Inclusión forzada, una elegía
“Lo mejor que pudo pasarle a este país, es que ganara Andrés Manuel. Lo digo, lo sostengo. ¡Muy bien! ¡Ya ganó! ¡Ya es gobierno! Y aun así, está bajo mi lupa”.
-Brozo.
Los anti-progres, mal que mal, sirvieron de algo.
Dentro del maravilloso mundo de la democracia, nosotros tenemos la elección en nuestras manos para elegir al menos pedorro de los infrahumanos fabricados en masa que compiten cada año para hacerse con un poder tan imaginario al que igual nosotros obedecemos; año tras año, solo varía el uso de sus manipulaciones y tretas para hacerse con la victoria.
Los zurdos, por ejemplo, utilizan la exageración y la mentira. Nos engatusan todos los días con genocidios imaginarios, problemáticas sociales que ellos crearon, promesas de utopía que desembocan en distopías de luca quina, y palabras de aliento para los moribundos, en vez de medicamentos.
Los fachos, por su lado, utilizan la verdad y el sentido común a su antojo. Se creen inteligentísimos cuando dicen que “el cielo es azul” y los zurdos programados lo niegan a rajatabla, cayendo tontamente en su trampa. Más allá de datos comprobables para un cuestionario de cultura general, la sabiduría del cinturón de sus abuelos, los sueños húmedos de Platón, y la represión de sus bajos instintos; estas criaturas tienen la magnánima madurez de un bebé y las ambiciones de un k’olo.
Son pues, la izquierda y la derecha, nada más que las respuestas hormonales de un sistema falso y divisorio. La sucesión de la tendencia mundial se siente como un coito zodiacal, donde Leo se transforma en Cáncer luego de eyacular su putrefacción sobre toda la tierra, y permitirle luego al otro signo hacer el papel de activo. Claro, al principio, siempre suena agradable la idea, pero tras un par de años, duele.
Duele y los seguidores, vencedores de su propia tendencia, adquieren un subidón tan fuerte de arrogancia, que la división no para de crecer. Y esperamos… esperamos… esperamos que la balanza cambie y nuestra ideología favorita vuelva a coronarse dentro de la “viralidad”. Lo más gracioso de todo esto es que las ideologías, o mejor dicho, este tipo de hormonas descomunales, son solo atractivas y necesarias cuando van en contra de la ideología preponderante. Mientras la derecha va montando el mundo a sus anchas, la izquierda se siente bien. Mientras la izquierda hace lo que quiere por un tiempo, la derecha se siente (irónicamente) refrescante. Pero, bien decía Shaw, no hay peor situación que haber conseguido lo que tanto uno anhelaba; y tu hormona favorita, ya en el poder, se hace turbia, se pone agria y solo te queda seguir aplaudiendo, apoyándola aun si ni entre ellos se apoyan.
Hay casos en los cuales un par de imbéciles se perpetúan en el poder, aun si la tendencia contraria esté dominante sobre sus cabezas. Pasa. No hay perfección en un mundo tan caótico, pero aquello no debería de perturbarnos. ¿Quién sabe? A lo mejor los árabes tenían razón y de aquí a unos cincuenta años vamos a apedrear a las mujeres adulteras. ¿Por qué? Por un cambio dentro de la tendencia, y eso no es algo que podamos controlar. Solo podemos controlar si somos parte del baile o nos retiramos antes de quedar en ridículo.
Siguiendo el paso zodiacal de la maldita democracia, se supondría que la izquierda, poco a poco, va a retomar su lugar como algo “atractivo”, debido a que la tendencia está volviendo a girar hacia la predominancia de los fachos. Pero, mal que mal, el mundo lo necesitaba. El mundo necesitaba que Trump ganase en Estados Unidos, el mundo necesitaba que ganase Milei en Argentina, y el mundo necesitará que España y Francia sigan ese camino. Le duela a quien le duela, esto tenía que pasar, era una consecuencia lógica, y un castigo (para nada novedoso) por seguir como corderitos estúpidos el jueguito de la democracia, así de simple. Recordemos que el mundo necesitó que ganase Obama en su tiempo, que ganasen los Kirchner, e incluso que ganase el Evo. ¿Pero qué creen? Todos los personajes antes mencionados, ahora no producen otra cosa que repulsión, fatiga y rabia. Porque ya nos aburrimos de ellos, no los queremos, y llegará un punto en el que queramos sacar a Trump a patadas, y a Milei y al imbécil que gane en estas elecciones, sea quien sea.
