Retratos de la sequía: Los pueblos del agua

Continúa la programación 2025 de la Escuela de Espectadores de La Paz, una iniciativa en la que se ponen en escena grandes obras del teatro boliviano junto a un conversatorio para acercar al público con los elencos y personal técnico de la obra. En esta ocasión, Fernanda Verdesoto nos habla de “Los pueblos del agua”, una coproducción entre Tabla Roja Teatro de El Alto y Colectivo Urus Delirium de Oruro en la que su protagonista intenta hacer algo por la sequía cada vez más grave del lago Poopó.
Editado por : Adrián Nieve

“¡El lago se está secando!”

En general, en la crisis en la que vivimos hoy en día, todo se está secando. El lago Poopó es una señal más de ese apocalipsis ambiental del que somos testigos, sobre el que poco y nada podemos hacer, pero, por lo menos, lo intentamos. Y uno de los que más intentó fue Jacinto. 

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Fotografía: Diana Uría

Jacinto es el eje central de la obra Los pueblos del agua, una coproducción entre Tabla Roja Teatro de El Alto y Colectivo Urus Delirium de Oruro y a cuya presentación fui en el Teatro NUNA, en una función especial de la Escuela de Espectadores de La Paz y Par Mil Productora. Jacinto es quien pide por el lago, quien conoce todos los niveles infernales de la indiferencia y el que intenta mantener cierta ternura ante el quémeimportismo de la gente. 

Como una especie de Cassandra del altiplano, Jacinto recorre el pueblo y la ciudad intentando llamar la atención por la vida de un espacio de agua y que, casi siempre, sale sin respuestas. En la obra, Jacinto, con el objetivo claro de salvar el lago Poopó de una muerte seca, viaja, por todos lados, viaja y conoce los golpes durísimos de esta nuestra realidad tangible en la que vivimos. Paralelamente, Jacinto también recorre otros mundos que solamente él puede conocer, se sumerge en un viaje onírico junto a su padre, donde los pececitos todavía viven y se dejan pescar, donde jugar pesca-pesca sigue siendo un espacio divertido y donde los pájaros pueden cantar. 

Pero, como todo viajante, va y viene y no sabe cuándo descansar.  

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Fotografía: Diana Uría

Como si fuese un paseo por los siete niveles del inframundo, Los pueblos del agua nos remiten a diversas situaciones y personajes que nos representan, a nosotros como sociedad boliviana y a nosotros como seres humanos indiferentes. Jacinto pasea por el altiplano, por su pueblo donde es acusado de robo, por el autoexilio, por la vista de las aves intoxicadas, por el carnaval de Oruro -que sabemos que es siempre “más importante que todo”-, por las campañas electorales. Sufrimos en el momento en que Jacinto sufre, cantamos con la banda, reímos cuando los candidatos hablan palabras vacías, quizá porque está demasiado cerca de casa, de este descalabro electoral que estamos viviendo. Y, sin embargo, a nadie le importa que el lago se está secando. 

Es tal vez por esto que el escenario está vacío, porque el trasfondo es innecesario para esta historia, porque la sequía y la resistencia de los pueblos urus son eternas. En escena, no hace falta nada más que un par de sillas, sobre todo, porque es el vestuario quien termina de contarnos todo lo que necesitamos saber. Las olas bordadas en el traje de Jacinto y las aves en el saco de su padre ya nos dicen cuál es el centro de la obra, que, si bien podemos distraernos con nuestras hilarantes desgracias cotidianas como los bloqueos y el apuro en la ciudad, siempre están presentes. Y, a la vez, es imposible no observar los trajes de las aves, hechas de totora y de tulmas que pareciera que guían su trayecto, una próxima inmigración que las obligará a no volver jamás, a diferencia de las personas que se resisten a abandonar su hogar frente al agua. Son trajes tan significativos en esta obra que pareciera que toda la coreografía que hacen los personajes de las aves se crearon en función a la indumentaria y no al revés. 

