El Chueco en el Chaco VII
La noche pretende ser lo más silenciosa posible. En principio augurando una sorpresa total sobre el enemigo, aunque en lo práctico parece más bien una cábala para conjurar tranquilidad en los combatientes que se preparan para la lucha. Los camiones que aún circulan por los caminos lo hacen con las luces apagadas, por seguridad. La tensión se respira en el aire y los nervios tienen a todos en vilo.
El inicio del gran operativo está previsto para las tres de la mañana, hora a la los soldados deben comenzar el avance silencioso, para atacar a las cinco. A las 2:45 Céspedes se levanta de su lecho, prepara sus pertrechos para una larga jornada, se espabila lo mejor que puede y se dirige a las cercanías del puesto preparado para comandar la operación.
Aunque aún está adormecido, siente en la carne los efectos de los nervios. De rato en rato nota ligeras contracciones espasmódicas en fibras musculares. Al principio piensa que puede ser el frío húmedo que comienza a condensarse en oscuras nubes sobre sus cabezas. Luego entiende que se trata de la adrenalina recorriendo su cuerpo. Siente el movimiento involuntario de sus tripas, que parecen tener la firme intención de exprimir de sus adentros todo elemento sólido posible.
A esto, no puede evitar sentir en la atmosfera un tufillo a fermento y nota, entre los arbustos, a un soldado hincado sobre sus cuclillas, vaciando el cuerpo con urgencia. “Yo también estaría cagado del miedo”, piensa muy para sus adentros.
Camina atento a cada detalle. Obedeciendo a su instinto de narrador, una voz en su cabeza comienza prefigurar el relato de esta jornada, que inicia con muy pocas horas de descanso y se perfila como agotadora. Observa el bosque bajo la tenue luz de la luna. No hay estrellas, está nublado y la visión se hace borrosa por una especie de niebla, la cobertura ideal para la marcha.
Comienza a narrar(se). A las tres de la mañana comenzó a hacer frío, llevado por una brisa violenta que mugía entre la arboleda. El cielo se nubló y sobre el campo se extendía una claridad opaca y fantasmal.
El frío y los nervios hacen que su boca pida un cigarrillo, pero contiene su impulso por dos motivos: no quiere alterar el movimiento ya agitado de sus tripas, por un lado. Por otro, su instinto periodístico y de voyeurista le dice que para tener una imagen más completa del suceso debe intentar ser lo más camaleónico posible, dejarse ver en los momentos precisos, y hacerse invisible en los justos. Y también sabe que puede jugar con su credencial de testigo y narrador para extraer de los personajes los gestos más auténticamente dramáticos.
Escucha voces de mando, seguidos de murmullos, que se camuflan con el zumbido y cantos de insectos que se preparan para la lluvia. Observa sombras como bultos que se mueven en masa, como si fuera la nada hecha materia devorando todo a su paso. Son soldados cuyos perfiles están deformados por las frazadas que llevan enrolladas y cruzadas sobre el torso. Todos eran indios. No hablaban.
***
Envuelto en su capota, con las solapas plegadas para proteger las orejas y la nuca del viento húmedo, el coronel Enrique Peñaranda recibe el parte del teniente comandante de compañía. El coronel pregunta si los soldados han tomado mate.
—Sí, mi coronel —responde el subalterno.
—Bueno, teniente. ¡Que avance la Compañía!
El conductor recibe la orden y ejecuta el saludo marcial de rigor. El coronel responde, pero inmediatamente después le extiende la mano y se la estrecha. Tras un giro de media vuelta, suavemente como el agua que se chupa la tierra, ingresó al pajonal al lado de los soldados que avanzaban en columna de a uno y se perdió en la noche.
Así comenzó la ofensiva de Campo Jordán la fría madrugada del 11 de marzo de 1933. En dos horas más, aquellos hombres, hambrientos, cansados y mojados entrarían en combate.
Cerca del puesto de comando, bajo unos troncos, algunos oficiales habían tendido unos mosquiteros. Tras el inicio de la marcha, invitaron a Céspedes a recostarse ahí, a esperar la batalla. El viento sacudía el mosquitero mientras todos veían, expectantes en un falso descanso, el horizonte de Campo Jordán.