Con todo esto, al final, ¿de qué sirven los políticos?
De nada, en lo absoluto.
Siguiendo el jueguito estúpido de la democracia, toda la mierda producida por la nueva religión de las ideologías solo nos concede —con cada cambio, con cada vuelta de tuerca— un poquito de paz mental, por lo menos durante los primeros años que cumplamos con esta. Por ello, como una muestra de fatiga de ahora, pero, quizás una advertencia nostálgica para el futuro, no pienso escudriñar demasiado en todas las mierdas de la izquierda que desembocaron en nuestra “liberación catártica ultra-derechista”. Solo en una, que me parece menester, sobre todo coincidiendo con ciertos factores que se dan recientemente en la industria cinematográfica, que podrían perturbar a varios por aquí.
Lejos de las terminaciones deshumanizadoras y farmacéuticas que popularizó la izquierda durante la década pasada (como ser: “homofobia interiorizada”, “cisgénero”, “masculinidad frágil”, “mansplaining”, etcétera), hubo una terminación popularizada por la derecha que causó revuelo en el tiempo apropiado, y enloqueció a medio mundo. El término “inclusión forzada”. ¿A qué hacía referencia? Prácticamente, todos se la saben: al acto discriminatoriamente positivo que se emplea en el cine de alto presupuesto, por el cual las películas tienen que cumplir con un cupo imaginario de personajes de diferente raza, orientación sexual, credo, estructura, o lo que les venga en gana.
El punto es que muchos de los fachos más recalcitrantes utilizaron este término como una excusa cansina para apuntar con el dedo a cualquier película que contenga por lo menos a una persona perteneciente a las minorías que son el alimento primordial de la izquierda. Muchas de estas críticas no estaban fundamentadas por otra cosa más que un odio insensato que intentaban ocultar como sea, para no quedar tan mal. Anti-progres que solo buscaban excusas para revelar obviedades y hacer enojar a la izquierda, en fin, lo típico. Sin embargo, el punto primordial por el cual empezó este término, a mí me parece acertado. Porque una cosa es la inclusión, y otra es la inclusión forzada. No está nada mal en juntar a diferentes personajes y hacerlos pieza clave de nuevas historias, nuevas narrativas, otro tipo de películas o ideas que, puestas en práctica, funcionarían y de lo lindo. La verdadera frustración con la inclusión forzada viene por parte del planteamiento consumista de los grandes estudios, quienes creen que, tan solo por seguir ese cupo, ya le están haciendo un favor al mundo. Y lo peor es que los progres de turno les siguieron el juego. Fueron todos partes de una masturbación social por parte de las grandes industrias, a quienes solo les interesaba el bolsillo de sus “contribuyentes” y no su bienestar.
Así fue que se hicieron populares los TikTok manipuladores, de mujeres negras mostrándole el trailer del live action de La Sirenita a sus hijas, como si fuese prueba de algo valioso, empático o gigantesco para su gente y sus hijos. En realidad, solo fueron un espejo del tipo de madres manipuladoras que anteponen sus ideologías vacías y meten al baile de la maldita democracia a sus hijos, sin preguntarles siquiera. Lejos de llenar esto de ejemplos de héroes negros en la cultura cinematográfica —que tuvieron mucho mayor corazón y alma que aquel producto ruin y deplorable—, lo que personalmente me molesta del caso es el hecho de que un producto como el live action de La Sirenita pudo haberse salvado de la etiqueta de la “inclusión forzada” con un poquito de investigación. No les habría costado nada a los guionistas afanarse un libro sobre cultura caribeña de alguna biblioteca que contenga historias, no solo sobre las sirenas, sino sobre la gente del lugar, las costumbres, vestuarios, idiosincrasias y elementos históricos que hubieran satisfecho a todos los públicos, y así contarnos una historia de verdad, una historia de grata inclusión, en lugar de tratar de utilizar las técnicas hormonales de la izquierda para convencernos de que Disney es comprensivo, y también es amor. Repitieron el mismo proceso varias veces y sin ningún resultado. Al final, su Blancanieves resultó ser el último clavo en un ataúd ya carcomido y arruinado.