Toda esta realidad trágica se entreteje constantemente con las visitas del padre de Jacinto. Su padre, aquel que le enseña sobre el lago —ese que está a punto de morir— y se relaciona con este como si fuesen uno solo. Allí vemos cómo ríen, cómo es una relación amorosa entre padre e hijo y, alguno que otro momento de enseñanza entre juegos, todo mientras se sumergen en luces de colores. Visitas en sueños, que, para nuestro protagonista, fueron una especie de tejido de la memoria familiar y de la memoria de la naturaleza. 

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Fotografía: Diana Uría

Después de la función, tuvimos el conversatorio, el que solemos tener con la Escuela de Espectadores de La Paz. Ya son dos años desde que la Escuela se renovó, que volvió, como tantas otras instituciones, después de la pandemia. Este año decidimos que nuestra modalidad cambiaría un poco. Que, en lugar de un conversatorio común y corriente, donde sujeto A habla y sujetos B escuchan, todos hablaríamos y escucharíamos. Cada función, se invita a dos espectadores para que pretendan ser los directores de la obra, y, jugando, analizando e interpretando a la vez, puedan responder a las preguntas del público. Después, los directores reales responden a los comentarios de los invitados. E inicia el diálogo. 

Se habló mucho de la preocupación ambiental que existe hoy en día, de los actores, de la alianza entre Tabla Roja y Colectivo Urus Delirium. Este último tema abrió muchos otros, ya que Urus Delirium son un colectivo de la ciudad de Oruro. Se conversó mucho de que el movimiento artístico se mueve, sobre todo, en el eje central de La Paz, Cochabamba y Santa Cruz, pero tenemos pocas noticias de otras ciudades. Los actores comentaron muchísimo sobre qué significa hacer teatro en Oruro, que, si bien adoran el carnaval y ser parte del mismo, hay todavía mucho arte oculto en esa ciudad que queda opacado. Hablaron de la falta de teatro profesional en la capital del folklore, afirmación que rápidamente fue rebatida, porque ellos son actores profesionales (bastaba más, luego se fueron al Festival Internacional de Santa Cruz), pero, aun así, se preguntaron el por qué sigue siendo una profesión tan dura de ejercer. 

Y es que lo es. 

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Fotografía: Diana Uría

Un miembro del público se tomó un tiempo para felicitarlos y además mencionar que él hacía arte en Cobija. El vínculo estaba hecho. Es claro que en Bolivia es muy difícil hacer teatro, danza, cualquier tipo de arte y más aún cuando los otros seis departamentos están relegados, pero, algo que resaltamos es que todos demostraron ser profesionales, aunque vivamos en un país ingrato con las artes. Aprendimos en este conversatorio que descentralizar también incluye al arte, que una ciudad como Oruro —a la que yo le tengo cierto cariño— tiene muchos tesoros ocultos y que deben ser explorados. 

Aprendimos que el lago se está secando, y que no hay crisis que valga, que la sequía no llegue al teatro.   

Ficha técnica 
Dirección: Ariel Baptista 
Dramaturgia: Alexia Loredo Cárdenas y Ariel Rodrigo Baptista Aranda
Actúan: Marcelo Ancalle Ponce, Rocío Mallcu, Gustavo Calizaya Cartagena, Celmira Sanjinés Arancibia, Martín Herrera Rojas, Miguel Gamboa Bravo 
Responsable del proyecto: Andrés Pacheco Cerezo  
Música, edición y arreglos: Daniel Prieto Andrade
Escenografía, diseño y construcción: Alejandro Bustamante
Vestuario, diseño y confección: Alejandra Quiroz Montesinos
Ilustración: Salvador Pomar
Diseño gráfico: Ariel Chuquimia
Producción: Mayra Paz 
Asistente de producción: Andrés Pacheco Cerezo
Entrenamiento y creación: Ariel Rodrigo Baptista Aranda

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Fotografía: Diana Uría
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