Mirábamos al Campo Jordán que dibujaba formas inmensas y fantasmales como cendales de niebla inescrutable. Una hora. Dos horas. Hacia el sudeste sobre el monte de Alihuatá se fue formando una línea roja en el cielo y las nubes se abrillantaron con reflejos anaranjados. El campo jordán adquirió un tinte azuloso. La expectación era infinita.
—Tardan mucho…
—No, es lo calculado.
La visión panorámica
Desde donde está, el panorama abarca por completo el horizonte de Campo Jordán. Como si de un gran plano general se tratara, el cronista se pierde en la profundidad de las sombras y matices, tratando de escrutar lo sublime en aquella explosión vegetal.
Céspedes ya conoce el frío húmedo del sur, pero aún no está acostumbrado. Como si alguien pudiera acostumbrarse. Siente en sus huesos el frío del agua que flota, apenas condensada, en la neblina, muy parecida a la bruma, pues no se decide si ser nube o llovizna. La helada sensación atraviesa las prendas de vestir, por abrigadas que sean, y parece irradiar dolor y pesar desde lo profundo de los huesos. No sabe si la humedad en sus prendas viene de la atmósfera o sale de lo profundo de su ser. Piensa en los combatientes que marchan silenciosos atravesando la sutil cortina de agua, en la urgencia de sus movimientos, a pesar de la humedad paralizante.
Observando aquel gran primer plano observa rayos de sol filtrarse por entre algunas de las nubes empapadas. Se le antoja estar unos kilómetros más adelante, detrás de las líneas paraguayas, en el lugar en el que el cielo parecía incendiarse con el amanecer.
Desde su posición en el puesto de Comando, él y los oficiales a los que acompaña escudriñan el horizonte con la ayuda de binoculares. A pesar del aura fantasmal del ambiente, se ayudan con los largavistas para intentar penetrar en los vagos perfiles de la aurora. En un pequeño fuego disimulado, uno de los oficiales prepara un café en un rústico caneco de campaña. Un tesoro que se trajo desde los Yungas paceños y que ha guardado para una ocasión tan especial como aquella que los congregaba. Un cafecito para el cansancio, para los nervios, para el frío.
Circulan también, aunque con menos aceptación entre los oficiales, algunas hojas de coca que son principalmente para la tropa, y con más popularidad, cigarrillos de tabaco negro. La espera es un poquito desesperante, pero el cronista sabe que pierde el que se impacienta. Piensa en los soldados avanzando en medio de carahuatas y llovizna, y se admira de ellos.
Los hombres en el puesto de Comando mantienen silencio en la tensa espera. Fuman, beben café y acullican algunas hojas. Pero no conversan. Sería inútil ahora enfocar la atención en otro tema que no sea el ataque preparado. Sería una falta de respeto para Marte y sus bizarros acólitos, encolumnados y en orden de combate, marchando hacia la línea enemiga.
De pronto llega hasta donde están, como un eco que se va dispersando en el ambiente, una serie de estruendos cortados, secos y multiplicados.
Sin duda había comenzado el tiroteo. Como para darles una confirmación, sintieron también el retardado anuncio sonoro de un clarín a la distancia, pudiendo identificar que el sonido se originaba del lado derecho de aquél gran plano que observaban.
“¡Atacan! ¡Atacan!”, dicen los oficiales con una suerte de emoción mezclada con expectativa. Con prisa dejan el puesto cubierto que ocupaban y salen a la intemperie, procurando mejores lugares para observar los devenires del enfrentamiento.
Gracias al anteojo se vislumbran bultos que emergen por encima del pajonal, desaparecen y se levantan, cada vez más hacia adelante, en medio de un fragor de metralla. Luego se pierden.
De pronto toda la experiencia bélica que el cronista lleva acumulada hasta el momento parece condensarse en una especie de disociación entre su cuerpo ocupando un espacio en el campo de marte, y la voz que observa, analiza y reordena los hechos para poder narrarlos. Todo se ha transformado. Los hombres, el campo y el cielo hemos ingresado de golpe a un ritmo de grandeza y maravilla.
