MS-AMDA-MX-H.13-07
I
En un principio, el objetivo fue no perder su custodia, porque nadie sabía cómo funcionaba, ni siquiera si era un artefacto mágico o simplemente una reliquia que supimos perder muy bien.
El manuscrito MS-AMDA-MX-H.13-07 llegó a la biblioteca en 1952, con la Revolución. Como a guagua abandonada, lo envolvieron en una tela limpia y lo dejaron en las escaleras de la entrada, donde no lo tocara la lluvia. Como niño desahuciado, buscaron su origen por toda la ciudad. Decían que estaba maldito, porque todos los que intentaron leerlo se murieron, de pulmonía, de duelo, de derrames, incluso el pobre al que le llegó una bala perdida y cayó desplomado sin comprender por qué. Esa noche, el manuscrito se salvó de la sangre por un pelito. Decidieron guardarlo hasta que ese pequeño gran evento histórico llegue a su fin. El archivista principal se aseguró de no leer nada en ese momento, no ahora donde no se podían apostar más las probabilidades de morir. Pobre hombre, los disparos hacían eco en las calles de Miraflores y lo calcificaban del miedo. Pobre hombre disléxico que confundió las nomenclaturas y así perdimos un texto invaluable durante meses, pero no era su culpa, su cerebro era un trampolín de números y letras.
Cuando todo volvió a una nueva normalidad, donde indios y mujeres podían votar, los bibliotecarios notaron que el manuscrito no estaba en su lugar. Sintieron cierto alivio, pues seguían circulando algunos rumores sobre muertes que no eran simple azar o consecuencias del momento histórico.
El manuscrito terminó en otro estante, el de estatutos de las comunidades indígenas de la Colonia, que poca gente visitaba, porque a poca gente le importaba. Alguna vez, a finales de los años cincuenta, una niña, la hija de una mujer de la limpieza, lo encontró y le dibujó seis arcoíris sobre las tapas de cuero de llama. En medio de un ataque de pánico, la mujer lo escondió al fondo de una nueva estantería, la de documentos de origen desconocido. En 1981, una horda de militares ingresó a la biblioteca a llevarse todo tipo de documentos que pudieran contener información sobre las organizaciones campesinas en las provincias de La Paz. Un manuscrito con arcoíris coloreados en la portada les pareció ridículo, incluso un poco tonto, por lo que lo dejaron en el cajón de un viejo escritorio de metal oxidado. Los documentos y archivos desaparecidos hasta la fecha no dieron señal de existencia. El coronel Mamani Peredo dijo en alguna borrachera que esos papeles están en la tumba de García Meza, pero años después afirmó que los utilizaron para avivar el fuego de la pira funeraria de dos hombres cuya desaparición nunca constó en actas. El coronel murió dejándonos con la duda. En 1982, la llegada de un simulacro de democracia hizo que reformaran algunas salas de la biblioteca. El escritorio metálico, convertido en soporte del muro norte del archivo, fue llevado al depósito. En la década de los noventa se perdió el rastro del manuscrito, cuando una filtración del sótano obligó a los archivistas a deshacerse de todo mobiliario consumido por óxido, hongos o termitas.
En 2006, un proceso detallado y exhaustivo de inventario llevó a la conclusión de que el manuscrito MS-AMDA-MX-H.13-07 había desaparecido y que nunca se conoció su contenido.
II
La ciudad de Oruro no es maestra de la celebración de Halloween, pero se defiende, sobre todo en estos últimos años después de la pandemia. Inauguraron dos casas del terror, una que es más amable con los niños y la otra hecha para darle oportunidad a los adolescentes para abrazarse y darse besitos. Tuve que traer a mi amiga Carla para que los guardias de seguridad no sospechen en ver a un hombre solo en actividades hechas especialmente para menores de edad, aunque también la traje para que ayude a buscar.
No se puede caminar. Los sombreros de bruja de las niñas pequeñas golpean todo a su alcance y las pequeñas aceras de esta ciudad se achican aún más con los remolinos de adolescentes que pelean por una golosina. La fila para la primera casa es larguísima, está repleta de padres agotados que llevan a sus hijos más pequeños en brazos y dejan a su suerte a los más grandes esperando que no se pierdan. Los gritos de azúcar y las luces me aturden, Carla susurra algunas palabras que me tranquilizan un poco, mientras nos acercamos a la entrada de este entretenimiento familiar.
Pero no tuve suerte.