En su tiempo, muchos de los progres más recalcitrantes negaron la existencia de la “inclusión forzada” (igual que otras terminologías de los fachos, como “cultura de la cancelación”, o “batalla cultural”). Y, sin embargo, no tengo que mencionar otros ejemplos para confirmar lo obvio, porque aun así muchos no lo entenderían y malinterpretarían todo. No, yo tengo que decirles, que fui testigo irrestricto de un caso de inclusión forzada de la vida real, y mucho antes de que las hordas derechistas le pusieran nombre.
Resulta que una tía mía se casó con un italiano y se mudaron a Italia, donde deben seguir viviendo, si es que siguen juntos, no tengo ni idea. Pero, cierto día, cuando yo aún era algo pequeño —como de unos siete u ocho—, mi tía vino a La Paz para invitar a mi madre al cumpleaños de su pequeña hija. Por ende, si invita a mi madre al cumpleaños de una niña pequeñísima, también figurábamos yo y mi hermana en el asunto, por más que, realmente, fuese solo una excusa para charlar con la familia; más precisamente con los adultos de la familia.
Así que fuimos, y, quizás por mi impresión infantil de las cosas, la casa en La Paz me pareció la más ostentosa que nunca había visto. Difícil sería recordar con detalle la casa, pero —se notaba desde el inicio— esta familia tenía los recursos bien puestos para festejar a su pequeña. Yo me sentía de más ahí, siempre era así cuando se trataba del cumpleaños de alguien menor que yo. Podía jugar, divertirme un rato, pero me sentía peor que Hrundi V. Bakshi dentro de su fiesta (cuando los estereotipos y el blackface, irónicamente, te generaban mayor empatía que Disney). Pero, bueno, eventualmente llegó el momento de repartir la torta, el momento favorito de todos los que aguantaron al payaso y los rayos del sol en el patio por horas y solo quieren sentarse a comer. Pero, antes de que pudiésemos saborear el tremendo pastel que la pareja había comprado, tocaba el momento más aburrido de todos los cumpleaños: las diabéticas bendiciones familiares y el japi verde tu yu. Así que bueno, nos reunimos a escuchar. A escuchar, más que nada, porque éramos muchos invitados y hacer que cada uno le dedicase una bendición a la niña hubiera eternizado la tarde. Hablaron quiénes eran los más importantes ahí: la abuela, el abuelo, papá y mamá. Cuando le llegó el turno al padre para hablar, nos quedamos todos expectantes a escuchar su voz, a oír lo que tenía que decir, y él dijo:
—Bendiciones para ti, hijita, mamita, bebita...
No sé lo que dijo, con detalle, pero fue una cursilería de esas. Aplaudimos, por cortesía y por la energía del momento, no había nada de malo en eso, todo estaba tranquilo y sin problemas. Entonces le llegó el turno a la madre, y, de nuevo, nos quedamos expectantes a oírla, a escuchar sus palabras. Habló despacio, y aun así, pudimos oírla porque la sala era grande y emitía cierto eco. Pero nada nos preparó para lo que íbamos a escuchar de su boca:
—Figlia mía, mamma mía, pepperoni, tagliatelle...
No me culpen, era un niño así que no me aprendí los diálogos de memoria. Pero, en resumen, y para mi visión infantil, eso dijo la madre. Y lo peor es que no fui solo yo: TODOS lo sintieron así. La incomodidad se sentía en el aire, con los familiares y amigos, mirándose entre ellos, mientras la mujer alargaba su discurso, y seguía alargándolo hasta el hastío.
