Alimañas
Nuestra ascensión a la cadena trófica del mundo no fue coser y cantar. Aparte de lograr, de manera coordinada, acabar con las criaturas más grandes como fuentes de proteína, primero, y con los otros grandes depredadores como trofeos de caza, después, teníamos que superar un vector diminuto y persistente: las alimañas.
Un hermoso término que utilizó doña Amelia Toledo Suárez de Roca, en su diario De Santa Cruz a París en 1894, es “la sabandija”. En ese término se encuentran todos los bichos de la selva que se contaban por millones: garrapatas, piojos, jejenes, polillas, avispas, abejorros, moscas, moscardones, marigüis…
Salir de ese pueblo perdido en los anillos de la selva tomaba un mes en carretón tirado por bueyes, a través del barro, con fogatas en la noche para espantar a los jaguares, con calor infernal y la sabandija persiguiéndote día y noche, hasta llegar a las afluentes del Río Piraí, para de allí enganchar al Río Grande y desembocar en un velero en un puerto como Buenos Aires, antes de partir a París en bote transatlántico, viaje que tomaba varias semanas en el mar. Un viaje hermoso y peligroso que define de muchas maneras lo ancho y ajeno que era el globo terráqueo, antes de los vuelos intercontinentales y el internet.
Gracias a los vectores de enfermedad que persistentes mosquitos y pulgas lograron inocular a la humanidad, no destruimos antes nuestro planeta. Durante siglos, fue una batalla más o menos equilibrada: llegabas a un lugar nuevo, lleno de pantanos, y te morías de malaria. Te hacinabas en ciudades pestilentes, con poca higiene, y caías como mosca ante el cólera, la disentería y las pestes. La peste bubónica, por ejemplo, transmitida a través de la picadura de las pulgas que vivían en las ratas, acabó con un tercio de la población de Europa. Se trataba de interacciones naturales que limitaban la expansión descontrolada de ciertos humanos a expensas de todo lo demás, y nos marcaron a fuego; no hay historia que no se centre en nuestros temores primarios: los depredadores, los insectos y reptiles venenosos, la peste y la oscuridad.
Con el entusiasmo que nos caracteriza, inventamos la electricidad, la penicilina y las armas de fuego, ordenamos el paisaje a nuestro gusto y, después de la Segunda Guerra Mundial, decidimos unir dos cosas que se probaron en el exterminio humano contra humano para exterminar de una vez por todas a las alimañas: me refiero a los gases como arma química y los aviones, que estaban ociosos después del conflicto. Y ahí inventamos los plaguicidas de aspersión aérea, con consecuencias imprevisibles.
Un libro que debería ser parte de la currícula en todos los colegios del mundo es Primavera silenciosa de Rachel Carlson. Publicado por primera vez en 1962, escrito por una bióloga marina que fue acusada de todo para callar sus hallazgos (en un acto de disciplinamiento de manual, en el que hasta la acusaron de tener gatos en lugar de hijos y no ser una autoridad en química), esta monumental obra de terror relata, con paciencia y brillantez, cómo afectó la aspersión aérea de millones de hectáreas a la fauna y flora del continente americano.
El uso indiscriminado de DDT e insecticidas organofosforados dejó un reguero de pájaros muertos (por miles), acumulación de partículas de aldrín, clordano, DDT, dieldrín, endrín, heptacloro, hexaclorobenceno, mirex y toxafeno en los folículos reproductivos y reservas de grasa de aves, mamíferos, peces, en la leche vacuna para consumo humano y también en los seres humanos, produciendo ceguera, temblores, desaparición de especies, muerte de ganado y afectación a niños y adultos. Carlson resaltaba que los plaguicidas son hermanos mellizos de las armas químicas como el tabún, el Zyclon B (usado en las cámaras de gas en el Holocausto) y el gas Sarín, y criticaba a los vendedores de productos químicos que lograron convencer a las agencias de planificación de que no solamente los plaguicidas no eran letales, sino necesarios. Como lo dice ella con el lirismo que catapultó a su libro a la fama: ni los Borgia se atrevieron a tanto.
El hecho de que su libro permitiera la prohibición del DDT en Estados Unidos, abriera espacio para la creación de la Agencia de Protección Ambiental y cimentara el movimiento ecologista no es casualidad, ya que su conocimiento científico, los datos que utilizó y el poderoso lenguaje en el que fue escrito lo demarcan como uno de los 20 libros de divulgación científica más influyentes del mundo. Sus logros además los tuvo antes de morirse de cáncer de pecho, dos años después de publicar su libro. Alcanzó a testificar frente al Congreso, y su libro, a pesar del cuarto millón de dólares que gastaron empresas como Monsanto para desprestigiarla, se convirtió en un best-seller que abrió un poderoso debate que dura hasta hoy.
Lo más hermoso de Primavera silenciosa es su mensaje: los seres humanos no están aislados de la tierra, la interconexión de especies es fundamental para garantizar el alimento, el hombre no está por encima de la naturaleza sino que depende directamente de ella, y existen quienes prestan atención y pueden todavía maravillarse con el recorrido del salmón a través de los estuarios, la llegada de los petirrojos para anunciar la primavera, el canto de los pájaros y las luciérnagas brillando intermitentes en la noche.
En nuestro afán por exterminar a las alimañas, nos llevamos a todos los insectos por delante, privando de comida a los murciélagos que polinizan nuestro tequila y nuestra palta, a los patos que fertilizan las lagunas, a los roedores que a su vez alimentan a zorros y mapaches. Y al envenenar los pastos de donde se alimentan las vacas, terminamos envenenándonos a nosotros mismos.
En un momento en el que los biólogos advierten de la pérdida de la biodiversidad y la biomasa de insectos en el mundo se ha reducido a la mitad, el trabajo de Carlson sigue siendo importantísimo. Como dice Gurdieff, “el ser humano es el único animal que viene fallado de fábrica, condenado a buscarle siempre tres pies al gato” y a lo que se refiere es que múltiples veces nuestra curiosidad y afán de probarlo todo nos lleva a situaciones absurdas, peligrosas, con consecuencias globales. Y Gurdieff escribió “Relatos de Belcebú a su nieto” hace casi un siglo. (El otro título que le dan a este texto es “Una Crítica Objetivamente Imparcial de la Vida Humana”, tendrían que leerlo para saber por qué). Y es que, nuestra ingenuidad, capaz de crear la bomba atómica y los algoritmos de enganche en redes, nos hace más peligrosos que monos con navaja.