En la reconstrucción de los hechos, junto a los oficiales que lo acompañan en aquel puesto de observación, entienden que los hombres del “Pérez” y del “50”, aproximándose a unos treinta metros de las islas de bosque que debían asaltar por sorpresa, fueron sorprendidos por los centinelas pilas, entrando, inevitablemente, en combate. Alertados por el ataque, en efecto sorpresivo, los paraguayos responden con la furia de sus metrallas y cañones; dejando en el cronista la impresión de una tormenta. Ayudan a la construcción de esta imagen el retumbar de la pólvora quemada; el clima húmedo y el destello de las detonaciones enemigas:
cada estampido se ilumina en el horizonte y, por una ilusión óptica, parece que a lo lejos hubiese una tempestad, porque cada estampido se ilumina en el horizonte con resplandores azules y rojos, como si cayesen rayos en la lejanía.
Mientras, del lado boliviano, los cañones aún guardan silencio y están en vilo, esperando la señal propicia para morder el cielo y escupir fuego mortal sobre el enemigo. De la misma manera, los pilotos aguardan la orden para acercase con bombas y metralla a las trincheras paraguayas. Lo habitual hubiera sido preparar el ataque de la infantería con cargas de artillería, sin embargo, la apuesta por la sorpresa total del ataque condujo a otra estrategia: para garantizar la sorpresa absoluta la aviación y la artillería sólo atacarían una vez tomadas las posiciones de la vanguardia paraguaya. Céspedes lo describe así:
Son los infantes quienes tienen a su cargo asaltar las islas. Están avanzando por el campo el capitán Camacho, que ataca la isla cortada en este momento con el teniente Revilla y el teniente Barrero, que ha ordenado el toque de clarín, como en las guerras románticas.
La expectativa es tal que apenas se siente el paso del tiempo. Dos horas han pasado desde el inicio del combate y Céspedes y los oficiales en el puesto del comando no se desprenden de los largavistas, monitoreando el desarrollo de las acciones. Es tal el estado en inmersión que apenas sienten la llovizna tenue y menuda que cae sobre ellos sin pausa y sin prisa. El chilchi, pues.
Llevan ya un par de horas expectantes al devenir del combate y el cronista encuentra fascinante también el desarrollo de las comunicaciones en la acción. Se sorprende de las redes telefónicas que van inervando cada palmo de terreno que conquistan los infantes, y que permite al comando tomar decisiones en función a la situación de las tropas en el frente. Puede ver cómo los principales jefes aguardan partes para dar órdenes que hagan progresar el plan:
Cubiertos con impermeables están en el Comando el coronel Peñaranda, siempre silencioso y severo, el mayor Moscoso, el teniente coronel Ortiz, jefe del Pérez, el mayor Rivera, jefe de la artillería. Unos contemplaban el campo Jordán con sus prismáticos y otros atisbaban por teléfono las primeras noticias.
Pero antes que las noticias lleguen por las redes del teléfono que se va tendiendo por el terreno que se conquista palmo a palmo, las señales para proseguir con el plan de ataque llegan de otras maneras. Cerca de las 9 de la mañana el estruendo que estaba condensado sobre el sector de Alihuatá parece callarse de repente. Ni un disparo más.
Los oficiales, inquietos esperan la confirmación: o fue un fracaso o el asalto dio los resultados esperados. Tras el suspenso, y en ese instante, sobre la línea lejana de los árboles se levantan tres columnitas de humo blanco.
Esa es la señal de que se ha tomado la isla. Los oficiales respiran aliviados, pero sin tiempo que perder se ordena, por teléfono, el fuego de artillería sobre objetivos previamente determinados.
BUM BUM… BUM BUM… BUM BUM… BUM BUM… Pasan por la altura, encima de nuestras cabezas, los largos silbidos de las granadas. La impresión acústica es tan clara que nos parece sorprender con la vista la trayectoria de los cañonazos que estallan sobre el monte lejano de donde se desprenden esferas de humo blanco y negro.
El campo Jordán resuena en toda su extensión como si fuese un cántaro, dentro del que unos seres pequeñitos que son los hombres provocan estas estupendas resonancias de tragedia.
Alas sobre el Chaco
Además de reglar e instruir a la artillería; además de recibir información y transmitir órdenes a la infantería en la línea, el teléfono también se utiliza para solicitar el apoyo de la aviación:
—¡Aló, aló! ¡Que salgan los aviones y bombardeen el monte!
Y al cabo de minutos, sobre las cabezas de los oficiales retumban los motores comandados por temerarios pilotos.