¡De acuerdo! Digamos que la niña no entendía el español por haberse criado en Italia y se sentía más cómoda con el italiano. Pero no recuerdo que la madre le haya traducido absolutamente nada al oído, ante las bendiciones de sus paisanos. Y, aun con mi visión infantil de las cosas, ya sabía yo —y lo supe desde el primer momento—, todos quienes se habían reunido para el cumpleaños aquel día terminarían la tarde chismorreando sobre el suceso en la santidad de sus hogares; estaba predestinado, era obvio. Y si algún progre, aferrándose a la tendencia de la década pasada —que murió por el signo zodiacal de Fachurulus In Conserva—, dice que este se trata de un caso de “apropiación cultural”, yo diré puede ser, pero yo siempre asocié al suceso a un caso de “inclusión forzada”, no por el hecho de que uno de los personajes de la misma haya sido un italiano, sino por haber usado el idioma sin ninguna comprensión sobre el contexto imperante, bajo la ceguera de un gesto de lo más superficial e innecesario. “Inclusión”, a secas, hubiera sido que el marido hubiese expresado los mejores deseos para su niña en su idioma natal; absolutamente nadie se hubiera quejado, hubiera sido entendible y una reflexión bonita a tener en cuenta sobre la unión de dos culturas en un solo matrimonio: madre y padre, separados por el idioma, pero entrelazados por un amor que procreó a una niña. En lugar de eso, la anécdota me demostró el origen de la inclusión forzada: la mujer más colla que el chuño se puso a alardear frente a su familia que hablaba el italiano con fluidez, que estaba casada con uno, que vivía como reina en otro país, y que podía darle a su hija todos los lujos posibles, más allá de lo que nosotros, pobres collitas, pudiésemos ofrecer a nuestra prole.
Naturalmente, los falsos aplausos y las caras de poto fueron una consecuencia básica. ¿Y qué creen? No es un caso aislado, ni en Bolivia, ni en toda Latinoamérica. Desde el boliviano que pasa dos días en Jujuy y ya habla como gaucho, hasta el mexicano, que dentro de su propio país, habla mal el español y demuestra su fluidez en el inglés, solo por ir a una escuela privada. Ni los intelectuales se salvan, pregúntenle a Borges, un argentino con complejo de lord inglés; y a Vargas Llosa, un peruano obsesionado con ser francés.
—Cariño, creo que el único que te va a entender soy yo.
Dijo su marido, el italiano, entre risas nerviosas. Y con esto demostró tener mayor comprensión de su entorno social que ella y que toda la industria cinematográfica durante la década del 2010 y principios de la del 2020.
Un horror ha terminado y le toca el turno a otro...
Lilo y Stitch no nos presenta besos lésbicos que se prohibirían hipócritamente en China, ni a flojas princesas que aumentan el laburo de mineros agotados, obligándolos a limpiar su propia casa. No. La película no nos presenta nada de eso. Ya quedó claro, desde el boca a boca de los productores y los filtradores de contenido, que Disney ya está harta del modelo woke y ya vira su camino, a la dirección que la tendencia reciente le conceda.
¡Qué alivio!
¿Verdad?
Bueno, hubiera sido verdad si los errores de la época woke no hubieran sido reemplazados por nuevos errores, no diré “peores o mejores”, sino diferentes e igual de dañinos. En la película, no vas a encontrar un altísimo plantel de personajes blancos para hacer el viraje más obvio, por supuesto que no. La historia transcurre en Hawái, como la película original e igual que en esta, hay una mayor preponderancia de personajes nativos que otra cosa (si se cuentan aliens). Uno de los “personajes” (si podemos llamarlo de ese modo) que aparecían en la película original, era un turista blanco, completamente bronceado, y subido de peso. Ahora bien, el protagonista del gag ha sido reemplazado en la nueva versión por un nativo polinesio, como casi todos en la película.
¿Esto implica una inclusión forzada? En realidad no, porque hablamos de un cambio que concuasa bastante bien con la dinámica de la historia, sus personajes y, sobre todo, el entorno hawaiano, que es la base cultural de la película. ¿Es este un cambio positivo, en todo caso? Para nada, es todo lo contrario, porque, mientras el blanco colorado en la original era una crítica maravillosa y sutil al turismo excesivo y superficial de la isla, el cambio trastorna el gag y lo convierte de vuelta al clásico estereotipo del “polinesio obeso”. Nos reímos del turista blanco, porque sabemos que debe ser del tipo de imbéciles que dejan su basura por la playa, que intentan mostrar su hombría acercándose más allá de los límites de los volcanes, que se saca fotos con los nativos como quien se sacaría fotos con perros callejeros que pasaban por ahí, entre otras cosas. Cuando nos reímos de su cambio “inclusivo-natural”, nos reímos de los índices acelerados de obesidad por la polinesia, y ya está. Un chiste tan simple como tirarse un pedo sonoro, y de algo que no contribuye en nada a la película, porque, justamente, Lilo y Stitch siempre fue una revalorización empática y dulce sobre la cultura polinesia; no una burla, un chiste fácil para los nativos.
