El periodo de entreguerras
La alarma del celular del doctor Von Borries empezó a sonar. Él abandonó su lugar al frente del salón y caminó hasta el escritorio largo, de donde levantó su teléfono. Entonces, dijo: “Receso” y “Vuelvan a las ocho y cuarenta, les voy a hablar del Periodo de Entreguerras”. Los estudiantes ya habían empezado a salir antes de que terminara de hablar.
***
Von Borries tenía más de 60 años, pero no por ello habrá que olvidar que él también había sido niño; en alguna breve porción del siglo pasado fue una rata de biblioteca, o un ratón más bien, que se perdía de manera sesuda y programática todos los juegos al aire libre que sus vecinitos y compañeros de curso organizaban. Antes que en la cancha de fútbol, prefería vivir en cronotopos propuestos en sendos libros de Historia. Jugar a hacer más completa su comprensión cronológica del surgimiento de las civilizaciones era mucho más divertido que Las escondidas, El zorro astuto y otras futilidades. Si la idea era, como decía su madre, salir a conocer el mundo, prefería teletransportarse a través de los tomos de Historia Universal de H. G. Wells, sin dar un paso fuera de casa. Y –esto es crucial– no se permitía perder tiempo. Las horas apartadas para su investigación eran breves, debido a que, ya a la edad de ocho años, les había pedido a sus padres que lo inscribieran en clases de inglés y alemán, con el propósito de acceder a algunos de los “mejores libros del mundo”, en sus idiomas originales. No obstante, dos o tres vecinitos llamaban a la puerta principal los fines de semana, con objeto de arrastrarlo hasta la cancha pública –para molestar a las niñas del barrio, más que para jugar el deporte de mayor afición en Bolivia e Iberoamérica–. El pequeño Von Borries los evitaba a toda costa, enfocado, como vivía, en el sueño de convertirse en autor de varios tomos de Historia de Occidente y forjarse, así, un nombre de la importancia de Spengler. No había afinidad entre él y sus vecinos. ¿Cuánto interés podían despertar los giros de la Revolución Francesa en los escuincles polvorientos del barrio? ¿O la dimensión personal de la vida de Alejandro el Grande? Cero. Y nuestro Vonborrito de ocho años escogió, muy a gusto, la soledad, sin caer en la mentira aquella de que los libros son la mejor compañía.
En este punto tendríamos que reconocer su persistencia; la de su juventud, al menos. Durante los años en que cursó la licenciatura supo abrigar el sueño de ser, él mismo, un salto cualitativo en el corazón de las ciencias históricas. En lo que a esa etapa de su vida se refiere, sus antiguos compañeros –los que todavía viven– dan testimonio de su gran genio. Cuentan que Von Borries fue un estudiante sui géneris; no un Nietzsche, dado que se negó por completo al consumo de prostitución; pero sí un Freud, un boliviano aplicado, propositivo y dueño de una elegante prosa. Con esas dotes, le resultó sencillo hacerse con la licenciatura y la máxima distinción, incluso quedó eximido de la tesis de grado en virtud de los diversos ensayos que había escrito a lo largo de cinco años de carrera. De inmediato, viajó a Inglaterra con una beca completa para cursar maestría.
Todo marchó como lo había planeado, hasta que sucedió algo que lo sacó de órbita.
***
Pero primero un poema, como adelanto de lo que vendrá en la historia:
MEIN KAMPF
LAMENTACIONES
UN GRITO DESESPERADO ✓
Cuatro minutos conseguí exponer
antes de que el púber me dijera
que fallé en enfoque y manera,
y que ya quería salir a comer.
Es alumno y todo cree saber.
Yerra, y defiende ante cualquiera,
el lema que antes nadie dijera:
“caminar sin ver, sin vergüenza caer”.
A un anciano le tiene en cuenta
–el descarado me quiere enterrar–
ser de otro siglo como afrenta.
“Si el director no lo escarmienta”,
amenazó el que puede humillar,
“le organizaré una revuelta”.
Ya Música no lo emociona,
Educación Cívica es colonial,
A ‘Las historias’ le cambió el final;
Moral y valores lo reflexiona.
