Solo un trámite, nada más
Odié aquel día, ese vuelo y esa despedida. Debía abordar el último vuelo de la noche, ese que me llevaría a Santiago de Chile. Recuerdo cómo me mirabas, también las súplicas de Adolfo, nuestro nene, para que volviera pronto. No dije nada, sabía que aquellos trámites demorarían un poco más de lo esperado.
El altavoz del aeropuerto dictaba que en una hora deberíamos abordar y la angustia del pequeño aumentaba con el pasar de los minutos. Volvería a estar con ellos, eso estaba claro, por lo menos hasta ese momento.
Antes de irme, decidimos sentarnos a cenar para disimular falsas alegrías; sin embargo, Leslie comía con amargura y Adolfo no tomó siquiera un bocado de su plato.
“Señores pasajeros del vuelo C995 con destino a Santiago de Chile, por favor, abordar”. Jamás me sentí así de triste, sumergido en la nostalgia que me impediría estar cerca de lo que acostumbré durante años, pero un problema legal me tenía atado a mi patria, ese mismo que podía acabar en una semana, como en dos o tres meses. La razón, un extraño problema con la documentación migratoria que había creído resuelto hacía mucho tiempo.
Leslie abrazó al pequeño y de paso me tomó la mano deseándome un buen viaje y un pronto retorno. Yo, sin soltar la maleta, les dije que volvería lo antes posible, transmitiendo cierta tranquilidad en ambos, aunque con sus rostros abrumados por la nostalgia.
La despedida se contaminó por el dolor, pues el llanto exacerbado de Adolfito y el rostro agobiado de Leslie grabaron ese momento, peor aún, se estampó en mi cerebro de manera instantánea.
Mientras subía la escalera, me quedé mirando cómo salían del aeropuerto sin voltearse a verme, supuse que debían apagar el insano dolor en el pecho, producto de la ansiedad. Yo, con las lágrimas esparcidas por todo el rostro, subí con la frente en alto y abordé con calma el Airbus 321 que me trasladó directo al aeropuerto internacional Arturo Merino Benítez.
Al desembarcar, una brisa cordillerana caló mis huesos. En el filtro de migración, dos carabineros me tomaron y esposaron para luego llevarme a la comisaría más cercana, cuando no tenía ninguna orden de arresto, pues aquel día debía presentarme a declarar con total normalidad, caminando como un hombre libre.
Esa noche, las calles del centro capitalino estaban vacías, así que el retén se movió a toda prisa, pasando por algunos baches que me hicieron brincar en la cabina del carro policial. Trataba de escuchar lo que ambos carabineros decían sobre mí, pero fue en vano. Al llegar no me permitieron siquiera llamar a mi madre, pues una patada en la espalda me orilló a entrar a la celda aguardando mi turno para declarar. Un carabinero, que parecía ser nuevo en la institución, me invitó un vaso de agua y me comenzó a interrogar. “¿En qué parte de la frontera cruzabas?, ¿quiénes estaban dentro de la organización?”, preguntas que no venían al caso, pero que debía realizar. La justicia debía culpar a alguien.
No sé en qué momento fue, pronto comencé a aparecer en televisión como principal sospechoso de una red de narcotráfico que involucraba a distintos países del continente. El fiscal suponía que se estaba gestando una avalancha de altercados en puntos centrales de cada país. Santa Cruz era uno de ellos y mi viaje desde allí, sumado a los trámites inconclusos, causaron sospechas inmediatas de que comandaba aquella red. Sin embargo, todo el peso llegó después, cuando Bolivia prohibió mi suerte en sus tierras, desterrándome del país que me prometió una vida llena de alegrías junto a mi familia.
El día del juicio me presenté presagiando mi condena, pues no había documentos que respaldaran mi inocencia. Cada día llegaban papeles sellados y firmados a mi nombre, estos me ligaban no a una, sino a varias bandas criminales, como si alguien estuviera detrás manejando los hilos, responsabilizándome de sus fallas y condenándome a una vida sin ver crecer a mi Adolfito. Eso es lo que más me dolía, añoraba su sonrisa al despertar y las ganas que mostraba al ir a su colegio a diario.
Tras un año de investigación, llegó un documento extraño que probaba mi inocencia de todos los cargos, el abogado que me representaba apeló para que el proceso de libertad se agilizase. Los periodistas deseaban saber qué pasó, pero yo solo anhelaba ver a mi esposa junto a mi hijo.
Arreglé mi documentación y regresé a Bolivia con éxito, pues el país había quitado la prohibición en mi contra de pisar suelo nacional. El problema radicó justamente luego de que el avión aterrizara. Ya en el aeropuerto de Viru Viru en Santa Cruz, y pasando todos los filtros, me dieron la bienvenida al país.
Quise sorprender a mi familia, así que salí, tomé un taxi y llegué a la casa donde esperaba que mi esposa y Adolfito me recibieran; sin embargo, no había ningún rastro de ellos. Sobre la mesa estaban regados distintos tipos de licores, el olor a humedad recorría cada rincón de la casa y los retratos familiares tenían una equis hecha con spray rojo. Entré a la habitación matrimonial, la cama estaba deshecha y la sábana agujereada, quemada por las colillas de cigarro tiradas ahí encima, además de pequeñas partículas de sangre seca que acompañaba el lúgubre lugar. En el piso había un encendedor, tres pipas, algunas botellas con clefa y un bóxer manchado de un marrón intenso.
Caminé hacia la calle sumido en el silencio. Tomé mi celular y marqué el número de mi suegro. Esa breve llamada bastó para que las lágrimas salpicaran en el piso, pues hacía mucho tiempo que los dos habían desaparecido.
Los dejé solos y sin ninguna protección; la casa estaba vacía, pero no por la ausencia de mi familia, sino mía. No tuve la templanza de decir: “No, mis papeles están en orden, mejor voy al consulado”. Caí en la trampa de un matón, alguien sin escrúpulos que manchó mis documentos, se aprovechó de la inocencia de Adolfito y también de la debilidad de mi esposa. Pienso sobre lo que pasó, sobre la justicia, sobre las injusticias que existen en cada rincón del globo. Las despedidas son pasajeras, muchas veces sobran y otras no, porque son para siempre.
El tiempo no pudo determinar la ubicación de Adolfo y Leslie, sin embargo, la docencia y una decena de libros reemplazaron muchos de los momentos amargos que viví durante años. Esto me permitió viajar de país en país, repitiendo la misma historia y conmemorando otras más.
Hoy, mientras espero el vuelo que me llevará al Perú, veo a una familia reencontrarse, se abrazan y la hija menor jala a su papá para contarle las anécdotas que han vivido sin él, otras se despiden –como aquella tarde en la que yo lo hice con mi familia, sin saber que sería la última vez–, sus dos hijos lloran, mientras el padre argumenta que es un viaje de negocios. Al subir las escaleras, giro y veo a mi esposa junto a mi hijo salir del aeropuerto, ambos se voltean para verme, sonríen y sigo mi camino, pensando en que mi viaje será breve, solo un trámite, nada más.