Pero, ¿quién sabe? A lo mejor, yo estoy equivocado y el chiste es el adecuado para el tipo de película que armaron. No nos podemos quejar ya de la inclusión forzada aquí, porque ya de plano todo lo que la película original planteó, se quiebra de manera irreconciliable. Si en algo podemos agradecerle al maldito ratón fue darnos, en sus mejores épocas, puntos de vista distintos sobre nuestras propias vidas, con base a la cultura de turno. Aprendimos sobre honor con Mulan; aprendimos sobre responsabilidad con El Rey León; aprendimos sobre demagogia con Aladdin; aprendimos sobre la esperanza con La Cenicienta; aprendimos sobre el amor con La Dama y el Vagabundo, y la compañía predijo a figuras como El Tematch y Farid Dieck, hace mucho tiempo, gracias a El Jorobado de Notre Dame.
Si algo podemos sacar de Lilo y Stitch, con base a su cultura y al tipo de historia que relata, se reduce a una sencilla palabra, y en ella radica la genialidad de la película: ohana. Y, por si había alguien por ahí que no tenía idea de qué mierdas significaba, la película misma te deja la traducción masticada y sencilla: “familia”. Lilo y Stitch gira alrededor de ese concepto, exportado por Disney de una mejor manera que Hércules ocultando las bajezas depravadas de sus dioses, y todo gracias a los polinesios. Lilo y Stitch, la original, nos ofrece un concepto de familia que va mucho más allá de lo tradicional. Prácticamente, uno puede hallar su ohana donde quiera, si uno es lo suficientemente desafortunado para nacer sin una, pues la vida te conduce hacia tu verdadera ohana. Sea con amigos, hermanos, tíos, o sorpresas en el camino. Sin importar tu pasado, o el dolor que hayas enfrentado al perder a un ser querido, tarde o temprano, tendrás tu Ohana contigo. Y la película nos muestra esto de la manera más dulce posible, con Lilo exhibiendo su certificado de adopción enfrente de toda una burocracia alienígena que podría vaporizarla por el atrevimiento, pero, en su lugar, la escuchan y escuchan a Stitch, antes considerado como un arma y nada más. Ohana significa “familia”, y si te sientes solo, no te angusties, porque puede llegarte en el momento más inesperado.
Pero, bueno, eso era antes. Si la porquería de live action se populariza entre las nuevas generaciones —como ya lo está haciendo la película de Minecraft—, yo les recomendaría plantearse mil veces la idea de tener hijos. El concepto de ohana, el corazón que mueve los hilos de la película, es completamente bastardizado y por varios motivos. Tomemos en cuenta a Jumpa, por ejemplo, el científico loco de la primera película, el creador de Stitch. El arco de su personaje lo lleva del punto A, que fue la creación de Stitch como un arma, hasta el punto B, en el que radica la comprensión de su criatura como un ente consciente y su adición a la familia, a la gran ohana que el alien y la niña habían formado. En el live action todo esto se perdió para mostrarnos al villano más vacío, cliché, aburrido y repugnante que pudieron haberse agenciado, con tropos al azar para elegir. Este infame, nariz de pilín, no es el gracioso y amigable tío bonachón de la familia, que, en sus intentos por capturar a Stitch, trata de ser lo más cuidadoso posible, fallando estrepitosamente. Solo es un villano más, una peste abominable que causa destrozos gratuitos para que la audiencia diga “ay, qué malo”, la típica respuesta ovejera que se transmite en las películas planas y fáciles como la tabla del 1. Y todo esto porque no les dio la gana a los guionistas de poner a Gantu, otro personaje, quien ya tenía todos los dotes posibles de villano, y que, aun así, en la original es solamente un milico cumpliendo con su trabajo. No hay verdaderos villanos en Lilo y Stitch, y, sin embargo, en Disney se olvidaron el sombrero de mago y sacaron al conejo desde el culo. Siendo esta una de las principales afrentas contra el corazón de la película, el arrebatarle al personaje la capacidad para redimirse y ser parte de la ohana, igual no es la peor.