Pero así aprueba en todas,
¡porque el escuincle tiene opinión!
Yo, cada vez más, me siento un mojón,
ajusto mi profesión a las modas.
NOTA: Componer todavía dos tercetos (si me da la regalada gana).
Solo informaré, en esta parte, que el inacabado trabajo es de puño y letra del mismísimo Von Borries.
***
Y, bueno: se casó. Eso lo sacó de órbita. El verbo podía escribirse con “s” o con “z”, indistintamente. “Se casó” y “se cazó” eran expresiones que, al final de cuentas, no marcaban diferencias de fondo –él mismo acabó reconociéndolo en su fuero interior–. Habremos de decirlo de otra manera: “Contrajo matrimonio” con la hija de un teniente coronel boliviano que se preparaba en Francia para integrar, cuando fuera a retornar a Bolivia, el Estado Mayor del Ejército.
Con la que sería su esposa, se conocieron en la embajada de Bolivia en Londres, en el acto de presentación del libro Contra la leyenda negra de la colonia inglesa, escrito en español por un exdocente de Von Borries que había sido expatriado para seguir iluminando mentes jóvenes, ahora en Europa. La traducción de dicho libro al inglés la financiaron dineros del gobierno anglo. Tres meses después del magno evento y el reverendo flechazo, Von Borries y su amada se unieron en católico e irreversible sacramento.
Ya advertirán que, en este caso, casarse, siendo tan joven, no formaba parte del plan original, el del Vonborrito de ocho años; pero ese pequeño Joyce –por su mirada decidida e inteligente– tampoco había contado con que habría de enamorarse a los 20. Lo cierto es que amaba tanto a su jovencita/árbol –urgida de echar raíces profundas y dejar de morir por falta de tierra natal–, que decidió retornarían juntos a La Paz cuando él obtuviera el doctorado.
Cuatro años más tarde se reinstalaron en Bolivia y el entonces doctor aprendió que era un rarísimo espécimen de hombre/agua/aire/sol, porque su esposa también empezaba a marchitarse si él se ausentaba del hogar por espacio de cuatro horas seguidas. Así sucedió que él también echó raíces, procurando estar cerca de ella mientras alimentaba el rencor de sí mismo y renunciaba, de manera irremediable, a las felices soledades de la infancia y la primera juventud, a su plan original y al destino de un altísimo investigador de la Historia. Con muy secreta pena, se convirtió en lo que mantenía viva a su cónyuge y nada más.
Bueno, todavía hay más; o menos. Para que su mente no colapsara, el doctor pactó con el autoengaño. Se decía que su destino, ahora, era el del erudito en la sede de gobierno. La realidad, sin embargo, lo abofeteaba en ambas mejillas hasta dejarlo colorado cada vez que intentaba estudiar –en casa, por supuesto, y muy cerca de su esposa–. Ocurría que la señora De Von Borries no dejaba de abrir la puerta del estudio: para ofrecerle café o té, para contarle algo urgente que tenía que ver con la política nacional o su vieja madre, para preguntar si necesitaba algo o recordarle que necesitaban algo. Lo innegable es que lo sacaba, en unas y otras ocasiones, de su cada vez más esquivo estado de concentración profunda y lucidez epifánica. Así, el doctor Von Borries terminó de sepultar el último de sus sueños: superar a sus colegas docentes y consagrarse como el especialista de referencia en los medios de comunicación y en la universidad.
Asomando ya a la mitad de esta historia, la de nuestro saboteado doctor, es bien sabido que el matrimonio tuvo dos hijos varones, a los que hizo crecer con el dinero que Von Borries ganaba dando cátedra en universidades privadas –bajo ominosos contratos temporales que se volvieron la regla para la mayor parte del plantel docente– y haciéndose cargo de la materia de Social Studies para todo el nivel secundario de la mejor escuela, también privada, de Calacoto.
