Aprender y enseñar: los hilos de la vida

En su columna para 88 Grados, Carmen Beatriz Ruiz Parada hace un homenaje al Día del Maestro y a todas las maestras destacadas que tenemos en nuestras historias.

Hace apenas unos días, como cada año, se conmemoró —¿festejó?— el Día del Maestro, entre paros, bloqueos de calles y carreteras, manifestaciones variadas y colas para la gasolina y el diésel. Intento abstraerme del estruendo de nuestra cotidianidad sobrecargada de crisis para pensar en ese oficio tan enaltecido en los discursos formales y tan vapuleado en la vida diaria.

Las mujeres ingresaron tempranamente en el mercado laboral que se abría en el magisterio, sobre todo desde principios del siglo veinte. Fueron generalmente maestras las numerosas mujeres que a lo largo de los años abrirían caminos laborales en el periodismo, la docencia y la formación técnica en institutos diversos. Y maestras fueron varias de las valientes que en 1923 fundaron el Ateneo Femenino en La Paz, junto con María Luisa y Carmen Sánchez Bustamante.

Así se lo recordaba doña María Luisa al equipo del Centro de Promoción de la Mujer Gregoria Apaza una soleada tarde en la casona de Calacoto. “En esa época nos decían que las feministas no se casaban (…) que las que usábamos pantalón éramos marimachos o locas (…); que las mujeres no debíamos hacer política. Pero no estaba sola, éramos un grupo variado en el que había amas de casa y maestras muy valientes”. 

Las “Gregorias” hicimos un reconocimiento y homenaje a la luchadora feminista, ya casi nonagenaria. Era 1994 y resultaba sorprendente y provocador escuchar a esa anciana a quien los años restaron fuerza física pero no la vitalidad de su pensamiento ni de sus recuerdos. Entre estos de manera especial el proceso de creación del Ateneo Femenino en La Paz, en 1923, enfocado principalmente en el acceso a la educación y el derecho al voto de las mujeres. En ese recuento doña María Luisa destacó sustancialmente el papel de profesoras de la época, muchas y valientes. 

Madres y maestras

La enseñanza es parte indisoluble del ejercicio de la maternidad. Los primeros pasos, los hábitos germinales, la mano que acompaña los descubrimientos iniciales van de la mano de la madre que enseña. 

Educar no es, de ninguna manera, una relación ideal. Al contrario, es un proceso conflictivo, muchas veces vertical, a veces incluso impuesto como obligación y como oficio, una alternativa para ganarse la vida más que vocación o misión elegida. Sin embargo, la composición del ejército del magisterio y de la docencia universitaria sigue teniendo números mayoritarios de mujeres.

Hay maestras en los hogares, en las aulas escolares y universitarias y en los mercados, donde se reconoce con el título de maestras mayores a las “mujeres de edad que, a través de la experiencia y el conocimiento, han ganado un importante respeto dentro de la comunidad del mercado” (IA), porque gestionan, lideran, representan y enseñan a las jóvenes que entran al rubro. “Maestro” les decimos a los artesanos (sastres, albañiles, técnicos) que construyen casas y ciudades o que lidian en sus talleres con innumerables oficios de componer los desperfectos de artefactos que nos facilitan la vida diaria. 

Maestras y vida

Cada persona tiene su propio catálogo de maestras destacadas. En el mío destacan nombres de profesoras que me acompañaron, estimularon y desafiaron desde la primaria, como mi inolvidable maestra de primaria Arminda Saavedra, luego en la secundaria la de lenguaje Ana María de Vélez Ocampo y la de literatura Angélica Guzmán de Berbetti, tan amantes de su profesión tanto como del buen decir y escribir. Les debo en parte el disfrute permanente de la lectura y la aventura de lanzarme a borronear páginas.

Por otra parte, en mi familia hay una larga lista de maestras y maestros que se ganaron el sustento enseñando al mismo tiempo que disfrutando el ejercicio de la docencia, como la hermana menor de mi madre, que crió a sus hijos con un esmirriado sueldo de maestra que estiraba adelantando varios meses de pago con el sistema del “habilito”.

Y están mis hermanos y hermanas mayores para quienes enseñar no fue solamente una profesión sino una manera de ser que los acompaña en todos los momentos y ciclos de sus vidas, una especie de misión auto asumida que disfrutamos, a veces resistimos y sufrimos en el extenso clan familiar.

Sí, como dijo recientemente el escritor nicaragüense Sergio Ramírez: “… la infancia es un territorio mítico. Cuando uno vuelve a él siempre piensa en la felicidad, es como una arcadia” (La Nación, 24 de mayo 2025), en mi afortunada niñez estuve rodeada de maestras.

¡Cómo no recordar la pasión con la que enseñaba y siguen enseñando mis hermanas para quienes todo, entiéndase absolutamente todo: las aulas, los encuentros entre amigos y parientes, los gestos de la vida cotidiana, comprar fruta fresca y abundante, conocer y descubrir gente y lugares, amasar, endulzar las mesas, cantar y contar cuentos y anécdotas, en fin, el amor, ¡el disfrute y el pensamiento… todo es aprender y enseñar! 

Por mi panteón particular de maestras, por mis hermanos docentes, por mis amigas que se resisten a la jubilación por el hecho fundamental de que para ellas enseñar no es un trabajo sino una pasión, por los miles de profesores, ellas y ellos, muchas veces mal pagados y poco apreciados y reconocidos, yo brindo por el magisterio. 

Cochabamba, junio 2025

39 me gusta
548 vistas