Hablamos mucho de aliens, ¿qué hay de Lilo? Es gracias a Lilo que el concepto de ohana es transmitido, literalmente, desde Hawái hasta el espacio exterior, y de este a nuestras pantallas de televisión y la pantalla grande durante el 2002. Lilo es una niña profundamente especial en su comportamiento, sea porque lidia con el duelo de la pérdida de sus padres a tan corta edad, o porque ya era así desde un principio, nos contagia una personalidad maravillosa y diferente, llenando de problemas a su hermana mayor Nani, enfrente de otros que no tienen mucha importancia, hasta otros que realmente tienen una importancia catastrófica como el trabajador social Cobra Bubbles. Y es que Nani, joven y soñadora, cargó con el peso de cuidar a su hermana pequeña ante la ausencia de su padres, y su mayor objetivo en la vida se convirtió en ese: hacer todo lo posible para que no puedan arrebatársela de sus manos, porque ella es toda la ohana que le queda, y es su deber protegerla. No es algo autoimpuesto por las desgracias de un destino fatalista, y bien que vemos a las hermanas discutir y pelear por los líos en los que Lilo se mete y, por ende, Nani termina involucrada. Bien que, en la original, vemos a Nani luchando contra viento y marea, actuando mal en muchos casos, pero con todo tipo de comprensión y empatía. Porque la película nos plantea la idea, al puro estilo de Enrique Peña Nieto, de verla y decir: ¿Qué habrían hecho ustedes? Porque hay muchos hermanos que estuvieron en una situación parecida y no todos acabaron tan bien como en Disney, porque Nani y Lilo merecían un final feliz, y los niños del 2002 hubieran buscado reembolsos a lágrimas en el cine, si Bubbles las hubiera separado por la negligencia de Nani o una excusa peor de cruel. Pero, hay personas en la vida real a quienes les ha pasado eso, y la película debió tocarles la fibra más sensible en su momento o después. Y no solo eso, porque también tenemos el factor independiente, recordando que Nani no pidió nunca la custodia repentina de su hermana, pero en ella pesó el factor de la ohana mucho más allá que cualquier cosa. Y se enfrentó a los servicios sociales y a los aliens mismos, solo para proteger, de nuevo, ese pedacito de ohana que estuvo a punto de perder.
Y en este mundo tan actual y maravilloso, ohana ni siquiera tiene el valor para convertirse en “los amigos que hicimos en el camino”. Porque Nani, en la película más reciente, el infame live action, no pierde a Lilo gracias a la interferencia de los servicios sociales... ella misma la descarta. La descarta para seguir sus sueños estudiando biología marina en California, cosa extrañísima, siendo que en Hawái la carrera es gratuita, y, para más inri, no hay que ser estúpido para comprobar el riquísimo nivel de fauna y flora por las islas. O sea, esta tipa, de repente y guiada por un “sentido de independencia”, decide largarse de la isla, de su hogar y dejar a su hermana sola, solo para conseguir un sueño que no le hubiera costado ni el cansancio en su propio hogar. La Nani del live action fácilmente pudo haberse ido a Bolivia a estudiar biología marina, porque en el fondo, ohana para ella significaba: “Toma el dinero y corre”. Y se nota que los de Disney se dieron cuenta de la barrabasada que habían cometido, pero tarde, porque justo, maravillosamente las hermanas pueden verse gracias a un portal. No interesa que Nani haya cedido toda custodia porque ahora podemos contentarnos con que, por lo menos, la visitará. Y este final tan agrio y falto de todo sentido del ridículo se combina y se combina y termina fusionando cada error de la película hacia una dirección tan ambigua como irritante.
¿Y qué creen? A la película le está yendo bien, porque no tiene “negros pelirrojos” o “personajes que se vuelven gays solo porque al director le salió de los huevos decirlo en una conferencia”, o “porque Nani es una mujer fuerte, independiente, lesbiana, y que no necesita un príncipe que la rescate porque ella puede sola”. La inclusión forzada, un mal que terminó afectando a campos que se habían mantenido puros dentro del conflicto como el teatro, terminó su cruel reinado y nos dejó a todos contentos, ofreciéndonos una mierda de diferente olor. Como cerdos con manzanas, las tragamos en medio de nuestras porquerizas, saboreando más el barro y nuestros desperdicios, que el sabor de la manzana, que supuestamente, tanto habíamos anhelado y solo por verle el vistoso color rojo.
