Dejad que los niños vengan a mí: un monstruo de Frankenstein

Una nueva reseña en “Autores leyendo autores”, una iniciativa de 88 Grados, La Trini y La Ramona en la que escritores de Editorial 3600 reseñan libros de sus colegas. En esta ocasión, Avril Pol nos invita a leer “Dejad que los niños vengan a mí” del autor Miguel Carpio.
Editado por : Adrián Nieve

Eran las 18:43 cuando llegué, tenía cita con la ginecóloga, pero ya no podía retrasar más la leída de la novela Dejad que los niños vengan a mí, así que lo abrí desde el celu y seguí leyendo. Estaba ahí porque no paraba de sangrar. Durante casi ocho meses no paré de sangrar y solo eso tenía en mente: sangre, sangre, sangre. Fue entonces, en esa sala de espera, que comenzó el mejor peor momento del libro de Miguel Carpio, un momento que, al menos yo, no esperaba para nada, el momento donde —de la nada— aparece un guión cinematográfico dentro del libro. UN GUIÓN. Y es terrible… TERRIBLE Y HERMOSO A LA VEZ. Nos lo imaginemos así:  vas a entrar justo a la cita con tu ginecóloga y estás tan perturbada que no tienes nadita de ganas de abrirle las piernas a nadie, mucho menos a una señora que estás viendo por primera vez en tu vida. 

Dejad que los niños vengan a mí es una obra que leí poco antes de que se publicara para poder hablar de ella (la obra) en su presentación. Me acuerdo que Miguel me la pasó medio con esa humildad que tenemos que tener (o pretender) los escritores cuando queremos que nos lean, y me acuerdo que me dijo algo como “tenía que sacarme esta obra de encima”, era algo que le pesaba, que tenía que terminar para seguir con lo siguiente. Y eso me pareció re loco: que algo tan maravilloso sea una maldición para su mismo creador. Un poco frankensteinesco de su parte. 

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Imagen: 88 Grados

La primera parte de la novela es engañosamente tranquila, solamente se habla de lo terrible, no se muestra. Y después Miguel hace algo bien interesante que es cambiar de punto de vista varias veces hasta que tenemos una imagen completa de toda la historia. Miguel nos llama, suave, para que giremos la cabeza hacia el lugar donde no queremos ver; y aunque eso nos cuesta, vamos cediendo hasta que podemos llegar a girar por completo y nos quedamos viendo un rato porque, a pesar de lo terrible, hay algo ahí que nos mantiene enganchados. Nos quedamos y nos quedamos y nos quedamos hasta que, cuando decimos “YA NO PUEDO MÁS”, es demasiado tarde; porque, en realidad, sí puedes y sí quieres saber qué es lo que va a pasar después. 

No todo lo que pasa es lo que Dios quiere que pase. Muchas veces somos nosotros los que, conducidos por nuestra naturaleza pecaminosa, terminamos haciendo el mal

Y esta frase del libro de Miguel define bien bonito lo que es su obra. Existe un cuestionamiento constante hacia el rol que tiene Dios en los eventos más terribles que puede vivir una persona. A través de los personajes podemos nosotros también cuestionarnos quiénes somos cuando estamos enfrentados con la divinidad. ¿Hay un diablo que tienta o simplemente es la naturaleza de algunos virar hacia el mal? ¿Este mal será más sistemático que personal?

Al principio del libro tenemos como protagonista a un periodista que está en Vital, ciudad donde ocurren varios secuestros y al seguirlo tenemos esa falsa seguridad que mencionaba antes, la certeza de que eso es lo que va a ser el libro: un periodista que investiga cosas terribles que pasaron. Nos enteramos un poco de lo que pasa en esa ciudad, cómo llegó a ser lo que es. Porque en la cuidad de Vital no pasaba nada. Durante varias décadas fue una ciudad libre de crimen, donde las personas se cuidaban entre ellas. Por eso, cuando los niños comienzan a desaparecer, todo en la ciudad se descuajeringa. Nosotros nos vamos enterando de lo que pasa, no solo a través de lo que le pasa al protagonista, sino también de entrevistas transcritas de los directamente afectados en la ciudad. Esto me generó una cercanía con los eventos, un sentimiento de “realmente necesito saber todo lo que ha pasado”, un poco como el mismo periodista. 

Yo quería preguntarle si la esperanza de encontrar a su hijo lo torturaba más que la culpa que sentía por no haber despertado antes. ¿Qué era peor, la ilusión de un futuro ilusorio o el remordimiento de un pasado que no podía cambiar? Pero decidía no preguntarle nada. Bastaba verlo para darse cuenta que nada le importaba más que encontrar a su hijo. Y él estaba seguro que lo haría.

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Imagen: 88 Grados

Y ese deseo se cumple. 

Más para nosotros que para el periodista. 

Porque después llega la segunda parte: Personal Jesus.

Un DELIRIO donde nos vamos adentrando cada vez más a la cabeza de los secuestradores y los cómplices en un relato en segunda persona que, más que dar información concreta, nos da pantallazos a una psiquis que cada vez se va poniendo más oscura. Además, vamos armando lo que era vivir en la casa de los secuestradores para esos niños, brindándonos —igual que el principio del libro en sí— una falsa tranquilidad, como estar parado debajo de un cielo despejado, viendo cómo se acerca una nube negra, que terminará por cubrir el cielo por completo.

En Dejad que los niños vengan a mí, Miguel nos enfrenta con la perversa relación que tienen los humanos con la religión, poniéndonos a los lectores en lugares bien incómodos, pero necesarios.

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Imagen: 88 Grados

Y si es que me lo preguntas, sí sabía hacer las dos cosas; manejar y conservar el poder le salía naturalmente como si hubiera sido de los bebés que hacen sangrar los pezones de la madre cuando les dan de lactar y lloran cuando los intentan destetar

Con el afán de no delatar todos los detalles —solo lo suficiente como para que se queden con las ganas de leer—, no me voy a adentrar demasiado al final de esta obra, lo que puedo decir es que es una vuelta de 360  grados, y eso —justo eso— es lo que hace que esta obra sea tan increíble. Hay un jale y empuje bien interesante de querer ver todo el panorama y que este se vaya abriendo y tú quieras seguir viendo, pero al mismo tiempo quieras cerrar los ojos, porque lo que se ve es muy, muy terrible. Aunque, a veces, es solo en lo terrible que uno puede encontrar algunas verdades. 

Y como el doctor Frankenstein, Miguel construye esta historia con diferentes partes, creando un monstruo. Y como el monstruo, la historia es horrible por fuera, pero dentro de toda esa fealdad, hay un diálogo perversamente hermoso. La obra de Miguel Carpio nos enfrenta con todo lo terrible que puede llegar a HACER el ser humano, sin desnudarlo de su humanidad, por más retorcida que sea. 

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