Momentos y momentos

A partir de tres recuerdos, Mike Mealla reflexiona acerca de la crisis y se estrena como autor en 88 grados con este texto que forma parte de nuestro especial “Mi vida en crisis”.
Editado por : Adrián Nieve

Las charlas típicas con el chofer del taxi, el compañero momentáneo de ascensor o la dulcera, siempre son sobre el clima o la política, pero hoy son sobre lo que ganas y cómo igual no te alcanza para nada.

Los políticos siguen su propia agenda, nos maman como quieren, y nosotros lo sabemos y solo renegamos. Se ofenden si les decimos corruptos, ladrones o mentirosos, las víctimas son ellos, según ellos. Es un círculo vicioso el ver o leer noticias donde siempre se dice lo mismo, el estado- centrismo es lo que vende y nosotros lo compramos, es esa novela barata que nos tiene colados a la tele a ver si la protagonista al fin se queda con el galán o si es que la mala logrará salirse con la suya. Sabemos qué va a pasar, aun así lo vemos como si no lo supiéramos. Nos contaron el mismo cuento, como la última novela que vimos antes que esta, y la anterior a esa y… 

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Imagen: 88 Grados

Pero qué más da…

No entiendo por qué debemos tener la polera y la gorra del político de turno. Al final de cuentas ellos hablan a nuestro nombre, trabajan para beneficiarnos —según ellos— y, sin embargo, dinero que ven, dinero que se agarran, como esos asaltantes ordichis que caminan por el centro bamboleándose de un lado al otro y que gritan “calcate”, solo que utilizan un lenguaje que piensan los hace ver como intelectuales, pero no, no pasa nada.

En fin, toda la actualidad me hizo recordar varias cosas. Allá por el 2008, por ejemplo, tal vez un poco antes, yo estaba junto con unos amigos escalando el Huayna Potosí. Ellos eran bastante atléticos, yo no estaba tan mal en mi estado físico, pero era un fumador empedernido; ellos iban paseando y yo sufriendo los efectos de la altura. Pese a ser oriundo de La Paz, subir mucho no me cae muy bien. Estábamos por el sector de la pala alta, que es lo último antes de llegar a la cumbre. Yo ya no di más, me rendí. Ellos querían continuar. No está demás mencionar el conflicto que tenían: estar tan cerca de la punta, pero tener que abortar la misión solo porque el cuate ya no puede... 

El guía dijo “no te muevas de acá, ya está viniendo el otro guía, lo ves y te enganchas con ellos”, así que ellos subieron e hicieron cumbre, se sacaron fotos, disfrutaron y yo me quede ahí, esperando al otro guía que venía bajando con otros escaladores en ese sector. Estaba solo, en silencio y con mucho espacio abierto. Enfrente mío tenía a la cordillera real: se podía ver el Mururata, se podía ver La Paz y se podía ver el Illimani. Estaba siendo testigo del amanecer en la ciudad que me vio nacer, tenía mucho para pensar, pero no pensé en nada, solo vi el paisaje mientras caminaba en círculos para no enfriarme; no había grietas según lo que me dijo el guía, y si habían, yo jamás me enteré.

En aquel tiempo era bombero y también recordé una ocasión en que, un día de esos, nos tocó hacer evacuación de un panal de abejas, mi rol era el de soporte, un camarada delante de mí debía agarrar la colmena que se había instalado en la esquina del patio de una casa y debíamos llevarla a un lugar seguro. Él ya era experto en la materia, para mí era la primera vez. Si algo salía mal yo debía botar humo para alejar a las abejas y sacar a mi compañero. Yo bien sabía que, si estás cerca de abejas debes mantener la calma y evitar movimientos bruscos. Eso no quita que la adrenalina esté ahí ya que, hasta el día de hoy, me acuerdo cuando era niño y una de ellas me picó, dejándome todo el brazo hinchado. 

En fin, la misión era clara, todos sabíamos lo que teníamos que hacer. El bombero 1 se acercó con mucha calma y, de forma muy lenta y cauta, debía retirar el panal. Había una pequeña montaña de tierra, lo cual facilitaba la distancia. Como dije, mi rol era echar humo con un aparato medio extraño que ni me acuerdo cómo lo llamaban. Era “hechizo” a la boliviana. Yo miraba atentamente a mi compañero, había mucho revoloteo, debíamos estar quietos, todos teníamos nuestro EPP (Equipo de protección personal) que constaba de un overol, chaquetón, guantes, barbijo, casco de incendio tipo Gallet y un visor. Nada de eso era nuevo o de última tecnología, era lo que había y punto. Eso sí, nada es infalible, ni lo último de lo último, peor aún el modelo que usábamos: había una pequeña ranura entre mi protector de cuello y la máscara del casco por donde sentí un tzzz. Poco después un caminar sobre mi mejilla que era como cosquilleo: una abeja había decidido entrar y ver qué pasaba por ahí.

Una vez hecha su inspección, dijo “todo bien por acá” y quiso retomar vuelo, pero se chocó con el visor. Lo lógico era que yo lo abra para que se vaya, pero había muchas otras dándonos vueltas protegiendo el panal. Entonces hacer eso simplemente hubiera empeorado todo. Yo sentía a la abeja caminar sobre mi rostro, volar y golpearse: ella buscaba cómo salir yendo a mi frente, a mi nariz, posándose en el visor frente a mis ojos, era una abeja que, si sentía lo más mínimo de movimiento, atacaba. En eso mi compañero se resbaló y alertó a las abejas. Yo no me moví, él también se quedó quieto y juntos escuchamos el zumbido un poco más agresivo; mientras tanto, los que estaban detrás de nosotros corrieron detrás de la casa. Solo por un costado vi a un camarada sujetando un saco y caí en cuenta que me había olvidado de él por las circunstancias: él era quien debía recibir al panal. Volví a mirar al frente, la abeja caminaba por el visor, desesperándose de rato en rato y volando de forma más torpe hasta volver a posarse en mi cara; yo solo cerraba mis ojos si la sentía muy cerca, procuraba aguantar la respiración o respirar lo más calmado posible y cuando ella volvía al visor yo abría ligeramente mis ojos, no me movía, estaba quieto. El bombero 1 hizo un movimiento fugaz, sujetó la colmena, gritó “ya la tengo”, pero se quedó quieto. Exclamó: “guíame, porque no veo”, las abejas le daban vueltas por todo lado y el bombero 2 le decía: “seguí recto, pero bajá sentado”.

