplio, plural; guerra absoluta a la intolerancia de signo cualquiera; oposición a las dictaduras ideológicas y/o militares; sociedades abiertas y no cerradas. Esta conducta provocó chispas en tanta democracia supuestamente consolidada y fuego de pira en las democracias de ficción. Su larga lista de notables adversarios acérrimos desde los años de juventud, hasta sus últimos momentos, eriza la piel a cualquiera y demuestra su nivel de interpelación: presidentes pechugones de clase social alta, dictadores blindados de tanques y medallas, intelectuales y escritores atornillados en la militancia dogmática, inamovible, que no descansaron nunca en su faena terrorista de dinamitar la imagen del escritor triunfante desde su primera novela, pero que se negaron a debatir con él. Apenas soltaron sus libelos infamatorios, ukases nocturnos. Maldiciones sin resonancia de los profesionales de la política o colegas sin éxito ni conciencia independiente. Su vida trascendió tanta nimiedad y hasta pienso que la ignoró al verlo siempre sonriente, triunfante y conquistador.
Es escalofriante afirmar todo este logro acerca de alguien que tuvimos con nosotros, compartiendo aula de escuela, pateando calles y formulando el mundo verbal que iría a regalarnos. Mario aún niño marchó de Bolivia hacia Arequipa, ya impregnado del hábito de la lectura como vicio incurable, sin remedio. Debía encontrarse con su familia Llosa y con el enigma de su padre ¿muerto? ¿ausente? Ernesto Vargas. También vivió un tiempo en Piura, pero luego, en Lima, enfrentó la sorpresiva experiencia del liceo militar Leoncio Prado. Pronto escribiría La ciudad y los perros y la Casa verde, ventilando así sus ingobernables demonios personales. El Cadete, sobrenombre familiar que apenas sobrevivió en la familia, tenía ambiciones contrarias al uniforme.
Antes, a los dieciocho años, se casó con una boliviana.
Yo tuve la enorme fortuna de ser presentado a su persona por dos veces en el lapso de doce años. En la primera, a mediados del año 1986, en vísperas del partido de fútbol Brasil-España por la Copa Mundial en México, apenas lo saludé porque la charla se fue con los escritores mayores, pero me dediqué a escucharlo y observarlo con fervor. Yo tenía veintisiete años. Almorzamos gozando sus anécdotas e intercambiando opiniones con el muy querido librero Werner Guttentag. Y luego yo, poniéndome formalmente de pie para hacerle entrega de la añorada colección de novelas premiadas por Guttentag, empecé mi balbuceo de protocolo. Mario, cincuentón apuesto, ya dueño del mundo y sus alrededores, me interrumpió sin más recordando a los pocos presentes su participación como jurado en la primera versión del premio que encumbró a la buena novela Los fundadores del alba, de Renato Prada Oropeza. Quedé sonrosado. Minutos después, fugué de la mesa sin despedirme, en represalia, y para observar la victoria brasileña y ese gol injustamente anulado a la furia roja. La inolvidable impresión que me quedó de aquel encuentro con el gran escritor, pese al desaire, me motivó sinceramente a tratar de comprender este fascinante mundo de los libros, de la escritura de novelas, del debate de ideas, de la disidencia, del seguro destino de individuo que me esperaba. El rechazo a la vida de rebaño para ganar cercanía con el vicio de la lectura y escritura como razón fundamental de mi existencia.
La vida juguetona nos volvió a presentar doce años después. El Centro Portales de ese entonces y la Editorial Alfaguara en Bolivia me llevaron a La Paz con la inteligente misión de acompañar al escritor en sus participaciones, cargarle el maletín que no tenía, conversar con él y su amable segunda esposa y, ante todo, perderle el miedo, para retornar a Cochabamba y entrevistarlo en el teatro al aire libre de esta institución ante una multitud. Todo fue mucho mejor que lo imaginado. Mario, en La Paz, nos contó (nos narró, en rigor) su experiencia en la política activa, expresó su opinión de Fujimori, del Sendero Luminoso, de la tanta suerte general de sus novelas, de algunas en particular, de sus polémicas y de sus viajes y de su seguimiento al equipo crema limeño. A ratos precisaba uno que otro dato su esposa atenta al diálogo. Al tercer día, ya en Cochabamba, ante cientos de personas portando un libro suyo ansiosa de su firma, se realizó la entrevista y además conversó con la gente. Es obvio que, fiel a su profunda convicción, continuó polemizando a propósito de las tantas preguntas que le llegaban. Yo tenía treinta y nueve años y sentí que la vida valía la pena. Mario nos llegó con sesenta y tres y nos regalaría novelas y ensayos críticos impecables con una regularidad inigualable durante otros veintisiete años.
El lenguaje desata una pasión ingobernable
Creo comprender a Mario Vargas Llosa en su integralidad: a él le tocó, sencillamente, como destino, ser devorado por la pasión criminal, insensata, del lenguaje. Le tocó vivir en su vorágine violenta, consumirse en su fuego sagrado, acabar su existencia convertido en cenizas de palabras. Millones de esos bichos corroyeron su alma desde niño y modularon su voluntad a fuego, y atiborraron su cabeza con cientos de historias ciertas y/o falsas. ¿Qué cosa es un escritor sino un ser de palabras? Le reclamaron, de principio, su entrega absoluta, sin condiciones. Le ofrecieron el fuego como recompensa, enorme, de lengua alta para que ardiera el mundo, su Perú amado, la vida misma. Es decir: la destrucción de la realidad para que él formulara mundos verbales, mucho más ciertos que esta vida anodina, sueños de realidades que superaran la vida plana, mediocre, que conocemos. Y lo logró, sin más, acometiendo novelas suficientes y capaces de abrir las puertas a sus lectores y cerrárselas a sus espaldas mientras durara su aventura, subsumiéndolos en realidades de tinta y de papel, paseándolos por el llanto, por la alegría, por la impotencia; interpelándolos para el compromiso urgente con la realidad, con su memoria y su esperanza.
Mario nos dejó su maravillosa obra completa, pero vamos a extrañarlo porque no solo ansiábamos leerlo, sino también saber de él. De sus opiniones sobre la coyuntura, de sus desafíos sin tregua a propósito de tanto tema. Sus mismos escándalos que nos condujeron a la sonrisa vertical. Hemos quedado sin su sorpresa regular y parece que la mortalidad es cosa cierta. Nos queda el consuelo de la relectura de sus libros, como practicó Quevedo:
Retirado en la paz de estos desiertos,
con pocos, pero doctos libros juntos,
vivo en conversación con los difuntos,
y escucho con mis ojos a los muertos.
Este difunto, Mario, conversará siempre con los lectores de novelas.