La coronela Amalia Villa de la Tapia, que nada tiene que ver con la otra Coronela, fue la primera aviadora boliviana y pionera en Sudamérica —tras la hazaña de la argentina Amalia Figueredo—. En sus investigaciones históricas plasmadas en el libro Alas de Bolivia, señala que el vuelo sobre cielos bolivianos se remontaba al año 1871, en la infancia republicana, algunos años antes de la Guerra del Pacífico. En aquel entonces, una compañía de circo llegó al país, y entre sus atractivos contaban con un globo aerostático y dirigible. Estaba hecho de tocuyo y el 7 de mayo del año señalado, fue comandado por el aeronauta peruano Apolinar Zeballos sobre los cielos paceños. A una altura de 500 metros y durante 25 minutos flotó por los cielos paceños, partiendo de la Plaza de Armas y aterrizando en la zona de Tembladerani.
A inicios del siglo XX la aviación llegaría oficialmente a la región y distintos países comenzarían a intentar explorar los aires y establecer escuelas de pilotos. Bolivia no sería ajena a este interés: durante la década de 1910 llegarían al país misiones de Francia, Italia, Dinamarca, Argentina y Chile que fracasarían en el intento de un vuelo exitoso en el país.
No sería hasta el 17 de abril de 1920 que Bolivia tendría un vuelo inaugural. El capitán Donald Hudson lograría decolar en un triplano Curtis Wasp de 400 Caballos de fuerza. En 1921 el orureño se convirtió en el primer piloto boliviano en cursar con éxito aires nacionales, a bordo de su Fiat R.2 llamado “Cobija”. En 1922 la potosina Amalia Villa de la Tapia se consagró como la primera mujer piloto boliviana, sentando un hito también en la región. El mismo año, el joven militar Bernardino Bilbao Rioja, que se había capacitado en Chile, se consagró como el primer piloto militar de Bolivia.
Sería bajo el criterio admirable de Bilbao Rijoa que el ejército instituiría la Escuela Militar de Aviación en 1923. Uno de sus destacados miembros llegaría a ser el capitán Rafael Pabón, que a bordo de su Tigre Hanks se convertiría en el protagonista del primer combate aéreo y el primer derribo en combate en tierra americana, durante el conflicto con Paraguay.
Aquella húmeda mañana en Campo Jordán, Céspedes sería testigo de las maniobras de temerarias de los pilotos:
Vuela el avión sobre el monte de Alihuatá y se lo ve, a altura que parece de 100 metros, recorrer de extremo a extremo las líneas paraguayas arrojando bombas. Y siguiendo su recorrido se levanta del monte de Alihuatá un estruendo que parte de extremo a extremo: ametralladoras y fusiles que persiguen el vuelo del avión con fuego cerrado.
Se aparta el avión de la zona de fuego y describe una curva sobre Campo Jordán y nuevamente inicia otro recorrido sobre las líneas paraguayas, acompañado del ruido innumerable de los disparos de las ametralladoras en fila que desgranan cortinas de acero siguiéndolo por el aire.
La batalla se ha suspendido, colgada del avión.
—¡Que se retire ese bárbaro!
—Parece que quiere suicidarse…
***
Tras el espectáculo del avión, la atención vuelve al campo de batalla.
Desde el punto de observación en el Comando, Céspedes puede ver dos siluetas con el uniforme boliviano que se acercan hacia la retaguardia, a paso más que lento. Con una parsimonia que contrasta con la urgencia de las acciones.
Su primera impresión es que se trata de estafetas. Pero los oficiales, más habituados a las dinámicas de la guerra, le señalan más bien que son heridos rumbo al puesto de sanidad en la retaguardia.
El olfato periodístico del cronista lo lleva a dejar el puesto de comando y apurar sus pasos a la sanidad. Le urge hacer reportería a aquellos soldados que pueden traer las primeras noticias subjetivas desde el frente de combate.
Son dos heridos fotogénicos. Uno tiene un brazo fuera de la manga, envuelto en vendas. Y el otro la cabeza como con un turbante, y encima del turbante, puesta en equilibrio, la gorra y un cigarrillo en la boca.
—Cuando estaba montando la ametralladora ahí nomás he sentido el balazo, mi teniente.
—¿A qué distancia estaban los pilas?
—A unos 30 metros. Pero ahora los pilas ya han escapado de la isla.
—¿Han tenido miedo?
Se sonríen:
—Tal vez haigamos teniendo, pues, mi teniente.