Sé que es temprano para predicar o adivinar sobre la nueva tendencia que Disney y otras compañías usarán de aquí en adelante en reemplazo de las porquerías progres para dar pie a las porquerías conservadoras. Si transformaron un relato tan dulce como lo era Lilo y Stitch, convirtiéndolo en una muestra aburrida de turismo, imagínense otro tipo de destrucciones, que no atacan por la transformación egoísta de sus personajes en pos de una “aceptación política”, sino por la destrucción interna de sus conceptos, convenciéndonos con peluches y chistes ridículos de que ohana es el sueño americano y es mucho más importante que la familia inclusive.
Y con todo esto no puedo más que recordar la biblia, recordar sus mandamientos y recordar que Dios también nos decía que él era muchísimo más importante que nuestras familias, ¿o no? Recordemos que, si uno blasfemaba o pecaba contra Dios por esos tiempos, la pena era una lluvia de piedras, lanzadas desde las manos de tus padres, de tus hijos, de tus hermanos, esposos y amigos. Y quien se rehusara a aplastar al blasfemo, estaba maldito, inmundo, y también debía sufrir el mismo destino. Ahora, hemos crecido lo suficiente como para abandonar la primaria de las religiones y embaucarnos en la secundaria de las ideologías, y sus mentiras repugnantes, ofreciéndonos mundos mejores, a cambio de nuestra sangre, nuestras almas y nuestras vidas.
Antes de la inclusión forzada, los métodos de desunión orquestados por Hollywood no eran tan diferentes. Desde el puritanismo del Codigo Hayes, hasta la base de los premios Oscar, un regalito para distraer a los empleados y evitar de que armasen la joda con sus sindicatos. Y les funcionó. Ya podemos leer la biblia con un ojo crítico y dejar de lado los radicalismos. Se ha llegado a tener cierto control en ese aspecto, y uno puede profesar una religión sin que le haga daño a nadie. Pero, con las ideologías, la cosa es distinta. Al principio, vinieron las cruzadas, los holocaustos y la yihad. Luego se fue calmando la cosa, extremismos aparte. Pero en cuanto a nosotros, tenemos los linchamientos, tenemos las desuniones, tenemos los rompimientos de amistades, solo por revelar algo tan innecesario como un voto. Tenemos mártires fabricados como George Floyd, y tenemos a ídolos descerebrados como Elon Musk. Tótems que no implican nada en este mundo, y que simplemente nos fomentan la entrada al vacío, y nunca una salida. Los progres creen que, moviendo sus pancartas pequeñas y lloriqueándole a las calles harán un cambio. Los fachos creen que escupiendo a las minorías, armándose con piedras contra un chivo expiatorio en forma de una raza o un grupo, salvarán al mundo como una mierda de Marvel.
Nadie sabe que las verdaderas revoluciones no se hallan dentro del confort de la gente.
Les lanzo una: si a partir de mañana, ningún ciudadano en este país pagara impuestos y dejaran al gobierno morirse hasta que se pudran, la gente volvería al control de sus vidas. ¿Muy difícil, no? Porque le tenemos miedo al Sr. Impuestos y sus castigos injustos, así que no piensen en eso, si no lo van a hacer. Quizás lo mejor sería darse cuenta, de a poco, que no necesitamos ideologías, ni a los gaznápiros que las predican.
Quizás... quizás...
¿Quién sabe? A lo mejor, dentro de unos 10 años o más, escriba un artículo, quejándome de la nueva tendencia en la industria, ya con nombre y apellido, tan solo por diversión o desahogo. Solo espero que los pezzonovantes que dirijan este lado del charco no me suiciden con 64 balazos por la espalda antes de ello.
“La anarquía tiene dos caras, la creadora y la destructora. Los destructores derrocan imperios, crean un lienzo de escombros donde los creadores pueden construir un mundo mejor.
Los escombros, una vez construidos, convierten en irrelevantes los medios para conseguirlos.
¡Así que fuera con los explosivos!
¡Fuera con los destructores! No hay lugar para ellos en nuestro mundo.
Pero brindemos por todos nuestros terroristas, por todos nuestros bastardos, los más odiosos e imperdonables.
Bebamos a su salud... para no volver a verlos nunca más”
-V.

