Invasiones

En su columna para 88 Grados, Mariana Ruiz Romero, a partir de la Hacienda Nápoles de Pablo Escobar, explora las invasiones de especies foráneas y sus graves consecuencias ecológicas, mostrando cómo la acción humana es la principal causante.

Nadie asocia a Pablo Escobar con el descalabro ecologista, pero deberíamos, porque su caso es un ejemplo extraordinario de cómo la Humanidad ha estado armando boche desde que se inventaron los vuelos intercontinentales. A su mitológico paraíso, la Hacienda Nápoles, armado para demostrar que tenía dinero a chorros, (una necesidad natural del ser humano, que así inventó desde los Jardines de Babilonia hasta el Jardín Imperial de la Ciudad Prohibida), introdujo tres hipopótamos hembras y un macho desde un zoo americano en los años 80.

Cuarenta años después, los hipopótamos, originalmente provenientes del África subsahariana, son la especie invasora más pesada del mundo: los 170 individuos que encontraron un paraíso en el Río Magdalena no encontraron ni depredadores naturales, ni muchas ganas de ser exterminados en masa por parte de entusiastas cazadores (son otros tiempos). Estos bichos, tremendamente agresivos, que además pesan 4 toneladas, -esterilizarlos es todo un desafío-, le roban el alimento a manatíes, nutrias, tortugas y peces endémicos, llegando así a modificar el paisaje donde habitan.

En La ecología de las invasiones, Charles Elton, un científico inglés, puso sobre la mesa, en 1958, los principios de lo que debería preocuparnos acerca del tema casi un siglo después: espacios naturalmente separados entre sí, con una vibrante fauna y flora local, estaban ya siendo invadidos explosivamente por especies (y sus parásitos) por introducción humana, con consecuencias imponderables.

A él le preocupaban las seis paredes de Wallace, o grandes espacios aislados entre sí gracias a océanos, cordilleras, desiertos y páramos donde una especie foránea podría tener dificultades para reproducirse, y aquellos agujeritos como el canal de Panamá, o el de Suez, que le habíamos hecho a las peceras del mundo. 

Argumentaba, no sin razón, que, si estas paredes se perforaban, las especies corrían el riesgo de homogenizarse, volviendo atrás a una época, como el Pleistoceno, donde habría menos especies, siendo las triunfadoras aquellas que se adaptan mejor a climas distintos, y no las especializadas en condiciones específicas, como el ornitorrinco y los lémures.

Elton solo conocía los peligros de los enormes barcos transatlánticos, y ni se imaginaba el advenimiento de Amazon (que, aunque no quiera, facilita el tráfico de especies de continente a continente) ni los millones de vuelos que cruzan los cielos en nuestro cotidiano. De seguro se hubiese horrorizado al saber que en menos de 72 horas una inocente especie de insecto depredador puede aterrizar a un paraíso donde no hay especies controladoras que lo detengan. También se habría sorprendido, hay que decirlo, con la novedad de que la exterminación no es ni será posible, -por más DDT que se le ponga al ambiente- y que la cuarentena y el control que consideraba vitales se han quedado chicos ante nuestra enorme capacidad de actuar por instinto, conveniencia, inconsciencia y curiosidad, la letal combinación que nos hace humanos.

Dos ejemplos: el caracol gigante africano (Achatina fulica) y el caracol lobo rosado (Euglandina rosea). Como el hipopótamo, el caracol gigante es agresivo, puede poner 400 huevos en un solo día, y posee un gran tamaño acompañado de un apetito devorador. A pesar de ser originario de África, como dice su nombre, ya ha llegado al corazón de Bolivia, el Chapare, en el medio de Sudamérica, y su recorrido incluye islas paradisíacas en rincones alejados del Pacífico o manglares en Centro América, siendo su extensión solamente detenida por climas fríos y cuando se siguen algunas estrategias de control efectivas. A veces, se ha probado introducir especies que devoran a otras para controlar las plagas (ya que sabemos que cuando ponemos insecticidas matamos todo, no solamente la especie invasora, lo sabemos, ¿verdad?) y es el caso del caracol devora caracoles del segundo ejemplo.

La cosa es que a veces, estas especies introducidas prefieren engolosinarse con una especie local, ya sea porque son más fáciles de cazar que las plagas, o porque saben distinto y son una novedad. Y en Hawái, el caracol lobo rosado se engolosinó con las especies endémicas de las islas, devorándolas hasta su extinción. 

Fue muy triste saber que el último caracol hawaiano de la especie Achatinella apexfulva, conocido como George, no pudo reproducirse en cautiverio, y que estaba condenado a vivir en un terrario, porque su olor atraía a los caracoles devoradores igualito que en una película de zombis, donde la fortaleza está rodeada de depredadores las 24 horas del día. 

Como él, todos los Kahulis, caracoles hawaianos de árbol, corren peligro de desaparecer. Y así como desaparecen especies específicas, otras se extienden y van conquistando nuevas cotas, ayudadas por el cambio climático. Mosquitos Anofeles llevan enfermedades exóticas a valles interandinos, los parásitos en el estómago o la sangre de abejas importadas matan a las abejas nativas y así, caminamos en tours de 15 días que nos llevan a distintas partes del mundo, de Turquía a las islas Seychelles, inconscientemente cargando con nosotros a alienígenas que prueban suerte en todos los territorios que pisamos.

El mar tampoco se salva, y ahí llegan las invasiones de algas, las contaminaciones de moluscos como los choritos en Chile con toxinas microscópicas a causa de la marea roja, la desaparición de los corales y la presencia de depredadores maliciosos como el cangrejo verde (Carcinus maenas), el alga asesina (Caulerpa taxifolia) y la nuez de mar (Mnemiopsis leidyi).

Y ni hemos hablado de lo que pasa con las interacciones biológicas de hongos, raíces, bacterias y los procesos que pueden determinar el éxito de una cosecha o su destrucción por parte de langostas, plagas, enfermedades e infecciones, ya que queremos plantar soya/girasol/opio en lugares donde no se da bien y extender los cultivos hasta el último confín del horizonte.

Luis G. Wall, en su libro Plantas, bacterias, hongos, mi mujer, el cocinero y su amante cita a un sabio indígena de los tobas del Chaco: “el hombre no teje la trama de la vida: él es solo un hilo; lo que hace con la trama se lo hace a sí mismo”. 

Por decirlo de alguna manera, la humanidad carga con las consecuencias de estas invasiones, y si queremos dar con el culpable, solamente debemos mirarnos en el espejo.

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