En la segunda casa del terror la fila era más corta, porque los adolescentes tienen menos paciencia en las filas y pueden irse por cuenta propia para regresar más tarde. Aprovechamos su inquietud y entramos rápido. Es un espacio al que los dueños le pusieron un poco de cariño. Es más que posible que unas cuantas de estas momias dizque de cartón hayan sido secuestradas de alguna comunidad cercana, y que las telarañas sean un acúmulo de recuerdos del año pasado, pero hay cierto esfuerzo en la construcción de este lugar. La música tétrica y la imitación de truenos es fuerte, y seguimos avanzando a su ritmo. Los adolescentes se ríen y se chapan en los oscuritos, pero nosotros seguimos buscando. Hay una habitación de esta casa antigua que quieren asemejarla a una casa del asesinato, colocaron una cama antigua metálica, mobiliario art déco y con anilina pintaron de rojo las paredes. Siempre existió un tierno imaginario que todo lo antiguo es terrorífico, como si todo lo que dejamos atrás fuera motivo de horror, y puede que tengan razón.
Pero nos detuvimos allí y observamos con mucho cuidado toda la escenografía, periódicos viejos de hace cien años, enrollados y apachurrados entre sí, retratos del siglo XIX de personajes que ameritan estar en una casa del terror, y los libros, esos de tapas duras de cuero, con olor a humedad y que te dejan sabor a tinta vieja en los dedos.
No tardamos mucho en encontrar el manuscrito MS-AMDA-MX-H.13-07, era el único con dibujos de florcitas en el lomo y arcoíris en las tapas, ese fue el único dato que nos dieron para reconocerlo entre tanto papel olvidado. Esperamos a que se vacíe la habitación, lo tomamos, dejamos dos billetes de cien dólares en su lugar y comenzamos a correr.
Cinco cuadras es lo máximo que se logra recorrer a toda velocidad en esta ciudad, todo el resto del trayecto se lo hace entre zancadillas y jadeos de los que uno no se puede recuperar tan fácilmente. Nos sentamos en una pequeña vereda y comenzamos a hojearlo.
Estuve buscando este manuscrito desde niño, desde que me enteré que a mi abuelo lo mató una bala perdida y que a mi bisabuela la mató el hambre que cosechó en el campo en lugar de papita, todo por culpa de las heladas. Estuve buscando este manuscrito desde que me dijeron que simplemente se perdió y lo borraron de todo registro, tratando de ocultar la cara de vergüenza.
Desde chico averigüé que el manuscrito se perdió en 1981, y me di toda una voltereta por todos los inventarios de la Biblioteca Municipal de Documentos Andinos. Todo, desde qué se servía en el almuerzo hasta el registro de los mobiliarios, incluso las noticias de robos. Pero este no es un documento que se deja robar, por eso más o menos pagué por esto. La vez que intentaron robarlo de la biblioteca fue a los pocos días de haber llegado allí. Al ladrón lo encontraron muerto cerca del cerro de Laikakota, impactado no por las balas revolucionarias, sino por un rayo, de esos que suelen dejar a todo el barrio sin luz. El manuscrito apenas tenía un par de manchas del carbón en el que se había convertido el ratero.
Supe que los muebles viejos de la biblioteca fueron donados al Ejército de Salvación y que estos los vendieron a varios chatarreros de la ciudad. Me tomó mucho tiempo averiguar que uno de ellos, don Severino Chambi, había encontrado el manuscrito y lo guardó en su casa durante muchos años, dicen sus hijos que lo leía todas las noches hasta que un día murió a los 95 años, pacíficamente, pero sobre todo lúcido, en su cama y calentito. Don Severino le había dejado el manuscrito a su nieto mayor, Lucio, pero este, atormentado por las demandas por deudas de pensiones, lo vendió a Casimiro Mendizábal, dueño de varios boliches y espacios de entretenimiento en la ciudad de Oruro.
Casimiro tenía una visión bastante clara de lo que quería que fuesen sus casas del terror para Halloween y cómo las iba a readecuar a tiempo para la celebración de Todos Santos al día siguiente. Además de libros viejos que nadie quería, sacó varios periódicos antiguos de la basura para empapelar estas casas y darles cierto aire histórico-melancólico a los ambientes de las mismas. Es curioso cómo todos los papeles imprescindibles de la archivística boliviana terminan en Oruro, solo que no como uno lo esperaba.
Era claro que el manuscrito MS-AMDA-MX-H.13-07 ya estaba con ganas de desintegrarse cuando llegó a mis manos, pero, a la vez, tenía que dejarse leer una vez más, al menos hasta descubrir si fue realmente lo que mató a mi familia, como solía repetir la viuda de mi abuelo, cuando la aquejaba la demencia años antes de morir. Es lo único relevante que me dejó esa mujer después de años de golpizas que me daba, según ella, por amor.
