Diario de una escasez

Gloria Ardaya nos lleva en un viaje íntimo y revelador a través de la vida en Bolivia, donde la escasez va más allá de lo material. Un relato de la crisis que te hará sentir la realidad de un país que intenta resistir.
Editado por : Adrián Nieve

Empiezo este relato el 17 de junio. El dólar paralelo llegó a 16, la gasolina escasea y en los mercados los precios cambian entre la mañana y la tarde. Pero no es esto lo que quiero contar. O al menos, no directamente.

Mi tío Jorge decía que las crisis en Bolivia eran como las estaciones en Europa: se anunciaban antes, duraban lo suficiente para marcar una época y dejaban residuos en el cuerpo. Él vivió el 52, el 70, el 85, y murió en una crisis menor que no salió en los periódicos. Un paro cardíaco mientras hacía fila para cobrar su jubilación. Un derrumbe más.

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Imagen: 88 Grados

Yo no viví el 85, pero sí sus ecos: los billetes de mil que no servían para nada, la inflación que sacudió nuestra Bolivia, y dejó la desconfianza como herencia. Cada generación tiene su escasez. La mía es esta: la del arroz, el aceite, los dólares, y la gasolina.

Y también la del sentir.

Se dice que en los momentos de crisis la gente revela su verdadero rostro. Yo creo lo contrario: se lo cubren. Sobreviven los que mejor actúan. El hombre que vendía gasolina en botellas recicladas hablaba como pastor evangélico. La señora que acaparaba arroz decía que lo hacía “por si acaso”, pero no miraba a los ojos. Y yo misma, que escribo esto, he cambiado más de lo que admito.

Escribo, sí, pero también miento. Porque no cuento todo. Porque la escasez no es solo material. También falta lenguaje y educación. Y cuando no hay palabras, ¿qué se puede narrar?

Entonces vuelvo a los cuadernos de mi madre. Anotaba lo que llamaba economía afectiva: cuándo habíamos comido pollo, cuánto costaba el pasaje, qué vecino había dejado de saludar y llevaba una lista de quien le debía dinero.

Así que aquí va mi intento:

En abril comí arroz por última vez. Lo cambié por un libro de Borges en una feria de trueque en Samaipata. En mayo, vendí mi camioneta. En junio, comencé a tener pesadillas con supermercados vacíos. En las calles, los murmullos hablaban de “desestabilización”, “guerra económica”, “golpe”, “bloqueo”. Todos tenían razón y nadie la tenía.

Y entre todo ese ruido, la hoja de coca volvió a ser protagonista. En oficinas, taxis, y hasta en clínicas dentales, todos mascaban con ritmo ceremonial. Los ejecutivos compraban el bolo de coca de Sagrada con el lema “Del empaque a tu boca”, con más devoción que al dólar. La escasez parece habernos devuelto a lo esencial. ¿Y por qué no? Si igual nos falta gasolina, luz y dignidad, que no falte energía ancestral.

Una amiga periodista me decía que en Bolivia los hechos no son lo importante, sino las versiones. Y que la verdad, como la coca, se raciona.

Afuera, los bloqueos son parte del paisaje. Uno ya no pregunta por qué bloquean, sino cuánto va a durar. Esta semana se bloquea porque Evo Morales no fue habilitado como candidato presidencial. La siguiente, probablemente se bloquee por falta de agua, o por un curul en la Asamblea. En este país, la protesta es un derecho, sí, pero también un deporte nacional. Si hay una virtud que nos une, es la capacidad de bloquearnos entre todos hasta el colapso.

Claro, siempre hay quien dice que “los indígenas bloquean porque no tienen educación”. Como si el título universitario viniera con un chip de obediencia. Como si la historia no nos hubiera enseñado que se bloquea porque no queda otra. Que cortar una carretera a veces es la única forma de hacerse visible en un país que te olvida apenas terminas de votar. Pero eso sí: si el bloqueo afecta a la clase media, entonces sí sale en las noticias. Ahí sí todos se indignan. Hasta los influencers que viven de indignarse.

Y mientras tanto, en Santa Cruz, la basura sube como el dólar. Bolsas apiladas en las esquinas, perros rasgando los desechos con más entusiasmo que los fiscalizadores municipales. Hay quienes dicen que la basura no es tan grave. Pero claro, lo dicen desde oficinas con aire acondicionado, mientras el camión recolector pasa cada cinco días, si es que pasa. La pregunta ya no es cuánto vale el dólar, sino cuántas bolsas caben frente a tu casa antes de que los vecinos te linchen.

Vivimos haciendo malabares.

Con la inflación.

Con el humor.

Con la vergüenza.

A veces me detengo en los grupos de WhatsApp de barrio. Se han convertido en la nueva institución pública. Ahí se avisa dónde hay gasolina, quién vende arroz, o cuál surtidor aún tiene diésel a precio normal. Pero también circulan audios que afirman que “todo esto es plan del imperio”, o que “la culpa es de los masistas”, o que “el nuevo billete de 100 ya viene con chip de control mental”. Lo mejor es que nadie lo dice riendo. Lo dicen en serio. Y eso, sinceramente, da miedo.

