La gruta del gigante
Había gigantes en la tierra en aquellos días.
Y también después que se llegaron los hijos de Dios
a las hijas de los hombres y les engendraron hijos,
estos fueron los valientes que desde la antigüedad
fueron varones de renombre.
Génesis 6; 4. Versión de Casiodoro de Reina
Su nombre era Fayed Ibn Tulun, el eminente —y largamente olvidado— explorador y geógrafo yemení, estudioso de los sabios árabes e infieles, conocido en su tiempo por su persistencia y valor a toda prueba. Así, a pesar de que esta travesía había sido ardua y llena de contratiempos había logrado atravesar el África con sus tribus guerreras, las enfermedades, las fieras y sin sucumbir en los desiertos de Arabia.
Esta era una de sus más grandes aventuras, la que mayor gloria le procuraría; sabía que desde hace cientos de años se narraba que existía la tumba de un ser prodigioso, hijo del mito y el folklore: el gigante Anteo. Desde niño había leído la historia de este habitante de los desiertos de Libia. Se estremecía ante las narraciones que contaban que quienes pasaban por su morada, ya sea extraviados o guerreros buscando gloria, eran obligados a entablar combate con el gigante; no importaba lo fuerte o débiles que fueran, el resultado siempre era el mismo, todos eran derrotados y sus cráneos se usaban para la interminable construcción de un templo a Poseidón, su padre, al que le había prometido que sería el santuario más grandioso jamás erigido. Los cráneos ya se apilaban a gran altura hasta que llegó a desafiarlo uno de los más grandes guerreros y héroes de la antigüedad.
En todo esto pensaba Fayed Ibn Tulun mientras se encontraba en Marruecos, en la cadena montañosa que los romanos llamaban Fertum, considerada por ellos como un lugar sagrado, al igual que los habitantes que moraban allí desde hace milenios. Ante él, se erigía imponente con sus más de 800 metros la llamada Puerta Hércules, una columna dividida en dos por una hendidura vertical de mayor altura que el Peñasco del mismo nombre. Esta masa informe estaba rodeada de algunos árboles de poca altura y escasa fauna, conocida por los españoles como el Monte de las Monas por la abundancia de estos simios.
Siguiendo por el río Tánger, llegó a la montaña Esparte en la que las olas durante miles de años habían formado enormes cavernas y grutas submarinas, de un tamaño dignas del padre de Anteo, Poseidón. Este pensamiento lo hizo retomar el recuerdo sus lecturas; por supuesto, el gran guerrero que había llegado a desafiar al monstruoso gigante, era el griego Heracles, a quien le había llegado la fama del gigante y dispuesto a hacer justicia.
Se inició una lucha terrible entre ambos seres míticos; los golpes producían un ruido ensordecedor y las caídas de los guerreros hacían temblar el suelo. Pero Heracles veía que por más que el gigante ya parecía derrotado, se levantaba con nuevas fuerzas y la pelea así parecía interminable. Fue entonces que se dio cuenta que cada vez que derribaba al gigante este se recuperaba completamente. Una vez más lo hizo caer, luego de haberlo golpeado brutalmente —las costillas rotas sobresalían de su cuerpo y la sangre manaba inagotable—, y observó maravillado como, nuevamente, se restituía; pero también notó que la piel que tocaba el suelo era lo que primero se sanaba. Así fue que Heracles logró desentrañar el misterio: Anteo había sido engendrador por dos dioses, uno era, como se ha dicho Poseidón, pero su madre era Gea, la diosa de la tierra, era ella quien lo curaba y restituía su energía.
Nuevamente su contrincante se encontraba de pie. Heracles corrió hace él. Lo embistió con la carga de una estampida de elefantes. El golpe levantó al gigante del suelo. El héroe lo sostuvo lo más alto que podía, tarea casi imposible debido a su tamaño. Con un brazo sostuvo su cuerpo horizontalmente y con el otro rodeo su cuello asfixiándolo. Aun cuando Anteo se debatió furioso, no fue suficiente su fuerza ante la del legendario héroe. Se escucharon los estertores y su cuerpo laxo cayó finalmente. Un rumor cavernoso estremeció la tierra, su madre Gea nada podía hacer ante las parcas.
Fayed siempre se emocionaba ante el final de la historia, tras imaginar de forma vívida la colosal lucha. ¿Qué paso con el cuerpo de Anteo? Los antiguos habitantes de la zona lo sepultaron pues, a pesar de ser un asesino sanguinario, era hijo de dioses. El templo de cráneos fue considerado maldito, algunos hechiceros lo frecuentaron durante un tiempo, pero luego fue olvidado y el tiempo hizo el resto. El aventurero yemení sabía que los griegos consideraban monstruoso a todo lo que tenía un tamaño desproporcionado, pero él, que había visto las pirámides de Egipto, no creía lo mismo; recordó que el historiador Plinio el viejo calculaba el tamaño de la tumba en 60 codos o el equivalente a 17 metros, corroborado por el otro gran historiador llamado Apolodoro. Fayed estaba fascinado por estas proporciones, necesitaba corroborar la existencia de estas maravillas del mundo antiguo.
