Aún seguimos aquí: reflexiones sobre resiliencia a través de dos colapsos y un amago

En su estreno en 88 Grados, Candela Antón (tu antropóloga de confianza) nos deja un ensayo sobre imperios colapsados, civilizaciones desaparecidas, desastres climatológicos, todo para reflexionar sobre la resiliencia.
Editado por : Adrián Nieve

¿Por qué nos fascina tanto el colapso? ¿Por qué las historias de esos imperios titánicos que se tambalean para desaparecer, o la silenciosa materialidad de civilizaciones esplendorosas que llegan súbitamente a su fin nos genera una curiosidad tan acuciante? Tal vez tenga algo de expiación colectiva. Si esta vez escuchásemos la voz de Cassandra a través del tiempo tal vez podríamos remediar la catástrofe antes de que se nos echara encima. O quizás seamos seres mucho más pragmáticos de lo que pretendemos y lo único que nos importa realmente es hallar en esos testimonios del pasado las claves para evitar las catástrofes futuras. Sea como fuere, las historias del colapso nos llaman como cantos de sirena en una tormenta.

Por supuesto, no me hallo exenta de este interés, pero confieso que mis motivaciones siempre han sido difusas, al menos para mí. No sabía qué era lo que me fascinaba de estos trágicos finales. Hasta ahora. Eso sí, siempre he percibido una disonancia, una suerte de desfase entre la percepción que tenemos del colapso y la verdadera definición del término. Me explico: Tememos el colapso como si de nuestra propia extinción se tratase, intentamos evitar incurrir en él de todas las formas posibles, y no solo ello, si no que gran parte de nuestras manifestaciones culturales, de una forma u otra, tratan de evitar este desenlace (esto quedará muy claro más adelante en este mismo ensayo). En nuestro inconsciente colectivo el colapso es sinónimo de muerte y destrucción. Pero, ¿cómo se define el concepto “colapso”? El diccionario de la R.A.E. dice: “Colapso: 1.m. Destrucción, ruina de una institución, sistema, estructura, etc”. Esto significa que cuando hablamos de colapso en realidad nos referimos a esas estructuras sociales o culturales; eso es lo que colapsa. 

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Imagen: 88 Grados

Entonces, ¿por qué le tenemos tanto miedo? En el presente trabajo intentaré dar algunas pinceladas sobre lo que sucede cuando las sociedades colapsan, o cuando no lo hacen. En todos los casos podríamos decir que se desarrolla cierta resiliencia. Imagino que pensarás que la resiliencia solo se desarrollaría en los casos en los que la civilización no termine por colapsar, pero mi argumento, mi puntualización, es que siempre podría desarrollarse esta resiliencia, porque las personas sobreviven al colapso, y son ellas las que generan las estructuras siguientes.

Pero, ¿de qué hablamos exactamente cuando hablamos de resiliencia? Pues la aplicación de este substantivo en antropología podría definirse como: “la capacidad de un socio-ecosistema sujeto a algún tipo de stress —en el sentido más básico del término—, o de cambio profundo, no necesariamente negativo, para regenerarse a sí mismo sin alterar sustancialmente su forma y funciones, en una especie de “conservación creativa”. (Escalera, J. y Ruiz, E. 2011). Es decir: en antropología se comprende este fenómeno como esa capacidad de resistencia a la adversidad que desarrollan las sociedades, civilizaciones o grupos humanos cuando enfrentan situaciones límites o aciagas. Sin embargo, esta definición me parece cuanto menos parcial o profundamente matizable. ¿Qué sucede cuando una civilización no sobrevive al colapso? ¿Se desarrolla resiliencia de todas formas? A continuación, aduciré algunos ejemplos para tratar de comprender un poco mejor la naturaleza de mis interrogantes, y, con suerte, para arrojar algo de luz sobre ellos.

