Enemigos del lenguaje: intolerancia y negación en Bolivia
La sociedad boliviana se encuentra en una polarización y división conflictiva que enfrenta utopías, identidades y realidades entre los sujetos de esta misma nación.
El resultado de los discursos de poder, la legitimidad de narrativas y los acontecimientos de crisis políticas tuvieron como una de las más dramáticas consecuencias la división más amplia de Bolivia que se sustenta por la negación del otro y la constante formación política del enemigo.
¿Cómo es posible mantenerse de frente al oponente y legitimarlo como tal? Estudiar las posibilidades del lenguaje nos permite tener en cuenta y entender de mejor manera como se manejan las interacciones humanas por medio de códigos de compresión y comunicación. Sin embargo, el lenguaje ya no solo es el medio principal y básico para la emisión y recepción de mensajes, sino es una actividad creadora y formadora con diferentes funciones en la realidad social.
Por medio de la sociolingüística o la glotopolítica, los estudios cada vez más aportan al entendimiento y la relación del lenguaje en la sociedad. Una de las cuales es la creación del yo y del otro, herramienta discursiva común en un país donde el poder depende de la división.
Un país en conflicto de narrativas tiene ese carácter de enfrentamiento entre la comunidad. Se disputan deudas históricas e ideas que se consideran “mejores” en un país dañado. En Bolivia los enfrentamientos tienen un nivel preocupante de intolerancia y negación. Pocos capaces de escuchar y respetar diferentes maneras de pensamientos, se merma todo el tiempo el valor de la pluralidad de ideas, teniendo como desenlace la violencia.
Al centro se encuentra la idea de bolivianidad, que es lo que se considera boliviano y responde a sus necesidades y realidades. Todo lo contrario a los intereses morales de Bolivia va en contra de la bolivianidad. Carlos Montenegro utiliza las categorías de anti-nación y anti-boliviano, caracterizados por el individualismo en frente de los intereses del país, dañándolo por todas las aristas.
En la historia de Bolivia es común encontrarse con muchos enemigos políticos (creados) de la bolivianidad. Todos creen que el del frente quiere ir en contra de los intereses de la tan querida y amada nación, por lo que merece rechazo y negación, es decir arrebatarle su identidad boliviana para exponerlo como enemigo del país. Después de todo, lo que se cree que es Bolivia parte de una lucha por la única verdad.
¿Cómo trabaja el lenguaje al momento de crear un anti-boliviano? Se realiza un proceso de conceptualización para tener una idea o referencia. Eso es conceptualizar, simplificar la abstracción de la realidad en una categoría o nombre, y así referenciarlo de mejor manera. Pero la acción de conceptualizar muchas veces se dispara en el mismo pie pues al simplificar la realidad se arrebatan un montón de complejidades solo por busca del camino fácil. Así, por medio de la conceptualización, se arman identidades como léxico de descalificación política: progre, facho, llunk’u, etc. La historia de los conceptos o historia social del lenguaje nos ayudan a entender como la conceptualización del otro varía en sus sentidos en diferentes contextos temporales. Un ejemplo claro es la palabra nacionalista, que si bien antes significaba el amor empedernido por un país, hoy es relacionado con ideologías fascistas de intolerancia o extrema derecha; o en España que sirve como concepto bandera no conservador sino en contra de ideas separatistas.
A las identidades de descalificación y descredibilidad del otro, la formación de una otredad, se le debe agregar el elemento comparativo. Poner en frente del personaje malo el personaje bueno. El ethos es la formación de imagen del yo. Mayormente es una imagen que se crea de uno mismo y que en eventos de crisis, se exponen como el salvador o el que tiene la solución. Para que esto funcione, la imagen del anti-boliviano tiene que trabajar con una serie de herramientas retóricas y en la construcción del discurso, desde caracterizar la crisis del contexto, responsabilizar a alguien y darle referencias y sentido al concepto con el que se identifica al otro. La moralización de un concepto definirá su sentido, ya sea que va, en términos kantianos, en contra del bienestar común de un colectivo o en favor de este, y la historificación una referencia remota, en donde se plantea la identidad a partir de acontecimientos históricos. Es por eso que muchos discursos políticos se remontan a la época de la colonia o la oligarquía para situar a su oponente, y ponerse en la contracción del ethos como los redentores de un pasado “erróneo”.
El rechazo y negación del otro desde perspectivas ideológicas es trabajado y analizado de muchas maneras. Pero seríamos muy crédulos si creemos que todo concepto opuesto al tuyo va en contra de la idea de bolivianidad. La reflexión no es en utopías bolivianas, aunque debería serlo, sino en ambientes de intolerancia a la idea individual, no rechazas al otro porque va en contra de tu país sino porque no está de acuerdo contigo y en tus creencias. Esto es algo común en un contexto donde poco o nada se ha trabajado el debate y permitido la apertura a nuevas maneras de pensar. Teniendo como consecuencia la violencia ante el otro y el rechazo a la diversidad de ideas y opiniones.