Se encontraba en lo que parecía el final de su viaje; contemplaba una gran caverna contigua a la montaña de Esparte, ¿sería esta la tumba de uno de los descendientes a quienes la Biblia conocía como Nifilim, los hijos de ángeles con mujeres humanas? ¿Aquí se encontraría la misma tumba que el general Romano Quinto Sartorio encontró y que su sola visión le provocó tal terror que hizo que sus legionarios la enterraran nuevamente?
No esperaría un día más; ordenó a los guías y mercenarios contratados para el viaje que encendieran antorchas. A Fayed no lo atormentaba el mismo terror supersticioso de los otros, que, temblando, antorcha y alfanje en mano, se internaban lentamente en la caverna.
El frío viento proveniente del mar los acompañaba, las teas proyectaban sombras movedizas a cada rincón. Paso a paso se internaban más en el antro, alejándose de la poca luz de la entrada, viendo que las llamas no llegaban a iluminar el techo, dando poca idea de la altura prodigiosa que se cernía sobre ellos. Fayed se encontraba en un estado de éxtasis que no lo dejaba pensar con claridad. Caminar en medio de curiosas estalagmitas con formas curvas durante interminables minutos, lejanos chillidos de murciélagos que se mezclaban a la suave brisa que traía el mar. Algo cubierta de guano, vieron una enorme roca de un tamaño mucho mayor al de un hombre que parecía señalar el final de la caverna.
Fayed, al ver esto, se quedó pensativo durante un momento. Iluminando con las antorchas todos los rincones que él creía faltantes, ordenó hacer lo mismo al resto, que volvieran sobre sus pasos a través de los cerca de 300 metros que habían recorrido desde la entrada y regresaran de nuevo a él. Después, cuando volvieron, en cada rostro apenas iluminado se leía que no habían encontrado nada. El aventurero, entonces, se puso a reflexionar silencioso: pensaba en el posible fracaso de su viaje, en el costo exorbitante y las penurias que le habían provocado, junto a la risa de sus coterráneos al embarcarse en empresa tan ridícula. Todo esto estalló en su cabeza y sufrió un ataque de ira irracional, maldiciendo la caverna y sus alrededores, a todos los gigantes y mentirosos pseudo historiadores con sus leyendas absurdas para niños, lanzando su antorcha contra la gran roca ante la que se encontraba y que señalaba al parecer el fin de la caverna. Miró atónito como la tea se perdía en su interior, allí empezó a arder con más fuerza, escapando la luz por otro agujero del mismo tamaño junto al que había entrado, luego se hizo visible otro agujero, más pequeño, situado un poco más abajo y en medio de los anteriores. Todos miraban extrañados los peculiares agujeros de aquella piedra. Al acercarse, uno de los curiosos tropezó con algo que resonó como un pedazo de metal, chocando inmediatamente contra una de las estalagmitas que dejó ver un largo jirón de tela en su extremo. Al inspeccionar las demás formaciones se dieron cuenta que también contenían guiñapos que casi se deshacían al tacto.
La naturaleza de estas formaciones ya se había develado ante sus ojos, no eran estalagmitas ni piedras, los tejidos envolvían huesos de un tamaño descomunal. La alegría de Fayed al darse cuenta duró poco. Un rumor que parecía provenir desde lo profundo de la tierra fue acrecentándose hasta volverse insoportable. En un momento el batir de miles de alas los encegueció mientras los murciélagos chocaban en sus caras y cuerpos volando hacia la salida. Entonces fue el turno del viento que sopló con tal fuerza que apagó las antorchas que sostenían. Solo el fuego de la antorcha que había lanzado en su ataque de ira Fayed continuaba; las llamas danzaban en las cuencas vacías de lo que era ese monstruoso cráneo. Algunos hombres empezaron a correr hacia la entrada, cuando estaba cercan de salir una gran ola ingresó a la caverna con tal violencia que los arrojó contra las rocas del interior. Todo el fuego se había apagado, pero la oscuridad duró poco.
Una fluorescencia provocada por el agua empezó a brillar en todo el interior, ese mismo instante el ruido fue acallándose. Fayed vio en el suelo a todos sus acompañantes, sus cuerpos se encontraban deformados y hundidos en el suelo como si cientos de manos o garras los intentaran enterrar. Al levantar la vista, las paredes de la caverna cubiertas de la fluorescencia perfilaron los detalles que sus antorchas no habían podido develar; toda la cueva se encontraba formada por cráneos, desde el piso hasta la infinita oscuridad del techo.
Él era el único sobreviviente, contemplaba los cráneos, los muertos en posiciones grotescas y volteó hacia el gran cráneo en el final de la caverna. Una luz rojiza manaba de las cuencas. Fayed retrocedió, tropezando, cayendo y levantándose. Su última esperanza de escapar fue sepultada con el peso de los cientos de rocas que cayeron en la entrada.
La oscuridad y el silencio reinaban en la cueva. Estaba atrapado sin posibilidades de escapar. Un sonido fue en crescendo. El ruido como de muchos relojes de arena. La tierra estaba siendo apartada. Alguien se estaba levantando en la oscuridad.
Fayed supo que allí en medio de las tinieblas, Anteo se erguía nuevamente para luchar y agregar un cráneo más al templo de su padre.