Podría decirse que mi interés por el colapso empezó a tornarse significativo al abordar el estudio del Egipto antiguo. Me hallaba investigando el que es considerado como el primer texto filosófico de la historia, el “Debate de un hombre con su Ba”, para mi podcast de arqueología, cuando me topé con un artículo de Roxanna Flammini sobre los periodos intermedios. Siempre he estado familiarizada con la división historiográfica que se hizo del antiguo Egipto, pues he tenido la suerte de ser una gran aficionada a la egiptología desde que tengo uso de razón. Y la verdad es que siempre me ha producido una curiosidad visceral la elección de la nomenclatura de dichos periodos. ¿Por qué intermedios? ¿Entre qué estructuras se hallan? Y, sobre todo, ¿por qué numerados del uno al tres? ¿Son, acaso, consecutivos? Gracias al artículo de Flammini descubrí que ese era el nombre que la historiografía clásica se había empeñado en darles a los momentos en que el férreo centralismo y el control del poder faraónico se tambaleaban, aunque se parecieran entre ellos como un huevo a una castaña. Bueno, tal vez tanto como un huevo a una castaña no sería estrictamente correcto. En realidad, esos periodos sí guardan algunos puntos en común. Como, por ejemplo, la “pérdida de la centralización y consecuente fragmentación política; emergencia de los centros locales; llegada de extranjeros y reducción de los contactos con el exterior.” (Flammini, R. 2019). Es decir: la historia egipcia está dividida en reinos, momentos de esplendor, de prosperidad, de avance tecnológico y expansión militar, y en periodos intermedios, que se caracterizan por la descentralización del poder tanto político como económico. Los primeros cuentan con nombres sugerentes como: Periodo Pre-dinástico, Reino Antiguo, Reino Medio, Reino Nuevo. Y los segundos solo cuentan con el I, II y III.

Al llegar a este momento me di cuenta de que otorgamos un valor o una preeminencia mucho mayor a los períodos en que el poder se halla organizado, que a aquellos de aparente caos en que los centros de poder se atomizan y la localidad toma el relevo a la centralidad. Pero si observamos y estudiamos bien podremos descubrir muchos matices, pues, al parecer, como dice Juan Carlos García, “la arqueología ha demostrado la extraordinaria vitalidad del Primer Período Intermedio, con ciudades que duplicaron su superficie (como Edfú), con objetos preciosos que aparecen en tumbas de individuos de rango modesto, con amplios sectores sociales que, sin pertenecer a la élite dirigente, pudieron acceder, por primera vez, a objetos de lujo que indicaban un cierto estatus social, como ataúdes decorados, estelas inscritas, estatuas o amuletos.” (García, Juan Carlos, pg 182). Luego caí en la cuenta de que la retórica del poder es muy poderosa —válgame la tautología—, tanto que trasciende el tiempo y la cultura. De esta retórica es un ejemplo precisamente el “Debate de un Hombre con su Ba”, que fue escrito en el Reino Medio, bajo el gobierno de (Sesostris o su padre). No me quiero extender mucho en ello, porque no es el tema central del presente trabajo, pero baste con hacer notorio el hecho de que este “Debate” y muchos otros textos del mismo periodo inicial del Reino medio forman parte de una retórica del poder que pretende demonizar el periodo anterior tachándolo de ser un tiempo de caos y destrucción; generando así la narrativa de que la vida bajo un reinado fuerte es mucho mejor.

Lo curioso de todo esto es que después de los períodos intermedios se restablecía el orden y los faraones volvían a ostentar el poder de forma más o menos absoluta y centralizada. El Egipto Antiguo sufrió tres momentos de descentralización e inestabilidad del poder, pero el orden que las seguía tenía las suficientes similitudes culturales como para poder aseverar que continuaban siendo la misma civilización. Así que, de alguna forma podemos decir que los colapsos egipcios no fueron absolutos e irremediables. Y cabría preguntarse: ¿Superar sus crisis les hizo más resistentes a las crisis venideras? ¿Les hizo eso desarrollar una fuerte resiliencia? En mi humilde opinión —probablemente más configurada por todo lo que he leído sobre el Antiguo Egipto que por mérito propio—, los periodos intermedios aportaron mucho más a la capacidad de adaptación y resiliencia del antiguo Egipto que los momentos de gobierno más estable. Al fin y al cabo, como dicen Javier Escalera y Esteban Ruiz: “Resiliencia no implica conservación, ni estabilidad, si no paradójicamente cambio” (Escalera, J. y Ruiz, E. 2011).