III
No lo soñó, ni tuvo epifanía alguna, mucho menos alucinaciones, pero Mama Jorgelina sabía qué tenía que escribir exactamente. Esa noche entró directamente a las habitaciones del capataz y se robó todas las hojas de papel que tenía en la mesa de noche. El hombre estaba en un estado profundo de sueño después de una borrachera que se pegó en la cantina del pueblo, junto a un guitarrista húngaro que nadie sabía cómo llegó a Bolivia. Al día siguiente, creerá que todos los papeles se habrían extinguido escribiendo letras de canciones de amor que nadie nunca escuchará.
Dicen que la anciana no sabía leer, ni escribir, nadie pensó que sería útil que una muchacha mestiza, hija de las violaciones colectivas dentro de la hacienda, aprendiera cualquier cosa que no sea la costura de las cortinas y de los vestidos de las señoras; pero esa noche Jorgelina adquirió repentinamente una gran destreza con la pluma que perdió con la llegada del amanecer. Durante toda la noche, Mama Jorgelina escribió e ilustró ciento veinticinco páginas sobre su supervivencia a la ingesta de cien semillas de wayruro:
“Había tenido la necesidad de tentar a la suerte, hijita. ¿Acaso todos no lo hacemos alguna vez? ¿No ha habido forma de descubrirlo de otra forma, hijita? No quería matarme, pues, no me quiero morir, pero necesitaba saber si tenía la oportunidad de salvarme, como tú”.
Mama Jorgelina no había tenido hijos, el epíteto se lo había ganado por su vejez y por el cariño que le daban las mujeres jóvenes de la hacienda. Pero los posteriores lectores de estos papeles supusieron que la hijita era María, la mujer que luego llevó los papeles sueltos a que les pongan una tapa, y que figura como la pagante en el registro de los encuadernadores, con fecha del 23 de diciembre de 1871.
“Dicen las abuelas que a la suerte una la llama, pero no creo pues, a la suerte uno la descalibra y la enreda en sus propias historias. A la suerte le hacemos cosquillas en la pancita y se nos ríe o nos escupe. Y eso es lo más bello que hay, ¿no ve? A la suerte no le rezas, ni le pides, porque es de egoístas, hijita. La suerte no es bondad, ni simetría, a la suerte hay que quererla porque es bella”.
Se había comido cien semillas de wayruro porque sabía que eran suerte de verdad. El manuscrito sigue contemplando la belleza de la suerte y cómo había que llamarla, y que todo esto era más que una mera superstición o una probabilidad entre miles. Mama Jorgelina afirmaba en su manuscrito que lo bello era realmente la suerte, que, entre tanto maltrato y sufrimiento, ella estaba allí, escribiendo lo que tenía que escribir, aunque no sabía cómo. Solo sabía que era hermoso.
IV
Nunca supe cómo llegó el manuscrito al Archivo Municipal de Documentos Andinos, tampoco si esta señora Jorgelina era mi pariente o no. Se sabe que lo escribió en el campo en una sola noche, que está en varios idiomas, en español, en aymara, y otros que nadie logra reconocer, delirios, le decían.
Más bien me parece que se trata de una señora que estaba en la búsqueda de Dios y lo llamaba suerte, una doñita que necesitaba escapar de la mala pasada que le estaba brindando su vida, casi esclavizada, sin nadie que la mire o la cuide o la trate como se merecía. Yo creo que sí sabía escribir, solo que no se lo dijo a nadie, y esta fue su manera de dejar cierto tipo de legado antes de morir, porque estaba sola, pese a todas las hijas adoptivas que se encontró en la hacienda, todas las hijas que se le murieron en accidentes, infortunios inexplicables y enfermedades completamente evitables.
Carla me dice que no sea estúpido, que hay motivos y razones por los que hemos llegado hasta aquí, que años y años de evolución y de historia se movieron y transitaron para que estemos en este mismo instante, en este momento, con el tratado mismo sobre la suerte en las manos. ¿Qué podemos hacer con él? Y puede que tenga razón, pero no sé cómo. Solo sé que mi abuelo lo leyó estando a lado de la ventana equivocada en el momento equivocado y no supo más cómo vivir, que don Severino lo leía todas las noches y tuvo la vida y muerte más pacífica que cualquier otro ser privilegiado de este mundo, que Casimiro lo exhibía como una pieza de arte y lo explotaba para poder pagar la educación de sus hijos.
Más allá de cualquier probabilidad, el condenado manuscrito está en mis manos, “dime wayruro, dime cielo, dime que hoy no voy a morir”, escribe Mama Jorgelina Mayta y ella lo sabía. Cuentan algunos comunarios que todavía le llevan flores a su tumba para que llueva y las papitas se hagan grandes en la panza de la tierra, porque ella lo sabía cuando escribió estas páginas, que había que hacerla llorar de alegría y que haría caer aguas. Tal vez supo que ella en realidad era la suerte. Todos lo ignoraban, menos ella. Se atragantaban en sollozos de su propia desgracia, mientras que ella comprendía que nunca cambiarían su rumbo.