Muchos años después, cuando los hijos habían fugado de casa con sus respectivas esposas, la arbórea y ya bastante marchita cónyuge de Von Borries cometió su ya por entonces habitual sacrilegio de “poner orden” en el estudio en tanto que el doctor atendía a sus obligaciones en la escuela. Sobre el pulido escritorio, junto al teclado y al ratón perfectamente negros, halló el poema inédito e inacabado que se expuso ya líneas arriba.
Juzgarán innecesario el que sigamos acumulando antecedentes, por lo que volveremos a la acción.
***
“El Periodo de Entreguerras”, repitió para sí cuando los estudiantes salieron al receso. Negó con la cabeza, se acomodó el chaleco de lana y salió del aula, dejando su maletín sobre el escritorio. Lo miró con cierto temor y cerró la puerta con dos vueltas de llave. Luego comprobó que no pudiera abrirse. Tres décadas de trabajo en universidades privadas le habían enseñado que los delitos cometidos en esas instituciones se explican muy bien con la lógica del juego de roles, sabiendo de antemano que las personas adoran interpretar, al menos por unos momentos, el papel del gemelo malvado, esa versión de uno mismo que obedece a un código moral opuesto al acostumbrado. Así, los “hijitos de papá” reunidos en pequeños grupos juegan a ser pandilleros y se roban todo, mientras que los pandilleros de verdad –si se halla más de uno en la educación superior– procuran una especie de hermandad en la que ostentan –no esconden– cosas robadas e irritantemente básicas para los “niños ricos”. Ergo, pensaba el doctor, los dos grupos roban y la clase media queda al medio tratando de sobrevivir al asalto.
Iba camino de la sala de docentes, pero El Nuevo lo sorprendió por la espalda.
—¿Cómo está de ánimos? –le dijo el joven; y agregó– ¿Cómo se siente, colega?
Von Borries apretó ojos y labios –esto último pasó desapercibido bajo su bigote–, sintió su sangre en la cabeza y comenzó a asentir de manera reiterativa.
—Sí, sí. Buenos días. Buen día…
Estrechó muy fuerte la pequeña mano que el flamante contrato temporal de la universidad extendía hacia él. No es que el novato le hubiese hecho descortesía alguna, pero su sola presencia lo irritaba, lo ponía quejumbroso en su fuero interno. Se decía cosas como: “¡Yo nunca fui como este chango!”, “¡Dios me libre!”, “¿Cómo se habrá formado la idea de que la universidad es circo y parque temático?”, “¿Quiere ser Elvis para estos chicos?”, “¿James Dean?”, “¡No tiene idea!”, “¿Qué materias enseña?”, “¿Se cree el cuento de los pedagogos, que se supone enseñan lo que no saben?”. Estaba encadenando mentalmente estas y otras verdades cuando el joven –su camisa manga larga pegada a los brazos, el cabello hacia atrás con gel extrafuerte– empezó el relato de lo que había hecho el fin de semana. Von Borries lo cortó en su punto, le puso una mano en el hombro y dijo:
—Tengo que recoger unos exámenes de la fotocopiadora. Adelántese usted, por favor. Le doy alcance en la sala de docentes.
Dio media vuelta y caminó hacia las escaleras.
—¡Pobre muchacho! –dijo, alejándose– ¡Dar clases con ese atuendo!
El asunto, según él, era básico y de importancia: en el aula convenía parecerse a algún filósofo alienado y sifilítico, de preferencia alemán y con mala suerte en el amor, y abrigar, además, el cuerpo, con un saco de algún tono marrón o, en su defecto, un chaleco de lana; no por estética, sino por la atmósfera, para dotar de seriedad al ambiente. Respetaría un bigote Guillermo II, por ejemplo; uno Otto Von Bismarck, inclusive; pero la cara lampiña y la ropa de patinador sobre hielo le irritaban los ojos.