Más tarde, siguiendo la estela de mi investigación, descubrí otro colapso, uno mucho más antiguo, cuyo desarrollo fue crucial para la formación del mundo que habitamos hoy en día, y cuyo desarrollo y desenlace diverge mucho del ejemplo del Egipto Antiguo. Me refiero a la desaparición de las culturas natufienses después del Young Dryas. Este Young Dryas fue un “evento climático abrupto canónico que ocurrió durante la última desglaciación, hace entre 12,900 y 11,700 años.” (Anders, 2025) Respecto a la cultura natufiense debe decirse que: “bajo el término de ‘cultura natufiense’ se agrupa a numerosas comunidades mesolíticas que habitaron la región de Oriente Próximo aproximadamente entre el 12.500 y el 9500 a.C. Se trata de poblaciones de características diversas, pero que presentan rasgos comunes que les confieren una cierta homogeneidad cultural, como es el desarrollo de rituales funerarios elaborados, la construcción de asentamientos relativamente complejos y el uso de una industria lítica avanzada”. (García, A. Y Molina, E. 2017). Pues bien, resulta que estos pueblos, al producirse este fenómeno climático tuvieron que enfrentarse a un profundo cambio ecológico en la región, que a su vez provocó “una reducción de la distribución geográfica de los cereales típicos de la región”. (García, A. Y Molina, E. 2017) Y estos pueblos, cuya subsistencia estaba basada en la recolección y la caza, se vieron empujados a adaptarse a las nuevas circunstancias. 

Y, ¿qué pasó? 

Al parecer algunos de estos grupos modificaron sus herramientas de caza, para hacerlas más eficaces y certeras, pero eso no fue suficiente pues “la posterior desaparición de este tipo de comunidades implica que fueron, a pesar de todo, incapaces de adaptarse al rápido cambio de las condiciones climáticas”. Por otra parte, algunas de estas comunidades desarrollaron la agricultura de ciertos tipos de cereales y la ganadería, lo que les permitió subsistir al margen de los recursos naturales que escaseaban. En palabras de García y Molina: “Se considera que la cultura de tipo natufiense llegó a su final debido al enfriamiento y aridificación producidos durante el YD, en lo que constituye el primer caso de colapso de una sociedad asociado al clima que se registra en el Viejo Mundo”.

En fin, la cosa es que, al adaptarse a las aciagas condiciones medioambientales, los rasgos definitorios de la cultura natufiense se desarrollaron y mutaron, desembocando en una cultura totalmente distinta. Es decir: que el cambio producido por la adaptación a las nuevas condiciones fue tan pronunciado y profundo que conllevó un cambio irrevocable del paradigma general. Además, cabe añadir lo que tal vez sea lo más curioso de esta cuestión, y es que estos pueblos fueron la semilla que terminó en la fundación de los grandes imperios mesopotámicos. Y esto me lleva a preguntarme: ¿Hay permanencia en el cambio? ¿Es la cultura un hecho más definitorio que la propia supervivencia? Este punto me parece especialmente importante, porque hablamos de cambio cultural para referirnos a un cambio sustancial en la organización sociopolítica, en el uso y forma de la tecnología, en los asentamientos, etcétera. Por lo tanto, asumimos que cuando se produce este cambio sustancial ya no perdura la cultura anterior al mismo. Es decir, que de alguna forma llamamos colapso también al cambio profundo, aunque no se produzca una finalización abrupta o un evento traumático. Pero ¿por qué? ¿No sería esto un ejemplo de esa “conservación creativa” propia de la resiliencia? Me pregunto también hasta dónde opera esta conservación, ¿a qué nos referimos con conservar? Este es un ejemplo, otra vez, de esta tensión entre lo cultural y la existencia misma.