“Llora, María. Llora en distintos idiomas y me contarás ahora tú un cuento. Te vi nacer y me verás morir, las dos envueltas en una frazada de vicuña”. Jorgelina a veces da vueltas y vueltas sobre un mismo tema o cambia de parecer de un párrafo a otro, es lo que provoca escribir tanto en una sola noche, sobre todo cuando nunca antes lo hizo. “Mira llamita, mira, que nos vamos hoy y tú te dejarás guiar, hacia los hogares calientes, hacia el glaciar de las estrellas. Nos vamos hoy y tú dejarás marcas en todos esos caminos”.
Era una llamita de juguete mi amuleto de la suerte cuando crecí, mientras me sacudían los pensamientos a golpes y me pintaban el cuerpo de morado y rojo. Le pedía y le pedía que se acabe todo, como sea, aunque sea que a la viuda del abuelo se le pase la fuerza. Al final, la llamita me dejó vivo, con muchos errores, después de todo. Desde el primer golpe pensé en encontrar el manuscrito y que cambie todo, que me caiga un estornudo de balas y que eso acabe con todo, como le pasó al abuelo. Pensaba que las heridas iban a silenciarme sin dolor. Aún lo pienso.
Sentados en una vereda de Oruro en plena noche de brujas, dimos varias vueltas sobre si el manuscrito era en realidad un control de la suerte como pensábamos en un principio. Y es que nos creemos dioses, nosotros, aquí, felices, manipulando un libro viejo comprado de forma engañosa y fabricando conjeturas imposibles. Que si el lector es el portador de la suerte, o el que declama o si es que regaremos infortunios a los que están a nuestro alrededor, como les pasa a los ganadores de la lotería. Decían que había que tener fe, pero yo no busco a Dios como creo que lo hacía Jorgelina, o que tal vez hay que dejar ser y hacer como que no buscamos nada.
Y es que Jorgelina decía que a la suerte había que tentarla, y no sabíamos si había que ser su serpiente para que peque, o si había que atraerla con comida para cazarla, o, simplemente, como dicen los argentinos, hacerla reír incontrolablemente.
Creímos que, para tentar a la suerte, necesitábamos un anzuelo, y lo teníamos en las manos. Decidimos que el manuscrito volvería con su autora y viajamos a Ancoraimes para dejárselo. Pero la tumba de Jorgelina Mayta ya no existe. Fue reabsorbida por la tierra, la burocracia y los cajones de los muertos más nuevecitos, los que sí importan, porque todavía duele su partida. Jorgelina se había convertido en una abstracción en nuestras cabezas y no había forma de tentarla una última vez, porque no sabíamos hacia dónde nos dirigíamos.
Casi pensando en un paralelismo irónico, pensamos entonces que lo mejor sería devolver el manuscrito al archivo donde se registró su historia y, si volvía a desaparecer, nos llevaría de nuevo donde Mama Jorgelina, y conoceríamos la suerte en persona, en vida, en su más allá.
“Corre llamita, corre, ya salimos y dejaremos agua en nuestro camino. Nuestro mapa rojo y negro nos llevará a los nuevos niveles de tierra y barro. Saldremos y nunca volveremos, llamita, porque tú y yo somos buena fortuna”.
V
Como guagua rebelde volvería el manuscrito a la biblioteca, a regañadientes, a la fuerza. No lo abandonaron, no lo rechazaron. Lo envolvieron en un rollo de plastoformo y lo enviaron con un mensajero de moto, a manera de tentar a Mama Jorgelina. El motoquero nunca vio al bus gigante doblar la esquina, solo sus engranajes encima de él, antes de poder escaparse sin ningún rasguño, con la motocicleta hecha pedazos.
En medio de la discusión entre conductores, Kawasaki, el perro comunitario de la zona, patrimonio imprescindible del barrio, olfateaba la marejada de cajitas y sobres esparcidos por la calle, huyendo del ojo curioso de los vecinos. Cuando volvió a su pequeña cueva de cartones y botellas de plástico en el fondo de un callejón, comenzó a mordisquear el paquete cuyo olor a viejo, semillas y cuero de llama le había atraído tanto. A la llegada del amanecer, ya no había quedado nada.
Hoy se lo conoce como el perro más acariciado y mimado de la ciudad, al que le huyen las pulgas pese a que se baña en la basura y el que sobrevive diariamente a la estampida salvaje de minibuses en la avenida Arce. Aquel perro que adquirió todo el derecho y obligación de ladrarle a los patinadores del parque sin recibir maltrato alguno.