Era en ese momento donde debíamos actuar de inmediato si algo salía mal.

Mientras Bombero 1 bajaba, centímetro a centímetro, bombero dos se acercaba muy calmadamente y yo procuraba seguir la acción mientras mi compañera de casco seguía buscando por dónde salir. Fuera de mi visor había más abejas y mi visión de campo no era tan clara ya que ellas se iban posando por fuera de a poco, algunas se iban y otras llegaban, la que estaba dentro buscaba salir, yo solo podía estar quieto.

“¿Dónde estás?”, gritó el bombero 1. “¡Acá!”, gritó el 2. “Ya te veo”, agregó el 1, “no te muevas y quedate quieto”. Yo estaba en silencio, procurando respirar más lento, mientras en mi mente estaba clara mi misión: echar humo si algo salía mal. “Cuando te diga lo sueltas”, dijo el bombero 2 al bombero 1. “Posi”. El bombero 1 estaba sentado como japonés en el piso, el otro estaba de cuclillas estirando sus brazos, acercando el saco por debajo, cada vez más estirado, consciente de que cada movimiento tenía que ser muy calculado. Yo los veía y, mientras ellos iban en cámara súper lenta, las otras protagonistas iban cada vez más rápido, era una danza contrastada.

Hubo una pausa y, de repente, se escuchó “dos, tres, ¡SOLTÁ!”.

El 1 automáticamente soltó, el 2 cerró el saco y salió corriendo, el 1 se quedó sentado un rato mientras las abejas seguían al panal. Yo me quedé quieto. Los tzzz se alejaban y en eso escuchamos a lo lejos a otra persona decir: “ya está”. Mi camarada se levantó y se descubrió, yo de forma muy lenta levanté mi visor. La abeja, al fin libre, se fue. Recogimos nuestro equipo y nos subimos a la camioneta. Mi compañero contó las picaduras que tenía: cinco, “pensé que eran más”. Me preguntó: “¿y tú?”. “Nada”, le dije. “Bien”, me respondió.

Años después —hace unos meses, de hecho—, estaba en el teleférico. En la misma cabina, delante de mí, un hombre y una mujer hablaban en aymara y reían todo el rato, miraban para un lado y apuntaban a algo. El hombre preguntaba y la mujer respondía, miraban para el otro y lo mismo, luego cambiaban de idioma y se ponían a hablar en español, él le decía: “así me he hecho decir”. “Aj, sonsos”, le respondió ella. “Mirá esas casitas, ¿por qué en La Paz hay tanta casa en los cerros?”. “Es que no hay espacio, pero bonitas son”. “Sí”, le dijo él.

Pasó un rato hasta que volvieron a romper el silencio. “Mirá, mirá, chiquititos los autos”, dijo él riendo junto a ella que tampoco se aguantó la risa. Entonces ella sacó de su bolsón unas fotos, de esas reveladas en papel brillante —antiguas para alguien joven— y se las pasó a él. “¿Este es tu hijo?”. “Sí, él es”, respondió ella. “Ya grande está”. “Sí pues”.

Llegamos a la estación del teleférico, ella guardó sus cosas, yo salí de la cabina.

En la siguiente ruta, tras el cambio de línea, me subí a otra cabina y enfrente mío había una familia joven: papá, mamá, ambos de unos 30 y algo, y su hijo de unos 10, con un celular en la mano. El niño por 20 minutos jugó y no emitió ni una sola palabra, mientras los papás miraban al niño jugar. Llegué a mi destino y me bajé.

Esta aventura del teleférico es una historia contrastada. Tal vez un cliché del que todos hablamos post almuerzo o los fines de semana con alguien. Pero yo me quedo con la alegría de la primera cabina, y más aún porque eran dos personas mayores, calculo que tendrían unos 60 años. Pensé que eran pareja, pero después, con lo de la foto me dio la impresión de que eran amigos o parientes; al final no importa, ellos disfrutaban del momento, se reían, hablaban, interactuaban, vivían.

Pasó mucho tiempo desde lo de la montaña, un poco menos de lo de la abeja, y casi nada de lo del teleférico. Sin embargo, lo de la política no pasa y parece que no se acaba nunca.

Pienso que ningún político nos va a salvar sin pedir nada a cambio. La fascinación con el caudillo de turno ya es parte de la cultura: seguimos expectantes a ver si la principal y el galán terminarán juntos o no. Tal vez el estar solo en la casi punta de la montaña, el estar quieto conviviendo con una abeja o el ser testigo de gente que disfruta la vida me hace pensar que, como buenos bolivianos —creativos y astutos— que somos, nos gusta sentir, compartir y conocer; el salir adelante está más en nosotros que en los políticos. 

Al final de cuentas, ellos necesitan más de nosotros que nosotros de ellos. 

Ahora, si lo que te gusta es aleccionar y criticar toda idea para decir lo mala que es y, a la vez, no propones nada, entonces, no jodas.

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