Notablemente molesto, caminó hasta el estacionamiento para ver que su Yaris del 2001 siguiera donde lo había dejado. La universidad ubicaba dos guardias en el parqueo a todas horas, pero el doctor volvía a pensar que la persona más honesta habría de cometer un delito grave algún día, o a perpetrar un crimen, solo para sentir que era “el otro”, el de la moral invertida por completo. Caminó hasta los sitios de parqueo que estaban al fondo, chequeó su automóvil blanco, bordeó una esquina del edificio principal del campus y se escondió allí para fumar, entre la barda que colindaba con la calle y la pared externa del edificio. Encender cigarrillos en unidades educativas era algo que trasgredía las normas, pero… ¿Qué otros delitos cometería su gemelo malvado, ese hipotético ser que, además de repudiar el matrimonio, tendría que equipararse al Mr. Hyde de Stevenson? Es que, Von Borries, como Jekyll, era también doctor al final de cuentas, uno que habría alcanzado a Hobsbawm en el siglo XXI de no haber contraído nupcias. Pensaba en ello a menudo, con mayor intensidad cada vez que fumaba en su rincón.
De repente lo dominó el deseo de tomar café sin pagar. Tendría que arriesgarlo todo en la sala de docentes, aunque, lo sabía, El Nuevo estaría allí, esperándolo con entusiasmo de pesadilla. Caminó ansioso hacia las escaleras. Al llegar, se topó a un grupo de estudiantes sentados; nunca iba a entender por qué hacían aquello, si las escaleras se construyen para transitar sobre ellas, para subir o bajar, para pisarlas con las suelas sucias. Uno de los “inadaptados”, que era su exalumno, le dirigió el saludo con la mano levantada. El doctor tenía la peor opinión de los marihuanos y cocainómanos, de los borrachos comunes incluso. Apenas modificó la forma de su bigote en un gesto que acabó entre el fingimiento y el desprecio. Siguió caminando con la mente ocupada y la mirada en los escalones. “Eso del estupro es muy poco elaborado”, pensó, al esquivar a tres jovencitas de primer semestre que también estaban sentadas en las escaleras con unas prendas demasiado ajustadas y delgadas para el clima frío. “¿Proxeneta?”, dijo para sí, “demasiado mercantilista”.
Finalmente, llegó a la sala de profesores. Antes de entrar, estiró un poco su chaleco de lana para que no estuviera pegado a su camisa y a su torso cuadrado. Alrededor de una mesa grande estaban: Andrés, docente de Derecho; Felipe, de Marketing; y Jéssica, profesora cuarentona de portugués que se caracterizaba por su incapacidad de resistir la fascinación por el doctor Von Borries, reforzada de continuo por la indiferencia de él. El historiador habría de evitar esa mesa, de ser posible, más que nada por Andrés, quien ya se había puesto pesado en anteriores oportunidades. Por desgracia, a la otra mesa se había sentado el acicalado novato, junto a Lorena, una setentona elegante que dictaba la cátedra de Expresión oral y escrita. El doctor caminó por el justo medio, hacia la máquina dispensadora de café. Ignoró la mano levantada del novato. Mientras se servía un expresso doble, oyó que El Nuevo le decía a Lorena: “Creo que no me vio”. El doctor miró por el rabillo del ojo y notó que el joven se estaba levantando cuando Lorena lo sostuvo del brazo y le dijo que permaneciera sentado y tranquilo, que era mejor pasar el receso en su mesa y respetarle al doctor su espacio. Von Borries suspiró y agregó una linda medalla al mérito al buen concepto que se había formado de Lorena con el pasar de los años.
Echó dos de azúcar, mezcló y se despachó a la mesa de la izquierda.
—Distinguidos colegas –dijo, fallando por completo en su intento de que aquello no se revelara amargo y desdeñoso.
—¡Llegó el más bárbaro! –dijo Andrés, acercando mucho su rostro hinchado al de Jéssica. Von Borries recordó la clave: Andrés se ponía pesado siempre que había al menos una mujer en el grupo.
—¡Oiga! ¿Por qué dice eso? –le preguntó Jéssica a Andrés, divertida ella, demasiado alerta, llevaba uno de esos uniformes de camisa, saco y pantalón. El doctor arqueó sus cejas anaranjadas por encima de los lentes, Jéssica volteó a mirarlo y, un segundo después, ya tenía la mirada fija en los enormes dedos pecosos del historiador.