El tercer ejemplo que me gustaría aducir aquí es el de la Isla de Pascua y los hechos que desencadenaron el colapso de su civilización. Es esta una trágica historia en la que el orgullo de los poderosos terminó por agotar los recursos de la isla, y con ellos las posibilidades de pervivencia del sistema que habían construido. Y lo más irónico de todo ello es que la prueba más notoria de ese orgullo es por lo que más se conoce a la isla en nuestros días: las cabezas gigantes de piedra, llamadas moai (y las gigantescas plataformas que las sustentan, llamadas ahu). Al parecer la isla fue poblada por primera vez entre los años 400 y 800 d.C. por gentes venidas de la Polinesia Oriental. Como era común en las sociedades Polinesias, la sociedad de la Isla de Pascua se dividía entre jefes y aldeanos. En palabras del geólogo Jared Diamond, parece ser que “tanto las tradiciones orales preservadas por los isleños como las investigaciones arqueológicas sugieren que la superficie de tierra de la Isla de Pascua se dividía aproximadamente en una docena de territorios (once o doce) cada uno de ellos perteneciente a un clan o linaje.” (Diamond, J. Pg. 80) Pues bien, resulta que esos diversos territorios tenían una relación relativamente fluida entre ellos, pues intercambiaban mercancías y materias primas. Sin embargo, “los clanes competían de forma pacífica tratando de superarse mutuamente en la construcción de plataformas y estatuas, pero finalmente la competición adoptó la forma de un feroz combate.” (Diamond, J. Pg. 81) ¿Y en cuál es la más clara prueba de este feroz combate? Pues la competición por erigir el moai más gigantesco. Aunque parezca mentira, el colapso de Pascua está profundamente vinculado con el hecho de erigir estas cabezas monumentales, pues su construcción era enormemente costosa tanto a nivel de materiales, como de mano de obra y dificultad de traslado.

La Isla antes del colapso debió haber sido un vergel, llena de árboles y vegetación. Muy lejos de la imagen que ofrece en la actualidad en la que se puede ver despuntar poco más que un matojo aislado. Pero, ¿cómo terminaron por extinguirse los árboles de Pascua? Pues según explica Diamond en su libro Colapso las causas son complejas y variadas, pero al parecer podrían sintetizarse en que el ansia de poder de unos pocos, dispuestos a construir los monumentos más titánicos, llevó a la desaparición de la vegetación de la isla lo cual dificultó profundamente la agricultura (la deforestación suele ir ligada a una mayor erosión del suelo) y “la nómina de consecuencias posteriores comienza con el hambre, el descenso de la población y la práctica del canibalismo.” (Diamond, J. Pg. 93). A partir de ahí, la caída de las estructuras políticas y de poder fue cuestión de tiempo pues “los jefes y sacerdotes de Pascua habían justificado anteriormente la posición social de la élite que conformaban afirmando el vínculo que mantenían con los dioses, gracias a lo cual prometían traer prosperidad y cosechas abundantes” y cuando se demostró que no podían desempeñar dicha función el “pegamento” que unía las estructuras sociales se resquebrajó. Por supuesto la caída de estas estructuras fue un episodio traumático, plagado de violencia, pero la realidad es que los pobladores de la Isla sobrevivieron a la catástrofe. Absolutamente mermados y enfrentando un entorno más hostil, pero de hecho siguieron allí.

Imagino que este es un claro ejemplo de lo que tememos cuando nos enfrentamos al colapso, esa violencia, esa hambruna y esa hostilidad. Pero lo que a veces no llego a comprender es por qué es más aceptable la violencia sistémica de unos pocos sobre la mayoría, que además suele desembocar en estos colapsos y en sus consiguientes consecuencias, que la del colapso en sí mismo. Sobre esto habla Alfredo González Ruibal en un pasaje de su libro llamado Tierra Arrasada, dedicado a la violencia estatal en el imperio asirio. En él menciona las grandes fosas comunes de la ciudad de Uruk, en las que se amontonan cadáveres de hombres mujeres y niños, asesinados en pos de afianzar el poder de la monarquía y la nobleza.

Mi conclusión de este apartado es que la resiliencia se produce tanto cuando el sistema colapsa como cuando no. Si hay personas que habiten el territorio, si hay vidas humanas desarrollándose en los restos de esos naufragios, aún podemos hablar de supervivencia, de aprendizaje, de conservación creativa y, por lo tanto, de resiliencia. Porque, al fin y al cabo, aún a día de hoy, hay personas habitando la Isla de Pascua.