Quizás este país sea como ese arroz que ya no consigo: duro, insípido, e inalcanzable.

O quizás, como esa hoja de coca que mastican hasta en los bancos, tenga todavía una fuerza secreta que nos mantiene despiertos, aunque todo esté derrumbándose alrededor.

Y si no, al menos serán testimonio de una voluntad que no se apagó del todo.

Aunque la luz, sí, ya se había ido hace rato.

A veces pienso que estamos atrapados en una coreografía de desabastecimiento. Como si el país se moviera al ritmo de una danza trágica: paso adelante, dos atrás, giro de 180° hacia la nada. Ensayamos la misma escena todos los años, solo cambia la escenografía: antes fue el gas, ahora la gasolina; antes era el pan, ahora es el arroz; antes la incertidumbre, ahora también.

Y sin embargo, nos volvemos expertos. Aprendemos a oler cuándo llegará el desabastecimiento. El panadero cambia de tono, el taxista habla más lento por el bolo de coca en la boca, el vecino guarda silencio. Todo eso son signos. Lo llamo el barómetro boliviano del desastre: no necesita tecnología, solo intuición colectiva.

En este país uno aprende a hacer cálculo emocional más que matemático. Si hoy no hay arroz, ¿aguantamos con fideo? Si mañana no hay gasolina, ¿caminamos? Si el dólar sube, ¿bajamos las expectativas? Porque sí, eso es lo que hacemos: ajustamos el deseo al precio del mercado negro.

Y no es que uno se acostumbre. Es que se agota.

Hay cansancio en el cuerpo.

Los memes ya no causan gracia, solo resignación.

Las noticias ya no informan: desmoralizan.

Aún así, seguimos.

Y en medio de esta tragicomedia nacional, hay algo que me da vueltas: la normalización del absurdo.

Una amiga fue a pagar un trámite y le pidieron pagar en efectivo “porque no confiamos en el QR”.

Un mecánico solo acepta dólares, pero solo billetes que estén “planchaditos”.

Un señor en la cola del banco discutía que la culpa de todo esto es del feminismo y los celulares.

Otro juraba que si no gana Evo, nos invaden los extraterrestres disfrazados de ONGs.

Y no olvidemos el código boliviano de supervivencia emocional:

  1. Nunca esperes que funcione algo público.
  2. Siempre comparte tu ubicación con contacto de confianza “por si acaso”.
  3. Nunca creas que esto es lo peor, porque siempre puede empeorar.

Ahora, estamos en el capítulo donde se agota el gas. No el gas natural, no. El de la garrafa, el de la cocina. Ese que nos sostiene tres comidas al día, o al menos dos, o tal vez una. La gente corre como si regalaran dignidad. Una señora gritó en la calle: “¡No hay gas ni pa' hervir la rabia!”.

Y mientras tanto, nuestras ciudades se caen a pedazos con estilo.

En Santa Cruz, la basura sigue en alza. Hay quienes ya especulan que se viene el “mercado gris del desecho”, donde las bolsas plásticas serán divisa. Entre tanto, una montaña de desperdicios en la esquina de mi casa parece competir con los cerros de Potosí. No brilla como la plata, pero huele igual de histórico.

Y luego está lo afectivo. El miedo compartido. La conversación en la cola para la gasolina.

Y sin embargo, resistimos.

A veces como cómicos frustrados.

Otras, como poetas del trueque.

Nos burlamos, compartimos memes, mascamos coca en señal de fe, de identidad, o simplemente de necesidad. Porque la hoja ahora une más que cualquier discurso. 

Y aún así, lo que más me duele es que todo esto se vuelva costumbre.

Que haya niños que crezcan creyendo que el país funciona así.

Que la escasez sea su normalidad, y el bloqueo su calendario cívico.

Que la palabra “esperanza” se vuelva sinónimo de “ya va a pasar… algún día”.

¿Qué me queda entonces?

Escribir.

Guardar estos trozos de realidad como se guardan hojas secas entre libros: frágiles, crujientes, pero con sentido.

Porque aunque no sirva de mucho, quiero que quede este registro.

De lo que somos. De lo que fuimos. De lo que no queremos seguir siendo en esta nuestra Bolivia.

Porque tal vez en el futuro, cuando alguien encuentre esta nota—quizás en una feria de trueque o en un basurero— sepa que no nos rendimos del todo. Que incluso con la luz cortada, seguimos escribiendo.

Que incluso con la gasolina racionada, seguimos caminando.

Que incluso sin arroz, sin azúcar, sin palabras… algo en nosotros seguía latiendo.

Y si algo hemos aprendido en esta tierra de contrastes, es a hacer humor con la tragedia, y poesía con el colapso. A llenar el tanque con fe, la olla con creatividad, y la agenda con bloqueos. Porque aquí, en este pedazo de país donde la historia se repite en bucle con distintos protagonistas, seguimos existiendo. A medias, a ratos, a oscuras… pero seguimos.

Aunque sea al ritmo de una radio AM mal sintonizada.

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