—¡Porque la guerra es ese bárbaro oficio del hombre! –respondió Andrés– Y, aquí, el distinguido, se pasa el día entero hablando de guerras.
—¡Ah! ¡Verdá, oiga! –dijo Jéssica. Von Borries abrió grandes los ojos y echó el cuerpo para atrás en su silla– ¡Usté debe ser bien morboso! —dijo ella, sin disimular su intención.
Andrés interrumpió:
—¡Nada de eso! Los que leen las guerras y hablan de ellas no son los que las hacen, mucho menos los que las ganan. Más bien, son los que pierden, una y otra vez, los Daniel Salamanca de toda época. Algunos incluso pierden en el amor como en la guerra.
El doctor hizo lo imposible para no ahogarse con el trago que estaba pasando. La taza casi había desaparecido debajo de su bigote. Dejó el café sobre la mesa, dio vuelta la cara y miró por la ventana: “¿Un capo de las drogas?”, pensó, sin convicción.
—¡No diga eso! –le contestó Jéssica a Andrés– No creo que el doc sea pura boca –y se mordió el labio inferior mientras miraba el perfil de Von Borries a contraluz.
—¡Ya! –interpuso Felipe, que era un hombre flaco y cansino, con unas ojeras que lo habían distinguido desde la infancia– No calumnien al colega, que es un caballero supertranquilo.
El doctor apenas volvió la cara un segundo, sin mirar a nadie directamente. “Es cierto”, pensó, “no tengo el temperamento ni la voz de mando para dirigir a criminales en megaoperaciones”. Por un instante, cruzó la mirada con la de Jéssica antes de concentrarse en la ventana una vez más. “Esta de aquí”, dijo para sus adentros, “sería una recatada doncella”.
—¡Pero si están viendo que ni responde! –dijo Andrés– Es como les digo: los que leen y cuentan la guerra, no saben hacerla.
Entonces, el doctor dejó caer su pesada mano sobre la mesa. Todos los que poblaban la sala de docentes guardaron silencio y se quedaron mirando. El bigote de Von Borries comenzó a moverse:
—Si conserváramos nuestras habilidades, pero nuestro código moral cambiara a las antípodas de lo que nos guía actualmente, Andrés sería un Sancho Panza contemporáneo, impartiría sana justicia en alguna Ínsula Barataria o tribunal.
El abogado tragó saliva y su sonrisa se tornó nerviosa, haciéndole temblar los mofletes.
Sonó la alarma en el celular de Von Borries.
—Y usté, doc –dijo Jéssica, estirando su mano sobre la mesa para que hiciera contacto con los dedos moteados de su colega–, ¿qué sería?
—Yo… sería un profeta –contestó Von Borries, recogiendo su mano; buscaba la manera de silenciar su teléfono. Acalló el equipo y, mientras lo guardaba en el bolsillo de su pantalón, continuó diciendo; todos los presentes lo escuchaban en silencio–. Fundaría una religión, la sustentaría en hechos históricos sobradamente probados, le pondría algo de idealismo, para encantar a los necios, y dejaría una suerte de evangelio de mi puño y letra. Me moriría luego, en paz, sabiendo que el mundo va a arder al menos mil años por mi culpa.
—¡Uh, bah! –dijo Jéssica, defraudada.
El doctor ofreció a todos una falsa sonrisa que solo Felipe respondió, conforme, admirativo, casi el primer miembro de la imaginada religión. Von Borries se levantó y caminó lento hacia la puerta.
—Con permiso –les dijo a Lorena y al novato. Estiró su chaleco de lana y salió.
Eran las 8:40 de la mañana del martes 22 de abril del 2025 y a Von Borries no le quedaba muy claro si estaba entrando al periodo de entreguerras o saliendo de él. Tendría que pensar en ello más tarde, lo más encerrado en su estudio que le fuera posible. Eso haría, pausar los conflictos, apartarlos muy resueltamente, con vitalidad y energía; conquistar un santuario, un periodo de entreguerras en su estudio. Eso habría de hacer al llegar a casa, pero se sentía tan poderoso y malvado que lo haría si, y solo si, le llegaba a dar la regalada gana.