A la luz de las cuestiones que han surgido en el presente trabajo, me gustaría matizar el concepto de resiliencia que he perfilado al inicio del ensayo. En el artículo “Resiliencia Socioecológica: aportaciones y retos desde la Antropología” que he citado anteriormente, los investigadores proponen una idea fascinante: suele comprenderse la relación entre naturaleza y sociedad como un “todo funcional” que a su vez genera “una doble consideración muy simplificadora: los humanos y el medio o bien están en una relación de armonía- ligada a territorios ocupados por “culturas ancestrales” o “sociedades tradicionales” —o de desarmonía— ligada directamente a la irrupción de la lógica capitalista en la cultura”. Por lo tanto, “la sostenibilidad se entiende como sinónimo de equilibrio y el objetivo no será otro que una quimérica tendencia al balance”. 

¡¿Qué?!

¿Cómo podría ser que la sostenibilidad no tuviera que ver con el balance? En efecto, esta idea me dejó muerta al leerla. No porque sea especialmente compleja, si no por la prevalencia cultural de la idea opuesta. En nuestro mundo, en nuestra cultura, lo óptimo siempre ha sido lo equilibrado. Imagino que la cosmovisión de los antiguos griegos tal vez tenga algo que ver. La cuestión es que, según proponen Escalera y Ruiz, la forma base de nuestra relación con la naturaleza no es el equilibrio si no un desequilibrio dinámico. Según Holling, al que citan en (Escalera, J. y Ruiz, E. 2011), “un sistema muy sólido o rígido que no permita siquiera la creatividad será solo en apariencia resiliente, ya que, si bien resiste cambios y condicionantes exteriores, no permite la creatividad interna por exceso de control y ahogo, y, por tanto, porta la semilla de su propio colapso” ¿Qué significa esto? Que, como he dicho más arriba, la resiliencia no tiene que ver con lo estático e inmutable, sino todo lo contrario. La resiliencia está hecha al cambio, a la mutación, a la destrucción creativa.

Y la verdad es que después de analizar los ejemplos de Egipto, las sociedades natufienses y la Isla de Pascua, me doy cuenta de que la resiliencia podría ser un fenómeno absoluto. No importa si el colapso se produce por una degradación propia de las sociedades complejas o de las sociedades estamentales y desiguales, como sucedería en Egipto o en la Isla de Pascua, por una cuestión climática, como en el caso de las sociedades natufienses, o por una mezcla de ambas. La resiliencia siempre es el desenlace, porque estamos hechos para ella. Si el cambio, ese desequilibrio dinámico mencionado por Escalera y Ruiz, es la verdadera forma de resiliencia, entonces todo ejemplo de desarrollo y colapso también lo son. La cultura se adapta al medio, muta con él, y si no lo hace colapsa y surge una nueva estructura cultural. Pero las personas siempre permanecen, como en Pascua o como en las culturas natufienses. Y podemos aseverar sin atisbo de duda que hasta ahora somos un prodigio de la resiliencia por una sencilla razón: aún seguimos aquí.

 

 

 

Bibliografía

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Diamond, J. (2006). Colapso: Por qué unas sociedades perduran y otras desaparecen (R. García Pérez, Trad.). Debate.

Flammini, Roxana. (2019). Los "Períodos Intermedios" en la historia y en la historiografía del Antiguo Egipto. Revista del Instituto de Historia Antigua Oriental. 53-76. 10.34096/rihao.n20.7110.

García, Álvaro y Molina, Eustoquio. (2017) Cambios climáticos y colapso de civilizaciones. Revista Naturaleza Aragonesa, n.o 34 (2017). ISSN: 1138-8013

García, Juan Carlos. (2009) Capítulo “Primer periodo intermedio” en “El Antiguo Egipto” PARRA ORTIZ, José Miguel (coord.). Madrid: Marcial Pons, 2009.

González Ruibal, Alfredo,(2023) Tierra arrasada. Un viaje por la violencia del Paleolítico al siglo XXI, Barcelona, Crítica, 2023

Ivan, Omar & Gómez Guzmán, Omar Ivan. (2013). ¿Cómo medir el cambio cultural? Una propuesta desde la sociología del conocimiento.

Javier, Escalera-Reyes & Ruiz-Ballesteros, Esteban. (2011). Resiliencia Socioecológica: aportaciones y retos desde la Antropología. Revista de Antropología Social. 20. 10.5209/ rev_RASO.2011.v20.36264.

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